La esquela de mañana CAPÍTULO 20 #2
56%

CAPÍTULO 20 #2

Una primera unidad accedería al complejo y revisaría oficinas, zonas comunes y perímetro exterior.

Después entraría el equipo que debía preservar documentos y sistemas.

Mencía permanecería en el vehículo hasta que Tomás considerara segura la zona.

Si necesitaban reconocer cajas o explicar la organización antigua del depósito, entraría acompañada.

—¿Y si aparece la persona que manda los correos? —preguntó.

—No te acercas.

—Puede que solo quiera hablar conmigo.

—Entonces hablará contigo después de que comprobemos que no lleva un bidón de gasolina ni una pistola.

—Muy acogedor.

—Estamos haciendo un esfuerzo.

Mencía bebió un poco de café.

—¿Seguís buscando a Lúa?

—Sí.

—¿La vais a detener si aparece?

—La vamos a identificar, asegurar y llevar a declarar.

—Eso no responde.

—Porque depende de lo que encontremos y de las órdenes judiciales vigentes.

Mencía miró la hora.

04:38.

—Si es ella, cree que alguien le ha robado las esquelas.

—Si es ella, tendrá oportunidad de explicarlo.

—Después de esposarla.

Tomás sostuvo su mirada.

—Mencía, tres personas han muerto dentro de una secuencia que alguien puso en marcha. No puedo organizar una intervención basándome en que tú crees que la autora original tenía buenas intenciones.

—No he dicho buenas.

—Bien.

—He dicho distintas.

Tomás recogió las llaves de la mesa.

—Nos vamos.

Salieron del periódico a las cuatro y cuarenta y cinco.

El trayecto hasta Camino de la Ribera duró veinticuatro minutos.

Mencía iba en la parte trasera de uno de los vehículos de empresa que el periódico utilizaba para desplazamientos y reparto interno. Desde que apareció su esquela, dos agentes de paisano la acompañaban en todos sus movimientos. Delante y detrás viajaban coches policiales sin distintivos.

La ciudad estaba casi vacía.

La lluvia de la noche anterior había dejado el asfalto oscuro y brillante. Al acercarse al estuario, los edificios se separaron y aparecieron solares, talleres cerrados y naves construidas cuando aquella zona todavía era industria y no una promesa inmobiliaria.

Mirador Norte empezaba unos kilómetros más allá.

Mencía reconoció las grúas inmóviles del nuevo desarrollo junto al agua.

Durante años había visto aquella operación como el tema en el que Inés trabajaba cuando murió.

Nada más.

Ahora entendía que quizá fuera la razón por la que había muerto.

El vehículo giró hacia el antiguo depósito a las cinco y nueve.

Mencía miró el teléfono.

No había nuevos mensajes.

El complejo ocupaba cuatro naves rectangulares detrás de una verja. El logotipo antiguo del periódico aún era visible en una pared, descolorido hasta parecer el nombre de otra empresa.

La nave 4 estaba al fondo.

Tomás esperaba junto al acceso de oficinas.

No llevaba chaleco visible. Los agentes tampoco, aunque Mencía identificó armas, auriculares y movimientos demasiado medidos para confundirlos con trabajadores de madrugada.

Uno de los policías se acercó a la puerta del coche.

—Se queda aquí hasta que le indiquen.

—Sí.

Mencía no discutió.

Tomás se acercó a la ventanilla.

—Primera revisión. Quince minutos, quizá veinte.

—¿Habéis visto movimiento?

—No.

—¿Sistemas de acceso?

—Activos. Nadie ha entrado desde que se preservó el lugar, según el registro.

Mencía miró hacia la nave 3.

Desde aquella posición no veía el muelle trasero.

—¿Y cámaras?

—Varias están fuera de servicio. Las que funcionan están siendo copiadas.

Tomás la observó.

—No pongas esa cara.

—¿Cuál?

—La de estar buscando una pregunta que te permita bajarte del coche.

—No tengo tantas caras diferentes como tú crees.

—Tienes exactamente esa.

Se alejó.

A las cinco y veintiocho, el teléfono de Mencía vibró.

Ahora. Nave 3. Tienes siete minutos.

Debajo apareció otra línea.

No vengo a matarte. Quiero que veas qué dejaron preparado antes de que lo encuentre la policía.

Mencía leyó el mensaje.

La hora era demasiado exacta.

La elección, demasiado evidente.

Podía llamar a Tomás.

