CAPÍTULO 13
Confesar no basta
A las seis y veinte, la orden no se ejecutó.
El terminal de la habitación emitió un tercer aviso y el mensaje cambió de estado. Mencía no alcanzó a leer más que dos palabras antes de que la enfermera se interpusiera entre ella y la pantalla.
NO COMPLETADA.
—Fuera —dijo la mujer—. Ahora sí.
Mencía obedeció.
No necesitaba conocer el contenido de la orden para comprender lo esencial. Había sido introducida a las cinco y cuarenta y tres, mientras Candela declaraba en otra sala, y esperaba las seis y veinte para activarse en una habitación que la médica ya había abandonado.
Candela estaba viva.
El teléfono de Mencía comenzó a vibrar antes de que llegara al final del pasillo.
Noel.
Respondió.
—Ha salido otra.
Mencía se detuvo.
La frase ya pertenecía a una rutina que nadie debería haber aprendido en cuatro días.
—¿Quién?
—Efrén Vela.
Mencía miró el reloj del pasillo.
06:20.
—Preserva todo.
—Ya estoy.
—¿Mismo sistema?
—A primera vista, sí. Plantilla antigua, misma cola trasladada, misma estructura.
—¿La misma frase final?
—Sí.
—Léemela.
Noel tardó unos segundos.
—«Antes de las 06:20 de mañana podrá corregir lo que dejó escrito».
—¿Y antes?
—Espera.
Oyó teclas al otro lado.
—«Será recordado también por haber hecho salir un coche y haber jurado que dentro iba una mujer a la que nunca vio».
Mencía abrió los ojos.
Efrén.
Vigilante nocturno.
La puerta de personal.
El coche de Inés.
Supuse que conducía ella.
La frase regresó con la misma claridad que la había tenido catorce años antes. Luego llegó la segunda versión, aquella que ella eligió como más útil porque ya no contenía incertidumbre.
Sí. Era Inés.
—Mencía —dijo Noel—. ¿Sigues ahí?
—Sí.
—¿Lo conoces?
—Lo conocía.
—¿Aviso a Tomás?
—Ya lo hago yo.
Colgó.
Tomás respondió desde el coche.
—Candela está bien.
No saludó.
—Lo sé. Ha aparecido otra esquela.
Hubo un silencio.
—¿Quién?
—Efrén Vela.
Tomás no preguntó quién era.
Había pasado las últimas cuarenta y ocho horas leyendo el expediente antiguo.
—El vigilante.
—Sí.
—¿Qué dice?
Mencía se lo leyó.
Durante unos segundos solo oyó el ruido del vehículo.
—Tomás, Candela confesó.
—Lo sé.
—Publicó la rectificación a las seis y cinco.
—También lo sé.
—Y alguien había preparado una orden para las seis y veinte de todos modos.
—Sí.
—Entonces confesar no servía.
—Para quien intentó hacerle daño, no.
—Las esquelas dicen lo contrario.
—Las esquelas dicen que pueden corregir lo que dejaron escrito. No prometen explícitamente que alguien vaya a perdonarles la vida.
—Eso es una distinción bastante jurídica.
—Y bastante importante.
Mencía se apoyó en la pared.
—¿Sigues pensando que quien escribe las esquelas puede ser quien mata?
Tomás tardó esta vez.
—Pienso que llevamos días formulando mal una pregunta.
—¿Cuál?
—Quién sabe que alguien va a morir a las seis y veinte.
Mencía miró el reloj.
—¿Y cuál deberíamos formular?
—Quién sabe que una esquela fija las seis y veinte.
La respuesta permaneció entre ambos.
Mencía comprendió el cambio.
No era pequeño.
Hasta entonces, cada muerte había parecido confirmar que la persona capaz de publicar el nombre conocía el futuro. Candela seguía viva, y alguien había intentado que dejara de estarlo a la hora indicada.
La esquela no tenía por qué predecir nada.
Podía estar proporcionando un calendario.
—La persona que intentó matar a Candela conocía el plazo —dijo.
—Eso es lo que podemos afirmar.
—Y quiso cumplirlo aunque ella confesara.
—También.
—Entonces las reglas no importan al asesino.
Tomás guardó silencio un momento.
—O no son sus reglas.
Mencía se separó de la pared.
Aquello era lo más cerca que Tomás había estado de admitir la posibilidad que ella llevaba dos días evitando convertir en certeza.
Dos personas.
Una que escribía.
Otra que aprovechaba lo escrito.
—Localiza a Efrén antes de que vea la esquela —dijo.
—Ya he dado la orden.
—Son las seis y veintiuno. Probablemente ya la ha visto media ciudad.
—Por eso quiero que no lo llames tú.
—No iba a hacerlo.
—Eso sí que no me lo creo.
Mencía miró la puerta de la habitación de Candela.
—Esta vez te aviso antes.
—Progreso.
Tomás colgó.
La policía llegó a la clínica pocos minutos después.
