La esquela de mañana CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El siguiente nombre

A las nueve y siete de la mañana, Mencía rechazó por tercera vez el mismo titular.

—No sabemos que muriera a las seis y veinte.

La jefa de Local apoyó las manos en el borde de su mesa.

—La llamada se corta a esa hora, la policía entra tres minutos después y la encuentran sin pulso.

—Eso no convierte las seis y veinte en hora forense.

—No he dicho forense.

—El lector lo entenderá así.

En la pantalla seguía abierto el borrador: NEREA CAMPILLO MUERE A LA HORA ANUNCIADA EN SU ESQUELA .

Mencía lo leyó una vez más y negó con la cabeza.

—Pon que ha muerto después de aparecer una esquela que fijaba las seis y veinte como plazo. Y en el cuerpo dejamos claro qué sabemos y qué no.

—Es mucho menos fuerte.

—También es verdad.

La mujer regresó a su mesa sin discutir. Mencía se quedó mirando el titular corregido hasta que desapareció de la pantalla compartida.

Habría sido fácil escribir el otro. Más fácil de leer, más fácil de compartir y, sobre todo, más fácil de recordar. Una mujer recibía una esquela; la esquela marcaba una hora; la mujer moría a esa hora. Tres piezas. Una historia perfecta.

Por eso Mencía ya no confiaba en ella.

La redacción había cambiado desde la madrugada.

A las cámaras de la entrada se habían sumado curiosos, dos furgonetas de televisión y un hombre que vendía lotería a pocos metros de la puerta mientras explicaba a quien quisiera escucharlo que él había conocido a Tadeo Barral y siempre supo que algo no encajaba.

En menos de tres horas, la muerte de Nerea había conseguido algo que catorce años de silencio no habían logrado: devolver el caso de Inés Alvar a todas las conversaciones de Sendaña.

Y ahora había otro nombre.

Octavio Lobo Marcén.

La policía había localizado al antiguo inspector poco después de las siete. Según Tomás, se encontraba en su domicilio y había aceptado desplazarse a comisaría acompañado. No estaba detenido. Tampoco se le permitía fingir que la esquela era una broma.

Mencía abrió la copia del artículo que había escrito catorce años antes sobre las cámaras municipales.

El titular le produjo una incomodidad inmediata.

UN VÍDEO SITÚA EL COCHE DE TADEO BARRAL CERCA DEL DIARIO ANTES DE LA MUERTE DE INÉS ALVAR

Debajo había una imagen fija de mala calidad. Una calle casi vacía, la esquina de un vehículo oscuro y, en la parte inferior, una marca horaria: 01:08:43.

Mencía amplió la fotografía.

Había olvidado lo poco que se veía.

No aparecía Tadeo. Tampoco la matrícula completa.

El coche había sido identificado por modelo, color y una secuencia parcial de números que coincidía con el suyo.

En el artículo, sin embargo, ella había escrito que las imágenes «situaban el vehículo del fotógrafo en las inmediaciones del periódico a la una y ocho de la madrugada».

Abrió sus notas de entonces.

Encontró una entrevista con Octavio.

La cámara presentaba un desfase horario ya conocido. La grabación ha sido corregida conforme al reloj del servidor municipal.

Mencía leyó la frase dos veces.

Después abrió la noticia publicada.

La explicación técnica ocupaba una línea en el séptimo párrafo.

La Policía confirmó que el reloj del dispositivo había sido ajustado para corregir un desfase de dieciocho minutos.

Dieciocho.

La nueva esquela decía que Octavio había movido una hora.

No especificaba cuánto.

Mencía buscó la hora original de la captura, pero en el material que conservaba el periódico solo estaba la versión entregada oficialmente por la policía. Nada permitía saber si el 01:08:43 procedía del archivo original o del corregido.

Su teléfono sonó.

Tomás.

—¿Dónde estás?

—Trabajando, una costumbre que todavía no habéis conseguido prohibirme.

—Octavio quiere hablar contigo.

Mencía cerró el artículo.

—¿Por qué?

—Dice que la frase de la esquela sale de una noticia tuya.

—La frase no sale de ninguna noticia mía.

—Pues ven y explícaselo tú.

—¿A comisaría?

—No. No quiere que lo vean entrando otra vez. Vamos al periódico.

Mencía miró hacia la entrada, donde las cámaras esperaban cualquier movimiento.

—Aquí tampoco va a pasar desapercibido.

—Entraremos por el garaje.

—Qué discreto.

—Es la idea.

Tomás colgó.

Saúl apareció en la puerta del despacho casi al mismo tiempo.

Había regresado poco después de las siete con otra camisa, el cabello todavía húmedo y una carpeta que no había soltado desde entonces.

Si había pasado la hora anterior haciendo algo distinto a responder llamadas de abogados, aseguradoras y responsables de Grupo Vértice, no se notaba.

—Necesito que decidamos quién habla en nombre del periódico —dijo.

—Yo.

—Eso esperaba, pero no es lo que recomiendo.

Mencía se recostó en la silla.

—Sorpréndeme.

—Eres testigo de la muerte de Nerea, diriges el medio desde el que se publican las esquelas y fuiste una de las periodistas principales del caso antiguo. Cada frase que digas va a interpretarse como información, defensa o interés personal, dependiendo de quién la escuche.

—Y tú propones…

—Que yo asuma la comunicación legal y que tú firmes únicamente lo periodístico.

Era una propuesta sensata. Mencía llevaba suficientes horas despierta para que eso la irritara más de lo debido.

