CAPÍTULO 8
El registro de Octavio
A las once y seis de la noche, Tomás llamó a Mencía para decirle que Octavio Lobo ya no tenía protección policial.
Ella tardó unos segundos en comprender la frase.
—¿Cómo que no tiene protección?
—La ha rechazado por escrito.
Mencía seguía con el abrigo puesto junto a la mesa de su despacho. Había cancelado la salida hacia la cafetería cuando Octavio le pidió que no acudiera, pero todavía conservaba en el bolso las llaves, el cuaderno y la batería externa que llevaba preparada desde hacía casi una hora.
—Hace diez minutos tenía dos agentes con él.
—Y hace cinco ha firmado que no quiere que lo acompañen.
—¿Puede hacer eso?
—No está detenido, Mencía.
—Tiene una esquela con una hora de caducidad.
—Lo sé.
Tomás sonaba más enfadado que ella, lo que consiguió contenerle la respuesta.
—¿Dónde está?
—Eso es lo que me gustaría preguntarle.
Octavio había abandonado el hotel por el acceso principal después de comunicar a los agentes que necesitaba atender un asunto personal. Habían intentado convencerlo de que aceptara al menos un vehículo de seguimiento. Se había negado.
—¿Y lo habéis dejado marcharse?
—No puedo esposar a una persona para protegerla de algo que quizá ocurra.
—Nerea está muerta.
—Precisamente por eso llevaba todo el día intentando que entendiera que no era una amenaza abstracta.
Mencía caminó hasta la ventana. Las cámaras seguían frente al periódico, aunque el número de periodistas había disminuido con el cambio de turno. A esas horas, la calle parecía iluminada para un acontecimiento que aún no había ocurrido.
—Me ha dicho que tenía que resolver una cosa.
—Lo sé. Me has reenviado el mensaje.
—Y esta tarde admitió que había material del vídeo que no entró en el expediente.
—También lo sé.
—Entonces quizá ha ido a buscarlo.
Tomás tardó un segundo.
—¿Qué? —preguntó Mencía.
—Su empresa actual tiene un archivo de seguridad en un polígono al sur. Taquillas individuales, documentación de clientes, material que los responsables pueden guardar fuera de las oficinas.
—¿Puede entrar a estas horas?
—Él sí.
—¿Y?
—Estoy comprobándolo.
La llamada terminó poco después.
Mencía se quitó el abrigo.
No tenía sentido seguir preparada para una cita que no iba a celebrarse, pero tampoco se fue a casa. Desde la muerte de Nerea, la idea de dormir mientras otra persona avanzaba hacia las seis y veinte le resultaba imposible de justificar, aunque sabía que permanecer despierta no protegía a nadie.
Abrió de nuevo la noticia del vídeo.
El fotograma mostraba la hora corregida: 01:08:43.
Dieciocho minutos.
Si la marca original era la que Octavio había insinuado aquella mañana, el coche de Tadeo había pasado por la cámara a la 01:26:43.
Mencía buscó la ubicación del dispositivo en un mapa antiguo de Sendaña.
El cruce de Puerto quedaba a cuatro calles del periódico, pero también era una de las salidas naturales desde el estuario hacia el barrio donde Tadeo vivía entonces.
La imagen nunca había demostrado hacia dónde había ido antes.
La hora había hecho el resto.
A la una y ocho, mientras Inés supuestamente seguía dentro del periódico, el coche parecía acercarlo a ella.
A la una y veintiséis, después de que Tadeo hubiese esperado hasta la una en el lugar acordado, la misma imagen podía corresponder a alguien regresando a casa.
No demostraba su inocencia.
Demostraba que una corrección de dieciocho minutos podía cambiar el sentido de una fotografía sin cambiar un solo píxel.
El teléfono sonó a las once y veintitrés.
Número oculto.
Mencía contestó sin saludar.
—No se te ocurra poner esto en altavoz.
Octavio.
