CAPÍTULO 21
Durante los primeros segundos, Mencía creyó que lo peor era la oscuridad.
Después olió el humo.
No venía de las estanterías que tenía delante. Llegaba de algún punto al fondo de la nave, todavía débil, mezclado con polvo y con ese olor seco del papel que llevaba demasiados años almacenado.
Al otro lado de la puerta cortafuegos seguían golpeando.
—¡Mencía!
Esta vez oyó a Tomás.
—¡Estoy aquí!
—¡Apártate de la puerta!
Ella retrocedió.
Hubo un impacto metálico desde el otro lado. El cierre vibró, pero no cedió.
Mencía sacó el teléfono y miró la pantalla.
05:37.
Sin cobertura.
Las luces de emergencia seguían encendidas en la nave 4, pero el pasillo por el que había entrado estaba completamente oscuro. Sobre la mesa continuaban las tres carpetas.
Inés.
Tadeo.
Lúa Barral.
El humo todavía no justificaba correr sin saber hacia dónde.
Mencía se acercó a la mesa.
La carpeta de Inés contenía copias de documentos de Mirador Norte: el informe original sobre contaminación del suelo, un segundo informe con conclusiones menos graves y varias compraventas de parcelas realizadas antes de que el ayuntamiento anunciara el proyecto de recalificación.
La diferencia entre los dos informes estaba marcada con rotulador.
En el primero, la descontaminación necesaria convertía la operación en un negocio ruinoso.
En el segundo, el problema parecía limitado.
Mencía pasó una página.
Una sociedad aparecía repetidamente entre compradores, intermediarios y asesores.
RIBERA GESTIÓN PATRIMONIAL, S. L.
El nombre le resultaba familiar de los índices que había visto el día anterior, pero no recordaba haberlo leído nunca en la cobertura publicada tras la muerte de Inés.
Debajo había una nota manuscrita.
No reconoció la letra.
¿Quién sabía que el informe iba a cambiar antes de que cambiara?
Mencía retomó la carpeta de Tadeo.
No contenía pruebas nuevas.
Contenía las antiguas.
El mensaje sin su continuación.
La hora falsa del vídeo.
La fotografía recortada.
La declaración definitiva de Nerea.
El informe definitivo de Candela.
Todo dispuesto en orden.
Era la historia que el periódico había publicado.
La carpeta de Lúa era diferente.
Mencía la abrió.
Había una copia de su contrato con Nexo Archivo.
Registros de acceso al sistema.
Consultas al módulo de necrológicas.
Capturas de los trabajos antiguos.
Un listado con los nombres de Nerea, Octavio, Candela y Efrén.
Impresiones del correo anónimo recibido por Mencía.
Una fotografía de Lúa entrando en el edificio del periódico.
Y, encima de todo, una hoja con un título.
AUTORA DE LAS ESQUELAS / RESPONSABLE DE LA SECUENCIA
Mencía dejó la página sobre la mesa.
No había firma.
No había informe policial.
No era un documento encontrado.
Era una conclusión.
Alguien había reunido materiales que podían ser auténticos y había escrito encima la historia que debían contar.
Sintió una desagradable familiaridad.
El humo se hizo más visible bajo las luces de emergencia.
Mencía retomó la carpeta de Lúa y encontró algo que no encajaba.
Los registros estaban impresos esa misma madrugada.
En el pie de varias páginas figuraba una hora posterior a medianoche.
Aquello no era el archivo que Inés había dejado allí catorce años antes.
Alguien lo había preparado para ser encontrado ahora.
El teléfono vibró.
Una sola raya de cobertura apareció y desapareció.
Entró un correo.
Sin asunto.
NO AbrAS LA CARPETA CON MI NOMbrE. ESTÁ PREPARADA.
Mencía miró la carpeta abierta.
Llegaba tarde.
Debajo apareció otra línea.
