CAPÍTULO 14
La mujer que sobrevivió
A las diez y veinticinco de la mañana, Candela Moris seguía viva y empezaba a parecerle una noticia insuficiente a todo el mundo excepto a ella.
Mencía la encontró en una dependencia policial que no tenía nada de clínica, hotel ni lugar donde una persona quisiera pasar el día. Había una mesa de formica, cuatro sillas, una cafetera que parecía anterior al caso de Inés y una ventana alta por la que solo se veía una franja de cielo.
Candela llevaba la misma ropa de la madrugada. Se había recogido el pelo con una goma que Mencía no recordaba haberle visto nunca y sostenía un vaso de agua entre las manos.
—No digas que estoy aquí.
—No sé dónde es aquí.
—Mejor.
Tomás cerró la puerta detrás de Mencía.
—Quince minutos.
—Has dicho veinte.
—He cambiado de opinión.
—Eso en periodismo exige una explicación.
—Aquí no.
Candela levantó una mano.
—Quince me sobran.
Tomás no salió. Se quedó junto a la pared, lo bastante lejos para no formar parte de la conversación y lo bastante cerca para recordar que aquella conversación existía porque él la permitía.
Mencía dejó el bolso en el suelo.
—¿Cómo estás?
Candela la miró con cansancio.
—No me preguntes eso como periodista.
—No sé preguntarlo de otra manera.
—Pues estoy viva. De momento parece suficiente.
Lo era.
Durante cuatro días, la muerte había convertido cada esquela en una demostración. Candela había hecho algo más útil: había introducido una excepción.
—La orden de la clínica —dijo—. ¿Sabes ya qué era?
Tomás intervino sin moverse.
—No vamos a hablar de eso.
—No te he preguntado a ti.
—Y yo sí puedo responderte.
Candela apoyó el vaso en la mesa.
—No sé exactamente qué habría ocurrido. Sé que no correspondía a mi atención, que se introdujo mientras yo estaba declarando y que estaba programada para las seis y veinte. Con eso me basta por hoy.
Mencía no insistió.
—¿Crees que tenía relación con la esquela?
—Creo que alguien quería que la tuviera.
La respuesta le recordó a Tomás.
Mencía miró al inspector.
—Se os pega.
—O aprendes —dijo él.
Candela no sonrió.
—La diferencia es que yo he pasado catorce años explicándome una cosa porque la alternativa me obligaba a admitir que había hecho mal mi trabajo. No pienso volver a rellenar huecos porque una versión me resulte más soportable.
Mencía se sentó frente a ella.
—Ayer dijiste que Saúl te llamó después de conocer tu primera estimación.
Tomás no la detuvo.
Candela asintió.
—Sí.
—¿Cuánto después?
—No puedo darte una hora. Al día siguiente, quizá. O esa misma mañana. Lo comprobaréis en los registros si siguen existiendo.
—¿Qué te dijo exactamente?
Candela miró a Tomás.
—Eso está en mi declaración.
—Y yo no tengo tu declaración.
—Por una vez, acostúmbrate a no tenerlo todo.
Mencía aceptó el golpe.
—Dime al menos si te ordenó cambiar el informe.
—No.
La respuesta fue inmediata.
—¿Te amenazó?
—No.
—¿Te ofreció algo?
—No.
—Entonces, ¿qué hizo?
Candela tardó en contestar.
—Me dio una certeza.
Mencía esperó.
—Yo tenía una horquilla incómoda —continuó—. Él tenía una llamada. Me dijo que había hablado con Inés a la una y veinte. No me pidió que escribiera una hora concreta. Me hizo sentir que cualquier cálculo incompatible con ese hecho era un error mío.
—Y Octavio te dio la cronología.
—Sí.
—Nerea confirmó la salida.
—Sí.
—El correo parecía auténtico.
—Sí.
Candela miró sus propias manos.
