La esquela de mañana CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

—¿Nerea?

Durante un instante Mencía creyó que la llamada se había conectado por error. No oyó una respuesta, solo una respiración demasiado cercana al micrófono y, detrás, un ruido leve que no supo identificar.

Miró el reloj de la pantalla.

—Nerea, ¿me oyes?

—Sí.

La voz era baja.

Mencía se incorporó en la silla. A su alrededor, la redacción continuaba pendiente del cierre, pero la atención de todos parecía haberse concentrado en aquel teléfono aunque nadie pudiera escuchar lo que ocurría al otro lado.

—He estado llamándote.

—Lo sé.

—¿Estás bien?

Nerea no respondió.

Se oyó algo parecido a una puerta cerrándose.

Mencía se levantó.

—¿Hay alguien contigo?

—No.

La respuesta llegó demasiado deprisa.

06:19:54.

—Nerea.

—Mencía, escucha.

Una voz sonó al fondo. Grave, breve, imposible de entender.

Mencía dejó de mirar el reloj.

—¿Quién está ahí?

—He dicho que nadie.

—Acabo de oír a alguien.

Nerea apartó el teléfono de la boca. Mencía oyó un murmullo, después el roce de algo contra una superficie.

Cuando volvió a hablar, ya no se dirigía a ella.

—No voy a dártelo.

Mencía sintió un vacío frío en el estómago.

—Nerea, sal de la casa.

No hubo respuesta.

—Sal ahora. Los agentes están cerca.

Una respiración.

Un golpe seco.

Después otro sonido, más pesado, acompañado de un crujido que hizo que Mencía apartara el teléfono un centímetro de la oreja.

—¡Nerea!

06:19:59.

Algo cayó al suelo.

La línea quedó abierta.

El reloj cambió.

06:20:00.

—Nerea.

Nada.

Mencía acercó el teléfono de nuevo.

—Nerea, contéstame.

A través de la llamada llegó un ruido remoto, quizá un mueble desplazándose, quizá pasos. Duró menos de dos segundos.

Después, silencio.

Mencía levantó el auricular del fijo con la mano libre y marcó a Tomás.

Él respondió de inmediato.

—Dime.

—Hay alguien en casa de Nerea.

La voz de Tomás cambió.

—¿Cómo lo sabes?

—Estoy hablando con ella. He oído una voz y un golpe. Ahora no contesta.

—¿La llamada sigue abierta?

—Sí.

Tomás ya estaba dando instrucciones a otra persona.

Mencía oyó palabras sueltas: dirección, patrulla, entrada.

—No cuelgues el móvil —le dijo—. Y no intentes llamarla por otra línea.

En la pantalla del ordenador apareció una notificación gris.

CONTENIDO SINCRONIZADO.

Mencía la miró sin comprender.

Un segundo después, la portada se refrescó sola.

El recuadro negro había vuelto.

No llevaba el nombre de Nerea.

OCTAVIO LOBO MARCÉN

Debajo de la fotografía de un hombre de cabello blanco y expresión severa, la esquela resumía una carrera de más de treinta años en la policía de Sendaña y su posterior trabajo en el sector privado.

La última frase estaba separada del resto.

Será recordado también por haber movido una hora y condenado una vida.

Se quedó sin color en la cara.

Más abajo aparecía la misma fórmula:

Antes de las 06:20 de mañana podrá corregir lo que dejó escrito.

—Tomás.

—Estoy aquí.

—Ha aparecido otra.

Él tardó un instante.

—¿Otra qué?

—Esquela. Octavio Lobo.

La línea con Nerea seguía abierta en su mano derecha.

Mencía podía ver la duración de la llamada avanzar: treinta y ocho segundos, treinta y nueve, cuarenta.

—No publiques nada —dijo Tomás.

—Ya está publicado.

—Me refiero a Nerea.

Mencía repitió el audio.

Nada.

—¿Cuánto tarda la patrulla?

—Está volviendo. Pasó por allí hace cinco minutos.

La frase le hizo daño porque pretendía tranquilizarla.

Cinco minutos.

A las seis y quince no había ocurrido nada visible.

A las seis y veinte, Nerea ya no respondía.

