CAPÍTULO 19
Su propia esquela
A las cuatro y veinte de la tarde, Mencía había conseguido algo que no esperaba: aburrirse de su propia muerte.
No de la amenaza.
De la cobertura.
Había visto su fotografía junto a relojes digitales, cruces, capturas de las otras esquelas y titulares que utilizaban el verbo morirá sin una sola atribución.
Un canal había colocado en una esquina de la pantalla una cuenta atrás hasta las seis y veinte del sábado.
Otro había enviado a una reportera a la puerta de su edificio para explicar que la directora de El Diario de Sendaña permanecía bajo protección.
Mencía pidió que apagaran la televisión de la redacción.
—Nos sirve para saber qué están contando —dijo la jefa de Local.
—Ya sé qué están contando.
—No todo.
Mencía miró el contador.
13:59:42
—Eso seguro que sí.
La pantalla se apagó.
El silencio que dejó no duró mucho. Teléfonos, teclados y conversaciones recuperaron su lugar. Mencía volvió a su despacho y cerró la puerta.
Sobre la mesa había colocado siete carpetas.
No seis.
La diferencia la había descubierto durante la última hora.
Había empezado intentando reconstruir las costuras de la cronología original: una por cada pieza que ahora empezaba a derrumbarse. Pero cuanto más buscaba, menos sentido tenía imaginar que hubiera existido una única frase descartada para cada mentira.
No había seis frases.
Había un método.
Abrió la primera carpeta.
NEREA CAMPILLO.
En las notas:
No le vi la cara, pero era ella.
En el artículo:
Vio a Inés salir.
La segunda.
EFRÉN VELA.
En la primera entrevista:
Supuse que conducía ella.
Después:
Sí. Era Inés.
En portada:
El vigilante observó cómo el vehículo de Inés abandonaba la zona.
La frase publicada era técnicamente más prudente que la declaración que terminaría consolidándose, pero hacía otra cosa: colocaba el coche inmediatamente detrás de la supuesta salida, de modo que el lector completaba por sí solo quién iba dentro.
La tercera carpeta.
OCTAVIO LOBO.
La corrección de dieciocho minutos figuraba en el séptimo párrafo de una noticia técnica.
El titular utilizaba directamente la hora resultante.
UN VÍDEO SITÚA EL COCHE DE TADEO BARRAL CERCA DEL DIARIO ANTES DE LA MUERTE DE INÉS ALVAR.
No habían ocultado que el reloj había sido corregido.
Habían decidido que no era lo bastante importante para contaminar la certeza del titular.
La cuarta.
CANDELA MORIS.
El intervalo preliminar: entre las doce y cuarto y las dos.
El definitivo: después de la una y media.
En el artículo final solo aparecía el segundo.
La quinta.
EL CORREO.
La comprobación interna de aquella madrugada llevaba la firma de Leandro Quiñones, entonces editor de noche. Certificaba que el mensaje figuraba como enviado desde la cuenta de Inés y que el sistema no había mostrado ninguna anomalía visible.
En un borrador antiguo, Mencía había escrito:
Un mensaje aparentemente enviado desde la cuenta de Inés…
En la versión definitiva:
Inés escribió a la una y dieciocho que iba a reunirse con Tadeo.
Una palabra.
Aparentemente.
No parecía gran cosa hasta que desapareció.
La sexta.
LA LLAMADA.
Borrador:
Saúl Neria asegura que recibió una breve llamada de Inés a la una y veinte.
Portada:
Inés telefoneó a Saúl Neria a la 01:20.
Otra atribución eliminada.
Y después estaba la séptima carpeta.
TADEO.
No pertenecía exactamente a la cronología.
Era peor.
Si no vienes esta noche, se acabó.
El titular había terminado ahí.
Treinta y ocho segundos después, Tadeo escribió:
No puedo seguir siendo tu fuente si no confías en mí.
Mencía se quedó mirando las dos frases.
Durante catorce años se había defendido de una acusación que nadie le había formulado con precisión. No había inventado una declaración. No había creado un vídeo. No había falsificado un correo ni una llamada. No había cambiado el informe de Candela.
Todo aquello seguía siendo verdad.
Pero también había elegido qué incertidumbres llegaban al lector y cuáles se quedaban en sus notas.
No siempre las había borrado por completo.
A veces bastaba con moverlas.
Párrafo siete.
Una subordinada.
Una atribución.
Una palabra como aparentemente .
Un mensaje que no cabía en el titular.
Mencía abrió el documento que había empezado unas horas antes.
Lo que sé de Saúl.
Lo que sospecho de Saúl.
Seguía vacío.
Creó una tercera sección.
Lo que sé de mí.
Escribió:
Preferí una historia que pudiera contarse.
Lo leyó.
Demasiado amable.
Lo borró.
Escribió:
Preferí una historia cerrada.
Esta vez no lo eliminó.
Tomás llamó a la puerta poco después de las cinco.
—¿Puedo entrar o estás interrogándote?
