CAPÍTULO 18
Mencía Roldán
La esquela empezaba con una frase que Mencía habría eliminado.
No decía presuntamente .
No decía si nadie lo impide .
No decía según una amenaza recibida por este periódico .
No había atribución, condición ni margen.
Era una frase cerrada.
Mencía la leyó dos veces antes de continuar.
La primera parte del texto parecía una biografía profesional.
Mencionaba sus años en El Diario , la cobertura de tribunales, el ascenso a puestos de responsabilidad y, con una precisión que le resultó más incómoda que cualquier insulto, el momento en que el caso Inés Alvar había cambiado su carrera.
No decía que hubiese fabricado pruebas.
Eso habría sido fácil de desmontar.
Decía algo peor porque estaba más cerca de la verdad.
Su prestigio comenzó con una historia en la que cada duda fue perdiendo espacio hasta que un hombre pareció culpable antes de ser juzgado.
Mencía apoyó los codos sobre la mesa.
La redacción seguía funcionando al otro lado del cristal. Desde allí podía ver a Noel hablando con dos técnicos de la unidad policial, a la jefa de Local corrigiendo una pieza y a un redactor fingiendo no mirar hacia su despacho cada vez que levantaba la cabeza.
Ella también fingía.
Fingía estar leyendo un documento ajeno.
Continuó.
La esquela citaba el titular sobre las últimas horas de Inés, el mensaje de Tadeo recortado de su continuación y la fotografía en la que el encuadre había dejado fuera a Lúa.
Después resumía lo que había ocurrido durante esa semana.
Nerea había reconocido que no vio salir a Inés.
La hora del vídeo de Octavio no era la original.
Candela había rectificado la certeza de su informe.
La esquela de Efrén lo había señalado por haber hecho salir un coche.
No aparecía ninguna información reservada de la investigación policial.
Todo podía reconstruirse con lo ya publicado o con datos accesibles dentro del periódico.
Mencía llegó a una línea distinta.
Mencía Roldán conocía el valor de una duda mucho antes de esta semana.
Se detuvo.
Debajo no había una prueba.
Había un recuerdo.
Durante el primer recurso de Tadeo Barral pidió al director de este periódico que la apartara temporalmente de cualquier información relacionada con el caso.
Dijo que no quería volver a firmar una línea sobre él.
Dos días después regresó a la cobertura sin que aquella duda llegara jamás a los lectores.
Mencía apartó las manos del teclado.
No había registro de aquella conversación.
Estaba segura.
No había enviado ningún correo. No existía una solicitud de Recursos Humanos ni una nota en su expediente. Ni siquiera había sido una petición formal.
Había entrado en el antiguo despacho del director después de una reunión sobre el primer recurso de Tadeo y había dicho que no podía seguir cubriendo aquello durante unos días.
No recordaba las palabras exactas.
Sí recordaba quiénes estaban allí.
El director.
Saúl.
Y ella.
Mencía cerró los ojos.
Durante mucho tiempo había interpretado aquella escena como agotamiento. Llevaba meses viviendo dentro de un expediente, soportando llamadas de abogados, mensajes de lectores, cámaras frente al periódico y una atención que ya no distinguía entre el asesinato de Inés y quienes informaban sobre él.
Había pedido apartarse.
Dos días después había vuelto.
No porque alguien la obligara.
Porque el recurso no aportó entonces una prueba que el periódico considerara suficiente para cuestionar la condena y porque ella se convenció de que su incomodidad personal no debía alterar el trabajo.
La esquela convertía aquella vacilación en una confesión previa.
Era injusto.
Y no completamente falso.
Mencía abrió la puerta del despacho.
—Noel.
Él levantó la cabeza.
—¿Sí?
—Cuando puedas.
Noel entró menos de un minuto después.
Mencía señaló el párrafo.
—Esto no está en mi ficha.
Leyó.
—¿Seguro?
—Completamente.
—¿En correos antiguos?
—No lo escribí.