—Mencía —dijo Tomás—. Háblale. Si está consciente, que sepa que van a entrar.

Mencía tragó saliva.

—Nerea, la policía está llegando. Si me oyes, no te muevas.

No obtuvo respuesta.

La redacción había comprendido que ocurría algo. Noel estaba de pie a pocos metros. Íñigo había dejado los auriculares sobre la mesa. Nadie se acercaba.

Saúl aún no había regresado.

El reloj marcaba las 06:21.

Tomás dejó de hablar durante unos segundos. Ella escuchó voces en su teléfono fijo, una radio policial, una orden que no alcanzó a entender.

—Ya están allí —dijo.

La llamada de Nerea continuaba conectada.

—La puerta principal está cerrada.

—Tiene terraza atrás —respondió Mencía, recordando la casa de la tarde anterior—. Da a un patio pequeño. Desde la calle lateral se ve la tapia.

Tomás transmitió la información.

Pasaron unos segundos.

Mencía habría sido incapaz de decir cuántos.

En la portada, la fotografía de Octavio Lobo seguía mirándola.

Conocía aquel nombre.

Lo había entrevistado decenas de veces durante la investigación de Inés.

Octavio era entonces inspector de Policía Judicial y había defendido públicamente una de las pruebas más perjudiciales para Tadeo Barral: las imágenes de una cámara municipal que situaban su coche cerca del periódico durante las últimas horas de Inés.

Movió una hora.

La frase de la esquela adquirió un significado inmediato que Mencía rechazó antes de permitir que se convirtiera en certeza.

No otra vez.

No iba a construir una conclusión a partir de una frase porque encajara demasiado bien.

En el fijo, Tomás dijo:

—Han entrado.

Mencía llevó toda su atención a la llamada del móvil.

Por primera vez oyó voces distintas a la de Nerea. Lejanas. Un hombre llamándola por su apellido. Otro pidió una ambulancia.

La conexión seguía abierta en algún lugar de la casa.

—Tomás…

—Espera.

La espera duró menos de un minuto.

Pareció mucho más.

Tomás volvió a la línea.

—La han encontrado al pie de la escalera.

Mencía se sentó.

—¿Está viva?

Tomás no respondió enseguida.

—Están comprobándolo.

Mencía miró la duración de la llamada: dos minutos y cuarenta y nueve segundos.

—He oído el golpe a las seis y veinte.

—Lo sé.

—Había alguien.

—Has oído una voz.

—Había alguien.

—Eso es lo que vamos a comprobar.

Otra pausa.

Después Tomás habló con una tranquilidad que no consiguió disfrazar la respuesta.

—No tiene pulso.

Mencía apoyó el móvil sobre la mesa sin colgar.

Nadie en la redacción preguntó nada.

No hizo falta.

Noel fue el primero en bajar la mirada.

En la pantalla principal, las visitas a la página de Octavio aumentaban a una velocidad absurda.

Alguien había detectado ya la nueva esquela y la había compartido.

Las redes no sabían todavía que Nerea estaba muerta, pero miles de personas estaban viendo el nombre de la siguiente persona viva mientras la primera seguía tendida en el suelo de su casa.

Mencía cerró las estadísticas.

—Sacad la esquela de portada.

Noel tardó un segundo en reaccionar.

—¿La de Octavio?

—De portada. No borréis nada. Conservad la URL y todos los registros.

—Vale.

—Y nadie publica que Nerea ha muerto hasta que la policía lo confirme oficialmente.

La jefa de Local se acercó.

—¿Ha muerto?

Mencía la miró.

—He dicho que no publicamos nada.

Fue suficiente.

Tomás seguía al teléfono fijo.

—Voy para allí —dijo Mencía.

—No.

—Tomás.

—La casa es una escena. No vas a entrar.

—Estuve ayer. Puedo decirte si falta algo.

—Y me lo dirás cuando yo te lo pregunte.

—El grabador.

—Lo sé.

—Puede que quien estuviera con ella haya ido a buscarlo.

—Por eso precisamente no quiero que vengas.

Mencía miró su bolso, preparado junto a la mesa desde la noche anterior.

—No pienso quedarme aquí.

—Entonces ve a comisaría. Allí hablaremos.

—¿La caída…?