Sistemas aisló el terminal sin apagarlo y, junto con dos agentes de la unidad tecnológica, preservó los registros.
El centro pidió además al proveedor que conservara los accesos remotos de aquella madrugada.
El personal sanitario quedó disponible para explicar quién podía introducir órdenes y desde qué perfiles.
Mencía no preguntó por el contenido.
No porque hubiera perdido curiosidad, sino porque ya sabía qué necesitaba saber.
La orden no pertenecía al tratamiento de Candela.
Había sido programada para las seis y veinte.
Y no había alcanzado a la persona para la que estaba destinada.
A las seis y treinta y cuatro, su correo recibió un mensaje.
El remitente utilizaba el mismo tipo de dirección imposible de identificar a simple vista que el anterior.
No había asunto.
Solo una frase.
He perdido el control de la cola.
Mencía la leyó dos veces.
Después llamó a Tomás.
—Tengo otro mensaje.
—Reenvíamelo.
—Dice que ha perdido el control de la cola.
La respiración de Tomás cambió apenas.
—¿Exactamente eso?
—Exactamente.
—No respondas.
—No pensaba hacerlo.
—Eso tampoco me lo creo.
Mencía reenvió el mensaje.
—Si es Lúa, está diciendo que ya no publica las esquelas.
—Está diciendo que ha perdido el control de una cola.
—Sabes lo que significa.
—Sé lo que podría significar.
Mencía cerró el correo.
—Primero «no debía morir». Después «intenté detener las siguientes». Ahora esto.
—Puede ser la misma persona.
—Lo es.
—Mencía.
—Vale. Puede serlo.
Tomás dejó pasar la corrección.
—También puede estar construyendo una defensa.
—¿Después de dos muertos?
—Precisamente después de dos muertos.
Lúa Barral había sido la adolescente de la mochila roja y ahora era una mujer de treinta y un años que había trabajado durante semanas entre archivos donde estaba enterrada la historia de su padre.
No le costaba imaginar que hubiera creado las esquelas.
Lo que empezaba a costarle era imaginar que quisiera aquellos cadáveres.
—¿Habéis encontrado algo que vincule a Lúa con las muertes?
—No voy a hacer inventario de una investigación por teléfono.
—Eso significa que no.
—Significa que voy a colgarte.
—Tomás.
—¿Qué?
—Encuentra a Efrén.
—En eso estamos.
La llamada terminó.
Mencía regresó al periódico poco después de las siete.
Por primera vez desde el lunes, el ambiente de la redacción no era exactamente miedo.
Era desconcierto.
Candela seguía viva.
La noticia había corrido casi tan deprisa como las dos muertes anteriores, pero producía titulares menos sencillos.
Algunos medios hablaban de «profecía fallida».
Otros aseguraban que la confesión había salvado a la médica, aunque nadie fuera capaz de explicar entonces la orden de las seis y veinte.
Mencía prohibió ambas interpretaciones.
La pieza del periódico se limitó a hechos comprobables:
Candela había rectificado su informe antes del plazo.
Había abandonado la clínica bajo protección.
Seguía viva.
La policía investigaba una incidencia detectada en el sistema médico.
Nada más.
La esquela de Efrén permanecía fuera de portada pero accesible como evidencia. Noel había congelado una copia de cada registro y trabajaba con la unidad tecnológica para evitar que cualquier nueva acción destruyera metadatos.
Mencía abrió la fotografía de Efrén.
Era reciente.
Había engordado desde los años del periódico y llevaba el cabello casi completamente blanco. Según la ficha pública de su empresa, dirigía ahora un pequeño negocio de transporte y reparto al otro lado de la circunvalación.
Durante el caso de Inés había sido uno de los testigos menos interesantes.
Eso pensó entonces.
Un vigilante nocturno que oyó una puerta y vio marcharse un coche.
La clase de testimonio que servía para confirmar algo que otros ya habían contado.
Mencía recuperó la primera transcripción.
Escuché la puerta. Después vi salir el coche.
Debajo estaba su propia pregunta.
¿La vio a ella dentro?
Y la respuesta.
Supuse que conducía ella.
Mencía continuó leyendo.
La segunda entrevista era distinta.
Efrén ya no suponía.
Afirmaba.
El cambio se había producido después de que la policía incorporara el registro electrónico de la tarjeta de Inés.
Otra pieza corrigiendo a otra.
Buscó el histórico laboral del periódico.
Efrén había dejado el puesto once meses después del juicio.
No constaba ninguna sanción.
No constaba ninguna investigación interna.
Saúl apareció junto a su mesa.
—Candela está viva.
Mencía levantó la mirada.
—Sí.
—Riveiro me ha pedido que preserve toda la documentación de la clínica que haya pasado alguna vez por el departamento jurídico.
—¿Por qué tenéis documentación clínica?
—No clínica. Contratos, protección de datos, acuerdos con proveedores. Quiere saber si algún acceso administrativo puede relacionarse con personas del periódico.