—¿Actas de dirección?
—No hubo acta.
Noel volvió a leer.
—Entonces alguien lo sabía.
—Sí.
—¿Cuánta gente?
Mencía no respondió enseguida.
—Poca.
Noel no preguntó nombres todavía.
Se sentó frente a la pantalla.
—La página se creó esta madrugada. Si ese dato no sale de ningún repositorio, el autor tuvo que introducirlo manualmente.
—¿Puedes ver cuándo?
—Cada bloque tiene historial.
Abrió el registro técnico.
El texto biográfico se había preparado en varias ediciones entre la una y las cuatro de la madrugada. El párrafo sobre el recurso de Tadeo aparecía en una revisión de las 02:17.
—¿Usuario?
—El mismo perfil de servicio.
—Nada personal.
—Nada que podamos atribuir todavía.
Mencía señaló la última frase de la esquela.
—Busca esto.
Sin posibilidad de rectificación.
Noel la copió en el buscador interno.
Aparecieron resultados.
Muchos menos de los que Mencía esperaba.
La expresión figuraba en comunicaciones jurídicas antiguas, borradores de requerimientos y modelos internos utilizados por el área legal.
Mencía recorrió las fechas.
—¿Los redactó Saúl?
—Algunos llevan su usuario. Otros son plantillas del departamento.
—Entonces la frase no es suya.
—Es del lenguaje de su área.
—No es lo mismo.
Noel la miró.
—Cada vez eres más difícil de impresionar.
—Es temporal.
Él cerró la búsqueda.
—La esquela sigue siendo distinta aunque quitemos esa frase.
—Lo sé.
—CMS nuevo, datos actuales, sin fórmula condicional, sin referencia a una prueba.
—Y un dato que no estaba digitalizado.
—Eso.
Mencía retomó el párrafo del recurso.
—Preserva el historial completo.
—Ya lo está.
—Y no digas a nadie qué parte me preocupa.
Noel dudó.
—¿Tomás?
—A Tomás sí.
—¿Saúl?
Mencía sostuvo su mirada.
—No todavía.
Noel asintió y salió.
Mencía llamó al inspector.
Tomás respondió desde algún lugar donde había demasiado ruido.
—Dime.
—Hay información en mi esquela que no procede de los archivos.
El ruido disminuyó. Probablemente se había apartado.
—¿Qué información?
Mencía se lo contó.
Tomás no habló durante unos segundos.
—¿Quién estaba en esa conversación?
—El director de entonces, Saúl y yo.
—¿El antiguo director sigue localizable?
—Sí, supongo. Se jubiló hace años.
—No lo llames.
—No pensaba hacerlo.
—Mentira.
—Esta vez no.
Tomás pareció aceptar el progreso.
—¿Alguien más pudo enterarse después?
Mencía intentó recordarlo.
—Puede que lo comentara con alguien sin acordarme. Pero no creo. Me daba vergüenza haber pedido que me apartaran y regresar dos días después.
—¿Por qué regresaste?
—Porque decidí que estar incómoda no convertía la condena en falsa.
—Eso no parece una razón absurda.
—No lo era.
Mencía miró la esquela.
—El texto hace que parezca que yo ya sabía que habíamos condenado a un inocente y seguí publicando.
—¿Lo sabías?
—No.
—Entonces no dejes que una redacción interesada convierta una duda antigua en conocimiento.
La frase la hizo sonreír sin ganas.
—Eso suena familiar.
—Es la semana temática.
Mencía bajó hasta el final.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—La esquela no me pide nada.
—Ya lo sabemos.
—No exactamente. No me ofrece nada a cambio de corregir. No señala una prueba. No dice que pueda detenerse.
—Porque no quiere una confesión.
—Quiere que crea que voy a morir.
—Sí.
Mencía leyó la frase final.
Mañana, a las 06:20, Mencía Roldán morirá sin posibilidad de rectificación.
—Esa persona necesita que yo actúe por miedo.
—Probablemente.
