CAPÍTULO 4
La primera mentira
A las cinco menos cuarto de la tarde, Mencía volvió a ver a Nerea Campillo y descubrió que el miedo podía ordenar una casa mejor que cualquier asistenta.
Las revistas habían desaparecido de la mesa baja, las fotografías familiares estaban alineadas en una estantería y no había un solo papel a la vista.
Incluso el correo que aquella mañana se acumulaba junto a la entrada había sido retirado.
Si alguien hubiese entrado buscando un documento, una agenda o un objeto que no perteneciera al mobiliario, habría tenido que empezar por los cajones.
Una patrulla acababa de completar una de las rondas acordadas y se alejaba al final de la calle.
Nerea había aceptado aquello después de discutir casi una hora con Tomás, aunque se negaba a tener agentes apostados de forma permanente frente a su casa.
Había aceptado rondas frecuentes, un contacto directo y la obligación de avisar si se desplazaba; lo llamaba vigilancia, una palabra que le permitía seguir sintiéndose perjudicada por la policía en lugar de protegida por ella.
—No hacía falta que vinieras —dijo cuando Mencía se quitó el abrigo.
—Me has llamado tú.
—He dicho que quería hablar contigo. Podías haberlo hecho por teléfono.
—Después de esta mañana, prefiero verte la cara cuando contestas.
Nerea no sonrió.
Había pasado el día sin conceder una sola entrevista, que era una forma peculiar de aparecer en todas partes.
Las cámaras la habían grabado entrando en su casa sin responder preguntas, las radios habían repetido la negativa a hablar y una televisión nacional había enviado un equipo a Sendaña para explicar, durante tres minutos y medio, que nadie sabía todavía qué estaba ocurriendo.
Sobre la encimera de la cocina había una taza intacta.
—¿Habéis encontrado a la hija de Barral? —preguntó Nerea.
Mencía dejó el bolso sobre una silla.
—¿Quién te ha dicho que la estamos buscando?
—Sendaña tiene cincuenta mil habitantes, Mencía, no cinco millones. Una mujer que trabaja en vuestro archivo sale del edificio, llegan dos policías preguntando por ella y, media hora después, alguien recuerda quién es su padre. No hace falta una red de espionaje.
—No sabemos que Lúa Barral haya publicado la esquela.
—Pero lo pensáis.
—Pensar no es demostrar.
Nerea apartó la taza y se sentó.
—Qué bien te habría venido esa frase hace catorce años.
Mencía aceptó el golpe sin responder. Había llevado consigo una carpeta de papel para evitar la tentación de defenderse.
La abrió sobre la mesa.
Dentro había tres documentos: la primera transcripción de su entrevista con Nerea, la declaración posterior ante la policía y el artículo publicado.
—Quiero que los leas.
—Ya sé lo que dije.
—No dijiste lo mismo las tres veces.
—Han pasado catorce años.
—Entre estas dos versiones pasaron tres días.
Nerea no tocó los papeles.
Mencía señaló la primera transcripción.
—Aquí dijiste que no le viste la cara. Después afirmaste que la viste salir por la puerta de personal. En el juicio dijiste que no tenías ninguna duda.
—Y no la tenía.
—Esta mañana sí.
—Esta mañana tenía una esquela con mi fotografía circulando por Internet.
—Y una persona pidiéndote que devuelvas lo que te llevaste de una mesa.
Nerea se levantó y fue hasta la ventana. Comprobó la calle a través de una rendija de la cortina antes de volverse.
—No he venido a confesar nada.
—Estoy en tu casa.
—Sabes lo que quiero decir.
Mencía cerró la carpeta.
—Quiero saber si viste salir a Inés.
Nerea sostuvo su mirada durante varios segundos.
—La reconocí.
—No es lo que te he preguntado.
—Llevaba el abrigo de Inés.
—¿De qué color era?
Nerea pareció sorprendida.
—¿Qué?
—El abrigo.
—Oscuro.
—En tu primera entrevista dijiste claro.
—Pues me equivoqué entonces o me equivoco ahora. No guardo un catálogo de la ropa de una mujer muerta.
Mencía sacó otra hoja. No era una declaración, sino una copia del registro de llamadas que ella misma había elaborado durante la cobertura original.
—También dijiste que estabas en el coche cuando la viste.
—Sí.
—¿En qué calle?
Nerea apartó la vista.
—No me acuerdo.
—Te acordabas entonces. Dijiste que estabas en la esquina de Recoletos con la avenida del Puerto.
—Entonces sería allí.
—A la una y doce.
—Sí.
Mencía dejó pasar un momento.
—¿A qué hora te fuiste del periódico?
La pregunta cambió algo.
Nerea regresó a la mesa, pero no se sentó.
—No sé de qué hablas.
—Esta mañana el mensaje decía que te llevaste algo de una mesa. Tú mencionaste una grabación sin que nadie hubiera hablado de ella. Así que estuviste dentro. Quiero saber cuándo.
—Eso no demuestra que estuviera dentro.
—No. Lo demuestra tu cara ahora mismo.
Nerea soltó una respiración seca.
—Sigues teniendo la misma manía de convertir impresiones en hechos.
Mencía recibió la frase sin apartarse.