—¿Puede?
—Todavía no lo sé.
Saúl vio la fotografía de Efrén en la pantalla.
—Ha aparecido el siguiente.
No era una pregunta.
—A las seis y veinte.
Leyó la frase de la esquela.
—El coche.
—¿Qué recuerdas?
Saúl tardó un momento.
—Que Efrén declaró que vio marcharse a Inés.
—Primero dijo que vio marcharse su coche.
—Han pasado catorce años.
Mencía apoyó una mano sobre la transcripción.
—Últimamente esa frase está perdiendo eficacia.
Saúl se inclinó ligeramente.
—¿Lo han localizado?
—Tomás no me lo ha dicho.
—Entonces no.
—¿Por qué?
—Porque si lo hubiera encontrado, probablemente ya te habría pedido que no publicaras dónde.
La explicación volvió a ser sencilla.
—¿Has hablado con Efrén esta semana?
—No.
—¿En los últimos meses?
—No que recuerde.
—¿También lo llamabas cuando había novedades del caso, como a Candela?
Saúl guardó silencio el tiempo suficiente para pensar.
—Alguna vez. Durante los recursos de Tadeo, sobre todo.
—¿Por qué a un antiguo vigilante?
—Porque era testigo.
—¿Y esta semana no?
—No.
Saúl señaló el correo anónimo que seguía abierto en una pestaña.
—¿Qué es eso?
Ella cerró la ventana.
—Nada publicable.
Saúl la observó.
—Eso no era lo que he preguntado.
—Lo sé.
Mencía vio una irritación breve en su expresión.
No miedo.
No todavía.
—Si hay información que pueda afectar a la seguridad del periódico, necesito conocerla.
—Tomás la conoce.
—Yo soy el responsable jurídico.
—Y formas parte del expediente que estamos revisando.
Saúl recibió la frase sin moverse.
—¿Ahora soy sospechoso?
Mencía pensó en la llamada de la una y veinte, en Candela contando que él había utilizado aquella conversación como una certeza capaz de corregir un intervalo forense y en la facilidad con que, durante catorce años, todos habían aceptado que una voz de catorce segundos era suficiente para mantener viva a una mujer.
—Ahora eres una de las personas que estaban allí —dijo.
Saúl sostuvo su mirada.
—Tú también.
—Sí.
No hubo nada que discutir después de eso.
A las ocho y once, Tomás llamó.
Mencía respondió delante de Saúl, pero se alejó unos pasos.
—Dime que lo habéis encontrado.
—No.
—¿Casa?
—Vacía.
—¿Empresa?
—Tampoco está.
—¿Su coche?
—No está en el domicilio.
Mencía miró la fotografía de la esquela desde el otro lado de la redacción.
—¿Teléfono?
—Apagado.
—¿Desde cuándo?
—No voy a darte ese dato todavía.
—Tomás.
—No.
Ella apretó los labios.
—¿Crees que ha huido?
—Creo que no está donde debería estar.
—Eso es una manera muy larga de decir que sí.
—Es una manera exacta de decir que no lo sé.
Mencía miró a Saúl.
Seguía junto a su mesa, leyendo un documento en el teléfono.
—La esquela lleva menos de dos horas publicada.
—Lo sé.
—Puede haberla visto y haber salido corriendo.
—Puede.
—O alguien pudo avisarlo antes.
Tomás no respondió.
Mencía entendió que esa posibilidad también estaba sobre la mesa.
—¿Qué vais a hacer?
—Buscarlo.
—Quiero ir a la empresa.
—No.
—Trabajó aquí. Quizá alguien allí sepa—
—Mencía.
Ella calló.
—Todavía tenemos tiempo —dijo Tomás—. No conviertas las próximas veintidós horas en una persecución que lo empuje más lejos.
El reloj marcaba las 08:13.
Veintidós horas y siete minutos hasta las seis y veinte del viernes.
La primera vez que habían tenido un plazo, Nerea se negó a confesar y murió.
La segunda, Octavio huyó y murió.
Candela había hecho lo contrario.
Había confesado.
Había rectificado.
Había aceptado protección.
Y seguía viva.
No demostraba que las esquelas fueran inocentes.
Demostraba algo más importante.
La muerte no era inevitable.
Alguien tenía que provocarla.
—Tomás.
—¿Qué?
—Esta vez llegamos antes.
—Eso intento.
—No. Quiero decir que ya sabemos lo que estamos buscando.
—Una persona —dijo Mencía—. No una hora.
—Sí.
Colgó.
Mencía releyó la esquela de Efrén.
Debajo de su nombre seguía impresa la misma promesa que había aparecido bajo los otros tres.
Antes de las 06:20 de mañana podrá corregir lo que dejó escrito.
Esta vez Mencía no leyó aquella frase como una amenaza.
La leyó como una ventaja.
Tenían casi un día para encontrarlo.
El problema era que Efrén ya no estaba en casa.