La esquela de mañana CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Efrén ha desaparecido

Mencía no repitió la respuesta.

La escribió.

YO.

El cursor quedó parpadeando detrás de las dos letras mientras Efrén respiraba al otro lado de la llamada.

—¿Moviste tú el coche de Inés?

—Sí.

Mencía abrió una conversación con Tomás en el ordenador y escribió sin apartar el teléfono de la oreja.

EFRÉN AL TELÉFONO. ADMITE QUE MOVIÓ EL COCHE.

Pulsó enviar.

—¿Por qué?

—Porque me lo pidieron.

—¿Quién?

Efrén guardó silencio.

Mencía miró la hora.

22:42.

—Ya has llegado hasta aquí.

—No sabes lo que significa llegar hasta aquí.

—Sé que Nerea y Octavio están muertos.

—Precisamente.

Mencía oyó un golpe leve, quizá una puerta de coche cerrándose lejos de él.

—¿Dónde estás?

—No me preguntes eso.

—La policía puede protegerte.

—No.

—Candela está viva.

—Candela habló antes de que fueran a por ella.

—Y por eso sigue viva.

Efrén soltó una respiración áspera.

—No. Sigue viva porque la sacaron de allí antes de las seis y veinte.

La frase hizo que Mencía enderezara la espalda.

—¿Cómo sabes lo de la hora?

—Lo sabe todo el mundo.

Era cierto.

Demasiado cierto para extraer nada de la respuesta.

En la pantalla apareció el aviso de lectura de Tomás.

Después una única palabra.

SIGUE.

Mencía volvió a Efrén.

—¿Quién te pidió mover el coche?

—Saúl.

No hubo dramatismo.

Ni pausa.

El nombre cayó con la misma voz con la que Efrén habría podido decir una calle.

Mencía no lo escribió de inmediato.

Lo dejó entrar primero.

—¿Saúl Neria?

—Sí.

Ahora sí lo anotó.

SAÚL.

—¿Cuándo?

—Aquella noche.

—Necesito más.

—Poco antes de la una.

—¿Antes de que usaras la tarjeta de Inés?

Efrén calló.

Mencía entendió que había acertado.

—Fue él quien te dio la tarjeta.

—Sí.

—¿Y la llave del coche?

—También.

La antigua cronología se deshizo un poco más, con una sencillez casi obscena.

No una salida.

Una tarjeta en otra mano.

No Inés conduciendo.

Efrén.

—¿Qué te dijo?

—Que Inés estaba mal. Que había tenido una crisis y no quería cruzarse con nadie.

—¿La viste?

—No.

—¿Preguntaste por qué Saúl tenía su tarjeta y la llave?

—Me dijo que se las había dado ella.

—¿Y lo creíste?

—Saúl era el abogado del periódico. Inés estaba dentro. Yo llevaba años dejándolos entrar y salir a horas que no correspondían. No pensé…

Se interrumpió.

—¿Qué no pensaste?

—Que estuviera muerta.

Mencía dejó de escribir.

El ruido de la redacción pareció alejarse.

—¿Saúl te dijo que estaba dentro?

—Sí.

—¿Dónde?

—En el archivo. Que quería quedarse sola un rato y salir después sin tener el coche en la puerta.

—¿Por qué llevarlo a la estación?

—Me dijo que ella se reuniría allí con alguien.

Tadeo.

Mencía no pronunció el nombre.

Todavía.

—¿Qué hiciste exactamente?

—Pasé su tarjeta por la puerta de personal. Abrí. Fui al coche. Lo llevé a la estación.

—A la una y doce.

—Sí.

—Las cámaras lo sitúan entrando en el aparcamiento a la una y veintiuno.

—Sí.

Mencía miró el registro abierto en el ordenador.

—¿Cómo volviste?

—Taxi.

La respuesta resolvía una pregunta que todavía no había formulado.

—¿Tienes cómo demostrarlo?

Efrén tardó.

—Guardé el recibo.

Mencía escribió.

TAXI. RECIBO.

—¿Catorce años?

—Guardé más cosas.

—¿Qué cosas?

—La llave.

Mencía se quedó inmóvil.

