La esquela de mañana CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

La noticia que hizo culpable a Tadeo

A las doce y media del martes, Mencía había leído nueve veces la noticia que más prestigio le había dado y empezaba a comprender que recordarla no era lo mismo que volver a verla.

La hemeroteca conservaba la página tal como se había publicado catorce años atrás. No solo el texto: también el tamaño del titular, la fotografía escogida, el lugar que ocupaba cada dato y el peso visual de unas palabras frente a otras.

En una pantalla moderna, reducido a texto, el artículo parecía menos categórico de lo que Mencía temía. Había atribuciones, referencias a fuentes policiales, verbos prudentes en algunos párrafos. Incluso aparecía dos veces la palabra presuntamente .

La página completa contaba otra cosa.

LAS ÚLTIMAS HORAS DE INÉS ALVAR APUNTAN A TADEO BARRAL

Debajo, una fotografía mostraba a Tadeo saliendo de la comisaría con la cabeza inclinada y una mano levantada hacia los fotógrafos.

Mencía amplió la imagen.

La conocía de memoria.

Lo que no recordaba era haber visto nunca el original.

Abrió la ficha fotográfica y encontró la toma completa.

El encuadre se ensanchó hacia la derecha y apareció una adolescente con una mochila roja.

Tadeo no estaba bajando la cabeza para esquivar las cámaras, como la fotografía publicada llevaba catorce años sugiriendo.

Se inclinaba hacia la chica mientras extendía el brazo delante de ella para apartarla de los flashes.

Lúa.

Mencía dejó la imagen abierta.

El recorte no había sido una falsificación. Tampoco una decisión excepcional. Las fotografías se cortaban todos los días para adaptarlas a columnas, eliminar espacio muerto o centrar la atención en el protagonista de una noticia.

Aun así, el hombre de la portada y el hombre de la fotografía original parecían dos personas distintas.

Uno huía.

El otro protegía a su hija.

—No vas a conseguir que el periódico de hace catorce años cambie porque lo mires más fuerte.

Tomás estaba en la puerta con una carpeta bajo el brazo.

Mencía redujo la imagen.

—¿Octavio?

—En un hotel.

—¿Por qué?

—Porque su casa tiene cuatro accesos, un jardín que da a otra calle y un exinspector que lleva dos horas explicándome por qué cada medida de protección que propongo es inútil.

—Suena productivo.

—He tenido mañanas mejores.

Tomás dejó la carpeta sobre la mesa y vio la fotografía.

—¿Es Lúa?

—Sí.

—No la habría reconocido.

—Yo tampoco. Pero sabía que esa foto existía.

Mencía abrió la versión publicada.

—La cortamos.

Tomás comparó ambas imágenes.

—No parece una conspiración.

—No lo fue.

—Entonces no la conviertas ahora en una.

—Tienes una capacidad admirable para estropear mis momentos de culpa.

—La culpa es útil si distingue lo que hiciste de lo que no.

Se sentó frente a ella.

Mencía retomó el artículo.

—Esto sí lo hice.

Tomás esperó.

Ella señaló la secuencia que ocupaba la mitad superior de la página.

A la una y ocho, el coche de Tadeo aparecía cerca del periódico.

A la una y doce, Nerea veía salir a Inés.

A la una y dieciocho, un correo enviado desde la cuenta de Inés anunciaba que iba a reunirse con Tadeo.

A la una y veinte, Saúl recibía una breve llamada de ella.

Después, según el informe forense definitivo, Inés seguía con vida.

La construcción era tan sencilla que Mencía podía recorrerla sin leer.

—No escribí ninguna de esas pruebas —dijo.

—No.

—No cambié el reloj de una cámara.

—No.

—No falsifiqué una declaración.

—Tampoco.

—Entonces dime por qué parece que estoy intentando absolverme delante de ti.

Tomás abrió la carpeta.

—Porque ya sabes que al menos una pieza era falsa.

Sacó una copia de la declaración de Nerea y la colocó junto a la noticia.

Después añadió el fotograma de la cámara.

—Y tienes razones para pensar que esta puede estarlo.

—Octavio no lo ha admitido.

—No. Solo ha reaccionado muy mal cuando has dicho una y veintiséis.

Mencía se inclinó hacia la mesa.

—No salió de la nada. Si el desfase eran dieciocho minutos y publicamos la una y ocho, la hora original tenía que ser la una y veintiséis.

—Exacto.

—Eso no demuestra que se corrigiera en la dirección equivocada.

—Exacto otra vez.

Tomás sacó un tercer documento.

No pertenecía a la investigación policial. Era un escrito de la defensa de Tadeo durante el proceso.

