La esquela de mañana CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

La hora que no coincide

A las seis y veinte del viernes llegaron dos mensajes.

El primero entró en el correo de Mencía.

No llevaba asunto.

TRASTERO 214. ALMACENES NORTE. CARRETERA DEL PUERTO, 6.

Debajo había una línea.

Caja gris. La llave y el recibo están dentro.

Mencía apenas terminó de leer cuando el móvil vibró de nuevo.

Esta vez era Noel.

No respondió.

No hizo falta.

La portada del periódico acababa de actualizarse en el portátil que tenía abierto sobre la mesa del salón.

El recuadro negro había vuelto.

Mencía vio primero la fotografía.

Luego su nombre.

MENCÍA ROLDÁN

Durante un instante no leyó nada más.

Se quedó mirando la imagen corporativa que llevaba años apareciendo junto a sus artículos. No era una fotografía reciente ni antigua. Era simplemente la que el sistema utilizaba cuando alguien pulsaba sobre su firma.

La misma ficha que alguien había consultado a las 00:31.

El teléfono seguía vibrando.

Contestó.

—Lo estoy viendo.

Noel habló demasiado deprisa.

—No viene de la cola antigua.

Mencía apartó la vista de su nombre.

—¿Seguro?

—No quiero decir seguro todavía. Digo que no está entrando igual. La publicación se ha renderizado desde el CMS actual.

—Preserva todo.

—Ya.

Mencía bajó un poco en la página.

Buscó la frase que había acompañado a Nerea, Octavio, Candela y Efrén.

No estaba.

Antes de las 06:20 de mañana podrá corregir lo que dejó escrito.

Nada.

En su lugar había otra línea.

Fallecerá mañana a las 06:20, sin posibilidad de rectificación.

Mencía dejó de desplazarse.

—Noel.

—Sí.

—No tiene la fórmula.

—Lo sé.

—Y dice «sin posibilidad de rectificación».

—Lo estoy guardando.

—No toquéis la página.

—Mencía, no pensaba—

—Lo sé. Perdona.

Colgó y llamó a Tomás.

Él contestó con ruido de motor al fondo.

—Ha llegado la ubicación —dijo Mencía.

—La tengo.

—Y mi esquela.

La respuesta llegó después de una pausa.

—También.

—No es igual.

—No abras nada más.

—Ya la he abierto.

—Claro.

Mencía se levantó.

Los agentes que habían pasado la noche en el portal ya estaban subiendo. Oyó el ascensor detenerse en su planta.

—Efrén no canceló el mensaje.

—Eso significa que no pudo o no quiso. No sabemos cuál.

—Dijo que lo cancelaría si seguía a salvo.

—Dijo que lo intentaría.

Mencía miró el correo.

—La ubicación es un trastero.

—Va una unidad.

—Quiero ir.

—No.

—Tomás.

—Tienes una esquela que anuncia tu muerte para mañana. A partir de este momento vas donde yo te diga o voy a tener que dedicar recursos a impedir que te mates colaborando.

Mencía abrió la puerta antes de que llamaran.

Dos agentes esperaban fuera.

—Eso ha sonado personal.

—Es cansancio.

—¿Dónde voy?

—Al periódico, con ellos. Hay demasiada gente allí para improvisar algo sin dejar rastro y necesito que Noel trabaje con la unidad tecnológica.

—¿Y Efrén?

—Te llamo.

Mencía cogió el bolso y el portátil.

Antes de cerrar, miró una vez más la pantalla.

Su nombre seguía allí.

No leyó el cuerpo de la esquela.

Todavía no.

A las seis y treinta y ocho llegó al periódico por el garaje.

Había cuatro policías más de los que había dejado la noche anterior y una tensión que recorría la redacción en dirección contraria a todas las miradas. Nadie sabía si saludarla, preguntarle algo o fingir que la directora no acababa de aparecer en su propio obituario.

Mencía decidió ayudarles.

—Seguimos trabajando.

No era una gran frase.

Funcionó.

Noel la esperaba junto a su mesa.

