La esquela de mañana CAPÍTULO 10
27%

CAPÍTULO 10

La doctora

Candela Moris no pidió que retiraran su esquela.

A las doce y veinte del miércoles, cuando Mencía llegó a la clínica, había dos policías de paisano en recepción y otro junto al ascensor del aparcamiento. La médica había aceptado protección antes incluso de que Tomás terminara de explicarle las condiciones.

Era la primera diferencia importante con Nerea y Octavio; la segunda fue que no fingió estar tranquila.

—No pienso convertirme en la tercera persona que demuestra que esto va en serio —dijo en cuanto Mencía entró en su despacho.

Había cancelado la consulta de la tarde, pero no había cerrado la clínica.

Al otro lado del cristal esmerilado seguían oyéndose teléfonos, pasos y el murmullo bajo de una recepcionista.

Candela había pedido que el personal trabajara con normalidad porque, según explicó, mandar a todo el mundo a casa habría sido una manera demasiado eficaz de anunciar que tenía miedo.

Mencía dejó el bolso junto a la silla.

—Esta mañana dijiste que aquella noche no sabías a qué hora había muerto Inés.

—Y sigo sin saberlo.

—Tu informe definitivo decía que la muerte era posterior a la una y media.

Candela apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Mi informe definitivo decía más cosas.

—La que importó fue esa.

—La que os importó a vosotros.

Mencía aceptó la corrección.

—¿Hubo un informe anterior?

Candela miró hacia la puerta, aunque estaba cerrada.

—Hubo notas preliminares.

—En el documento que vi hace catorce años aparecía un intervalo entre las doce y cuarto y las dos.

La médica levantó la vista con rapidez.

—¿Lo conservas?

—Yo no. Quedó una copia en el archivo del periódico.

Candela se recostó despacio.

—Pensé que había desaparecido.

—¿Por qué habría de desaparecer?

—Porque no llegó al procedimiento como versión válida.

—Eso no responde.

Candela se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa. Mencía recordaba aquel gesto de sus entrevistas antiguas. Lo hacía cuando quería ganar tiempo sin guardar silencio.

—Una estimación inicial de la hora de muerte no es una medición exacta —dijo—. Menos aún en un cuerpo que ha estado al aire libre, que puede haber sido trasladado y cuya exposición ambiental no conoces con precisión. Aquella primera horquilla era amplia porque tenía que serlo.

—¿Entre las doce y cuarto y las dos?

—Aproximadamente.

—Eso permitía que Inés hubiera muerto antes de la supuesta salida de la una y doce.

Candela volvió a ponerse las gafas.

—Permitía muchas cosas.

—Pero después dejó de permitir esa.

La médica no contestó.

Mencía llevaba toda la mañana intentando no adelantarse a la respuesta. Había aprendido, a golpes, que una pausa no era una confesión y que una coincidencia no era un mecanismo. Aun así, resultaba difícil no ver la forma que empezaban a dibujar las piezas.

—¿Qué cambió? —preguntó.

—Llegaron más datos.

—Eso mismo me dijiste hace catorce años.

Candela sonrió apenas, sin humor.

—Al menos soy consistente.

—¿Qué datos?

—La salida registrada a la una y doce. El correo de la una y dieciocho. La llamada de la una y veinte. Información sobre el lugar donde apareció el cuerpo y sobre cuándo se había visto el coche de Tadeo.

Mencía la observó.

—Eso no son datos forenses.

Candela bajó la mirada.

—No.

La respuesta resultó más inquietante por lo sencilla que fue.

—Entonces utilizaste la cronología policial para decidir qué parte de tu intervalo era más probable.

—Utilicé toda la información disponible.

—Y después tu informe se utilizó para confirmar esa misma cronología.

Candela cerró los ojos un instante.

Mencía no necesitó decir nada más.

La circularidad estaba ahí: una salida dudosa, un correo fabricado, una llamada todavía sin revisar y un vídeo cuya hora acababan de demostrar falsa habían empujado el informe forense hacia una franja posterior.

Después, aquella franja se había convertido en una razón para creer que la salida, el correo, la llamada y el vídeo eran ciertos.

No se trataba de una única prueba contaminada, sino de un sistema que se había confirmado a sí mismo.

