La esquela de mañana CAPÍTULO 15
38%

CAPÍTULO 15

El coche de Inés

A las doce y cuarenta y siete del jueves, Mencía descubrió que durante catorce años había llamado «salida» a una línea de texto que no decía eso.

Noel había conseguido recuperar del servidor histórico una copia del registro de accesos del edificio. El programa original ya no existía, pero la base de datos conservaba los eventos tal como los había generado el sistema.

Mencía esperaba una lista de nombres y horas.

Encontró códigos.

01:12:06 — CREDENCIAL 0317 — LECTOR PERS-02 — ACCESO CONCEDIDO.

—¿Eso es todo? —preguntó.

Noel giró la pantalla hacia ella.

—Eso es todo lo que registraba el lector.

—La credencial 0317 era de Inés.

—Sí.

—¿Y PERS-02?

—Puerta de personal. Lector interior.

Mencía retomó la línea.

—Entonces es una salida.

Noel negó con la cabeza.

—Es una apertura desde el lector de salida.

—No veo la diferencia.

—El sistema no sabe quién sostiene la tarjeta.

Mencía dejó de mirar la pantalla.

Noel señaló el registro.

—No había identificación biométrica. No había torno individual. Pasabas una tarjeta por el lector, la cerradura se liberaba unos segundos y la puerta podía abrirse.

—¿Registraba si se abría?

—Otro sensor registraba apertura y cierre, sí.

Buscó dos líneas más.

01:12:08 — PERS-02 — PUERTA ABIERTA.

01:12:15 — PERS-02 — PUERTA CERRADA.

Siete segundos.

Catorce años antes, Mencía había transformado esas tres líneas en una frase:

Inés abandonó el edificio a la una y doce.

—No dice que saliera ella —murmuró.

—No.

—Dice que alguien utilizó su tarjeta.

—Sí.

La diferencia no era una nueva prueba.

Siempre había estado allí.

Lo nuevo era que ahora estaba leyendo lo que el registro decía en lugar de lo que todos habían aprendido a entender.

—¿La tarjeta volvió a utilizarse?

Noel buscó el número de credencial.

—No esa noche.

—¿Y a la entrada? ¿A las diez cuarenta y seis?

Apareció otra línea.

22:46:31 — CREDENCIAL 0317 — LECTOR PERS-01 — ACCESO CONCEDIDO.

—Eso tampoco demuestra que fuera ella —dijo Noel.

—Sabemos por otras cosas que regresó.

—Entonces otras cosas lo demuestran. El lector solo demuestra la tarjeta.

La precisión habría resultado irritante dos semanas antes.

Ahora Mencía la anotó.

Una tarjeta no es una persona.

Debajo escribió:

Una hora no es una historia.

Noel la observó.

—Eso parece uno de esos principios que descubres después de haber necesitado uno antes.

—Gracias por el apoyo.

—Para eso estoy.

Mencía regresó a su despacho con una copia del registro.

No publicó nada.

Tomás había restringido la circulación de cualquier información que pudiera revelar qué estaba reconstruyendo la policía, y ella había aceptado.

No porque hubiese dejado de ser periodista, sino porque Efrén seguía desaparecido y, por primera vez, la prioridad de encontrarlo vivo no competía con ninguna portada.

Abrió el expediente interno del caso Alvar.

El nombre ocupaba más de siete gigabytes de material mal ordenado: fotografías, notas, copias del procedimiento, entrevistas, correos, audios y versiones de artículos que nadie había tenido motivo para revisar durante años.

Buscó ESTACIÓN .

Aparecieron veintisiete resultados.

La mayoría correspondían a noticias posteriores sobre la detención de Tadeo. Uno era una carpeta fotográfica sin publicar.

CAM_ESTACION_02.

Dentro había seis imágenes.

Mencía abrió la primera.

El coche de Inés aparecía entrando en el aparcamiento de la estación. La imagen era mala, capturada desde una cámara situada por encima de la barrera. El parabrisas devolvía la luz y no permitía distinguir el rostro de quien conducía.

En la segunda, el coche giraba.

En la tercera, desaparecía parcialmente detrás de una columna.

En la cuarta estaba ya detenido.

La quinta mostraba la plaza vacía de movimiento, el vehículo cerrado y nadie alrededor.

La sexta era del amanecer.

Mencía revisó los metadatos.

La primera captura marcaba las 01:21:18.

La cuarta, las 01:22:03.

Ninguna mostraba a Inés.

Ninguna mostraba a nadie saliendo del vehículo.

Catorce años atrás, el pie de fotografía preparado para la edición había dicho:

El vehículo de Inés Alvar, después de que la periodista llegara al aparcamiento de la estación.

Mencía abrió el historial.

Ella no había escrito aquel pie.

Le produjo un alivio tan inmediato que le dio vergüenza.

No importaba quién lo hubiera redactado.

Lo había leído.

Lo había publicado.

Y nunca había preguntado cómo una cámara que no mostraba a la conductora demostraba que Inés hubiera llegado allí.

El teléfono sonó.

Tomás.

—¿Tienes algo?

—Depende de si quieres una respuesta periodística o policial.

—La corta.

—El registro de la una y doce solo acredita que alguien utilizó la tarjeta de Inés para abrir la puerta de personal.

Tomás guardó silencio.

—Eso ya lo sabemos.

—Yo no lo sabía.

—Lo sabías.

—Sabía la versión resumida.

—Mencía.

Ella miró la línea impresa.

—Vale. Tenía acceso a la información y no hice la pregunta correcta.

—Eso se parece más.

—También tengo las imágenes de la estación.

—¿Qué imágenes?

Mencía se lo explicó.

—¿Están en vuestro archivo?

—Desde hace catorce años.

—No las toquéis.

