CAPÍTULO 6 #2
—No me acuerdo.
—Dieciocho minutos de diferencia no parece algo difícil de calcular.
—Catorce años sí parecen bastante tiempo para olvidarlo.
—¿Era la una y veintiséis?
Octavio levantó la mirada.
No respondió.
Mencía supo que había acertado antes de que Tomás le pidiera que contestara.
—Podía ser —dijo al fin.
—Entonces el coche de Tadeo habría pasado por allí después de la supuesta llamada de Inés a Saúl.
—¿Y qué?
—Que en mi artículo lo presentamos como si se estuviera acercando al periódico antes de reunirse con ella.
—Eso lo escribiste tú.
La frase fue seca, pero justa.
Mencía la aceptó.
—Con información que salía de tu unidad.
—Información corregida técnicamente. No inventada.
Tomás se inclinó hacia la mesa.
—¿Quién te indicó que el desfase era de dieciocho minutos?
Octavio sostuvo su mirada.
—Los técnicos.
—¿Qué técnicos?
—No lo recuerdo.
—¿Hay informe?
—Debería.
—No lo encontramos.
Octavio separó las manos.
—Yo tampoco puedo fabricaros uno ahora.
Mencía observó que no había preguntado por Nerea. Ni una vez desde que había entrado.
—¿La conocías bien?
—Lo suficiente.
—Murió esta mañana.
—Lo sé.
—Ayer admitió que mintió sobre haber visto salir a Inés.
Octavio perdió parte de su control.
No fue una reacción grande. Solo una contracción junto a la boca.
—¿A quién se lo admitió?
—A mí.
—Entonces no es una declaración.
Tomás apoyó un dedo sobre la mesa.
—Eso mismo le dije yo.
Octavio lo miró y se le tensó la mandíbula.
—No sé qué queréis de mí.
—Que no mueras mañana —dijo Tomás—. Para empezar.
La frase dejó la sala en silencio.
Octavio apartó por fin la vista de la esquela.
—No necesito protección.
—Nerea tampoco la quería.
—Nerea era una política retirada. Yo fui policía treinta y dos años.
—Eso no te hace inmune a una escalera.
Octavio apretó la mandíbula.
Tomás no suavizó el tono.
—Vas a tener protección. Si decides rechazarla formalmente, quedará por escrito. Y, si después intentas desaparecer sin avisar, no voy a dedicar tiempo a fingir que me parece una decisión inteligente.
—No soy uno de tus detenidos.
—No. Eres el siguiente nombre de una lista en la que la primera persona ya está muerta.
Mencía dejó que discutieran.
Su correo emitió un aviso discreto en el teléfono.
No habría mirado de no haber visto el asunto.
NEREA
El remitente era una combinación de letras y números en un servicio gratuito.
Abrió el mensaje.
Solo contenía cuatro palabras.
No debía morir.
Debajo había una segunda línea.
Intenté detener las siguientes.
Mencía levantó la vista hacia Tomás.
Él seguía hablando con Octavio.
Ella le mostró la pantalla sin decir nada.
Tomás leyó y extendió la mano.
—No respondas.
Octavio observó el intercambio.
—¿Qué pasa?
—Nada que cambie tu situación —dijo Tomás.
Salió de la sala con el teléfono de Mencía y regresó varios minutos después acompañado de Noel.
—El mensaje ha pasado por la red de migración de Nexo —explicó Noel—. Eso no identifica a una persona concreta. Puede haberse enviado mediante su conexión privada desde fuera del edificio.
Octavio miró a Mencía.
—La hija de Barral.
—Es una posibilidad —dijo ella.
—Es ella.
—No lo sabemos.
—Trabaja en vuestro archivo, su padre murió en prisión y ahora aparecen esquelas de quienes declararon contra él. ¿Qué más necesitas?
Tenía delante a una mujer a la que nadie había visto salir, un coche cuyo reloj alguien había corregido y un artículo que durante catorce años había parecido resolver ambas cosas.
—Algo que lo demuestre.
Octavio sonrió sin humor.
—Has cambiado mucho.
—No lo suficiente.
Tomás dio por terminada la entrevista.
Dos agentes acompañarían a Octavio durante el resto del día. Él protestó, exigió conocer el fundamento legal y terminó aceptando cuando Tomás le recordó que podía formular su negativa por escrito y asumir las consecuencias.
Mencía salió de la sala detrás de ellos.
Saúl esperaba en el pasillo con el teléfono en la mano. Había venido a buscar a Mencía para revisar el comunicado sobre la muerte de Nerea, pero Octavio se detuvo al verlo.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Esperaba que se saludaran como dos personas que habían trabajado juntas en un caso antiguo y no se veían desde hacía tiempo.
Octavio hizo algo distinto.
Se acercó a Saúl lo suficiente para obligarlo a bajar la voz.
—Necesito hablar contigo.
Saúl miró a los dos agentes que esperaban junto al ascensor.
—Ahora no parece el mejor momento.
—Precisamente ahora.
—Octavio…
El antiguo inspector le agarró brevemente el antebrazo. No fue un gesto violento. Fue peor: tuvo la intimidad automática de una costumbre antigua.
—Tú sabes cómo funciona esto —dijo—. Sácame de aquí antes de mañana.
Mencía se detuvo a unos metros.
Saúl vio que estaba escuchando.
Su expresión no cambió.
—Lo que necesitas es hacer caso a la policía —respondió.
Octavio soltó el brazo.
Los agentes lo condujeron hacia el ascensor.
Mencía esperó a que las puertas se cerraran antes de mirar a Saúl.
—¿De dónde tenías que sacarlo?
Saúl guardó el teléfono en el bolsillo.
—Supongo que de la protección.
—No ha dicho eso.
—No.
—¿Entonces?
Saúl sostuvo su mirada durante un momento y luego señaló la sala donde seguía abierta, sobre la mesa, la esquela de Octavio.
—Pregúntaselo a él.
Mencía volvió la cabeza hacia el ascensor.
Ya era tarde.