—Mira.

Había abierto dos registros en paralelo.

A la izquierda, la esquela de Efrén.

A la derecha, la de Mencía.

—Las cuatro primeras —dijo— se crearon como trabajos heredados del módulo antiguo. Tienen identificador ARCHIVO_NECRO, plantilla obsoleta y un paquete de metadatos que el sistema actual conserva aunque ya no utilice.

—Y la mía.

—Se ha creado con la plantilla de necrológicas vigente.

—¿Cuándo?

—El trabajo empezó esta madrugada. La consulta de tu ficha a las 00:31 forma parte de la preparación.

Mencía miró el registro.

—Entonces no estaba programada con las demás.

—No.

La palabra fue demasiado clara.

Noel señaló otra línea.

—Además, las auténticas quedaron transferidas a una cola administrativa después de que apareciera la primera. Esta no. Esta nace directamente en el sistema actual.

Mencía se apoyó en la mesa.

—¿Dos autores?

—Dos procedimientos.

—No es lo mismo.

Noel la miró.

—No.

Mencía agradeció que no la ayudara a saltar la distancia.

—¿Quién puede crear algo así?

—Con estos permisos, más gente de la que me gustaría.

—¿Lúa?

—No desde su cuenta bloqueada.

—¿Saúl?

—Su área tiene acceso administrativo.

—Eso tampoco demuestra que fuera él.

—No.

Mencía repasó las dos columnas.

Una cola antigua.

Un trabajo nuevo.

Una fórmula que permitía corregir.

Otra que anunciaba una muerte.

No necesitaba saber todavía quién había escrito cada una para comprender que su esquela no se comportaba como las demás.

Saúl apareció poco antes de las siete.

Entró acompañado por uno de los responsables de seguridad del edificio y fue directamente hacia Mencía.

—He visto la portada.

—Todo el mundo.

—Quiero que salgas de Sendaña.

Mencía levantó la vista.

—Buenos días.

—No estoy bromeando.

—Yo tampoco.

Saúl señaló a los agentes.

—Esto ya no es una amenaza contra testigos del caso. Es contra ti.

—Gracias por la clasificación.

—Vértice tiene un apartamento de seguridad en otra ciudad. Se puede organizar un traslado discreto.

—No.

—Mencía.

—Tomás decide mi protección.

—Tomás investiga homicidios. Yo estoy intentando que mañana no seas uno.

La frase habría sonado protectora en cualquier otro momento.

Mencía la escuchó con cuidado.

—¿Has hablado con él?

—Hace cinco minutos.

—¿Y?

—Me ha dicho que no te muevas sin autorización.

—Entonces estamos de acuerdo.

Saúl apretó la mandíbula.

—No estás entendiendo lo que ha cambiado.

—Creo que precisamente eso es lo que intento entender.

Mencía giró la pantalla para que viera los registros.

—Mi esquela no salió de ARCHIVO_NECRO.

Saúl leyó las dos columnas.

—¿Qué significa?

—Que alguien la creó con el sistema actual.

—Eso reduce bastante el círculo.

—Lo amplía en algunos sitios y lo reduce en otros.

Saúl miró a Noel.

—¿Podemos saber qué cuenta?

—Todavía no.

—¿Vértice?

—Posible.

—¿Nexo?

—Posible.

—¿Nosotros?

Noel no respondió de inmediato.

—También.

Saúl volvió a Mencía.

—Más razón para sacarte del edificio.

—O para no moverme hasta saber quién conoce cada traslado.

El recuerdo de Candela quedó entre ellos sin ser mencionado.

Saúl bajó la voz.

—¿Crees que yo filtré dónde estaba?

—Creo que no sé quién lo hizo.

Él sostuvo la mirada unos segundos.

—Eso no es un no.

—Tampoco es un sí.

Saúl se apartó.

—Cuando decidas confiar en alguien, avísame.

—Eso está llevando más tiempo de lo previsto.

No respondió.

A las siete y once llamó Tomás.

—Han abierto el trastero.

Mencía se alejó de la redacción.