—Las dos cosas son compatibles.
Él cerró la puerta y dejó el teléfono sobre la mesa.
—He hablado con el antiguo director.
Mencía enderezó la espalda.
—¿Recuerda la conversación del recurso?
—Sí.
—¿Quién estaba?
—Tú, él y Saúl.
La confirmación produjo menos satisfacción de la que Mencía habría esperado.
—¿Se lo contó a alguien?
—Dice que no lo recuerda. También dice que pudo comentarlo con su mujer o con algún miembro del consejo después. Han pasado años.
—Así que no reduce el círculo a tres.
—Lo reduce bastante. No lo cierra.
Tomás miró las carpetas.
—¿Qué haces?
—Lo que debería haber hecho hace catorce años.
—Eso puede ocuparnos hasta Navidad.
Mencía giró la primera hoja hacia él.
—Estoy buscando qué utilizó quien escribió las esquelas.
Tomás leyó.
Nerea.
Efrén.
Octavio.
Candela.
Correo.
Llamada.
Después Tadeo.
—No son las frases de las esquelas —dijo.
—No.
—Algunas ni siquiera se parecen.
—Porque creo que estaba buscando otra cosa.
Mencía le enseñó las dos versiones del correo.
Aparentemente enviado.
Inés escribió.
Luego las dos de la llamada.
Saúl asegura.
Inés telefoneó.
—No necesitaba encontrar una confesión escondida en cada borrador —dijo—. Necesitaba encontrar los lugares donde una duda dejó de verse.
Tomás siguió leyendo.
—Eso explicaría por qué las esquelas parecen saber exactamente dónde presionar.
—Sí.
—No demuestra quién las escribió.
—No.
—Ni que esa persona tenga razón en todo.
—No.
Tomás levantó la vista.
—Me estás quitando trabajo.
—Disfrútalo mientras dure.
Mencía abrió la pieza del vídeo.
—Octavio no es una frase eliminada. La corrección estaba publicada.
—Pero enterrada.
—No diría enterrada. Séptimo párrafo.
—Eso es enterrada para una persona normal.
—No seas ofensivo con nuestros lectores.
Tomás no sonrió.
—Lo que quiero decir es que no hay una fórmula única. No es alguien encontrando seis frases tachadas en un archivo secreto. Es alguien comparando versiones, registros, notas, documentos que contradicen el relato final.
—Y después pidiendo a cada persona que corrija su parte.
—Eso parece.
Mencía se inclinó hacia delante.
—Hay algo que me molesta.
—Solo una cosa sería buena noticia.
—Si quien escribió las esquelas tenía todo esto antes del lunes, sabía que Nerea mentía, que Octavio cambió la hora, que Candela estrechó el intervalo y que Efrén no vio a Inés.
—Sí.
—Pero no sabía quién mató a Inés.
Tomás tardó un instante.
—¿Por qué lo dices?
—Porque si lo supiera, ¿para qué pedir confesiones parciales? ¿Por qué no señalar al asesino?
—Puede querer castigar a todos.
—Puede.
—Puede querer que se hundan uno a uno.
—También.
Mencía negó con la cabeza.
—No encaja con la fórmula.
Tomás leyó otra vez:
Antes de las 06:20 de mañana podrá corregir lo que dejó escrito.
—Es una salida —dijo Mencía—. Una posibilidad.
—Coacción sigue siendo.
—Sí.
—Amenaza también.
—Sí.
—No la conviertas en una justiciera porque ahora creas que no mató a nadie.
Mencía aceptó la corrección.
—No lo hago.
—Lo estás rozando.
—Digo que quien escribió las auténticas parece necesitar confesiones separadas porque no tiene una prueba única que resuelva el caso.
Tomás se sentó.
—Eso sí tiene sentido.
—¿Tenéis alguna razón para pensar lo mismo?
—Tenemos razones para revisar la hipótesis de que autor y asesino sean la misma persona.
—Candela.
—Candela.
—Efrén.
—También.
Mencía señaló su propia esquela.
—Y esta.
—Y esa.
Tomás dejó pasar unos segundos.
—Pero no olvides algo. Si quien creó las primeras esquelas puso en marcha la secuencia, aunque no quisiera muertes, proporcionó al asesino un calendario, nombres y presión suficiente para que los objetivos se movieran.
—Responsabilidad sin homicidio.
—Posiblemente.
—Si es Lúa…
Tomás la interrumpió.
—No.
Mencía frunció el ceño.
—¿No qué?
—No empieces a hablar de ella como si ya hubiéramos demostrado que es la autora.
—Tiene acceso, motivo y ha enviado mensajes—
—Creemos que ha enviado mensajes.
Mencía respiró.
—Vale.
—Dilo otra vez.
—No.
Tomás se permitió una sonrisa mínima.
—Me conformo.
Mencía recogió las siete carpetas.
—Hay otra cosa que tengo que decirte.
—Eso nunca introduce buenas noticias.
Ella no respondió de inmediato.