Mencía reconoció el nombre del abogado, aunque no recordaba haber leído aquel documento completo.

—¿Qué es?

—Una relación de publicaciones que la defensa incorporó cuando alegó que el caso se estaba juzgando también fuera del tribunal.

Mencía pasó las páginas.

Había fotocopias de portadas, capturas de televisión y transcripciones de radio. Su nombre aparecía repetido bajo decenas de artículos.

—La condena no se basó en esto —dijo Tomás—. Quiero que quede claro.

—Lo sé.

—Había pruebas que el tribunal consideró válidas. El vídeo, la declaración de Nerea, el correo, el informe forense, la llamada de Saúl, los mensajes entre Tadeo e Inés.

—Lo sé.

Tomás apoyó un dedo sobre una de las páginas.

—Pero la defensa llevaba razón en una cosa. Cuando algunas de esas pruebas todavía tenían dudas, fuera del expediente ya parecían una sola historia.

Mencía cerró la carpeta.

—Mi historia.

—La del periódico, en buena parte.

—La escribí yo.

—Con fuentes que parecían fiables.

—Eso no cambia lo que hice con ellas.

Mencía abrió el archivo de mensajes entre Tadeo e Inés.

Los había leído tantas veces durante la investigación que todavía recordaba algunos fragmentos, pero la memoria había conservado sobre todo los que terminaron publicados.

La discusión había empezado a las diez y dieciocho de aquella noche.

Los mensajes dejaban claro que Tadeo presionaba a Inés para publicar lo que ya tenía sobre Mirador Norte y que ella insistía en identificar antes quién estaba detrás de una de las sociedades.

TADEO: Si esperas a tenerlo perfecto, lo enterrarán.

INÉS: Si publico sin demostrar quién firma, nos entierran a nosotros.

TADEO: Llevo meses dándote material.

INÉS: Y por eso no voy a quemarlo por correr.

Después había un silencio de siete minutos.

TADEO: Te espero hasta la una.

INÉS: No vengas al Diario.

TADEO: No pensaba hacerlo.

La última frase utilizada durante el juicio aparecía poco después.

TADEO: Si no vienes esta noche, se acabó.

Mencía recordó el titular de una pieza posterior:

«SI NO VIENES, SE ACABÓ»: EL ÚLTIMO MENSAJE DE BARRAL A INÉS

Buscó la conversación completa.

Había otra respuesta de Tadeo treinta y ocho segundos más tarde.

TADEO: No puedo seguir siendo tu fuente si no confías en mí.

Mencía se quedó mirando la pantalla.

—No publicamos esta parte.

Tomás se inclinó para leer.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Era mentira.

Lo supo en cuanto lo dijo.

Abrió la versión de aquella noticia. El mensaje había llegado a la redacción mediante una fuente policial y la pieza estaba construida alrededor de la tensión entre Tadeo e Inés. La explicación posterior convertía una frase amenazante en una discusión profesional, y eso debilitaba el titular.

No había sido necesario borrarla deliberadamente. Bastaba con decidir que el dato importante era el anterior.

—Sí lo sé —corrigió—. Porque estropeaba la frase.

Tomás no dijo nada.

—«Si no vienes, se acabó» era una amenaza perfecta —continuó Mencía—. «No puedo seguir siendo tu fuente» era contexto.

—También era verdad.

—Sí.

Se levantó y caminó hasta la ventana.

En la calle seguían las cámaras. Un reportero hablaba mirando a la puerta del periódico mientras un cámara corregía el encuadre.

Mencía no podía oírlo, pero habría podido escribir su intervención sin demasiado esfuerzo: una mujer muerta, otra esquela, un antiguo condenado, una hija desaparecida y un policía amenazado por la misma publicación.

Todo cabía en una conexión de dos minutos.

—Cuando detuvieron a Tadeo —dijo—, yo creía de verdad que lo había hecho.

—No dudo de eso.

—Ese es el problema.

Tomás se levantó también.

—No. El problema sería que hubieras sabido que no lo hizo.

Mencía se volvió.

—¿Te parece poca diferencia convertir cada duda en una frase afirmativa porque todas apuntan en la misma dirección?

—Me parece una diferencia enorme entre equivocarse y fabricar una prueba.

—A Tadeo quizá no.

—Tadeo fue condenado por un tribunal.

—Y llevaba semanas condenado en la calle.

Tomás respiró despacio.

—Mencía, si empiezas a asumir la responsabilidad de todos los que participaron en aquel caso, vas a terminar siendo inútil para averiguar qué pasó.

—No estoy asumiendo la de todos.

—Estás cerca.

Ella regresó a la mesa.

