La esquela de mañana CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Antes de la una

A las tres y cuarto de la tarde, Mencía tenía delante dos cronologías y empezaba a desconfiar de las dos.

La primera era la que había publicado catorce años atrás. Estaba impresa en una hoja que conservaba algunas marcas de rotulador de aquella época y avanzaba con una limpieza que ahora le resultaba casi ofensiva.

La segunda ocupaba una página nueva de su cuaderno.

01:26:43 — hora original del vídeo.

01:12 — tarjeta utilizada; identidad de quien sale, no demostrada.

01:18 — correo aún sin verificar.

01:20 — llamada aún sin verificar.

Hora de muerte — intervalo inicial aproximado entre 00:15 y 02:00.

No era una cronología. Era lo contrario: una sucesión de cosas que ya no podían sostenerse unas a otras.

Mencía dejó el bolígrafo sobre la mesa.

Tomás le había llamado poco antes de las dos. Habían acompañado a Candela a recoger el cuaderno y las fotografías que conservaba y todo quedaba ya bajo custodia policial. La médica no iba a declarar formalmente hasta que llegara el penalista que había elegido.

Mencía había pedido ver las notas.

Tomás se había negado.

Había pedido al menos una fotografía de la primera página.

Tomás se había negado otra vez.

Después le había recordado que ella dirigía el periódico desde cuyo archivo estaban saliendo las esquelas.

—Ese argumento no ayuda tanto como crees —había respondido él.

Así que Mencía había vuelto a su propio archivo.

No necesitaba el cuaderno de Candela para saber qué había publicado ella.

Abrió la carpeta de versiones del artículo principal sobre la muerte de Inés.

El sistema conservaba diecisiete copias, algunas separadas por apenas un minuto.

Durante años había considerado aquella función una incomodidad útil para recuperar titulares estropeados o párrafos borrados por error.

Nunca la había tratado como una memoria de las decisiones que prefería no recordar.

Seleccionó la versión de las cinco y treinta y cuatro.

El texto todavía contenía una frase que no aparecía en la portada definitiva:

La estimación forense disponible no permite afirmar que Inés Alvar siguiera con vida en el momento de la supuesta salida registrada a la 01:12.

Mencía la leyó varias veces.

No recordaba haberla escrito.

Eso no era cierto.

Recordaba haber pensado aquello.

Abrió la siguiente versión.

La frase seguía.

Cinco y cuarenta y uno.

Seguía.

Cinco y cuarenta y siete.

Seguía.

Cinco y cincuenta y tres.

Había desaparecido.

Mencía abrió el historial de cambios.

No figuraba el director.

No figuraba Saúl.

No figuraba ningún editor de cierre.

El usuario era el suyo.

MROLDAN.

Se quedó mirando las letras.

No había nadie a quien culpar por aquella eliminación.

Ni siquiera podía refugiarse en que se la hubieran pedido.

La había quitado ella.

Buscó alrededor de la hora del cambio hasta encontrar la versión anterior y la posterior colocadas una al lado de la otra. Además de la frase forense, había modificado dos expresiones.

Pudo haber salido se convirtió en salió .

Según la versión ofrecida por Nerea Campillo se redujo a según confirmó Nerea Campillo .

La palabra aparentemente desapareció de la referencia al correo.

Ninguna alteración inventaba un dato.

Todas hacían lo mismo.

Reducían una incertidumbre.

Mencía apoyó la espalda en la silla.

Durante los últimos dos días se había repetido que no había falsificado pruebas. Era verdad. Necesitaba que siguiera siéndolo porque esa diferencia separaba un error profesional de un delito y, quizá también, la persona que había sido de la persona que ahora podía soportar mirar atrás.

Pero la verdad no terminaba ahí.

No había creado las piezas.

Había elegido cuánto debían parecer seguras.

Un golpe en el cristal la hizo cerrar el historial.

Tomás entró sin esperar invitación.

—Tienes cara de haber encontrado algo que no te gusta.

Mencía giró la pantalla.