—Cuando todas las piezas externas te dicen que una persona estaba viva, empiezas a preguntarte qué has medido mal tú.
—Pero eras la forense.
—Precisamente. Mi trabajo era saber dónde terminaba lo que podía sostener. No lo hice.
Mencía dejó pasar unos segundos.
—¿Por qué llamaste a Saúl cuando apareció tu esquela?
Candela levantó los ojos.
—Porque llevaba catorce años llamándolo cuando el caso volvía a aparecer.
—Eso no responde por qué confiabas en él.
—Porque siempre sabía qué hacer con el problema.
La frase produjo un movimiento mínimo en Tomás.
Mencía lo vio.
Candela también.
—No he dicho que lo resolviera —añadió—. He dicho que sabía qué hacer con él. Qué se podía declarar, qué podía perjudicarnos, cuándo era mejor no contestar, quién debía hablar. Era el abogado del periódico y todos terminamos comportándonos como si también fuera el abogado de aquella historia.
—¿Todos?
—No sé qué hacían Nerea, Octavio o Efrén en privado. Hablo por mí.
El martes regresó con demasiada claridad: Nerea había exigido la presencia de Saúl antes de responder; Octavio lo había agarrado del brazo para pedirle que lo sacara de allí; Candela lo había llamado antes de confesar.
No era una prueba de homicidio.
Era una costumbre.
—¿Saúl sabía que conservabas tus notas? —preguntó.
Candela frunció el ceño.
—Sabía que los médicos conservamos documentación.
—No te he preguntado eso.
—No recuerdo haberle dicho nunca que conservaba el cuaderno.
—¿Y las fotografías?
Candela negó con la cabeza.
—Eso no.
—¿Seguro?
—Seguro. Ni siquiera las mencioné cuando lo llamé esta semana. Le dije que había material preliminar y que quería saber qué podía pasarme si contradecía mi informe. Nada más.
Tomás dejó la pared.
—Mencía.
Ella levantó una mano.
—Ya termino.
—Eso llevo oyéndolo varios días.
Mencía volvió a Candela.
—¿Crees que Saúl supo siempre que tu informe definitivo era más seguro de lo que debía?
Candela tardó tanto que Mencía pensó que no respondería.
—Creo que le convenía creerlo.
—No es lo mismo.
—No.
—¿Crees que mató a Inés?
Tomás dio un paso.
—Esa pregunta ya te la prohibí.
Candela miró a Mencía.
—Y mi respuesta sigue siendo la misma. No lo sé.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que alguien ha matado a dos personas que mintieron en aquel caso y ha intentado hacerme daño a mí. Sé que Saúl tuvo relación con los tres. También la tuviste tú. También la tuvo medio periódico. Si quieres que te diga que de pronto lo veo todo claro, busca a otra persona.
Era una respuesta mejor que la que había ido a buscar.
Tomás abrió la puerta.
—Quince minutos.
—Han sido diecisiete —dijo Mencía.
—Entonces me debes dos.
Mencía recogió el bolso del suelo y salió detrás de Tomás.
En el pasillo, esperó a que la puerta se cerrara detrás de ellos.
—Quieres que publique lo de Saúl —dijo.
Tomás siguió caminando.
—No.
—He dicho que yo quiero.
—Ya lo sé.
—Candela ha declarado que utilizó su llamada como una certeza externa para estrechar el intervalo.
—Y eso se está comprobando.
—No niega que la hiciera.
—No estamos comprobando solo si llamó. Estamos comprobando cuándo conoció Saúl la horquilla preliminar, qué le dijo Candela, qué constaba ya en el expediente y qué relación tuvieron después.
—La financiación de la clínica.
—También.
Mencía se detuvo.
—Si esperamos a tener una sentencia para publicar cada dato, podemos cerrar el periódico.
Tomás se volvió.
—No te estoy pidiendo una sentencia. Te estoy pidiendo unas horas para separar un hecho relevante de una acusación que puede alertar a alguien que estamos investigando.