—Noel ya está haciendo copia forense.

Tomás dejó escapar una respiración.

—Empiezo a querer contratarlo.

—No puedes pagarlo.

—Probablemente.

Mencía amplió la primera imagen.

—El coche entra a la una veintiuno.

—Eso encaja con el trayecto desde el periódico.

—Sí.

—¿Se ve quién conduce?

—No.

—Entonces no demuestra quién lo llevó.

—Exactamente.

Hubo una pausa.

—Estás disfrutando demasiado de decir eso.

—He tenido una semana educativa.

Mencía pasó a la imagen del coche estacionado.

—¿Habéis encontrado a Efrén?

—No.

—¿Algún movimiento bancario?

—No voy a entrar ahí.

—¿Su empresa sabe algo?

—Tampoco.

—¿Familia?

—Mencía.

—Era por completar la lista.

Tomás no respondió.

Ella dejó de insistir.

—Hay algo más —dijo—. Voy a seguir buscando.

—No llames a Efrén.

—No tengo su número actual.

—Eso no te ha detenido nunca con nadie.

—No voy a llamarlo.

—Bien.

—Pero si me llama él…

Tomás suspiró.

—Me avisas en cuanto ocurra.

—Antes de contestar es complicado.

—Después de contestar. Antes de prometerle nada.

—Eso sí puedo intentarlo.

—No intentes. Hazlo.

Colgó.

Mencía retomó el expediente.

Buscó todas las entrevistas con Efrén.

Había cuatro grabaciones, dos transcripciones completas y una carpeta titulada AMPLIACION_VELA .

La abrió.

No pertenecía al sumario policial.

Era material interno del periódico: notas de seguimiento tomadas durante los días posteriores al asesinato, cuando los redactores perseguían cualquier cambio de versión que pudiera alterar la portada siguiente.

Una de las entrevistas no llevaba firma.

Solo fecha.

Martes, 11:36.

Tres días después de la muerte de Inés.

Mencía empezó a leer.

Las primeras respuestas eran casi idénticas a las que conocía.

Efrén oyó la puerta.

Vio marcharse el coche.

Sabía que era el vehículo de Inés.

Después aparecía una pregunta escrita entre guiones:

—La primera noche dijo que no vio quién conducía. ¿Por qué ahora está seguro de que era ella?

La respuesta ocupaba dos líneas.

—Porque era su tarjeta y era su coche.

La siguiente pregunta:

—Eso no significa necesariamente que fuera ella.

Y la respuesta:

—Hice lo que me pidieron.

Mencía se quedó inmóvil.

No había nada después.

La entrevista terminaba ahí.

Revisó el archivo original para comprobar si faltaba una página.

No.

Buscó si aquella frase había aparecido en alguno de los artículos de los días siguientes.

No apareció.

Ni siquiera como duda.

Mencía localizó una nota adjunta al documento.

Se cierra antes de terminar. No quiere seguir hablando.

Sin nombre de redactor.

Sin explicación.

Mencía leyó otra vez.

Hice lo que me pidieron.

Podía significar muchas cosas.

Que había contestado a la policía.

Que había firmado una declaración.

Que había confirmado lo que le dijeron que ya estaba probado.

No demostraba que hubiese movido el coche.

Pero tampoco sonaba a un hombre describiendo algo que había visto.

Mencía abrió la primera declaración.

Supuse que conducía ella.

La segunda.

Sí. Era Inés.

La entrevista interna.

Porque era su tarjeta y era su coche.

Y después:

Hice lo que me pidieron.

Las cuatro frases no formaban una confesión.

Formaban una progresión.

Mencía la escribió en su cuaderno.

No vio → supuso → afirmó → hizo lo que le pidieron.

La puerta de su despacho se abrió.

Era Saúl.

Mencía cerró el documento.

No de manera brusca.

Lo suficiente.

Saúl reparó en el gesto.

—No voy a preguntarte qué escondes.

—Eso es nuevo.

—Estoy intentando no entrar en otra conversación en la que cualquier palabra mía se convierta en una prueba.

—También es nuevo.

Él dejó una carpeta sobre la mesa.

—Vértice acepta suspender la migración hasta que la policía termine con los servidores históricos.

—Bien.

—No demasiado. Cada día de retraso tiene costes y hay cláusulas de compraventa pendientes.

—Dos personas están muertas.

—Precisamente por eso he conseguido que lo acepten.

Mencía abrió la carpeta sin leer.

—¿Sabes algo de Efrén?

—No.

—¿Nada?

—Nada desde la última vez que me lo preguntaste.

—¿Conservaba llaves del edificio?

—Trabajaba de vigilante. Supongo que sí.

—¿Llaves de vehículos?

Saúl frunció el ceño.

—¿Qué vehículo?

Mencía no respondió.

Él la observó durante un instante.

—El de Inés.

No era una pregunta.

—¿Por qué piensas eso?

—Porque llevas tres días reconstruyendo su salida y ahora preguntas por llaves de vehículos.

La deducción era razonable.

Mencía la dejó donde estaba.

—¿Existía una llave de repuesto del coche?

—No tengo ni idea.

—¿Recuerdas quién tenía acceso a la taquilla de Inés?

—Mencía, yo era abogado del periódico, no responsable de mantenimiento.

—Estabas aquí aquella noche.

—Sí.

—Efrén también.

—Sí.

—Y nadie vio salir a Inés.

Saúl apoyó ambas manos en el respaldo de la silla frente a ella.

—Eso es lo que ahora parece.

—Eso es lo que siempre pareció antes de que nosotros decidiéramos otra cosa.

Él sostuvo su mirada.

—¿Qué quieres que diga?

—Nada.

—Entonces deja de hacer preguntas cuyo único resultado posible es que cualquier respuesta parezca sospechosa.