—Lo quité yo.

Tomás leyó la frase borrada y después miró el registro de usuario.

—Sí.

—Podrías fingir sorpresa.

—No se me da bien.

Mencía abrió la versión final.

—Aquí ya digo que Inés salió a la una y doce. Después utilizo el informe definitivo para afirmar que seguía viva. Pero tres días antes yo misma había escrito que la hora forense no permitía asegurarlo.

—¿Por qué lo quitaste?

—Porque para entonces teníamos la declaración formal de Nerea, el correo, la llamada y la cámara.

—Eso explica por qué cambiaste de opinión.

—No explica por qué no expliqué al lector que había cambiado.

Tomás no respondió.

Mencía retomó las dos cronologías.

—Si el primer intervalo de Candela era correcto, Inés pudo morir antes de la una.

—Pudo.

—Entonces la salida, el correo y la llamada podrían ser posteriores a su muerte.

—Podrían.

—¿Vas a contestarme así toda la tarde?

—Hasta que dejes de convertir posibilidades en hechos, probablemente.

Ella señaló la hoja.

—No estoy diciendo que muriera antes de la una. Estoy diciendo que ya no tenemos una prueba independiente que demuestre que estaba viva después.

Tomás se acercó a la mesa.

—Eso sí.

Fue la primera concesión clara.

Mencía recorrió de nuevo las horas.

—Nerea confirma una salida que no vio. Octavio mueve el vídeo dieciocho minutos. Candela estrecha la hora de muerte utilizando esas mismas pruebas. Si el correo o la llamada también están fabricados, toda la parte de la cronología posterior a medianoche se sostiene sobre sí misma.

—No toda.

—¿Qué queda?

—Los registros electrónicos existen. Alguien utilizó la tarjeta a la una y doce. Alguien envió el correo a la una y dieciocho. Hubo una llamada al teléfono de Saúl a la una y veinte.

—Pero todavía no sabemos quién hizo ninguna de esas cosas.

—Exacto.

Mencía miró la palabra alguien escrita tres veces en sus notas.

—Y durante catorce años escribimos Inés.

—Sí.

Tomás no intentó suavizarlo.

Mencía agradeció más aquella respuesta que cualquier consuelo.

—¿Qué dicen las notas de Candela?

—Que no podías ver.

—Eso no significa que tú no puedas contarme qué contienen.

—Significa exactamente eso por ahora.

—¿Coinciden con lo que ha dicho?

Tomás suspiró.

—La primera revisión confirma una horquilla amplia. No hay nada que justifique, en esa fase inicial, afirmar que Inés estuviera viva a la una y doce.

Mencía notó que había esperado oírlo, pero no por ello le produjo menos efecto.

—Entonces…

Tomás levantó una mano.

—No. No sabemos que muriera antes de la una.

—Ya lo sé.

—Quiero oírtelo decir.

—No sabemos que muriera antes de la una.

—Bien.

—Tampoco sabemos que estuviera viva después.

Tomás asintió.

—También.

Mencía se levantó y fue hasta la ventana.

La calle seguía llena de cámaras. Las esquelas habían convertido al periódico en un lugar que la gente miraba desde fuera como si algo pudiera ocurrir en la fachada a las seis y veinte de cada mañana.

—Hay algo que no entiendo —dijo—. Si Lúa encontró estas contradicciones en el archivo, ¿por qué no las llevó a la policía?

—Quizá no confiaba en que bastaran.

—Dos de las personas que mintieron están muertas.

—Ahora.

—Su padre murió hace dieciocho meses.

Tomás apoyó una mano en el respaldo de la silla.

—También pudo querer una confesión pública, no solo una revisión judicial.

Mencía pensó en las frases de las esquelas.

Corregir lo que dejó escrito.

No pedían que alguien acudiera a comisaría.

Pedían rectificación.

—Quería que lo dijeran ellos.

—Es una posibilidad.

—Tú también sabes que fue ella.