—Tomás te está buscando.
—Lo imaginaba.
—¿Dónde estás?
—Eso no te importa.
—Mañana a las seis y veinte puede importarme bastante.
Octavio respiró al otro lado.
No parecía estar conduciendo. No se oía tráfico, solo una reverberación leve, como si hablara desde un lugar cerrado y grande.
—La cámara no estaba atrasada —dijo.
Mencía abrió el cuaderno.
—¿Qué estaba?
—Nada.
—Entonces, ¿por qué corregiste dieciocho minutos?
—Porque necesitábamos que la exportación coincidiera con la hora del servidor.
—Eso es lo que dijiste en el informe.
—Sí.
—¿Y era verdad?
La pausa fue suficiente.
—Octavio.
—El archivo original marcaba la una y veintiséis.
Mencía cerró los ojos un instante.
—Lo cambiaste a la una y ocho.
—Sí.
La palabra no sonó como una confesión. Sonó como algo que había pasado demasiados años intentando no pronunciar.
—¿Por qué?
—No por teléfono.
—Llevas todo el día diciéndome eso.
—Porque ahora sé que alguien escucha cosas que no debería.
—¿Quién te pidió hacerlo?
—He dicho que no por teléfono.
—Nerea murió sin decirme quién le pidió mentir.
Octavio tardó en responder.
—Nerea hizo lo que quiso.
—Tú también.
—Sí.
Mencía no esperaba que aceptara tan deprisa.
—¿Conservaste el original?
La respiración de Octavio cambió.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Tú, sin querer, esta tarde.
—No te he dicho nada.
—No negaste que existiera.
—Eso no significa que lo tenga.
—Entonces dime que lo destruiste.
La respuesta no llegó.
Mencía escribió una sola palabra en el cuaderno.
Existe.
—Octavio, si conservaste el archivo, entrégaselo a Tomás.
—¿Y después qué?
—Después se revisa el caso.
—Después me procesan por manipular una prueba.
—Eso tendrás que asumirlo.
Octavio soltó una risa amarga.
—Resulta muy fácil hablar de asumir cosas cuando no eres tú quien acaba esposado.
—Nerea utilizó casi las mismas palabras ayer.
—Nerea tenía mucho más que perder que yo.
—Nerea está muerta.
El silencio se prolongó.
Cuando Octavio volvió a hablar, su voz había bajado.
—Guardé una copia porque no pensaba ser el único que cargara con aquello si alguna vez salía mal.
Mencía dejó de escribir.
—¿Con qué?
—Con la corrección.
—¿Quién más sabía que era falsa?
—Mencía.
—Dime un nombre.
—No.
—Entonces dime por qué cambiaste la hora.
—Porque me dijeron que el sistema municipal llevaba días desajustado y que aquella corrección era necesaria.
—¿Lo comprobaste?
—No como debía.
—Pero guardaste el original.
—Sí.
—Eso significa que no te fiabas.
Octavio no respondió.
Mencía escuchó un sonido metálico al fondo. Una puerta, quizá. Luego unos pasos.
—¿Estás en tu empresa?
—No.
—Tomás sabe que tienes acceso al archivo de seguridad.
—Tomás sabe demasiadas cosas.
—Eso suele ayudar cuando alguien intenta que no te maten.
—No me van a matar.
La seguridad de la frase era idéntica a la de Nerea el día anterior.
Mencía sintió una irritación que se acercó demasiado al miedo.
—¿Has llamado a Saúl?
Octavio dejó de moverse.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque esta mañana le pediste que te sacara de la protección.
—Le pedí consejo.
—¿Y te lo ha dado?
—Saúl conoce aquel expediente mejor que cualquier abogado al que pudiera llamar ahora.
—También formaba parte de la cronología.
—Recibió una llamada. No investigó el caso.
—Una llamada que ayudó a mantener viva a Inés después de la hora en que ahora empezamos a pensar que pudo morir.
Octavio guardó silencio.
