CAPÍTULO 20
La dirección
Mencía llamó a Tomás a las ocho y cinco.
No intentó interpretar el mensaje antes de hacerlo.
Tampoco salió del despacho.
—Ha vuelto a escribir.
—¿Qué dice?
Mencía leyó las dos frases tal como habían llegado.
—«Esa no es mía». Y después: «Si quieres saber por qué, no dejes que vacíen la nave antes de llegar».
—Reenvíamelo.
—Ya lo tienes.
—¿Has contestado?
—No.
—Bien.
Mencía miró la dirección que seguía abierta en su propia esquela.
CAMINO DE LA RIBERA, 41. NAVE 4.
—¿Qué significa «vaciar la nave»?
—Eso te iba a preguntar yo.
Mencía abrió el calendario interno del periódico. No encontró nada. Después buscó en la documentación de la compraventa y apareció una referencia a la migración física del archivo residual.
—Hay una retirada prevista —dijo—. Parte del material que sigue allí se traslada este fin de semana al centro de digitalización del comprador.
—¿Cuándo?
—Sábado por la mañana.
—Quiero el detalle.
Mencía siguió buscando.
—La recogida empieza a las ocho.
—Entonces nadie vacía nada.
—¿Puedes impedirlo?
—Puedo pedir que se preserve el lugar mientras investigamos una amenaza de muerte que lo señala expresamente.
—Eso suena bastante eficaz.
—A veces pasa.
Mencía cerró el calendario.
—Quiero ir.
—No.
La respuesta llegó tan rápido que casi la hizo sonreír.
—Ni siquiera sabes para qué.
—Para exactamente lo que estás pensando. Ver qué hay allí, reconocer cajas, decirme qué pertenece al caso Inés y probablemente tocar algo que te he pedido que no toques.
—Puedo reconocer materiales sin tocarlos.
—No.
—Tomás.
—Tienes una esquela que anuncia tu muerte dentro de diez horas y trece minutos. No voy a llevarte al lugar que aparece indicado en ella porque te resulte profesionalmente interesante.
Mencía se giró hacia la ventana.
—La persona de los mensajes dice que allí puedo saber por qué mi esquela no es suya.
—La persona de los mensajes puede estar intentando llevarte exactamente donde quiere matarte.
—También.
—Me alegra que contemples esa posibilidad.
Mencía miró otra vez el correo.
—Si la policía entra y se lleva todo antes de que aparezca, quizá perdamos a la fuente.
—Si existe una fuente, sabrá encontrarnos.
—No confía en vosotros.
—No sabemos quién es.
—Creemos saberlo.
—No.
Mencía apoyó una mano en la mesa.
—Vale. No lo sabemos.
Tomás tardó un instante.
—Voy a preservar la nave. No vas allí hasta que yo te diga.
—¿Y si necesitas que identifique material?
—Entonces te lo pediré.
—Eso no ha sido un no absoluto.
—Buenas noches, Mencía.
Colgó.
Mencía se quedó mirando el teléfono.
Había mejorado mucho en aceptar los no de Tomás.
No tanto como él creía.
A las ocho y veintisiete, Noel le envió una copia del inventario parcial del depósito.
La nave había sido durante años una extensión desordenada del archivo del periódico.
Allí terminaban las cajas que nadie consultaba pero tampoco se atrevía a destruir: negativos, colecciones encuadernadas, expedientes de investigación, documentación judicial obtenida por los redactores, material de campañas electorales y discos duros que habían sobrevivido a varias generaciones de sistemas.
Mencía buscó ALVAR .
Tres resultados.
ALVAR, INÉS — MATERIAL FOTOGRÁFICO / 2 CAJAS.
MIRADOR NORTE — DOCUMENTACIÓN DE TRABAJO / 4 CAJAS.
BARRAL, TADEO — COBERTURA JUDICIAL / 3 CAJAS.
Leyó la segunda línea otra vez.
Mirador Norte.
La historia que existía antes de que Inés se convirtiera en un cadáver.
Durante toda la semana habían reconstruido lo que ocurrió después de las diez y cuarenta y seis de aquella noche: quién entró, quién salió, qué hora se cambió, qué coche se movió, qué informe se estrechó.
Habían hablado mucho menos de por qué Inés estaba allí.
Mencía abrió el índice digital asociado a las cuatro cajas.
Los títulos eran escuetos.
INFORME SUELOS — BORRADOR / FINAL.
PARCELAS ESTUARIO — COMPRAVENTAS.
SOCIEDADES — VINCULACIONES.
AYUNTAMIENTO — DESCONTAMINACIÓN.
NOTAS I.A.
No había documentos adjuntos. Solo inventario.
Mencía conocía la versión resumida de aquella investigación: unos antiguos terrenos industriales junto al estuario, una recalificación millonaria y demasiadas empresas comprando barato antes de que el futuro de la zona fuera público.
Según la versión resumida que Mencía conocía, Inés investigaba si alguien había sustituido un informe sobre contaminación del suelo y conseguido que el ayuntamiento asumiera después una parte del coste de limpieza.
El periódico nunca llegó a publicar la investigación completa.
Tras su asesinato, Mirador Norte se había convertido primero en posible motivo y luego en ruido alrededor del caso Tadeo. Cuando la policía encontró al sospechoso que encajaba con la cronología, la trama urbanística perdió espacio hasta convertirse en antecedentes de la víctima.
Mencía sintió una incomodidad conocida.
Otra historia desplazada por una historia más limpia.
A las nueve y doce, Saúl llamó desde casa.