—Sé que tenía acceso, motivo y conocimientos suficientes para estar en el centro de lo que estamos investigando. Eso no convierte automáticamente todo lo demás en suyo.

Mencía recordó el correo.

No debía morir. Intenté detener las siguientes.

—¿La habéis localizado?

—No.

—¿Seguís pensando que está en Sendaña?

—No voy a contarte cómo la estamos buscando.

—Era una pregunta sencilla.

—Contigo pocas lo son.

Mencía regresó a la mesa.

—¿Candela va a declarar hoy?

—Su abogado llega esta tarde. Si mantienen lo acordado, empezaremos esta noche.

—¿Antes de las seis y veinte?

—Eso quiere ella.

—¿Por miedo?

—Por muchas cosas.

Mencía cerró la versión final del artículo y abrió la primera.

La diferencia entre ambas no era espectacular. Ningún párrafo transformaba una inocencia evidente en culpabilidad. No había una frase que, devuelta a su sitio, resolviera el caso.

Era peor.

La certeza se había construido con pequeñas decisiones defendibles por separado.

Quitar un pudo .

Reducir una atribución.

Elegir el informe definitivo.

Recortar una fotografía.

Dar más espacio a una frase amenazante que a la que la explicaba.

Poner una hora junto a otra hasta que parecieran una cadena.

La mentira, si podía llamarse así, no estaba solo en las pruebas que ahora empezaban a quebrarse. También estaba en la forma en que una historia compleja había dejado de parecer compleja.

—Quiero publicar que el intervalo inicial era más amplio —dijo.

Tomás negó con la cabeza.

—Todavía no.

—Candela ya me lo ha dicho a mí.

—Y esta noche va a declararlo formalmente. Dame unas horas.

—El periódico publicó durante catorce años una hora que ahora sabemos que estaba condicionada por pruebas manipuladas.

—Sabemos que una de ellas fue manipulada. Nerea admitió otra falsedad ante ti, pero no llegó a formalizarla. Y Candela aún no ha firmado.

—Eso no hace menos falso mi artículo.

—Hace que yo necesite preservar una investigación.

Mencía se cruzó de brazos.

—Siempre tienes una frase preparada.

—No. Esta conversación se repite bastante.

Ella se permitió una sonrisa mínima.

Tomás miró la pantalla.

—¿Vas a cambiar algo?

—Hoy no.

—Bien.

—Voy a preparar la corrección.

—Eso no es lo mismo.

—No.

Mencía abrió un documento nuevo.

No escribió un titular.

Escribió una lista.

Lo que publicamos.

Lo que sabíamos.

Lo que no podíamos saber.

Tomás leyó por encima.

—Eso va a ser largo.

—Debería haberlo sido la primera vez.

Él se marchó poco después.

Mencía permaneció varias horas trabajando entre versiones antiguas.

Encontró más prudencia en los borradores de la que recordaba y menos en los textos publicados.

No siempre era ella quien había recortado; a veces había sido cierre, otras el espacio disponible, otras un titular que convertía una posibilidad en una dirección.

Pero en la pieza principal, la que había fijado la secuencia y que después otros medios copiaron, las decisiones esenciales eran suyas.

A las ocho y media de la tarde, Saúl entró en el despacho.

—Tomás me ha dicho que Candela va a declarar.

Mencía dejó de escribir.

—¿Te lo ha dicho él?

—Me ha pedido documentación jurídica del caso antiguo y que no contacte con ella hasta que termine.

—¿Y vas a obedecer?

Saúl la miró con cansancio.

—Sí.

—No pareces encantado.

—Dos personas vinculadas a aquel expediente han muerto en cuarenta y ocho horas. Una tercera va a admitir que alteró un informe. Mi nivel de entusiasmo es limitado.

Mencía señaló la pantalla.

—Encontré esto.

Le enseñó la frase eliminada sobre la hora de muerte.

Saúl la leyó.

—¿La escribiste tú?

—Y la quité yo.

Él tardó un momento en responder.

—Entonces supongo que sabes mejor que nadie por qué.

—Porque el resto de las pruebas empezaba a encajar.

