CAPÍTULO 12
El informe preliminar
A las cinco y veintidós del jueves, Candela Moris había transformado una sala de reuniones de su propia clínica en el lugar donde iba a desmentirse a sí misma.
Sobre la mesa había tres carpetas, dos vasos de agua y un documento de cuatro páginas que había revisado tantas veces con su abogado que los márgenes estaban cubiertos de pequeñas marcas a lápiz.
Tomás esperaba junto a la puerta. Mencía ocupaba la silla más alejada, con el portátil cerrado y el teléfono boca abajo.
No estaba allí para asistir a una declaración policial.
Tomás había dejado eso claro desde el principio.
Estaba allí porque Candela quería que, antes de entrar en la sala contigua y declarar formalmente, existiera también una rectificación destinada al periódico. Una versión pública firmada por ella, no una interpretación de Mencía ni una filtración posterior.
Candela ajustó la primera página.
—Voy a leerla entera.
—Es mejor —dijo el abogado.
—No te lo preguntaba.
El hombre aceptó la respuesta sin inmutarse.
Mencía reconoció en Candela algo que había visto muchas veces en personas acostumbradas a dirigir a otros: incluso con miedo, necesitaba decidir el orden de las cosas.
La médica comenzó.
—«Durante la investigación de la muerte de Inés Alvar emití un informe definitivo sobre el intervalo probable de fallecimiento. Ese informe presentó una franja más estrecha que la contemplada en mis notas preliminares».
Le tembló la voz solo en la última palabra.
Continuó.
—«Mi valoración inicial, condicionada por el posible traslado del cuerpo, la exposición ambiental y otros factores, no permitía excluir una muerte anterior a la una de la madrugada. No existía base médica suficiente para afirmar entonces que Inés Alvar siguiera con vida a la una y doce».
Mencía no escribió nada.
Ya no necesitaba tomar nota.
Quería escuchar cómo Candela elegía decirlo.
—«En los días posteriores incorporé a mi interpretación información procedente de la investigación: una supuesta salida a la una y doce, un correo posterior, una llamada telefónica y la ubicación temporal de un vehículo.
Permití que esos elementos externos influyeran en una estimación que debía sostenerse por criterios forenses propios».
Candela dejó de leer.
—Aquí querías poner “alteré”.
Su abogado asintió.
—Porque es más claro.
—También es más cómodo para quien no sabe cómo funciona un informe médico.
Tomás miró el reloj.
—Candela.
—Ya voy.
Volvió al documento.
—«La decisión final fue mía. Nadie firmó por mí. Nadie redactó el informe en mi nombre. Considero que estreché indebidamente el intervalo y que presenté como más segura una conclusión que no lo era».
Mencía sintió algo parecido a alivio.
No porque la confesión limpiara nada, sino porque Candela no estaba intentando convertir su responsabilidad en una orden recibida.
Había aprendido demasiado sobre esa clase de comodidad.
La médica pasó de página.
—«Durante aquellos días recibí comunicaciones de personas relacionadas con el caso que insistieron en que determinados hechos ya estaban comprobados».
Se detuvo otra vez.
Mencía levantó los ojos.
—¿Personas?
Candela dejó el papel.
—Eso está desarrollado en la declaración.
—La que yo no voy a oír.
—Exacto.
—Pero quieres que publique esta.
—Exacto.
Tomás intervino antes de que la conversación se convirtiera en una negociación.
—La rectificación pública puede decir lo que Candela quiera asumir públicamente. La declaración policial tendrá el detalle completo.
Mencía miró a la médica.
—¿Saúl fue una de esas personas?
Candela no consultó a su abogado.
—Sí.
El silencio se hizo más denso.
—¿Te pidió que cambiaras la hora? —preguntó Mencía.
—No con esas palabras.
—¿Con cuáles?
Candela apretó los labios.
—Me llamó después de conocer mi primera estimación. Me dijo que había hablado con Inés a la una y veinte y que, por tanto, cualquier cálculo que permitiera una muerte anterior tenía que estar mal.
—Eso no era una valoración médica.
—No.
—¿Y tú la aceptaste?
—Acepté que una llamada que todos daban por auténtica era un hecho que mi informe no podía contradecir.
—¿Quién más?
—Octavio me remitió la cronología que manejaba la investigación. Nerea había formalizado que vio salir a Inés. El correo parecía enviado por ella. Todo apuntaba en una dirección.
Candela sostuvo la mirada de Mencía.
—Y cuando muchas cosas apuntan en la misma dirección, es muy fácil empezar a tratar esa dirección como un dato.
Mencía no respondió.
No hacía falta.
La frase podría haberla pronunciado ella.
—¿Saúl te amenazó? —preguntó al fin.
—No.
—¿Te ofreció algo?
—No por el informe.
—Un año después te puso en contacto con la financiación de esta clínica.
Candela miró a su abogado.
Esta vez él hizo un gesto mínimo para que respondiera solo si quería hacerlo.
—Sí.
—¿Lo consideraste una recompensa?
