La esquela de mañana CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Otra muerte

—He encontrado el coche.

La voz de Tomás llegó entrecortada por el eco de un aparcamiento.

Mencía miró el reloj de su pantalla.

06:19:59.

—¿Y Octavio?

—Todavía no lo veo. Estoy bajando al tercer sótano.

El reloj cambió antes de que ella pudiera responder.

06:20:00.

En la esquina de la portada apareció una notificación de sincronización.

Mencía no necesitó abrirla para saber qué podía significar. Aun así, pulsó.

El recuadro negro sustituyó al espacio que Noel había dejado vacío desde la muerte de Nerea.

CANDELA MORIS VEGA

Durante unos segundos, Mencía solo vio el nombre.

Al otro lado del teléfono, Tomás seguía caminando.

—¿Qué pasa?

—Ha salido otra.

—¿Quién?

—Candela Moris.

Tomás dejó escapar una palabra que Mencía no entendió. Después oyó una puerta metálica y el sonido de sus pasos cambió.

—Estoy en la planta.

Mencía abrió la esquela.

La fotografía de Candela era reciente. Pelo corto, una bata blanca y una sonrisa que Mencía no recordaba haberle visto durante los meses del caso Inés.

La nota biográfica hablaba de su carrera forense, de su posterior trabajo en medicina privada y de la clínica que dirigía desde hacía más de una década.

La línea siguiente no pertenecía a ninguna necrológica.

Será recordada también por haber colocado la muerte después de una salida que nunca existió.

Debajo aparecía la fórmula que ya conocía:

Antes de las 06:20 de mañana podrá corregir lo que dejó escrito.

Mencía dejó de leer.

—Tomás, la esquela habla de la hora de muerte de Inés.

No hubo respuesta inmediata.

—Tomás.

—Estoy junto al coche.

La voz sonó distinta.

Mencía se puso de pie.

—¿Está dentro?

—Sí.

Ella esperó.

Tomás no añadió nada durante varios segundos.

—¿Está vivo?

—No lo sé todavía.

La redacción había vuelto a quedarse en silencio. Noel estaba de pie frente a su pantalla. Dos redactores de Local miraban a Mencía sin acercarse. Nadie preguntaba por la nueva esquela porque todos habían comprendido que la llamada importaba más.

Tomás habló con alguien lejos del teléfono. Después se oyó un golpe, una orden breve y el ruido de una puerta de vehículo.

—Mencía.

—Sí.

—No tiene pulso.

Ella cerró los ojos.

—¿A las seis y veinte?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Acabas de encontrarlo.

—Exacto. Eso es lo único que sabemos. No conviertas la hora de una publicación en hora de muerte.

Mencía miró el 06:21 que acababa de aparecer en la pantalla.

—No lo haré.

Lo dijo para él y para sí misma.

Tomás se apartó del coche. El sonido de sus pasos volvió a resonar.

—La escena parece preparada para que pensemos en un suicidio.

—¿Lo crees?

—Creo que alguien quiere que me parezca posible. No es lo mismo.

—¿La funda que sacó del archivo?

—No la veo.

Mencía apretó el teléfono.

—Entonces han ido a por la copia.

—Puede ser.

—Octavio me dijo que la guardaba para no cargar solo con la manipulación.

—Y también sabía que entregarla podía incriminarlo. Hay más de una razón para que haya desaparecido.

Mencía respiró despacio.

—¿Su móvil?

—Está aquí. Apagado.

—¿Y el coche?

—Lo vamos a revisar completo. Ahora necesito que preserves la nueva esquela y todos los registros igual que las anteriores.

—Noel ya está haciéndolo.

—Bien.

—Y no llames a Candela todavía.

Mencía miró su nombre en la pantalla.

—No había pensado hacerlo.

—Eso ha sonado poco convincente.

La llamada terminó.

Mencía dejó el teléfono sobre la mesa.

Noel se acercó.

—¿Octavio?

Ella asintió.

—Muerto.

La palabra se propagó por la redacción sin necesidad de repetirse. Bastó con las expresiones de quienes estaban más cerca para que los demás entendieran.

—¿A las seis y veinte? —preguntó alguien desde Local.

Mencía giró la cabeza.

—No sabemos cuándo murió.

—Pero…

—No sabemos cuándo murió.

Esta vez nadie insistió.

A las seis y veintisiete, una cuenta local publicó que Octavio Lobo había sido encontrado muerto «a la hora anunciada». A las seis y treinta y uno, dos radios repetían la frase. A las seis y treinta y cinco, la etiqueta #EsquelasDeMañana era la tendencia principal en Sendaña.

Mencía vio el nombre en una pantalla y ordenó cerrarla.

La historia acababa de adquirir un título que el periódico no había elegido y que probablemente ya no podría quitarle.

Dos muertos.

Dos esquelas.