SALIDA DE MANTENIMIENTO DETRÁS DE 4C. PALANCA MANUAL BAJO LA CAJA ROJA. NO VAYAS AL MUELLE.
La cobertura volvió a desaparecer.
Mencía levantó la vista.
Las estanterías tenían códigos pintados en los laterales.
4A.
4B.
Más allá, entre el humo, 4C.
—¡Tomás!
Golpeó la puerta.
—¡Hay otra salida! ¡Zona cuatro C!
No supo si la había oído.
El humo empezó a bajar desde el techo.
No había llamas a la vista todavía, pero el olor ya no permitía pensar en una simple avería eléctrica.
Mencía se quedó únicamente con el móvil.
Dejó las carpetas.
Durante una fracción de segundo pensó en llevarse la copia del informe original de Mirador Norte.
No lo hizo.
Si sobrevivía, la policía lo recogería.
Si no sobrevivía, una hoja suelta no arreglaría nada.
Avanzó entre las estanterías.
4B.
El suelo estaba despejado, pero algunas cajas habían sido abiertas y desplazadas hacia el pasillo. No parecían caídas al azar.
En 4C encontró una puerta gris casi oculta detrás de un bastidor metálico.
Encima había una caja roja de alarma.
Debajo, una tapa rectangular.
Mencía tiró.
No se abrió.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Detrás de ella sonó un chasquido.
Una luz anaranjada apareció al final de la nave.
Las primeras llamas eran pequeñas.
Eso fue lo peor.
No parecían un incendio todavía.
Parecían el comienzo de uno.
Mencía golpeó la tapa con la base de la mano hasta que cedió.
Dentro había una palanca.
Tiró hacia abajo.
La puerta gris se abrió unos centímetros.
A la vez sonó una alarma que hasta entonces había permanecido muda.
Mencía empujó.
La puerta daba a un corredor estrecho de mantenimiento.
Entró y volvió a cerrarla detrás de sí.
El aire allí era mejor.
No limpio.
Mejor.
El corredor avanzaba entre las naves y terminaba en dos direcciones. A la izquierda, una señal indicaba MUELLES . A la derecha, CUADROS / SALIDA TÉCNICA .
El mensaje decía que no fuera al muelle.
Mencía eligió la derecha.
Esta vez obedeció sin discutir.
A las 05:43, Tomás consiguió hablar con ella.
La llamada entró con interferencias.
—¿Dónde estás?
—Corredor de mantenimiento. Detrás de la zona 4C.
—No te muevas.
Mencía miró el humo que empezaba a filtrarse bajo la puerta por la que había salido.
—Eso va a ser difícil.
—Tenemos el plano. Hay una salida técnica al este. Dos agentes están llegando desde fuera.
—La veo indicada.
—Ve hacia ella. No abras ninguna otra puerta.
—Hay fuego dentro.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—El detector ha empezado a enviar señal en cuanto has abierto el cierre manual.
Mencía siguió caminando.
—Antes no sonaba.
—Lo sé.
Aquellas dos palabras contenían otra pregunta para después.
El corredor terminaba en una puerta doble con barra antipánico.
Mencía empujó.
No cedió.
—Está bloqueada.
—No debería.
—Excelente noticia.
—Apártate.
—¿De qué?
Oyó golpes desde el exterior.
Un segundo después la barra se movió.
La puerta se abrió hacia fuera y dos agentes, apartados del batiente, aparecieron al otro lado.
Mencía salió.
El aire frío le golpeó la cara.
Tomás llegó corriendo desde el lateral de la nave.
No dijo nada al verla.
La agarró por los hombros, comprobó que estaba de pie y después se apartó como si acabara de recordar que estaba enfadado.
—¿Respiras bien?
—Sí.
—¿Mareo?
—No.
—¿Dolor?
—Tomás.
—Contesta.
—No.
Uno de los agentes la condujo hacia un vehículo mientras otro equipo avanzaba hacia la salida técnica. Los bomberos estaban entrando ya por el acceso principal del complejo.