—¿Quién te pidió que estrecharas el intervalo? —preguntó Mencía.

Candela se puso de pie.

—He aceptado hablar contigo, no hacer una declaración formal sin abogado.

—No te he pedido una declaración formal.

—Llevas media vida haciendo preguntas como si la diferencia dependiera del tamaño de la grabadora.

Mencía estuvo a punto de responder que no era exactamente media. Se contuvo.

Candela la miró.

—Por una vez no vas a corregirme lo menos importante.

—Estoy aprendiendo.

Mencía estuvo a punto de sonreír. No lo hizo.

—Tomás necesita saber esto.

—Tomás ya sabe que existió un documento preliminar.

—¿Se lo has dicho?

—Esta mañana.

Aquello sorprendió a Mencía.

—¿Y has aceptado declarar?

—He aceptado que quiero hacerlo bien.

—No es lo mismo.

—Lo sé.

Candela caminó hasta la ventana. Dos plantas más abajo, un vehículo policial permanecía estacionado en una zona reservada para ambulancias.

—Nerea murió intentando ganar tiempo —dijo—. Octavio pasó el día huyendo de gente que quería protegerlo y terminó muerto en un coche. No voy a hacer ninguna de las dos cosas.

—Entonces entrega tus notas.

Candela no se volvió.

—Las tengo.

Se le tensó la espalda.

—¿Las originales?

—Mi cuaderno y varias fotografías del examen inicial.

—¿Dónde?

—No aquí.

—¿En tu casa?

—He dicho que no aquí.

Mencía dejó pasar la evasiva.

—¿Por qué las conservaste?

Candela tardó en responder.

—Porque no se tiran notas clínicas solo porque el informe definitivo diga otra cosa.

—¿Solo por eso?

—Al principio, sí.

—¿Y después?

La médica volvió a sentarse.

—Después entendí que quizá había firmado algo que no podía defender igual de bien sin recordar cómo había llegado hasta allí.

Era la primera frase que sonaba a arrepentimiento y no a autoprotección.

Mencía no quiso premiarla demasiado deprisa.

—Tu clínica abrió dos años después del juicio.

Candela se quedó inmóvil.

—¿Qué tiene que ver mi clínica?

—Eso estoy intentando averiguar.

Antes de salir del periódico, Mencía había pedido al área de Economía que recuperara la documentación mercantil utilizada en una antigua pieza sobre nuevas empresas sanitarias.

La clínica de Candela se había constituido con capital propio y un préstamo participativo de ciento ochenta mil euros concedido por una sociedad local que desapareció pocos años después.

La sociedad compartía administrador con una de las empresas utilizadas para comprar parcelas en Mirador Norte antes de que la recalificación fuera pública.

Mencía había comprobado tres veces el dato antes de ir a la clínica.

—No fue un pago —dijo Candela.

Mencía no había formulado todavía la acusación.

—Tampoco he dicho que lo fuera.

La médica apartó las manos de la mesa.

—Necesitaba financiación. Los bancos no me daban suficiente y apareció una posibilidad privada.

—A través de quién.

—De gente que conocía a gente.

—Esa respuesta suele empeorar cuando se escribe.

Candela suspiró.

—Saúl me puso en contacto con un asesor que conocía inversores.

Mencía notó el nombre, pero evitó reaccionar.

—¿Cuándo?

—Más de un año después del caso.

—¿Te lo había prometido antes?

—No.

—¿Te pidió el cambio del informe a cambio?

—No.

—¿Te pidió el cambio del informe?

Candela la miró durante unos segundos.

—No voy a responder eso todavía.

La evasiva no equivalía a un no.

Mencía apoyó la espalda en la silla.

—¿Saúl ha hablado contigo desde que apareció la esquela?

—Tres veces.

—¿Hoy?

—Dos hoy. Una ayer, después de que muriera Nerea.

—¿Qué quería?

—Saber si necesitaba ayuda legal.

—¿Y la necesitabas?

—Sí.

La respuesta no contenía ninguna vergüenza.

—¿Es tu abogado?

—No. Me ha dicho precisamente que no puede serlo porque representa al periódico y aparece en el expediente antiguo.