—Entonces no.
—¿Ahora?
Candela tardó.
—Ahora considero que debería haber contado esa relación cuando me preguntaron por posibles conflictos.
No era una confesión de soborno.
Mencía agradeció que no pretendiera serlo.
—¿Crees que Saúl mató a Inés?
Tomás se separó de la puerta.
—Esa pregunta no.
—No estoy interrogando.
—Precisamente.
Candela, sin embargo, respondió.
—No lo sé.
Mencía la observó.
—¿Nunca lo pensaste?
—Pensé muchas cosas después de que arrestaran a Tadeo. Elegí no pensar demasiado en las que me obligaban a volver a mirar mi informe.
El abogado señaló el reloj.
05:28.
Candela recogió las hojas.
—Termino.
Leyó la última página sin interrupciones.
Reconocía que su informe definitivo había reducido indebidamente una incertidumbre médica, que esa reducción contribuyó a sostener la cronología que situaba a Inés viva después de la una y doce y que, a la luz de las nuevas pruebas sobre Nerea y Octavio, ya no podía defender aquella certeza.
No afirmaba que Inés hubiese muerto antes de la una.
Decía algo más incómodo.
Que nunca debió afirmar que no.
Candela firmó.
Empujó una copia hacia Mencía.
—Esto puedes publicarlo.
—Cuando termines de declarar.
—Antes de las seis y veinte.
Mencía miró a Tomás.
Él no parecía encantado, pero tampoco objetó.
—Si no incluye detalles reservados de la investigación y es exactamente lo que ha firmado, no voy a impedir que rectifique una afirmación propia.
—Qué generoso —dijo Candela.
—Estoy intentando que llegues viva a las siete. Puedes agradecerme eso después.
A las cinco y treinta y dos, Tomás acompañó a Candela y a su abogado a la sala contigua.
La puerta se cerró.
Mencía se quedó sola con las cuatro páginas.
No abrió el portátil de inmediato.
Durante unos minutos leyó la declaración otra vez.
Lo que le impresionó no era que desmontara la hora oficial. Esa parte ya la sabía.
Era la forma en que describía el error.
Nadie había tenido que obligar a Candela a falsificar una autopsia.
Había bastado con rodearla de hechos aparentemente seguros hasta que su propio margen de duda empezó a parecer el único elemento equivocado.
La página de portada que había escrito catorce años atrás volvió a imponerse.
En cierto sentido, las dos habían hecho lo mismo desde oficios distintos.
Habían permitido que la coherencia corrigiera a la incertidumbre.
A las cinco y cuarenta y seis abrió el portátil.
Preparó una pieza breve.
No un análisis.
No una reconstrucción.
Una rectificación.
CANDELA MORIS ADMITE QUE SU INFORME NO PODÍA SITUAR CON CERTEZA A INÉS ALVAR CON VIDA A LA 01:12
Debajo reprodujo únicamente las afirmaciones que Candela había firmado y añadió que la policía estaba revisando el caso antiguo. No mencionó todavía a Saúl. Tampoco el vínculo financiero.
Esos datos podían esperar a ser contrastados.
A las cinco y cincuenta y ocho se abrió la puerta.
Candela salió primero.
Parecía más cansada que cuando había entrado, pero también menos rígida.
—Ya está.
Tomás apareció detrás.
—Ha ratificado lo esencial y ha respondido a las preguntas con su abogado presente.
—¿Ha identificado a quien la presionó?
—No voy a resumirte una declaración policial en un pasillo.
Mencía levantó las cuatro páginas.
—Esta sí puedo publicarla.
—Esa sí.
Candela se acercó al portátil.
—¿El titular?
Mencía se lo enseñó.
La médica leyó despacio.
—Pondría “no podía afirmar”, no “no podía situar”.
Mencía modificó la frase.
CANDELA MORIS ADMITE QUE NO PODÍA AFIRMAR QUE INÉS ALVAR SIGUIERA CON VIDA A LA 01:12
—Mejor —dijo Candela.
—Más exacto.
—Eso también.
Mencía programó la publicación para las seis y cinco.
Candela miró la hora.
05:59.
—No quiero que salga a las seis y veinte.
—No va a salir a las seis y veinte.
—Quiero que salga antes.
—He entendido.
—No quiero que parezca que he esperado a ver si sigo viva.
Mencía cerró el portátil.
—Saldrá antes.
Tomás recibió una llamada y se apartó unos pasos.
Respondió en voz baja. Mencía solo oyó dos palabras: traslado y ahora .
Cuando terminó, regresó junto a ellas.
—Nos vamos.
Candela frunció el ceño.
—¿Adónde?
—A otro lugar.
—¿Cuál?
—Te lo digo en el coche.
—Esta es mi clínica.
—Y alguien conoce esta ubicación desde ayer.
El abogado intervino.
—Saúl ha llamado hace unos minutos. Dice que puede coordinar con la dirección una zona más segura dentro del edificio y evitar un traslado en plena mañana.
Tomás lo miró.