—¿A Saúl?
Tomás sostuvo su mirada.
—A cualquiera.
Mencía entendió que no iba a obtener más.
—Candela es la primera que ha sobrevivido.
—Sí.
—Eso cambia el caso.
—Mucho.
—¿Cambia porque demuestra que la hora no mata a nadie?
—Porque demuestra que alguien tiene que hacer el trabajo.
Mencía apoyó una mano en la correa del bolso.
—Y que puede fallar.
—Eso también.
Tomás la observó durante un instante.
—No publiques dónde está. No publiques detalles de la orden clínica. Y no publiques todavía el contenido completo de su declaración.
—¿Qué sí puedo publicar?
—Lo que ya tienes firmado por Candela y lo que la policía haya confirmado.
—Cada vez haces mejores reuniones de portada.
—Y tú sigues intentando convertirlas en interrogatorios.
Mencía se marchó antes de que aquella conversación pudiera parecer otra cosa.
A las once y cuarenta estaba de vuelta en el periódico.
Efrén seguía sin aparecer.
La policía había distribuido su fotografía internamente y revisaba hospitales, carreteras, domicilios conocidos y movimientos del vehículo.
El periódico no publicó ninguno de esos detalles.
Mencía aceptó, con un esfuerzo que nadie le reconocería, que anunciar dónde lo buscaban podía ayudar a quien quisiera encontrarlo antes.
Saúl la esperaba en su despacho.
Tenía abierto en la tableta el artículo de Candela.
—Vértice quiere una declaración institucional antes del mediodía.
—Que el periódico está colaborando con la policía.
—Eso ya lo hemos dicho tres veces.
—Sigue siendo verdad.
Saúl dejó la tableta sobre la mesa.
—También quieren saber si vas a publicar que el caso Alvar estuvo mal instruido.
—No sé si estuvo mal instruido.
—Bien.
—Sé que hubo una declaración falsa, un vídeo manipulado y un informe forense indebidamente estrechado.
—Eso no es lo mismo que decir que toda la investigación fue falsa.
—También lo sé.
Saúl la miró como si esperara una discusión que no llegaba.
—Estás aprendiendo a decepcionarme —dijo Mencía.
—Es una de mis funciones.
Ella se sentó.
—He visto a Candela.
Saúl no pareció sorprendido.
—¿Está bien?
—Está viva.
—No era exactamente lo que preguntaba.
—Es lo que ella contesta.
Mencía abrió un documento nuevo.
Saúl permaneció de pie.
—¿Va a mantener la rectificación?
—Sí.
—¿Y la declaración?
—Eso tendrás que preguntárselo a Tomás.
—Me ha pedido que no contacte con ella.
—Entonces no tendrás que preguntárselo.
Saúl respiró despacio.
—Mencía, si vas a publicar una acusación contra alguien del periódico basándote en una declaración que todavía no has podido contrastar, necesito saberlo.
—No voy a publicar una acusación contra nadie.
—Bien.
—Voy a verificarla.
Saúl asintió.
—Eso es distinto.
Mencía lo observó durante un momento.
—Candela conservaba material preliminar.
—Ya lo sé.
—¿Cómo?
Saúl pareció no entender la pregunta.
—Estaba claro que tenía algo si estaba dispuesta a rectificar un informe de hace catorce años.
—He dicho material. No he dicho qué.
—Notas, supongo.
Mencía no respondió.
Saúl continuó:
—Si el cuaderno y las fotografías contradicen el informe definitivo, el periódico tendrá que revisar todo lo que publicó basándose en él. Eso es lo que intento explicarte.
Mencía dejó de mirar la pantalla.
—¿Qué fotografías?
El silencio duró poco.
Muy poco.
Saúl frunció el ceño.
—Las que haya.
—Has dicho «el cuaderno y las fotografías».