—No era una razón absurda en aquel momento.

—No he dicho que lo fuera.

Saúl se sentó sin que Mencía se lo ofreciera.

—Estás intentando juzgar decisiones de hace catorce años con lo que sabes esta semana.

—No. Estoy intentando ver qué decisiones tomé con lo que sabía entonces.

—Y entonces tenías una testigo, un vídeo, un correo, una llamada y un informe forense.

—Tenía una testigo que primero dudó. Un vídeo que resultó manipulado. Un informe que se estrechó utilizando la propia cronología que después confirmó.

—Eso lo sabes ahora.

Mencía lo observó.

Saúl tenía razón.

Era otra de las razones por las que resultaba tan fácil escucharlo.

—¿Y el correo y la llamada? —preguntó.

—¿Qué pasa con ellos?

—Que son lo único que queda situando a Inés viva después de la una y doce.

Saúl apoyó los antebrazos en las rodillas.

—La llamada la recibí yo.

—Lo sé.

—Era ella.

Mencía sostuvo su mirada.

—¿Cómo lo sabes?

Saúl pareció sorprendido por la pregunta.

—Porque hablé con ella.

—Catorce segundos.

—Sí.

—¿Qué dijo exactamente?

Saúl apartó la vista hacia la ventana.

—Que iba a ver a Tadeo. Estaba alterada. Le pregunté dónde estaba y cortó.

—Eso declaraste.

—Porque eso ocurrió.

Mencía no insistió.

Todavía no tenía una razón concreta para hacerlo.

Saúl se levantó.

—No conviertas cada cosa que recuerdas mal en una prueba de que todo fue mentira.

—No lo estoy haciendo.

—Parece agotador.

—Lo es.

Saúl llegó a la puerta y se detuvo.

—Candela tiene razón en una cosa.

—¿Cuál?

—No sabe a qué hora murió Inés.

—Nadie la sabía entonces —añadió él—. Y quizá sigamos sin saberla cuando todo esto termine.

Se marchó.

Mencía regresó a la página en blanco.

Lo que Saúl acababa de decir era razonable.

También era cierto que, catorce años antes, él había sido una de las personas que más necesitaban que la incertidumbre desapareciera.

No escribió esa frase.

Todavía no.

A las once y cincuenta y dos de la noche, Candela llamó.

Mencía reconoció el número.

—¿Estás con tu abogado?

—Sí.

La médica sonaba cansada, pero más estable que por la mañana.

—Tomás tiene ya el cuaderno y las fotografías —dijo—. Los recogimos esta tarde.

—Lo sé.

—Voy a declarar de madrugada.

—¿Por qué no ahora?

—Porque llevamos horas preparando todo y quiero que quede bien. Sin atajos.

Mencía miró el reloj.

—¿Antes de las seis y veinte?

—Mucho antes.

Hubo una pausa.

—Quiero que mañana publiques que mentí.

Mencía se incorporó.

—Cuando pueda demostrarlo.

—Podrás.

—Candela…

—No quiero otra esquela diciendo lo que yo no fui capaz de decir.

Nerea y Octavio habían intentado conservar sus oportunidades hasta que ya no pudieron utilizarlas.

—¿Estás segura?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Pero voy a hacerlo igual.

Mencía cerró el documento que tenía abierto.

—Entonces haz primero la declaración.

—A las cinco y media.

—¿Tan tarde?

—Tan temprano.

Candela respiró al otro lado.

—A las seis y veinte quiero que lo que firmé hace catorce años haya dejado de ser la única versión escrita.

La llamada terminó.

Mencía miró las dos cronologías que seguían sobre la mesa.

En una, Inés estaba viva después de la una.

En la otra, nadie podía afirmarlo.

Por primera vez en catorce años, la segunda le pareció más verdadera porque no estaba completa.

Esta vez no intentó ganarle también la noche. Puso la alarma a las cuatro y cuarto y durmió algo más de cuatro horas en el sofá del despacho antes de salir hacia la clínica.