Tomás no respondió de inmediato.

Cuando lo hizo, bajó la voz.

—No voy a darte una causa por teléfono. Pero no parece tan simple como caerse por una escalera.

La llamada del móvil se cortó.

En la pantalla apareció:

LLAMADA FINALIZADA — 03:41

La hora era 06:23.

Aquello era lo único exacto que tenían.

No la hora de la muerte.

No quién había estado en la casa.

No qué había ocurrido entre la respuesta de Nerea y el golpe.

Solo que a las 06:20 había dejado de contestar y, en ese mismo instante, el periódico había publicado otra esquela.

Mencía cogió una libreta y escribió una línea antes de salir:

No confundir coincidencia con mecanismo.

Era una advertencia para ella misma.

La necesitó menos de diez minutos.

A las seis y treinta y dos, mientras esperaba a Tomás en una sala de la comisaría, Noel la llamó.

—Tenemos algo raro.

—Define raro.

—La segunda esquela no se creó esta mañana.

Mencía dejó de escribir.

—¿Cuándo?

—Estaba programada desde antes de que publicáramos la de Nerea.

—¿Desde cuándo?

—Todavía lo están reconstruyendo. Pero no es una reacción a lo que acaba de pasar.

Mencía miró por la ventana de la sala. A aquella hora de mediados de octubre seguía siendo de noche en Sendaña. Bajo las farolas, la ciudad ya se movía: autobuses, gente entrando en cafeterías, repartidores descargando cajas.

—Guárdalo todo —dijo.

—Ya.

—Y que nadie toque las demás colas.

Noel guardó silencio.

—¿Las demás?

Mencía comprendió la pregunta al mismo tiempo que él.

—Busca trabajos programados.

—Eso estoy haciendo.

—¿Hay más?

—No lo sé todavía.

La puerta de la sala se abrió.

Tomás entró con el abrigo húmedo y una expresión que hizo que Mencía colgara sin despedirse.

Se sentó frente a ella.

—Nerea ha muerto.

Aunque ya lo sabía, la confirmación le produjo una sensación distinta. Hasta entonces había existido un margen diminuto donde cabían una reanimación, un error, cualquier cosa.

Tomás dejó la carpeta cerrada sobre la mesa.

—No podemos establecer la hora exacta de muerte todavía. Que la llamada se interrumpiera a las seis y veinte no significa que muriera en ese segundo.

Le agradeció que dijera aquello.

—¿La mataron?

—La escena está preparada para parecer una caída. Hay una lesión que no encaja bien con esa explicación, pero necesito al forense antes de afirmar más.

—¿Falta el grabador?

—No hemos encontrado ninguno en la casa.

—Puede estar en la caja de seguridad.

—Ya estamos trabajando en eso.

Mencía recordó a Nerea saliendo del banco la mañana anterior.

—¿Había alguien cuando llegó la patrulla?

—No.

—Yo oí una voz.

—Lo sé.

—¿Por dónde salió?

—Eso también lo estamos mirando.

Tomás apoyó las manos sobre la carpeta.

—Ahora quiero que me digas todo lo que sabes de Octavio Lobo.

—Fue uno de los investigadores del caso de Inés.

—Eso ya lo sé.

—Gestionó las imágenes de las cámaras municipales.

Tomás no cambió de expresión.

—¿Qué imágenes?

El artículo de catorce años atrás regresó con toda su nitidez: un coche captado bajo una farola, una hora impresa en la parte inferior del fotograma y la seguridad con que ella misma había escrito que aquella imagen situaba a Tadeo cerca del periódico.

Después pensó en la frase de la nueva esquela.

Movió una hora y condenó una vida.

—Las que colocaron el coche de Tadeo donde necesitábamos que estuviera —dijo.

Tomás levantó la vista.

—¿Necesitabais?

Mencía sintió el peso de la palabra demasiado tarde.

—Donde la cronología decía que estaba.

Tomás no corrigió la frase.

No hacía falta.

Aquella mañana una mujer había muerto durante los minutos que rodeaban las seis y veinte.

A las seis y veinte del día siguiente, si alguien conseguía repetir el mecanismo, el nombre de Octavio Lobo dejaría de parecer una amenaza.

Se convertiría en una cita.