Dos mañanas alrededor de la misma hora.

Era suficiente para que una coincidencia pareciera una regla.

Y una regla, una vez aceptada, empezaba a explicar cualquier cosa que ocurriera después.

A las siete y doce, Saúl llegó al periódico.

No traía café. Fue lo primero que Mencía reparó de él, quizá porque durante los dos días anteriores siempre había aparecido con uno en la mano. Llevaba el teléfono abierto y una expresión cansada.

—Acabo de hablar con Riveiro —dijo—. ¿Octavio?

—Muerto.

Saúl bajó la vista durante un instante.

—Joder.

No preguntó cómo.

Mencía lo observó lo bastante como para darse cuenta de que lo estaba haciendo y apartó la mirada.

—Hay una tercera esquela —dijo.

—¿De quién?

—Candela Moris.

Saúl tardó un segundo en responder.

—La forense.

—Sí.

—¿Qué dice?

Mencía le mostró la pantalla.

Saúl leyó la frase sin tocar el ratón.

—Esto ya no se puede tratar como una intrusión informática.

—Hace bastante que dejó de serlo.

—Me refiero al periódico. Tenemos que asumir que quien controla esa cola puede publicar mañana otra cosa, o dentro de una hora.

—Noel está intentando aislarla.

—¿Puede?

—Todavía no.

Saúl miró hacia la redacción.

—Voy a pedir que Vértice suspenda temporalmente la migración.

—Ayer decías que no podíamos tocar nada sin documentarlo.

—Suspender no es borrar. Si la migración mantiene abiertos accesos antiguos, seguir como si nada sería absurdo.

La respuesta era razonable.

Otra vez.

—Habla antes con Tomás —dijo Mencía.

—Por supuesto.

Saúl se marchó hacia su despacho.

Mencía retomó la esquela de Candela.

No la llamó.

A las siete y cuarenta y cinco, Tomás regresó al periódico.

Llevaba la misma ropa de la noche anterior y una carpeta transparente con varias fotografías impresas. Entró en el despacho de Mencía, cerró la puerta y dejó las imágenes boca abajo sobre la mesa.

—Primero lo que sí sabemos —dijo.

Mencía se sentó.

—Octavio entró en el aparcamiento a las cinco cuarenta y seis. La cámara lo muestra conduciendo, pero el ángulo y los reflejos del parabrisas no permiten confirmar si llevaba a alguien en el asiento del acompañante.

—¿Iba solo?

—No podemos saberlo.

—¿Y después?

Tomás giró una de las fotografías.

Era una imagen del garaje. El coche de Octavio aparecía estacionado junto a una columna que ocultaba parcialmente el lado derecho.

—A las seis diecinueve y treinta y siete segundos se abre la puerta del acompañante.

Mencía acercó la fotografía.

—¿Sale alguien?

—La columna tapa el ángulo.

—Qué conveniente.

—Para alguien que conociera el aparcamiento, sí.

Tomás colocó una segunda imagen. La puerta estaba cerrada.

—Nueve segundos después vuelve a cerrarse. No vemos a nadie entrar ni salir del campo de cámara.

—Entonces había alguien dentro.

—No necesariamente. Podría haberla abierto Octavio desde el asiento del conductor.

—¿Para qué?

—No lo sé.

—Tú tampoco te lo crees.

—Mi trabajo no es creerme la versión que más me gusta.

Mencía reconoció la frase aunque nunca la hubiera oído de ese modo.

—¿La escena?

Tomás guardó las fotografías.

—No voy a darte detalles que todavía no deben salir. Hay elementos colocados para sugerir una decisión voluntaria. También hay cosas que no encajan. Necesito autopsia, análisis y tiempo.

—La funda no estaba.

—No.

—Así que quien abrió esa puerta se la llevó.

—Si estaba allí.

Mencía se impacientó.

—Lo vimos salir del archivo con ella.

—Vimos salir a Octavio con una funda. No sabemos qué había dentro ni si seguía llevándola cuando entró en el garaje.

Ella guardó silencio.

Tomás sacó otro documento.

—Pero hemos encontrado esto en su despacho de la empresa.

Era una copia de un contrato bancario.

Mencía leyó el encabezado.

—Caja de seguridad.

—A su nombre desde hace doce años.

—¿La habéis abierto?

—Todavía no. Estoy pidiendo autorización judicial urgente.

—¿Crees que dejó otra copia?

—Creo que un hombre que conservó durante catorce años una prueba capaz de hundirlo no tenía demasiados motivos para confiar en una sola copia.

Mencía recordó la frase de Octavio.

Si pasa algo, busca el minuto dieciocho.

—Él sabía que podían quitársela.

—O temía que ocurriera.

—Es lo mismo.

—No.

Tomás recogió el documento.

—Y esa diferencia sigue importando.

A las nueve y diez, la policía confirmó públicamente la muerte de Octavio sin facilitar hora ni causa.