—Entonces no moverme puede ser más útil que esconderme.
—No confundas no obedecer a la esquela con no obedecer a la policía.
—Sabía que vendría esa parte.
—Vas a seguir protegida.
—Sí.
Tomás no pasó a la siguiente pregunta.
—¿Estás bien?
Mencía miró su propio nombre en la página.
—No sé qué respuesta sería verificable.
—Empiezas a resultar agotadora.
—Eso me han dicho.
—Te veo en el periódico en una hora.
Colgó.
A las doce y cuarenta, la esquela ya circulaba fuera de Sendaña.
Varias cadenas de televisión habían colocado la fotografía de Mencía junto a un reloj digital.
Una web había abierto una encuesta preguntando si la directora sobreviviría.
Otra titulaba que «la mujer que publicó las esquelas será la siguiente víctima», aunque Mencía no había publicado voluntariamente ninguna.
Pidió que nadie en El Diario respondiera a esas piezas.
No porque le faltaran ganas.
Porque lo que venía después parecía estar escribiéndose solo, y ella sabía demasiado bien lo peligroso que era ayudarlo.
La llamó una radio nacional.
No contestó.
La llamó una agencia.
Contestó únicamente para confirmar tres hechos:
la esquela no estaba autorizada;
la policía investigaba su origen;
ella seguía trabajando.
Cuando el periodista preguntó si temía morir a las seis y veinte, Mencía respondió:
—Temo a la persona que quiere que esa hora parezca inevitable.
La frase apareció publicada siete minutos después.
Se arrepintió de haberla dicho durante ocho.
Después decidió que al menos era exacta.
Saúl regresó al despacho a la una y media.
Cerró la puerta detrás de él.
—Vértice ha preparado un coche.
Mencía no levantó la vista del documento que estaba revisando.
—No voy a irme.
—No te estoy preguntando si quieres.
Ahora sí lo miró.
—Eso normalmente funciona peor.
Saúl se sentó.
—Han asesinado a tres personas. A Candela intentaron alcanzarla después de que confesara. Tu nombre aparece ahora en el mismo sistema.
—No en el mismo sistema.
—Sabes a qué me refiero.
—Precisamente la diferencia importa.
Saúl apretó las manos.
—¿De verdad vas a convertir una distinción técnica en motivo para quedarte?
—Voy a convertirla en motivo para no hacer exactamente lo que espera quien escribió esto.
—¿Y sabes qué espera?
—Todavía no.
—Entonces deja que la policía te esconda hasta mañana.
—La policía no quiere ocultarme sin más. Quiere controlar dónde estoy y quién lo sabe.
Saúl la observó.
—¿Eso significa que también me están ocultando información a mí?
Mencía no respondió.
No necesitaba.
—Fantástico —dijo él—. Soy responsable jurídico del periódico y ahora tengo que enterarme por la prensa de cómo protegen a su directora.
—Eres también una persona mencionada por Efrén.
La frase salió antes de que Mencía decidiera si debía decirla.
Saúl se quedó quieto.
—¿Efrén habló antes de morir?
Mencía comprendió el error.
Tomás había pedido expresamente que ese dato no se compartiera todavía.
No podía retirarlo.
—No puedo contarte más.
Saúl cambió de expresión.
No de forma espectacular.
Perdió simplemente la irritación.
—¿Qué dijo?
—Saúl.
—¿Qué dijo de mí?
—Habla con Tomás.
—Te lo estoy preguntando a ti.
Mencía sostuvo su mirada.
—Y yo no voy a contestar.
Él se levantó.
—Llevamos catorce años trabajando juntos.
—Precisamente.
—¿Eso ahora juega en mi contra?
—Ahora no juega a favor de nadie.
Saúl caminó hasta la puerta y se detuvo.
—Si de verdad quieres aprender de lo que pasó con Tadeo, procura no utilizar el silencio de una persona como prueba contra ella.
Mencía recibió la frase sin responder.
Saúl salió.