—Nerea mintió. Octavio puede haber manipulado la hora. Si el correo y la llamada también tienen problemas, no estamos hablando de una investigación equivocada.

—Estamos hablando de alguien construyendo algo.

—Una cronología.

Tomás asintió.

Mencía miró de nuevo la página antigua.

Eso era lo que más le inquietaba. Las piezas no necesitaban haber sido fabricadas por una sola persona. Bastaba con que alguien supiera qué necesitaba de cada una.

Una testigo que colocara a Inés fuera.

Una cámara que acercara a Tadeo.

Un correo que indicara un destino.

Una llamada que mantuviera viva a la víctima.

Una hora forense que cerrara el margen.

Y después ella.

Una periodista que lo escribiera en el orden correcto.

—Yo no manipulé esos documentos —dijo.

Tomás sostuvo su mirada.

—No.

—Pero alguien pudo hacerlo.

—Sí.

—Y yo le quité las costuras.

Tomás tardó un momento en responder.

—Eso es lo que tenemos que averiguar.

No dijo que sí.

Mencía agradeció que no lo hiciera.

A las cuatro de la tarde, el periódico publicó una pieza sobre Tadeo Barral por primera vez desde su muerte. Mencía no permitió que se titulara El hombre que pudo ser inocente . Tampoco El caso que vuelve catorce años después .

Eligió algo menos brillante:

LA MUERTE DE NEREA CAMPILLO OBLIGA A REVISAR LAS PRUEBAS DEL CASO ALVAR

El texto explicaba que una de las principales testigos había reconocido ante Mencía, horas antes de morir, que no vio salir a Inés del periódico. La policía confirmó únicamente que estaba revisando el expediente original.

Nada más.

No escribieron que Tadeo fuera inocente.

Todavía no podían.

A las cinco y veinte, Lúa Barral seguía sin aparecer.

Tomás había confirmado que no estaba en su domicilio y que Nexo tampoco lograba localizarla.

Su teléfono permanecía apagado. No había orden de detención ni medida judicial que permitiera presentar su ausencia como una fuga, aunque los medios ya habían descubierto su parentesco y empezaban a publicar fotografías.

Mencía pidió expresamente que El Diario no utilizara la imagen de la mochila roja.

Con el turno de tarde cubierto, cerró la puerta del despacho, puso una alarma y durmió algo más de una hora en el sofá. Al despertar se obligó a comer medio bocadillo que alguien había dejado junto al ordenador.

A las siete recibió una llamada de Octavio.

—Quiero hablar contigo.

No saludó.

Mencía cerró la puerta del despacho.

—Llevas todo el día haciéndolo.

—No con la policía delante.

—Tienes protección por una razón.

—Tengo vigilancia porque Riveiro cree que no sé cuidar de mí mismo.

—Nerea pensaba lo mismo.

Octavio guardó silencio.

—¿Qué quieres contarme?

—No por teléfono.

—Ven al periódico.

—No.

—Voy yo al hotel.

—Tampoco.

Mencía miró el reloj.

—Entonces elige una opción que exista.

—Esta noche.

—¿Dónde?

—Te llamaré.

—No voy a reunirme contigo a escondidas de Tomás.

—No te he pedido eso.

—Todavía.

Octavio respiró al otro lado.

—Hay cosas del vídeo que no quedaron en el expediente.

Mencía tomó un bolígrafo.

—¿El archivo original?

La pausa le bastó para saber que estaba cerca.

—Esta noche —repitió Octavio.

—¿Lo conservaste?

La llamada terminó.

Mencía telefoneó a Tomás inmediatamente.

No le gustó lo que oyó, pero tampoco intentó impedir la conversación. Le pidió que no aceptara ningún cambio de lugar sin avisarle y que mantuviera el móvil encendido.

A las diez y cuarto, Octavio envió una dirección.

Una cafetería abierta hasta medianoche junto a la estación.

23:00.

Mencía se la reenvió a Tomás.

A las diez y cincuenta y tres, cuando ya tenía el abrigo puesto, llegó otro mensaje.

No vengas.

Mencía escribió:

¿Qué ha pasado?

La respuesta tardó casi un minuto.

Tengo que resolver una cosa antes.

Mencía llamó.

Octavio no contestó.

Volvió a marcar.

Nada.

A las 22:57 llamó a Tomás.

Esta vez fue él quien respondió con una pregunta.

—¿Qué ha hecho?

Mencía miró los dos mensajes en la pantalla.

—Cambiar la historia a última hora.

Durante catorce años había aprendido que, cuando alguien hacía eso, convenía averiguar qué parte de la primera versión había dejado de servirle.