El comunicado duró menos de cinco minutos en su forma original.

Las versiones digitales añadieron enseguida la esquela, las 06:20 y la muerte de Nerea hasta fabricar una secuencia mucho más atractiva.

Mencía decidió que El Diario de Sendaña no titularía con la coincidencia horaria.

La decisión provocó una discusión en la reunión de portada.

—Todo el mundo está hablando de eso —dijo la jefa de Local.

—Precisamente.

—No podemos fingir que no existe.

—No vamos a fingir. Lo explicamos en el texto. El titular no va a convertir una aproximación en un hecho.

—Nos van a acusar de tapar lo que sale de nuestro propio sistema.

—Que nos acusen con datos.

Al final publicaron:

HALLADO MUERTO OCTAVIO LOBO, SEGUNDO NOMbrE DE LAS ESQUELAS NO AUTORIZADAS

Mencía sabía que era menos brillante que cualquier alternativa.

Empezaba a considerar aquella falta de brillo una virtud.

A las diez y cincuenta y ocho, Tomás volvió a llamar.

—La han abierto.

Mencía se levantó sin darse cuenta.

—¿La caja?

—Sí.

—¿Hay una copia?

—Hay un dispositivo antiguo, un sobre y documentación del caso Alvar. El archivo está siendo clonado para no trabajar sobre el original.

—¿Puedes decirme la hora?

—Ya la han verificado.

—Una veintiséis y cuarenta y tres.

Se sentó de nuevo.

Dieciocho minutos.

No una teoría de la esquela. No una vacilación de Octavio. No una reconstrucción hecha catorce años después.

Un archivo.

—Entonces el vídeo del expediente estaba manipulado.

—La exportación incorporada al expediente no coincide con la copia original que Octavio conservaba.

—Tomás.

—Sí. Alguien cambió la hora.

Mencía miró la noticia antigua que seguía abierta desde el día anterior.

UN VÍDEO SITÚA EL COCHE DE TADEO BARRAL CERCA DEL DIARIO ANTES DE LA MUERTE DE INÉS ALVAR.

La frase acababa de perder una de sus pocas certezas materiales.

—¿Demuestra que Tadeo volvía a casa? —preguntó.

—No.

Mencía agradeció la respuesta aunque sabía cuál iba a ser.

—Demuestra que la imagen no podía utilizarse para situarlo allí a la una y ocho —continuó Tomás—. Lo demás tendremos que reconstruirlo.

—Los mensajes dicen que esperaba a Inés hasta la una.

—Los mensajes dicen eso. No una cámara.

Mencía apoyó la mano en la frente.

Había pasado media vida profesional creyendo que las pruebas se sumaban. Empezaba a descubrir que también podían contaminarse unas a otras: una hora falsa daba sentido a una declaración falsa, y ambas hacían parecer más amenazante un mensaje que, leído completo, significaba otra cosa.

—¿Qué había en el sobre?

—Todavía no lo sé todo. Contiene una nota de Octavio.

—¿Qué dice?

Tomás dudó.

—Que si alguien encontraba aquello después de su muerte, revisara quién le había garantizado que el reloj estaba mal.

Mencía notó que se le tensaban los hombros.

—¿Da un nombre?

—No.

La decepción fue casi un alivio. Un nombre escrito por un muerto habría resuelto demasiado deprisa algo que todavía no entendían.

Cuando colgó, Mencía retomó la esquela de Candela.

Había obedecido durante más de cuatro horas la petición de Tomás de no llamarla. A las once y siete decidió que aquello ya era una concesión suficiente.

Candela respondió al segundo tono.

—Sé por qué llamas.

No parecía sorprendida.

Mencía miró el texto negro sobre la pantalla.

—Entonces sabes lo que dice.

—Lo ha visto todo el mundo.

—¿Es verdad?

Candela guardó silencio.

—Te pregunté hace catorce años si podías asegurar que Inés estaba viva a la una y doce —continuó Mencía—. No contestaste.

—No voy a hablar de esto por teléfono.

—Octavio decía lo mismo.

La respiración de Candela cambió.

—¿Está muerto?

Mencía no respondió enseguida.

La policía acababa de confirmarlo, así que la pregunta no demostraba nada. Aun así, oyó miedo en la voz de la médica.

—Sí.

Al otro lado no hubo palabras durante varios segundos.

—Candela, la esquela dice que colocaste la muerte después de una salida que nunca ocurrió.

—No escribas eso como si fuera un hecho.

—No lo he hecho.

—Todavía.

Mencía miró de nuevo el artículo de hacía catorce años.

—Entonces dame una razón para no hacerlo.

Candela tardó tanto en responder que Mencía creyó que había colgado.

—Porque aquella noche —dijo al fin— yo tampoco sabía a qué hora había muerto Inés.

La llamada terminó.