—Necesito que autorices la suspensión de cualquier movimiento físico del archivo durante el fin de semana.
Mencía miró la pantalla.
—¿Por qué me lo pides a mí?
—Porque Vértice me ha enviado una consulta. Han recibido una notificación para preservar uno de los inmuebles vinculados al periódico.
Tomás había sido rápido.
—Autorízalo.
—¿Sabes qué inmueble?
Mencía dejó pasar medio segundo.
—No.
—La orden no lo especifica en la copia que me han remitido.
—Entonces no puedo ayudarte.
Saúl guardó silencio.
—¿Tiene relación con tu esquela?
—No lo sé.
—Mencía.
—Eso es lo que puedo decirte.
Él respiró al otro lado.
—La protección policial no sirve si al mismo tiempo investigas por tu cuenta el lugar al que alguien está intentando llevarte.
—No estoy investigando por mi cuenta.
Aquello era verdad.
De momento.
—Bien —dijo Saúl—. Procura que siga así.
Colgó.
Mencía retomó el inventario de Mirador Norte.
A las diez y tres llegó un nuevo correo anónimo.
Esta vez había asunto.
NO ES LA PUERTA PRINCIPAL.
El cuerpo decía:
Si entran por el acceso de oficinas, encontrarán lo que él quiere que encuentren.
Debajo:
El material de Inés no está donde figura en el inventario.
Se le tensaron los hombros.
Esperó unos segundos.
Llegó una tercera línea.
Muelle 3. Paso interior desde nave 3. No respondas.
No había hora.
Mencía reenvió a Tomás los dos primeros correos.
No el último.
Se quedó mirando la pantalla antes de cerrar la ventana.
Sabía exactamente lo que estaba haciendo.
No podía refugiarse en el impulso.
Ni en que no hubiera tiempo para pensar.
Lo pensó.
Si la remitente era Lúa, la policía seguía buscándola por las intrusiones y las amenazas. Si Tomás conocía un acceso concreto por el que podía aparecer, colocaría agentes allí. Era lo correcto.
También era la forma más rápida de conseguir que Lúa no apareciera.
Mencía no pretendía ir sola al depósito.
No pretendía saltarse el perímetro policial.
No pretendía entrar en una nave vacía sin que nadie supiera dónde estaba.
Se dijo esas tres cosas antes de guardar el correo sin reenviarlo.
La diferencia entre una decisión y una justificación empezaba a resultarle demasiado familiar.
A las once menos cuarto, Tomás volvió al periódico.
—La nave queda inmovilizada. Nadie entra, nadie saca una caja, nadie toca los sistemas de acceso.
—¿Habéis encontrado algo?
—Desde fuera, nada.
—¿Vais a registrar esta noche?
—Cuando tenga el dispositivo preparado.
—¿A qué hora?
—No.
—Necesitas que identifique las cajas de Inés.
—Tenemos un inventario.
—El mensaje dice que el material no está donde figura en el inventario.
—Lo he leído.
Mencía observó su rostro.
—Entonces sabes que necesitarás a alguien que conociera aquel archivo.
—Puedo llevar a Noel.
—No trabajaba aquí hace catorce años.
—Puedo llevar a un antiguo archivero.
—Y tardar horas en explicarle qué estamos buscando.
Tomás se apoyó en el borde de la mesa.
—Quieres que te diga que sí.
—Quiero que admitas que soy útil.
—Eres útil desde un edificio que no aparece en tu esquela.
Tomás la conocía ya demasiado para no entender que no iba a terminar allí.
—Si vas —dijo al fin—, será cuando el perímetro esté asegurado. No te separas de la persona que te acompañe. No decides qué puerta se abre. No sigues mensajes. No haces nada que no se haya acordado antes.
Mencía pensó en Muelle 3 .
—De acuerdo.
Tomás entrecerró los ojos.
—Has aceptado demasiado rápido.
—También sé aprender.
—Eso está por demostrar.
No preguntó si había recibido otro mensaje.
Mencía no tuvo que mentir.
A las doce y media de la noche, el periódico parecía haber entrado en una jornada nueva sin haber terminado la anterior.
Mencía se duchó en el pequeño vestuario que usaban quienes cerraban ediciones largas, se cambió de camisa y durmió cuarenta minutos en el sofá de su despacho con dos agentes en el pasillo.
A la una y cuarenta y siete la despertó el teléfono.
Otro correo.
05:35.
Debajo:
Cuando las luces del pasillo principal estén encendidas, entra por nave 3. El paso interior estará abierto durante dos minutos. Si veo policía contigo, me voy.
Mencía leyó el mensaje cuatro veces.
Después comprobó la hora.
Quedaban menos de cinco horas para las seis y veinte.
No respondió.
Tampoco reenvió.
A las dos y diez, abrió el mapa del depósito.
La nave 4 compartía pared con la 3. El plano de emergencia mostraba un antiguo paso de servicio entre ambas, utilizado cuando el edificio funcionaba como almacén de bobinas y papel. En las reformas posteriores aparecía marcado como acceso técnico.
Muelle 3 quedaba en la parte trasera.
La entrada principal, al norte.
No era una puerta secreta.
Era una puerta que la policía podía controlar si sabía que importaba.
Mencía cerró el plano.
La decisión seguía pareciéndole mala.
Solo había dejado de parecerle absurda.
A las cuatro y treinta, Tomás entró en su despacho con café para los dos.
—Nos movemos en quince minutos.
Mencía miró el vaso.
—¿Esto es un soborno?
—Es para que seas soportable hasta las seis y veinte.
—No va a funcionar.
—Lo sé.
El plan era sencillo.