CAPÍTULO 15 #2
Mencía pensó en el prólogo. En la forma en que había seleccionado frases hasta conseguir una historia.
—Tienes razón.
Saúl pareció desconcertado.
—¿En qué parte?
—En esa.
Él retiró las manos de la silla.
—Eso sí que me preocupa.
Mencía esperó a que saliera.
No anotó la conversación.
No había aportado ningún dato.
A las cuatro y diez, Tomás apareció en el periódico.
No llevaba carpeta.
Eso significaba, Mencía había aprendido, que había venido a pedir algo y no a enseñarlo.
Le mostró la entrevista interna de Efrén.
Tomás leyó hasta el final.
—¿Quién hizo esta entrevista?
—No consta.
—Necesito el archivo original, metadatos y cualquier copia.
—Noel ya lo tiene preparado.
Tomás levantó la vista.
—Definitivamente quiero contratarlo.
—Sigue sin estar disponible.
Mencía señaló la última frase.
—¿Qué te parece?
—Que necesito preguntarle a Efrén qué significa.
—Lleva desaparecido desde esta mañana.
—Lo recuerdo.
—¿No te parece que cambia su papel?
—Sí.
La respuesta fue tan directa que Mencía se quedó esperando una corrección que no llegó.
—¿Sí?
—Pasa de ser un testigo cuya versión se volvió más firme a ser alguien que dejó constancia de que estaba actuando según instrucciones. No sabemos qué instrucciones.
—Movió el coche.
—No lo sabemos.
Mencía giró la pantalla hacia las fotografías de la estación.
—Alguien utilizó la tarjeta de Inés a la una y doce. Nueve minutos después, alguien dejó su coche en la estación. Efrén estaba de guardia y terminó diciendo que hizo lo que le pidieron.
—Todo eso es cierto.
—Gracias.
—No he terminado.
—Claro.
Tomás señaló la imagen.
—También podría haber salido Inés, haber conducido hasta la estación y haber desaparecido del encuadre antes de esa fotografía.
—Pero Nerea ya admitió que no la vio salir.
—Nerea no era la única forma posible de que Inés hubiera salido.
Mencía respiró despacio.
—Y la hora de muerte permite que ya estuviera muerta.
—Permite. No demuestra.
—Sé la diferencia.
—Bien.
Mencía cerró la imagen.
—¿Qué necesitabas?
—El registro de accesos completo del viernes por la noche.
—Noel te lo puede dar.
—Y cualquier documentación sobre llaves de vehículos o taquillas.
Mencía se quedó quieta.
—No te he dicho lo de la llave.
—No.
—Entonces…
—Estamos haciendo la misma reconstrucción.
Aquello debería haberla tranquilizado.
Lo hizo.
Un poco.
—¿Tenéis una razón concreta para buscar una llave?
Tomás no respondió.
Mencía entendió.
—Vale.
Él recogió la copia de la entrevista.
—Si Efrén te llama, no le digas dónde estamos buscándolo, qué sabemos de la tarjeta ni qué hemos encontrado sobre el coche.
—¿Puedo preguntarle si está vivo?
—Eso sería útil.
—¿Y si quiere hablar conmigo y no contigo?
—Lo mantienes hablando y me avisas.
—¿Sin decirle?
Tomás dudó.
—Si crees que saberlo hará que cuelgue, no se lo digas inmediatamente.
Mencía arqueó una ceja.
—Eso suena sorprendentemente periodístico.
—No te emociones.
A las seis de la tarde seguían sin noticias.
A las ocho, tampoco.
La redacción redujo personal, pero nadie parecía dispuesto a tratar el jueves como un día normal.
El nombre de Efrén circulaba ya por todos los medios.
Habían aparecido teorías, supuestas localizaciones, fotografías de hombres que no eran él y al menos dos cuentas falsas que aseguraban estar huyendo de «la esquela».
Mencía no publicó ninguna.
A las nueve y cuarenta, recibió un mensaje de Tomás.
Nada. Si contacta, llama.
No respondió.
A las diez y diecisiete, cerró por fin el expediente de la estación.
Había pasado horas mirando el mismo coche.
El vehículo de Inés había sido durante catorce años una prolongación de ella.
Si el coche se movía, Inés se movía.
Si llegaba a la estación, Inés llegaba a la estación.
Si aparecía después cerca de una ruta que conducía hacia Tadeo, la historia continuaba.
Nunca habían separado el objeto de la persona.
Mencía escribió una frase en el documento de corrección que llevaba preparando desde el martes:
El coche de Inés salió del periódico. Eso no significa que Inés saliera con él.
No la publicó.
Todavía.
A las diez y treinta y nueve, sonó su teléfono.
Número desconocido.
Mencía se quedó mirando la pantalla.
Recordó a Tomás.
Si contacta, llama.
Primero contestó.
—¿Sí?
No hubo respuesta.
Mencía oyó tráfico a lo lejos y una respiración contenida.
—¿Efrén?
La respiración se detuvo.
Después llegó una voz que reconoció con catorce años de retraso.
—No sé cuánto tiempo tengo.
Mencía abrió el portátil con una mano.
—¿Dónde estás?
—No.
—La policía te está buscando para protegerte.
—No me protege nadie.
—Candela está viva porque aceptó protección.
Efrén tardó en contestar.
—He visto lo de Candela —dijo Efrén.
—Entonces sabes que se puede salir de esto.
—Ella no hizo lo que hice yo.
Mencía miró la transcripción abierta.
—¿Qué hiciste?
—No por teléfono.
—Lleváis una semana diciéndome eso.
Efrén soltó una exhalación breve.
No era risa.
—La primera vez que hablaste conmigo dijiste que habías oído la puerta y visto marcharse el coche.
—Sí.
—Después dijiste que viste a Inés.
—Mentí.
El ruido de la redacción pareció apagarse a su alrededor.
—¿La viste salir aquella noche?
—No.
—¿La viste en algún momento después de que regresara al periódico?
Al otro lado solo se oyó respiración.
—Efrén.
—La vi entrar. Después de eso, no volví a verla.
El reloj marcaba las 22:41.
—Entonces, ¿quién sacó el coche?
Al otro lado se oyó un vehículo pasar muy cerca.
Después, la voz de Efrén.
—Yo.