—¿La llave del coche de Inés?

—La que me dio Saúl.

—¿Por qué no se la devolviste?

—Me dijo que la tirara.

—¿Cuándo?

—Después.

—¿Después de qué?

—De que encontraran el cuerpo.

Mencía sintió el impulso de mirar hacia el despacho de Saúl.

No lo hizo.

Tomás había respondido de nuevo.

NO LO CONFRONTES. UBICACIÓN.

—Efrén, ¿dónde están la llave y el recibo?

—A salvo.

—Eso tampoco es un sitio.

—No pienso decírtelo por teléfono.

—Entonces díselo a Tomás.

—No.

—Te está buscando para salvarte la vida.

—La policía me buscó hace catorce años y mira cómo terminó.

—Tadeo terminó en prisión.

—Y yo seguí mintiendo.

No había defensa en la frase.

Solo cansancio.

Mencía apoyó el codo sobre la mesa.

—¿Saúl te pidió que dijeras que habías visto a Inés conducir?

—No.

La respuesta la sorprendió.

—¿Entonces por qué mentiste?

—Porque si decía que había movido el coche de una mujer asesinada, me convertía en sospechoso. Había usado su tarjeta. Había tocado sus llaves. Había dejado su coche donde luego parecía que había ido a encontrarse con Tadeo.

—Así que dijiste que la viste.

—Al principio no. Al principio dije lo que había visto. Una puerta. Un coche.

—Después cambiaste.

—Cuando me preguntaron por qué la tarjeta era de Inés y el coche era de Inés y yo estaba de guardia… dije que era ella.

—No te obligó nadie.

—No.

Mencía escribió una tercera palabra debajo de las anteriores.

ELIGIÓ.

Era importante.

No porque redujera la responsabilidad de Saúl, sino porque impedía convertir otra vez seis decisiones diferentes en una única conspiración perfectamente coordinada.

—¿Qué significaba «hice lo que me pidieron»?

Efrén tardó en responder.

—Mover el coche.

—No mentir en tu declaración.

—No.

La entrevista interna acababa de adquirir un sentido preciso.

—¿Por qué guardaste la llave?

—Porque cuando encontraron a Inés entendí que Saúl me había utilizado para fabricar una salida.

—Eso lo entendiste esa misma mañana.

—Sí.

—Y no hablaste.

—No.

—Tadeo fue detenido.

—Lo sé.

—Condenado.

—Lo sé.

—Murió en prisión.

Al otro lado no hubo respuesta.

Mencía se arrepintió de la última frase solo durante un segundo.

No era crueldad.

Era el peso real de catorce años.

—¿Por qué ahora? —preguntó.

—Porque han matado a Nerea y Octavio.

—¿Y antes no era suficiente que un inocente estuviera en prisión?

Efrén respiró.

—Antes podía decirme que quizá yo solo había hecho una estupidez. Que Saúl tenía una explicación. Que Tadeo habría sido condenado igual por el resto.

Reconocía demasiado bien aquella arquitectura.

Una decisión equivocada que no parecía decisiva porque había otras cinco alrededor.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que todos guardamos algo.

Mencía abrió los ojos.

—¿Todos quiénes?

La llamada quedó en silencio.

—Efrén.

—No sé qué guardaban los demás. Solo sé que Octavio no habría huido si no tuviera algo. Candela tampoco habría cambiado su informe esta semana si no supiera lo que había hecho.

—¿Y Nerea?

—Nerea se llevó algo de aquella noche.

—¿El grabador?

Efrén aspiró bruscamente.

Mencía se dio cuenta.

—Sabías lo del grabador.

—Lo supe después.

—¿Por quién?

—Saúl.

Mencía volvió a escribir el nombre.

No dos veces.

No necesitaba verlo más grande.

—¿Cuándo te habló de él?

—Años después. En uno de los recursos de Tadeo. Me preguntó si Nerea alguna vez me había dicho dónde lo guardaba.

—¿Por qué iba a preguntarte a ti?

—Porque yo había seguido en contacto con ella por cosas del ayuntamiento. Transportes, permisos. No sé.

Mencía notó un ruido al otro lado.