—¿Está Efrén?

—No.

Sintió alivio y miedo en la misma medida.

—¿La caja?

—Sí.

—¿Qué hay?

—Una llave de vehículo antigua con etiqueta de inventario del periódico. Un recibo de taxi de aquella noche y una nota manuscrita.

Mencía apoyó la espalda contra la pared.

—¿Qué dice?

—No te la voy a leer completa hasta autenticarla.

—Tomás.

—Dice que él movió el coche por indicación de Saúl y que guardó esos objetos porque temía que algún día le responsabilizaran de todo.

La prueba no convertía a Saúl en asesino.

Pero la llamada de Efrén ya no estaba sola.

—¿El recibo encaja?

—Hora de recogida en la estación, una y veintisiete. Destino a dos calles del periódico. Estamos verificando el archivo de la compañía.

—¿Y la llave?

—Parece corresponder al modelo del coche de Inés. Se va a peritar.

—Entonces Efrén decía la verdad.

—Sobre esas partes, cada vez tenemos más razones para creerlo.

El reloj marcaba las 07:13.

—¿Dónde está él?

—Todavía no lo sabemos.

—No pudo cancelar el envío.

—Lo sé.

—Tomás.

—Estamos siguiendo la telemática de los vehículos de su empresa.

—¿Desde cuándo la tenéis?

—Desde hace poco. La empresa nos ha dado acceso de emergencia al histórico.

—¿Y?

Tomás tardó.

—Su furgoneta particular dejó de transmitir cerca de un antiguo almacén logístico a las cinco cincuenta y dos.

Mencía enderezó la espalda.

—Antes de las seis y veinte.

—Sí.

—¿Está allí?

—Va una unidad.

—Quiero saberlo en cuanto—

—Lo sabrás.

Colgó.

Mencía regresó a su mesa.

Su esquela seguía abierta.

La cerró.

No porque no quisiera leerla.

Porque todavía había alguien más en peligro aunque el plazo ya hubiera vencido.

A las ocho y cuatro, la policía localizó la furgoneta de Efrén.

A las ocho y diecinueve, Tomás confirmó que habían encontrado su cuerpo dentro de una oficina anexa al antiguo almacén.

No dio detalles.

Mencía no se los pidió.

—¿Cuándo murió?

—Todavía no voy a darte una hora.

—Pero antes de las seis y veinte.

Tomás hizo una pausa.

—Has dicho que la furgoneta dejó de transmitir a las cinco cincuenta y dos.

—Eso no demuestra una muerte.

—¿Qué sí?

—Una cámara.

—El almacén conserva un sistema local muy viejo —continuó—. Hay una grabación en la que Efrén entra en la oficina. La marca superpuesta en la imagen dice 06:18:42.

—Entonces estaba vivo a las seis y dieciocho.

—Eso es lo que alguien quería que pareciera.

Mencía dejó de respirar durante un segundo.

—¿Qué has encontrado?

—El archivo fue recibido por el servidor de grabación a las 05:50:11.

—No puede recibir a las cinco cincuenta una imagen grabada a las seis dieciocho.

—Exacto.

Mencía se sentó.

—Cambió el reloj de la cámara.

—Alguien lo adelantó veintinueve minutos poco antes de que Efrén entrara y lo devolvió después.

—¿Queda registrado?

—El sistema guarda los cambios de configuración en un registro separado. Quien manipuló la hora modificó la superposición visible, pero no el tiempo de recepción del servidor.

Mencía pensó en Octavio.

Dieciocho minutos.

Una hora corregida hasta que una imagen contaba otra historia.

Otra cámara.

Otra vez el tiempo utilizado como argumento.

—¿La grabación muestra a alguien más?

—Un segundo vehículo entra por otra zona, pero el ángulo no permite identificar matrícula ni conductor.

—¿Sale?

—Sí.

—¿Cuándo?

—En tiempo real, antes de las seis.

Mencía apretó el teléfono.

—Entonces Efrén estaba muerto antes de las seis y veinte.

Tomás tardó en responder.