Mencía advirtió que acababa de decir más de lo que la policía había hecho público.
—No te reúnas con nadie sin avisar a Tomás.
—No necesito que me organices la noche.
—Necesitas llegar a mañana.
—Yo sé cuidarme.
—Nerea también.
La línea quedó muda unos segundos.
—Te llamaré —dijo Octavio.
—No. Llama a Tomás.
—Primero tengo que asegurarme de una cosa.
—¿De qué?
Octavio colgó.
Mencía marcó a Tomás antes de que la pantalla se apagara.
Le contó la conversación casi palabra por palabra.
Esta vez él no la reprendió por haber hablado con Octavio sin avisar. Tenía problemas más inmediatos.
—Entró en el archivo de su empresa a las once y diecisiete —dijo.
—Estaba allí cuando me llamó.
—Probablemente. La tarjeta registra entrada y salida. Se marchó hace cuatro minutos.
—¿Con qué?
—La cámara exterior lo muestra con una funda pequeña. No puedo saber qué contiene.
—El archivo.
—Puede ser.
Mencía agradeció en silencio el puede .
—¿Lo seguís?
—No. Perdimos la opción cuando rechazó la protección y cambió de coche.
—¿Cambió de coche?
—Ha dejado el suyo de empresa y ha sacado uno particular que tenía guardado allí.
Mencía apoyó una mano sobre la mesa.
—Lo está haciendo a propósito.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque fue policía treinta y dos años y sabe cómo evitar que lo sigan sin una orden.
—¿Puedes conseguirla?
—Estoy en ello.
La investigación de una amenaza no convertía automáticamente a Octavio en sospechoso de un delito que permitiera rastrearlo sin límites. Tomás podía justificar medidas por riesgo para su vida, pero no todas ni de inmediato.
Mencía se dio cuenta de que el conocimiento policial de Octavio, que durante horas había parecido una ventaja para su seguridad, acababa de convertirse en una forma eficaz de desaparecer.
A medianoche, la redacción quedó casi vacía.
Mencía escribió una cronología de lo que sabía del vídeo y la dejó abierta en una pantalla lateral.
01:26:43 — archivo original.
01:08:43 — exportación incorporada al expediente.
Diferencia: 18 minutos.
Debajo añadió:
¿Quién pidió la corrección?
No escribió ningún nombre.
A las doce y diecisiete recibió un mensaje de Octavio.
Si pasa algo, busca el minuto dieciocho.
Mencía lo llamó inmediatamente.
El teléfono estaba apagado.
Tomás recibió la captura menos de un minuto después.
—Eso parece una instrucción —dijo.
—Parece una despedida.
—No empieces.
—No estoy dramatizando.
—Estás haciendo exactamente eso.
—¿Lo habéis localizado?
—Todavía no.
Mencía miró el mensaje.
—¿Qué significa «busca»? Ya sabemos que son dieciocho minutos.
—Puede referirse al archivo.
—O al lugar donde lo ha dejado.
—O a cualquier otra cosa. No decidas antes de verlo.
Mencía sonrió sin ganas.
—Empiezas a parecerte a mí.
—Espero que a la versión actual.
La llamada terminó.
A la una y cinco, Saúl telefoneó.
—Me ha llamado Octavio.
Mencía se quedó inmóvil.
—¿Cuándo?
—Hace unos minutos.
—¿Qué quería?
—Asesoramiento.
—¿Dónde está?
—No me lo ha dicho.
—¿Vas a reunirte con él?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—¿Te ha pedido que vayas?
—Me ha pedido que le explique qué puede pasar si entrega una prueba que admite haber manipulado.
Mencía miró la cronología del vídeo.
—¿Te ha dicho qué prueba?
—No necesito mucha imaginación.
—¿Qué le has recomendado?
—Que hable con un abogado penalista y con la policía. Yo represento al periódico, no a él.
—Esta mañana parecía confiar en ti.