Esta vez Efrén dejó de hablar.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—No parece nada.

—Tengo que colgar.

—No.

—Mencía.

—Espera.

Con la mano libre escribió a Tomás:

SE QUIERE IR. SAÚL LE DIO TARJETA Y LLAVE. DICE QUE CONSERVA LLAVE + RECIBO TAXI.

La respuesta tardó apenas segundos.

TENEMOS ZONA APROX. NO PRECIPITES.

—Efrén —dijo—. Si cuelgas, vuelve a apagar el teléfono y nadie sabrá dónde estás.

—Eso es lo que quiero.

—No. Lo que quieres es decidir quién te encuentra primero.

No obtuvo respuesta inmediata.

Mencía continuó antes de que pudiera cortar.

—Si Saúl te utilizó hace catorce años y ahora alguien está eliminando a quienes pueden desmontar aquella historia, desaparecer solo te hace más fácil de matar.

—No sé si fue Saúl.

La frase la sorprendió.

—Acabas de decir que te dio la tarjeta y la llave.

—He dicho que me pidió mover el coche.

—¿Y eso no te parece suficiente?

—Para saber que mintió, sí. Para saber que mató a Inés, no.

Mencía dejó de hablar.

Efrén, sin proponérselo, acababa de hacer lo que ella llevaba días aprendiendo.

Separar una prueba de una conclusión.

—Tienes razón —dijo.

—No me sirve de mucho.

—Puede servirte si entregas la llave.

—Primero tengo que recogerla.

Mencía miró el mensaje de Tomás.

ZONA AMPLIA. SIGUE.

—¿No la tienes contigo?

—No.

—¿Dónde está?

—He dicho que no.

—¿Vas hacia ella?

Efrén no contestó.

—No vayas solo.

—Llevo catorce años solo con esto.

—Eso no lo convierte en una buena idea.

Un vehículo pasó cerca de él. Esta vez se oyó claramente el agua bajo los neumáticos.

Estaba lloviendo en algún lugar de Sendaña.

Mencía miró por la ventana de la redacción.

Allí también.

—Te voy a dar un número directo de Tomás.

—No.

—No tienes que ir a comisaría. Dile dónde recoger la prueba.

—No me fío.

—Entonces fíate de mí lo suficiente para dejarme una forma de encontrarla si te pasa algo.

Efrén tardó varios segundos.

—Eso sí.

—¿Cómo?

—Te llegará.

—¿Cuándo?

—Si hace falta.

—Efrén.

La llamada se cortó.

Mencía mantuvo el teléfono pegado al oído hasta que la pantalla confirmó el final.

Duración: once minutos y veintiséis segundos.

El número dejó de estar disponible cuando intentó devolver la llamada.

Tomás llamó antes de que ella pudiera hacerlo por segunda vez.

—No salgas del periódico.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

—Eso ha sonado decepcionado.

—La llamada ha rebotado por una línea prepago. Tenemos una zona de antena demasiado grande para localizarlo con precisión. Estamos cruzando cámaras y vehículos.

—Está moviéndose.

—Lo sé.

—Va a recoger la llave y el recibo.

—Eso parece.

—Y ha dicho que Saúl le dio la tarjeta de Inés.

La línea quedó muda.

—¿Me has oído?

—Sí.

—Podrías reaccionar un poco.

—Estoy intentando no hacerlo por teléfono.

Mencía miró hacia el despacho de Saúl.

La luz estaba apagada. Había salido del periódico poco antes de las nueve después de una reunión con Vértice.

—¿Vais a detenerlo?

—No.

—Efrén acaba de vincularlo directamente con la falsa salida.

—Efrén acaba de hacer una afirmación por teléfono desde una línea que todavía no hemos autenticado pericialmente y sin entregar la prueba que dice conservar.

—Era Efrén.

—Probablemente.

—Tomás.

—Y aunque sea él, pedir a alguien que mueva un coche con una explicación falsa no demuestra un homicidio.

Mencía apretó los labios.

—Eso mismo ha dicho Efrén.

—Me cae mejor cada minuto.

—No tiene gracia.

—No pretendía tenerla.

La voz de Tomás se endureció.