—No.
—Solo te transmito lo que ha dicho.
—Y yo te digo que no.
Candela se volvió hacia Mencía.
—¿Ves? Por esto contrato abogados. Para que dos hombres puedan discutir dónde me guardan.
—Puedes negarte —dijo Tomás—. Igual que Octavio.
La referencia acabó con la ironía.
Candela cogió el abrigo.
—Nos vamos.
A las seis y cuatro, Mencía volvió a abrir el portátil al recibir la confirmación de portada.
PUBLICACIÓN PREPARADA.
A las seis y cinco, la rectificación apareció en la web.
No hubo recuadro negro.
No hubo cuenta atrás.
Solo el nombre de Candela sobre un titular que contradecía públicamente lo que había sostenido durante catorce años.
Mencía actualizó una vez para comprobar que seguía allí.
Luego otra.
—Ya está —dijo Candela.
Miraba la pantalla desde la puerta.
—Ya está —repitió Mencía.
Candela no sonrió.
—No arregla nada.
—No.
—Pero al menos ahora hay dos versiones escritas.
—Y esta lleva tu nombre.
La médica asintió.
A las seis y ocho salió de la sala acompañada por Tomás, su abogado y dos agentes.
Mencía permaneció en la clínica. Tenía que enviar una segunda pieza a la redacción con el contexto de la rectificación y había dejado el cargador del portátil en la habitación donde Candela había pasado parte de la noche bajo vigilancia.
La habitación estaba en el mismo pasillo.
Entró a las seis y catorce.
La cama seguía hecha a medias. Sobre la mesa había un vaso vacío, una revista cerrada y el cable conectado a la pared.
Mencía recogió el cargador.
El terminal clínico junto a la puerta emitió un aviso.
No le prestó atención.
Volvió a sonar.
Una enfermera apareció casi de inmediato en el pasillo.
—¿Sigue aquí la doctora Moris?
—Se ha ido.
La mujer miró la pantalla.
—¿Cuándo?
—Hace seis minutos.
La enfermera entró y leyó el aviso.
Su expresión cambió.
—¿Qué pasa?
—Ha aparecido una orden nueva en la historia de la doctora Moris. Este terminal la muestra porque todavía figura asignada a esta habitación.
Mencía dejó el cargador sobre la mesa.
—¿De qué tipo?
—No puedo comentarlo contigo.
—¿La ha pedido Candela?
—No.
La enfermera tocó la pantalla, pero se detuvo antes de confirmar nada.
—Esto no tiene sentido.
Mencía miró la hora.
06:17.
—¿Cuándo se introdujo?
La mujer abrió el historial.
—A las cinco cuarenta y tres.
Mencía sintió un escalofrío.
Candela estaba declarando a esa hora.
—¿Y por qué aparece ahora?
—Porque estaba programada para quedar activa como medicación pendiente a una hora concreta.
—¿Qué hora?
La enfermera no respondió de inmediato.
Leyó la pantalla otra vez.
Luego miró a Mencía.
—Las seis y veinte.
Mencía sacó el teléfono.
—No toques nada más.
La enfermera la miró con incredulidad.
—Es mi sistema.
—Y puede ser una prueba.
Llamó a Tomás.
Respondió al segundo tono.
—Dime.
—Hay una orden médica en la historia de Candela. Se introdujo a las cinco cuarenta y tres y está programada para quedar activa a las seis y veinte.
Tomás dejó de hablar durante un instante.
—¿Candela sigue allí?
—No. Se fue contigo.
—Bien. Que nadie valide ni administre esa orden. Nadie borra nada. Que Sistemas preserve el registro, que nadie con acceso administrativo toque el sistema y que la policía identifique a quienes puedan haber usado esos perfiles hasta que llegue la unidad.
Mencía miró a la enfermera.
Ella ya estaba llamando desde otro teléfono.
—¿Qué habría pasado si Candela siguiera aquí? —preguntó Mencía.
La mujer negó con la cabeza.
—No puedo valorar eso sin revisar todo.
—¿Es una orden normal?
—No.
—¿Es compatible con lo que estaba recibiendo?
La enfermera volvió a mirar el terminal.
—No debería estar ahí.
Aquello fue suficiente.
Mencía se apartó de la pantalla.
06:18.
Tomás seguía al teléfono.
—¿La orden lleva usuario?
—Sí —dijo la enfermera—, pero no conozco este identificador.
Mencía transmitió la respuesta.
—No investigues tú —dijo Tomás—. Sal de la habitación.
—Estoy saliendo.
—Mencía.
—¿Qué?
—Candela está bien. Ya no está en la clínica.
Mencía recogió el cargador de la mesa y cruzó el umbral.
El terminal volvió a emitir un aviso a su espalda.
06:19.
Por primera vez desde que habían empezado las esquelas, alguien había hecho lo que se le exigía.
Candela había confesado.
Había entregado sus pruebas.
Había rectificado públicamente.
Y, aun así, algo seguía esperando a las seis y veinte para alcanzarla.