Tenía razón.
Otra vez.
Eso no hacía desaparecer lo que Efrén había dicho.
Tampoco lo convertía en culpable de asesinato.
Mencía abrió una hoja nueva.
Escribió:
Lo que sé de Saúl.
Debajo:
Lo que sospecho de Saúl.
No puso nada aún.
Tomás llegó a las dos y cuarto.
No estaba solo. Dos agentes revisaron primero el despacho y después se quedaron fuera. Él cerró la puerta.
—¿Qué le has dicho?
Mencía supo de inmediato a qué se refería.
—Que Efrén lo mencionó.
Tomás cerró los ojos.
—Te pedí que no le dijeras nada.
—Lo sé.
—¿Y?
—Me equivoqué.
Tomás abrió los ojos.
La respuesta pareció desarmarlo más que cualquier discusión.
—¿Solo eso?
—Solo eso.
—Fantástico. Ahora no sé qué hacer con el discurso que traía preparado.
—Guárdalo. Volveré a darte oportunidad.
Tomás dejó una carpeta sobre la mesa.
—Hemos comprobado el recibo del taxi. La compañía conserva libros contables digitalizados y el servicio existió. Recogida en la estación a la una veintisiete, pago en efectivo. No identifica al pasajero, pero encaja con lo que dijo Efrén.
—¿La llave?
—Compatible con el vehículo de Inés. Falta cerrar pericialmente la trazabilidad.
—¿La nota?
—La escritura parece de Efrén. También estamos autenticándola.
Cada pieza aumentaba el peso de su relato sin saltar todavía a la conclusión.
—¿Y mi esquela?
Tomás tomó el portátil.
Leyó el párrafo del recurso.
—¿Solo tres personas?
—Que yo recuerde.
—Vamos a hablar con el antiguo director sin avisar previamente del contenido.
—Bien.
—Y quiero que Noel haga una extracción de todos los documentos donde aparezca «sin posibilidad de rectificación».
—Ya la empezó.
Tomás levantó la vista.
—¿Por qué me necesitáis exactamente?
—Para que podamos echarte la culpa si algo sale mal.
—Eso tiene más sentido.
Mencía pasó al final de la página.
—Hay algo que no había visto.
Tomás se inclinó.
Debajo de la frase sobre su muerte había un espacio mayor que el resto. Mencía había pensado que era diseño.
No lo era.
Había otra línea, en un cuerpo de letra más pequeño.
Antes de morir, puede visitar el lugar donde dejó la verdad que no quiso publicar.
Tomás leyó.
—Eso sí es una invitación.
Mencía desplazó la página.
Debajo aparecía una dirección.
No un enlace.
No coordenadas.
Texto plano.
ANTIGUO DEPÓSITO DE EL DIARIO CAMINO DE LA RIBERA, 41 NAVE 4
Mencía conocía el lugar.
No había estado allí en años.
Antes de que el periódico digitalizara el grueso de su archivo, aquella nave había almacenado cajas de fotografías, bobinas, documentación judicial, material de campañas antiguas y todo lo que no cabía en el edificio principal pero nadie se atrevía todavía a destruir.
Parte del caso Inés había pasado por allí durante una reorganización.
Tomás hizo una fotografía de la pantalla.
—No vas.
—No he dicho nada.
—Te conozco la cara.
—No sabía que tuviera una específica para almacenes.
—La tienes para lugares a los que te acaban de prohibir ir.
Mencía releyó la frase.
El lugar donde dejó la verdad que no quiso publicar.
—Quien escribió esto sabe que reaccionaré a una acusación profesional mejor que a una amenaza de muerte.
—Sí.
—No me está mandando esconderme.
—Te está dando un destino.
—Sí.
Tomás guardó el teléfono.
—Y por eso tú no vas a decidir qué hacemos con él.
Mencía miró la dirección.
Por primera vez desde que había aparecido su nombre en la portada, la esquela dejaba de ser únicamente un texto.
Se convertía en un lugar.