—No quiero un comunicado que parezca redactado por una aseguradora.

—No quiero que mañana tengamos que explicar por qué la directora adelantó una hipótesis policial en televisión.

—No pienso salir en televisión.

Saúl miró hacia las ventanas.

—Ellos no lo saben.

Mencía acabó asintiendo.

—Tú explicas la intrusión y las responsabilidades del periódico. Nada sobre Nerea, Octavio o el caso Inés sin que pase por mí.

—Hecho.

Saúl se disponía a marcharse cuando ella giró la pantalla.

—¿Recuerdas esto?

Él observó la imagen del coche.

—Vagamente.

—La cámara tenía dieciocho minutos de desfase.

—Si lo dices tú.

—Lo dijo Octavio.

Saúl leyó la línea de la noticia.

—¿Y?

—La esquela dice que movió una hora.

—También podría significar que cambió una hora en sentido figurado.

—No suele haber muchos sentidos figurados en los metadatos de una cámara.

Saúl devolvió la pantalla a su posición.

—Mencía, hace catorce años había una investigación policial. Si Octavio corrigió una marca horaria, habrá un informe.

—Eso estoy buscando.

—Entonces búscalo antes de decidir que lo falsificó.

La frase podría haber sonado defensiva. No lo hizo. Sonó como algo que Tomás también habría dicho.

Mencía esperó hasta que Saúl salió para volver al archivo.

No encontró el informe.

A las nueve y cuarenta y seis, Noel apareció con una expresión que ya había aprendido a temer.

—Han vuelto a intentar entrar en ARCHIVO_NECRO.

Mencía dejó de buscar.

—¿Quién?

—La cuenta de Lúa Barral.

—¿Desde aquí?

—No exactamente.

—Noel.

Él acercó una silla.

—Nexo utiliza una conexión privada para que sus técnicos puedan trabajar con el archivo aunque estén fuera del edificio. La petición ha entrado por ese túnel. Para nuestros registros es tráfico interno, pero no significa que estuviera físicamente aquí.

—¿Ha conseguido entrar?

—No. Su usuario está bloqueado desde que la policía pidió preservar accesos.

—¿Qué intentaba hacer?

—Abrir la cola antigua. Dos veces. Luego consultar el estado de los trabajos programados.

Mencía apoyó la espalda en la silla.

—¿Puede cancelar las esquelas?

—Con sus permisos actuales, no. Con la cuenta antigua, quizá. Pero ya no puede llegar a ella.

—¿Y alguien más?

—Quien haya tomado el control administrativo de la cola, sí.

Mencía pensó en lo que Noel había descubierto media hora después de la muerte de Nerea: la esquela de Octavio estaba programada antes de que la primera víctima muriera.

—¿Sabemos cuántos trabajos hay?

—No. La cola que vemos no es la original. Alguien duplicó las publicaciones en una zona con permisos más altos.

—¿Cuándo?

—Después de que apareciera la primera esquela.

Mencía se quedó mirándolo.

—Eso no lo sabíamos ayer.

—Porque ayer buscábamos quién la había creado. Ahora sabemos que hay dos movimientos distintos: crear y trasladar.

—¿La misma persona?

—No puedo saberlo.

La diferencia era pequeña y enorme al mismo tiempo.

Alguien había preparado la primera esquela y, posiblemente, las siguientes. Después de que el mecanismo se pusiera en marcha, otra acción había movido la secuencia a un lugar desde el que ya no podía cancelarse con facilidad.

—Guárdalo —dijo Mencía.

—Ya está guardado.

—Y díselo a Tomás antes de que llegue.

Noel se levantó.

—Hay otra cosa.

—Si Lúa está intentando acceder después de la muerte de Nerea, puede que quiera seguir publicando.

—O puede que quiera impedirlo.

Noel la miró.

—Sí.

Mencía agradeció que no añadiera nada.

A las diez y cuarto, Octavio Lobo entró por el garaje acompañado de Tomás.

Había envejecido mejor de lo que Mencía recordaba.

Seguía alto, mantenía el pelo cortado casi al ras y caminaba con la espalda recta de quien había pasado demasiado tiempo en una institución donde la postura formaba parte del uniforme.

Solo las manos lo traicionaban. Las llevaba juntas delante del cuerpo y el pulgar derecho rozaba una y otra vez el nudillo del izquierdo.

Tomás condujo la conversación en una sala de reuniones sin ventanas.

Mencía se sentó frente a Octavio y dejó entre ambos una copia de la esquela.

Él no la tocó.

—No moví ninguna hora —dijo antes de que Mencía preguntara.

—La cámara del cruce de Puerto tenía un desfase de dieciocho minutos.

—Exacto.

—Y tú autorizaste la corrección.

—Yo dirigía la unidad que recopiló las imágenes. No me senté con un programa a cambiar números.

Tomás intervino.

—¿Cómo se hizo?

Octavio lo miró como si la pregunta le resultara ofensivamente básica.

—Se comparó la hora del dispositivo con la del servidor y se aplicó la diferencia al exportar. Era un procedimiento normal.

—¿Dónde está el archivo sin corregir?

—En el expediente, supongo.

—No está.

El pulgar dejó de moverse durante un instante.

—Entonces buscad mejor.

Mencía deslizó hacia él la noticia antigua.

—El coche aparece a la una y ocho después de la corrección.

—Sí.

—¿Qué hora marcaba el archivo original?

Octavio bajó los ojos al papel.