Mencía miró hacia la nave.
—Las carpetas están dentro.
—Se recuperarán si se puede.
—Había material de Mirador Norte.
—Mencía.
—Y un expediente preparado para incriminar a Lúa.
Tomás se detuvo.
—¿Preparado cómo?
—Contrato, accesos, correos, capturas. Todo reciente. Encima alguien había escrito «autora de las esquelas / responsable de la secuencia».
—¿Has tocado algo?
—Las carpetas.
Tomás cerró los ojos.
—Solo las carpetas.
—Eso sigue siendo tocar algo.
—Estaba encerrada en una nave que empezaba a arder. Creo que podemos rebajar el estándar.
—Luego discutimos.
Mencía alzó el teléfono que aún llevaba en la mano.
—Me llegó otro mensaje.
Se lo enseñó.
Tomás leyó.
NO AbrAS LA CARPETA CON MI NOMbrE. ESTÁ PREPARADA.
Después la indicación de la salida.
—¿Te salvó esto? —preguntó.
—Me indicó una puerta que existía.
—No es exactamente lo mismo.
—No.
Tomás reenvió el mensaje a su equipo.
—Si quien manda estos correos conocía el interior de la nave, pudo estar aquí.
—O haber trabajado con los planos.
—Sí.
El reloj marcaba las 05:48.
Quedaban treinta y dos minutos.
—Mi esquela decía que moriría a las seis y veinte.
—Y sigues viva.
—Todavía son las cinco cuarenta y ocho.
Tomás la miró con una irritación casi agradecida.
—No ayudes.
La llevó hacia uno de los vehículos.
Un sanitario quiso examinarla y Mencía dejó que lo hiciera sin discutir. Tosía un poco, pero la exposición había sido breve y la mayor parte del tiempo había estado en el corredor de mantenimiento.
Mientras le colocaban un sensor en el dedo, vio un coche entrar por la verja exterior.
Reconoció el vehículo antes que a quien bajó.
Saúl.
Mencía miró la hora.
05:53.
Tomás también lo vio.
Saúl cruzó el perímetro hasta que un agente lo detuvo. Levantó ambas manos, habló con él y señaló hacia los coches del periódico.
Tomás caminó a su encuentro.
Mencía no pudo oír la primera parte de la conversación.
Sí vio el momento en que Tomás preguntó algo.
Saúl respondió.
Tomás volvió a preguntar.
Esta vez Saúl señaló el teléfono.
Mencía se quitó el sensor del dedo.
—Todavía no —protestó el sanitario.
—Un segundo.
Se acercó lo suficiente para oír.
—…me llamó Seguridad —estaba diciendo Saúl.
—¿Qué seguridad? —preguntó Tomás.
—La empresa del edificio. Saltó una alarma.
—La alarma contra incendios empezó a transmitir hace diez minutos.
—Y me avisaron.
Tomás miró la hora.
—Has llegado rápido.
—Estaba cerca.
—¿De Camino de la Ribera?
Saúl percibió a Mencía detrás de él.
—¿Estás bien?
Ella no respondió a la pregunta.
—¿Por qué estabas cerca?
Saúl dudó.
—Venía hacia el periódico.
—El periódico está en la otra dirección —dijo Mencía.
No era una acusación.
Era geografía.
—No venía directamente desde casa.
Tomás intervino.
—¿Desde dónde?
—No tengo que justificar cada trayecto que hago.
—Hoy puede que sí.
Saúl bajó la voz.
—Recibí anoche varias llamadas de Vértice por la preservación del archivo. Sabía que se trataba de una propiedad del periódico y estaba intentando averiguar cuál. Cuando saltó la alarma entendí que era esta.
La explicación podía ser cierta, pero no explicaba cómo había podido llegar en diez minutos a una nave cuya dirección Mencía no le había dado.