Si lo hacía, el muelle 3 quedaría cubierto en menos de un minuto.

Si la remitente estaba observando, desaparecería.

Si la remitente era quien había escrito su esquela, Mencía podía estar obedeciendo al asesino.

Si era Lúa, quizá aquellos siete minutos fueran la única oportunidad de escucharla antes de que la policía la redujera a una intrusa con motivo.

Mencía abrió la puerta del coche.

El agente que esperaba a pocos metros se volvió de inmediato.

—¿Qué necesita?

—Tomás me ha dicho que puedo ayudar a identificar la zona antigua de archivo en cuanto despejen el paso.

No era exactamente una mentira.

—Todavía no nos ha dado autorización para movernos.

Mencía señaló la nave 3.

—Solo quiero comprobar si ese lateral comunica con la cuatro. Está en el plano antiguo y puede ahorrarles abrir cajas por el lado equivocado.

El agente miró hacia el acceso principal.

Mencía supo que iba a consultar.

—Treinta segundos —dijo—. Desde la puerta. Si está cerrada, volvemos.

El hombre dudó.

Después la acompañó.

Eso hizo que Mencía se sintiera mejor durante unos diez metros.

El muelle lateral estaba protegido por una marquesina de chapa. La puerta exterior de la nave 3 aparecía entornada.

El agente se detuvo.

—No entramos.

—De acuerdo.

Mencía se acercó solo lo suficiente para mirar al interior.

Las luces de emergencia dibujaban un pasillo ancho entre estanterías vacías.

Al fondo había otra puerta.

El teléfono vibró en su mano.

La del fondo. Solo tú. Si entra él, no me verás.

Mencía leyó la frase.

Él.

No decía policía.

No decía Tomás.

—¿Qué pasa? —preguntó el agente.

Mencía guardó el teléfono.

—La comunicación está abierta.

—Volvemos al coche y aviso.

Tenía razón.

Mencía dio un paso hacia atrás.

Entonces, dentro de la nave, se encendió una luz.

No al fondo.

En una de las estanterías laterales.

Iluminó durante un segundo una caja abierta.

En el lomo de una carpeta se leía desde la puerta:

MIRADOR NORTE — INFORME SUELOS / ORIGINAL

Mencía se quedó quieta.

El agente levantó una mano.

—Atrás.

La luz se apagó.

Mencía oyó un golpe dentro.

Después otro.

Como una puerta cerrándose lejos.

—Voy a llamar —dijo el agente.

Sacó el teléfono.

Mencía miró la puerta del fondo.

Pensó en Inés regresando al periódico con una investigación que nunca llegó a publicar.

Pensó en las cuatro cajas del inventario que, según la remitente, no contenían ya el material verdadero.

Pensó en su propia frase del día anterior.

Preferí una historia cerrada.

Esta vez no quería cerrar nada.

Quería ver.

—Espere aquí —dijo el agente.

Mencía obedeció durante aproximadamente dos segundos.

El hombre se giró lo suficiente para hablar por radio.

Ella cruzó la puerta exterior.

—¡Mencía!

No corrió.

Eso habría convertido la decisión en otra cosa.

Avanzó deprisa por el pasillo mientras el agente entraba detrás.

La puerta del fondo seguía abierta.

Más allá empezaba la nave 4.

Mencía cruzó el umbral.

El agente estaba a menos de diez metros cuando la puerta cortafuegos cayó entre ambos con un estruendo metálico.

Mencía se volvió.

—¡Atrás! —gritó él desde el otro lado.

Intentó abrir.

No cedió.

Al mismo tiempo, detrás de Mencía, otro cierre descendió sobre el acceso principal de la nave 4.

El sonido recorrió el almacén como una persiana enorme.

Durante unos segundos no ocurrió nada más.

Mencía miró alrededor.

Había filas de estanterías, cajas abiertas y polvo suspendido en la luz blanca de emergencia.

Sobre una mesa, alguien había dispuesto varias carpetas.

La primera llevaba el nombre de Inés.

La segunda, el de Tadeo.

La tercera, el de Lúa Barral.

El teléfono de Mencía perdió cobertura.

En la pantalla apareció la hora.

05:36.

Al otro lado de la puerta, el agente seguía golpeando y llamándola por su nombre.

Mencía se acercó al cierre.

—Estoy bien.

No sabía si podía oírla.

Probó el tirador otra vez.

Nada.

Entonces se apagaron las luces del pasillo por el que había entrado.

La nave 4 quedó cerrada.