—Hace catorce años trabajamos juntos en una situación bastante desagradable. Eso no me convierte en su abogado.
—¿Te ha dicho quién le pidió mover la hora?
Saúl tardó un momento.
—No.
—¿Sabías que la movió?
—Sabía lo que figuraba en el expediente: que se había corregido un desfase técnico.
La misma explicación que Mencía había publicado.
—Si vuelve a llamar, avisa a Tomás.
—Ya lo he hecho.
Mencía no esperaba aquella respuesta.
—¿Has hablado con él?
—Antes de llamarte.
—Bien.
Saúl guardó silencio.
—No parece que te alegre.
—Estoy cansada de que las cosas sensatas me parezcan sospechosas.
—Duerme un poco.
—Eso sí sería sospechoso.
Saúl soltó una exhalación que podría haber sido una risa.
—Mañana hablamos.
—Si Octavio te llama…
—Llamo a Riveiro.
Colgó.
A las dos y media, Tomás pasó por el periódico.
No traía buenas noticias.
Habían conseguido reconstruir parte del recorrido del vehículo particular de Octavio, pero lo perdían en una zona con varios garajes privados y accesos subterráneos. El teléfono permanecía apagado.
—¿Ha usado tarjetas? —preguntó Mencía.
—No desde que salió del archivo.
—¿Cámaras?
—Estamos pidiendo imágenes. No es instantáneo.
—Para él sí lo fue hace catorce años.
—No.
—¿No qué?
—No conviertas la investigación actual en una revancha contra cómo se hizo la anterior.
Mencía apoyó la espalda en la silla.
—No es revancha.
—Entonces deja que cada cosa tarde lo que tenga que tardar.
—A las seis y veinte vence la esquela.
—Lo sé.
Tomás tenía ojeras. Era la primera vez que Mencía se las veía.
—¿Crees que el autor de las esquelas va a matarlo?
—Creo que alguien mató a Nerea mientras había una esquela con su nombre. No sé si esa persona escribió el texto.
Mencía regresó a la pantalla.
—Lúa dijo que intentó detener las siguientes.
—Alguien que utiliza una conexión de Nexo dijo eso.
—Crees que era ella.
—Creo que es una línea de investigación.
—Qué práctico debe de ser hablar así toda la vida.
—Evita tener que rectificar titulares.
Mencía aceptó el golpe.
A las cuatro y veinte seguían sin localizar a Octavio.
A las cinco, la redacción empezó a llenarse de nuevo.
Nadie necesitó que Mencía explicara por qué había más gente de la habitual. La esquela de Octavio seguía accesible, aunque fuera de portada, y la hora circulaba desde el día anterior por todas las redes.
A las cinco y treinta y seis, Noel informó de que no había aparecido ningún nuevo intento de acceso de Lúa.
A las cinco y cuarenta y ocho, Tomás llamó para decir que habían localizado el garaje en el que creían que estaba el vehículo de Octavio, pero todavía estaban comprobando el acceso.
—¿Está dentro?
—No lo sé.
—¿Vas para allí?
—Ya voy.
Mencía consultó otra vez el reloj.
A las seis y diecisiete, Tomás dejó de responder mensajes.
Mencía supuso que había llegado al garaje.
A las seis y dieciocho intentó llamar a Octavio una vez más.
El teléfono seguía apagado.
A las seis y diecinueve, la redacción fue quedándose en silencio sin que nadie lo pidiera.
Mencía no abrió el contador de la esquela.
No hacía falta.
El reloj de la esquina superior de su pantalla avanzó hasta las 06:19:47.
Pensó en los dieciocho minutos que Octavio había guardado durante catorce años, en una copia que podía estar dentro de una funda pequeña y en una frase enviada como si supiera que quizá ya no iba a poder explicarla.
A las 06:19:58, el teléfono de Mencía vibró sobre la mesa.
Tomás.
Ella respondió antes de que terminara el primer tono.