Durante años había construido una defensa privada alrededor de una idea: creyó en Tadeo porque las pruebas parecían demostrarlo.
Era cierta.
Pero incompleta.
—Yo quería que aquella historia funcionara.
Tomás esperó.
—Eso ya lo sé.
—No. No como periodista. Como yo.
Él no dijo nada.
Mencía miró el titular antiguo.
INÉS ALVAR SALIÓ DEL PERIÓDICO PARA REUNIRSE CON TADEO BARRAL.
—Tenía veintinueve años. Era la historia más importante que había cubierto. Si salía bien, dejaba de ser la redactora a la que mandaban a un juzgado cuando nadie quería madrugar.
—Mencía…
—Déjame terminar.
Tomás asintió.
—El director quería una cronología. Todos los medios buscaban una explicación. La policía estaba registrando la casa de Tadeo. Cada nueva pieza parecía confirmar la anterior. Y yo sabía que si conseguía contar aquello mejor que nadie, mi carrera iba a cambiar.
—Eso no significa que quisieras condenar a un inocente.
—No.
—Ni que supieras que lo era.
—No.
—Entonces cuidado con la siguiente frase.
Mencía sostuvo su mirada.
—La siguiente frase es que mi ambición formaba parte de la habitación.
Tomás no respondió.
—No fue el motivo por el que publiqué algo que creía falso —continuó—. No creía que fuera falso. Pero quizá fue una de las razones por las que me resultó más fácil tratar las dudas como ruido.
Tomás se recostó en la silla.
—¿Crees que si hubieras sido una periodista con veinte años de carrera habrías publicado otra cosa?
Mencía dejó pasar un instante.
No buscó una respuesta que la dejara mejor.
—No lo sé.
—Esa es una respuesta.
—No muy buena.
—Las respuestas incompletas están de moda esta semana.
Mencía miró otra vez las carpetas.
—Sé que quería tener razón.
—Todo periodista quiere tener razón.
—Yo quería además ser la persona que había tenido razón primero.
Tomás bajó la mirada durante un instante.
—Eso ya es más interesante.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Mencía se levantó y fue hasta la ventana.
Afuera, las cámaras seguían frente al edificio. Había menos que por la mañana, pero suficientes para recordar que ahora la historia que podía consolidar o destruir una carrera era la suya.
—Lo más fácil sería publicar hoy una gran rectificación —dijo.
—No puedes corregir todavía cosas que seguimos investigando.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo dices?
—Porque parte de mí quiere hacerlo para sentir que ya he compensado algo.
—¿Y la otra parte?
—Sabe que sería otra forma de poner un final antes de tenerlo.
Tomás asintió.
—Esa parte me cae mejor.
Mencía regresó a la mesa.
—Voy a esperar.
—Bien.
—Pero no eternamente.
—No esperaba tanto milagro.
A las seis y diez de la tarde, Tomás recogió el teléfono y se marchó para reunirse con el equipo que preparaba la inspección del antiguo depósito.
Mencía no había pedido ir.
Todavía.
Sabía que aquello aumentaría las posibilidades de que él creyera que estaba aprendiendo.
A las seis y cuarenta, Noel le envió el primer informe técnico sobre su esquela.
Confirmaba lo que ya sabían:
plantilla actual;
creación esa madrugada;
ediciones manuales;
perfil de servicio compartido;
consulta a su ficha corporativa;
ninguna dependencia de la cola antigua.
No había un nombre.
Mencía leyó el documento dos veces y lo guardó.
Después volvió a sus propios borradores.
Durante la siguiente hora encontró más pequeñas decisiones.
Un subtítulo donde investigado se había convertido en principal sospechoso después de que una televisión utilizara la expresión.
Una fotografía de Tadeo elegida frente a otra en la que aparecía hablando con su abogado.
Una entradilla que decía la secuencia reconstruida por los investigadores cuando, en realidad, varios elementos procedían de testigos aún contradictorios.
Nada demostraba mala fe.
Todo tenía explicación.
Espacio.
Cierre.
Claridad.
Fuentes.
Rutinas.
La suma seguía siendo la misma.
A las ocho y tres, Mencía cerró todos los documentos.
Había empezado buscando qué había descubierto la persona de las esquelas.
Terminó encontrando algo menos cómodo.
No había hecho falta que nadie alterara sus artículos después.
La versión más cerrada había sido la publicada.
El teléfono vibró.
No era Tomás.
Noel tampoco.
El mensaje llegó a la misma cuenta de correo a la que habían escrito las advertencias anteriores.
Remitente imposible de reconocer.
Sin asunto.
Solo cuatro palabras.
Esa no es mía.
Mencía no necesitó preguntar a qué se refería.
Miró la pestaña donde seguía abierta su esquela.
Leyó el mensaje otra vez.
Esa no es mía.
Debajo apareció, unos segundos más tarde, un segundo correo del mismo remitente.
No contenía explicación.
Solo una frase.
Si quieres saber por qué, no dejes que vacíen la nave antes de llegar.