—La escena y la primera valoración forense son incompatibles con que muriera después de esa salida del segundo vehículo. No te voy a dar un minuto exacto, pero sí: ya podemos descartar que el fallecimiento ocurriera a las 06:20.

Mencía miró la portada del periódico desde su pantalla.

Durante cuatro días, miles de personas habían aprendido una regla.

Nombre.

Plazo.

Muerte.

06:20.

—La hora estaba fabricada.

—En Efrén, sí.

—La cámara también.

—Sí.

—Y el mensaje llegó a las seis y veinte porque él lo había programado.

—Sí.

La estructura entera cambió de forma ante ella.

No era una profecía que alguien hubiera fallado con Candela.

Era una puesta en escena que necesitaba ser conservada.

—Quien lo mató necesitaba que creyéramos que Efrén había llegado vivo hasta la hora.

—Eso parece.

—Aunque ya estuviera muerto.

—Sí.

—Porque si el patrón se rompe, dejamos de mirar las esquelas como si supieran lo que va a pasar.

Tomás no respondió.

No era necesario.

Mencía abrió la pieza que llevaba días preparando sobre las seis y veinte.

El titular provisional decía:

LA HORA QUE SE REPITE

Lo borró.

Escribió:

LA HORA QUE ALGUIEN ESTÁ FAbrICANDO

No lo publicó.

Todavía no.

—¿Vas a contarme algo más? —preguntó Tomás.

Mencía miró la esquela de su propio nombre, minimizada en una pestaña.

—La mía es distinta.

—Lo sé.

—No salió de la cola antigua.

—Noel me lo ha explicado.

—No ofrece corregir nada.

—También.

—Entonces puede que quien mató a Efrén haya decidido dejar de fingir que sigue las reglas.

Tomás guardó silencio.

—O puede que tu esquela no pertenezca a la misma persona que escribió las otras —dijo al fin.

Mencía apoyó los dedos en el teclado.

—Eso sería dos autores.

—Serían al menos dos procedimientos.

Mencía sonrió sin ganas.

—Noel estaría orgulloso.

—Es contagioso.

A las diez y doce, la policía confirmó públicamente la muerte de Efrén Vela.

No dio hora.

No dio causa.

No informó todavía de la manipulación de la cámara.

El periódico hizo lo mismo.

Mencía prohibió titular que hubiera muerto «al vencer el plazo».

Ahora disponían de pruebas de que esa frase era falsa.

A las once y media, Saúl entró en su despacho.

—Han encontrado a Efrén.

—Sí.

—¿Sabemos cuándo murió?

Tomás había pedido que no difundiera todavía la discrepancia horaria.

—No.

Saúl asintió.

—Vértice insiste en trasladarte.

—No.

—Mañana a las seis y veinte—

—Mañana no sabemos qué va a ocurrir a las seis y veinte.

—Tu esquela dice que vas a morir.

—También las otras decían cosas.

—Y tres personas murieron.

—Candela no.

Saúl se quedó callado.

Mencía observó su rostro.

No encontró nada que pudiera escribir como hecho.

—¿Has leído la mía? —preguntó él.

—No completa.

—¿Cómo puedes no haberla leído?

—Con bastante disciplina.

—¿Por qué?

Mencía miró la pestaña cerrada.

—Porque una vez permití que una historia escrita con demasiada seguridad decidiera dónde mirar. No pienso dejar que una esquela haga lo mismo.

Saúl la observó durante unos segundos.

—Eso suena bien.

—No era para publicarlo.

—Mejor.

Se marchó.

Mencía esperó hasta quedarse sola.

Luego abrió la esquela.

No empezó por el principio.

Buscó primero lo que faltaba.

No había opción de corregir.

No había referencia a una prueba que pudiera entregar.

No había ninguna condición.

Al final del texto, una frase ocupaba su propia línea:

Mañana, a las 06:20, Mencía Roldán morirá sin posibilidad de rectificación.

Mencía volvió arriba.

Y empezó a leer su propia vida escrita por alguien que no quería que confesara nada.