Aquello encajaba con la conducta que Saúl había mantenido hasta entonces: correcta, prudente, útil.

Candela jugueteó con una esquina de papel.

—¿Ha hablado ya con los otros?

Mencía no respondió de inmediato.

—¿Qué otros?

La médica dejó de mover el papel.

—Los que seguimos ligados al caso.

—¿Saúl hablaba con vosotros?

—No juntos, si eso es lo que estás pensando.

Mencía no había dicho nada.

—Cuando había un recurso de Tadeo, un aniversario, una entrevista o alguien volvía a preguntar por Inés, Saúl llamaba —continuó Candela—. A mí, al menos. Supuse que hacía lo mismo con los demás.

—¿Para qué?

—Decía que quería saber si había cambiado algo que pudiera afectar al periódico.

—¿Y había cambiado algo?

Candela sostuvo su mirada.

—No hasta esta semana.

La puerta se abrió después de un golpe breve.

Tomás entró acompañado de Saúl.

Mencía miró primero al inspector y luego al abogado.

—Espero que esto tenga una explicación sencilla.

—La tiene —dijo Tomás—. Candela lo ha llamado.

Saúl se quedó junto a la puerta.

—Me ha pedido que le explique qué opciones tiene si declara que su informe definitivo no reflejaba bien sus primeras conclusiones.

—¿Y qué opciones tiene? —preguntó Mencía.

—Contratar a un penalista independiente y decir la verdad con un abogado presente.

Candela frunció el ceño.

—Me has dicho que se puede hablar con Fiscalía.

—He dicho que tu abogado podrá hacerlo y que una colaboración temprana puede ser relevante. No puedo prometerte qué consecuencia tendrá ni evitar que se investigue lo que hiciste.

Tomás asintió una sola vez.

—Eso es bastante más exacto.

Saúl no pareció molesto.

—Por eso no soy penalista.

Mencía observó a Candela.

—¿Quieres negociar antes de contar lo que pasó?

—Quiero saber si contar la verdad me convierte en la única persona viva que paga por aquello.

La frase cayó mal incluso antes de que terminara.

Tomás apoyó la carpeta que llevaba sobre la mesa.

—Nerea y Octavio están muertos. Tadeo murió en prisión. Inés murió hace catorce años. Si buscas un reparto justo de consecuencias, llegamos tarde.

Candela bajó la vista.

Saúl intervino con tono tranquilo.

—Lo que Riveiro intenta decir es que ahora mismo lo prioritario es tu seguridad y preservar lo que tengas.

—Sé perfectamente lo que intenta decir.

—Entonces entrégale las notas.

Candela levantó la cabeza.

Mencía miró a Saúl.

No había vacilado.

Si quería ocultar el pasado, acababa de pedir delante de tres personas que una prueba potencialmente destructiva pasara a manos de la policía.

Era el tipo de conducta que hacía difícil sospechar de él sin repetir el error que Mencía llevaba dos días intentando corregir.

Candela se puso en pie.

—Las entregaré.

Tomás no sonrió.

—¿Ahora?

—Necesito ir a buscarlas.

—Entonces vamos contigo.

—No pienso llevar una comitiva policial por mi casa a plena luz del día.

—No estamos negociando eso.

Candela lo miró durante unos segundos y finalmente asintió.

—Quiero declarar después.

—Bien.

—Con abogado.

—También.

Saúl sacó el teléfono.

—Puedo darte dos contactos sin relación con el periódico.

Tomás levantó una mano.

—Se los das y te apartas.

Saúl guardó el teléfono otra vez.

—De acuerdo.

Mencía se levantó también y recogió el bolso junto a la silla.

—Antes de que os vayáis necesito una respuesta.

Tomás la miró con cansancio.

—Claro que sí.

Ella no apartó los ojos de Candela.

—Sin la salida de la una y doce, sin la hora falsa del vídeo y sin utilizar el correo ni la llamada para empujar tu interpretación, ¿qué decía realmente tu examen inicial?

La médica permaneció de pie al otro lado de la mesa.

Esta vez no buscó una fórmula técnica con la que protegerse.

—Que no podía excluir una muerte anterior a la una.

Mencía esperó.

Candela añadió:

—Inés pudo morir antes de la una.