—Era una forma de hablar.
—Bastante específica.
Saúl se sentó por primera vez.
—Candela era forense. Es razonable pensar que exista documentación gráfica.
—También es razonable pensar que no la conservara catorce años.
—Y sin embargo estamos hablando de que conservó material.
Mencía recordó la sala sin ventanas.
No recuerdo haberle dicho nunca que conservaba el cuaderno.
Las fotografías no.
No preguntó más.
Saúl la miró con una atención distinta.
—¿Qué estás haciendo?
—Intentando no repetir un error.
—No sé qué significa eso.
—Yo tampoco todavía.
Saúl recogió la tableta y se levantó.
—Cuando decidas si vas a tratarme como abogado del periódico o como parte de la historia, avísame. Necesito saber qué conversación estamos teniendo.
—Esa es precisamente la dificultad.
Él salió sin responder.
Mencía esperó a que la puerta se cerrara.
Después llamó a Tomás.
—Necesito hacerte una pregunta muy concreta.
—Me da miedo cuando empiezas así.
—¿Le has dicho a Saúl que Candela conservaba fotografías del examen preliminar?
La respuesta tardó un segundo.
—No.
—¿Alguno de tus agentes?
—No debería.
—No te he preguntado eso.
—No que yo sepa.
Mencía miró a través del cristal del despacho. Saúl atravesaba la redacción hacia el área jurídica sin detenerse.
—Candela dice que tampoco se lo contó.
Tomás tardó un segundo más de lo habitual.
—¿Qué ha dicho Saúl exactamente?
Mencía se lo repitió.
—No hagas nada con eso —dijo él.
—¿Nada?
—Nada significa no preguntarle otra vez, no buscar una explicación delante de él y, sobre todo, no publicarlo.
—Podría haberlo deducido.
—Sí.
—No pareces convencido.
—No necesito estarlo. Necesito saber de dónde sale la información.
Mencía cerró el documento vacío.
—Candela ha sobrevivido porque cambiaste su ubicación sin decir dónde iba.
Tomás no respondió.
—La orden clínica estaba preparada antes de que saliera de la clínica —continuó—. Alguien sabía dónde estaba. Ahora Saúl conoce un detalle que, en teoría, solo manejabais vosotros, Candela, su abogado y yo.
—Y cualquier persona a la que cualquiera de esos cuatro se lo haya dicho.
—Yo no.
—Yo tampoco.
La frase quedó suspendida.
Mencía miró la redacción.
No pensó únicamente en Saúl.
Pensó en llamadas, pasillos, correos internos, abogados, policías, médicos, técnicos, teléfonos que llevaban días pasando de una mano a otra y un periódico cuya infraestructura alguien había conseguido utilizar para publicar amenazas imposibles de detener.
—Tenemos una fuga —dijo.
—Tenemos información moviéndose por donde no sabemos.
—Eso es una fuga con mejor vocabulario.
Tomás no discutió.
—A partir de ahora —dijo—, cualquier dato sobre protección, pruebas recuperadas o movimientos de los testigos se comparte con el mínimo de personas. Incluido el periódico.
—¿Incluido yo?
—Sobre todo tú.
Mencía habría protestado el lunes.
El jueves se limitó a mirar la puerta por la que Saúl acababa de salir.
—De acuerdo.
Tomás dejó pasar un segundo.
—¿Qué?
—Nada. Estoy disfrutando del momento.
—No te acostumbres.
Colgó.
A las doce y dieciocho, Mencía volvió a la fotografía de Efrén Vela.
Seguía desaparecido.
La policía tenía unas dieciocho horas hasta el plazo siguiente, pero Mencía comprendió entonces que el tiempo no era el único problema.
Si alguien dentro de aquella historia sabía lo que ellos sabían casi al mismo tiempo que ellos, encontrar a Efrén no bastaba.
Había que conseguir que su ubicación no llegara también a la persona equivocada.