CAPÍTULO 21 #2
Tomás no insistió delante de ella.
—Quédate fuera del perímetro.
—Soy el responsable jurídico de la empresa propietaria.
—Ahora mismo eres una persona vinculada a una investigación de homicidio dentro de un lugar que puede contener pruebas. Quédate fuera.
Saúl volvió la cabeza hacia Mencía.
—Te dije que no vinieras.
Mencía sostuvo su mirada.
—No te dije dónde iba.
La frase permaneció unos segundos entre ellos.
Saúl fue el primero en apartarse.
A las seis y cuatro, los bomberos comunicaron que el incendio estaba contenido en una parte lateral de la nave. No había afectado todavía a toda la zona documental.
Poco después, un agente confirmó por radio que habían recuperado de la mesa las tres carpetas que Mencía había descrito. Quedaron embolsadas por separado y bajo custodia policial; los bordes tenían humo, pero el contenido seguía legible.
Mencía pidió volver a acercarse.
Tomás se negó.
Esta vez no discutió.
A las seis y nueve, Noel llamó.
—¿Estás viva?
—De momento.
—No hagas eso.
Mencía sonrió por primera vez desde las cinco y media.
—Estoy bien.
—Tu esquela sigue en portada porque la policía nos pidió que no la tocáramos.
—Bien.
—Hay algo más.
—¿Qué?
Noel bajó la voz.
—La cola antigua acaba de despertar.
—¿Hay otro trabajo?
—Sí.
—¿Nombre?
—Todavía no se publica. El sistema está preparando el renderizado de las seis y veinte.
El cansancio no desapareció, pero una nueva descarga de alerta lo empujó al fondo.
—¿Es como las anteriores?
—Sí.
—¿Como la mía?
—No. Como las anteriores.
Dos procedimientos.
Otra vez.
—Preserva todo.
—Ya.
Mencía colgó.
—A las seis y veinte sale otra esquela auténtica —dijo a Tomás.
Él miró su reloj.
06:10.
—¿Nombre?
—Noel todavía no lo ve.
Saúl seguía junto a la verja, hablando por teléfono.
Mencía pensó en los documentos de la nave.
En la carpeta de Lúa construida con piezas auténticas y una conclusión escrita encima.
En su propia esquela, fabricada esa madrugada.
En el mensaje que le había indicado una salida y había evitado que siguiera hacia los muelles.
No probaba que la remitente fuera inocente.
Pero la persona que quería verla muerta y la persona que quería sacarla de aquella nave parecían estar persiguiendo resultados incompatibles.
A las seis y diecisiete, el cielo empezó a aclarar sobre el estuario.
Mencía estaba sentada en el estribo de una ambulancia, con una manta sobre los hombros que no necesitaba pero que había aceptado porque discutir por ella parecía infantil.
Tomás permanecía a pocos metros.
Saúl había sido apartado del acceso.
Nadie hablaba de la hora.
Eso la hacía más presente.
06:18.
No ocurrió nada.
06:19.
Mencía miró su teléfono.
La cobertura había regresado.
La página de El Diario seguía abierta.
Su propio nombre ocupaba todavía el recuadro negro.
MENCÍA ROLDÁN
Fallecerá mañana a las 06:20, sin posibilidad de rectificación.
El tiempo cambió.
06:20.
Mencía siguió respirando.
No hubo revelación.
No hubo una sensación especial.
Un sanitario pasó delante de ella cargando una caja.
Tomás recibió una llamada.
Un bombero pidió más luz en el lateral este.
La vida continuó con una indiferencia casi ofensiva.
Después el teléfono de Mencía actualizó la portada.
Su esquela desapareció del espacio principal.
Otra ocupó su lugar.
LEANDRO QUIÑONES
Mencía se puso de pie.
La fotografía mostraba al antiguo editor nocturno con el que había trabajado durante años, ahora columnista y asesor editorial.
Debajo aparecía la fórmula que ya conocía.
Antes de las 06:20 de mañana podrá corregir lo que dejó escrito.
Y, encima, una línea:
Será recordado también por haber puesto palabras en la cuenta de una mujer que ya no podía escribirlas.
La reconstrucción de aquella noche avanzó un paso.
01:18.
El correo.
Miró a Tomás.
Él ya estaba leyendo la misma pantalla.
—Leandro —dijo.
—Sí.
Mencía recordó el parte nocturno.
La firma que certificaba que el correo había salido de la cuenta de Inés.
La palabra aparentemente que ella había eliminado después.
—La cola antigua sigue funcionando.
Tomás guardó el teléfono.
—Y tu esquela no pertenecía a ella.
No era todavía una identificación.
Pero era más que una diferencia de plantilla.
Una secuencia había intentado obligar a Leandro a corregir algo.
La otra había intentado matar a Mencía.
A las seis y veintitrés, Tomás llamó a uno de sus agentes.
—Localizad a Leandro Quiñones. Protección inmediata. No acepto un no por teléfono.
Después miró a Mencía.
—Y localizad también a Lúa Barral.
—¿Para protegerla?
Tomás sostuvo su mirada.
—Para encontrarla antes que quien ha preparado esa carpeta.
Mencía miró la nave 4.
El humo salía ya mucho más claro por una abertura del techo.
—El mensaje me sacó de allí.
—El mensaje te llevó primero hasta allí.
—No fue el mismo mensaje.
—Mismo canal.
—Eso no significa misma intención.
Tomás asintió lentamente.
—Precisamente por eso necesito que aparezca viva y explique qué ha hecho.
Mencía volvió a mirar la esquela de Leandro.
Habían pasado las seis y veinte.
Ella seguía viva.
Y aquella supervivencia ya no parecía una excepción al patrón.
Parecía la prueba de que su esquela nunca había pertenecido a aquella secuencia.