—Por eso te estoy preguntando.
El silencio duró lo suficiente para que ambas oyeran un coche pasar por la calle.
—Me reuní con Inés —dijo Nerea finalmente—. Aquella noche.
Mencía no abrió la carpeta. No quería romper el momento buscando una fecha que conocía de memoria.
—¿A qué hora?
—Antes de medianoche.
—¿Dentro del periódico?
—Sí.
—¿Por qué?
Nerea se sentó.
—Mirador Norte.
El nombre regresó a la habitación con una facilidad que a Mencía le resultó desagradable.
Catorce años antes había llenado portadas y plenos municipales; ahora era un conjunto de edificios junto al estuario, un hotel con vistas y una avenida que nadie relacionaba ya con los terrenos industriales que había debajo.
—Inés estaba investigándolo —continuó Nerea—. Quería publicar que el ayuntamiento conocía determinados informes antes de aprobar la recalificación. Yo quería que esperara.
—¿Le ofreciste algo?
—Le pedí tiempo.
—No es lo mismo.
—Le dije que podía facilitarle documentación cuando estuviera completa y evitar que se equivocara.
—¿Y a cambio?
—Nada.
Mencía pensó en la esquela, en el objeto retirado de la mesa y en la forma en que Nerea había vaciado su casa de todo lo que pudiera llamar la atención.
—¿Había un grabador encendido?
Nerea se pasó una mano por la frente.
—Sí.
—¿Te lo llevaste?
Esta vez no intentó negarlo.
—Cuando me levanté, lo vi. Pensé que había grabado toda la conversación.
—Y lo robaste.
—Lo cogí.
—Eso suele ser robar cuando pertenece a otra persona.
—No te he llamado para discutir vocabulario contigo.
—Yo tampoco.
Mencía abrió de nuevo la carpeta y puso delante de ella el borrador que había encontrado aquella mañana.
—¿A qué hora saliste de allí?
Nerea leyó la primera línea sin verla realmente.
—Poco antes de medianoche.
Mencía no dijo nada.
Nerea levantó los ojos y se quedó inmóvil un instante.
—Entonces no estabas frente al periódico a la una y doce —dijo Mencía.
—No.
La palabra fue pequeña. No necesitó nada más.
Mencía había imaginado durante catorce años aquella salida: Nerea dentro de su coche, la puerta de personal abriéndose, una figura con el abrigo de Inés cruzando la acera. Había escrito la escena tantas veces que conservaba una textura de recuerdo aunque nunca la hubiese presenciado.
Ahora desaparecía con una sola sílaba.
—Mentiste.
Nerea se inclinó hacia ella.
—Yo no maté a Inés.
—No te he preguntado eso.
—Pues deberías. Es lo único que importa.
—Tadeo Barral murió en prisión.
—No por mi declaración.
—Tu declaración ayudó.
—Había un vídeo, un correo, una llamada, una autopsia. Había media docena de cosas que apuntaban hacia él.
—Y tú añadiste otra que sabías falsa.
Nerea miró hacia la ventana.
—Me dijeron que Inés había salido viva. Que la tarjeta registraba su salida. Que yo solo tenía que confirmar algo que ya constaba en el sistema.
Se le tensó el cuerpo, pero mantuvo la voz estable.
—¿Quién te lo dijo?
—No voy a entrar en eso.
—Acabas de admitir que alguien te pidió mentir en una investigación por asesinato.
—He dicho que me aseguraron que estaba viva.
—¿Quién?
Nerea se levantó otra vez.
—Se acabó.
—No.
—Sí.
—Tienes hasta mañana a las seis y veinte. No sé qué significa el plazo para quien haya escrito la esquela, pero sí sé lo que puedes hacer tú. Rectifica.
—¿En vuestro periódico?
—En el periódico, ante la policía y donde haga falta.
Nerea se rio sin humor.
—Claro. Titular a cinco columnas: «Nerea Campillo admite que mintió en el caso Alvar». Debajo podéis enlazar todos los artículos sobre Mirador Norte y recordar a la gente lo que llevaba una década sin recordar.
—Si es verdad, sí.
—Qué fácil cuando la reputación que se destruye no es la tuya.
Mencía tardó un segundo en responder.
—La mía se construyó con tu mentira.
Nerea dejó de moverse.
Aquello era algo que Mencía no había pensado decir. Al escucharlo en voz alta comprendió que también era la primera vez que lo formulaba de ese modo.
No había inventado la declaración de Nerea. No había creado la tarjeta de salida, el correo o la hora forense. Pero había tomado cada pieza y había eliminado lo que sobraba hasta hacerlas encajar.
—Puedo publicar una corrección contigo —continuó—. No una ejecución pública. Una corrección. Explicamos qué dijiste, qué sabes ahora y qué parte de aquello no era verdad.
—No.
—Entrega también el grabador.
Nerea palideció apenas.
—No lo tengo aquí.
—¿Dónde está?
—Seguro.
—Eso no es un sitio.
—Es suficiente.
Mencía comprendió que no conseguiría más.
Guardó las hojas.
—Tomás tiene que saber lo que acabas de contarme.
—Yo decidiré qué le cuento a la policía.
—No puedes controlar esto.
Nerea miró la casa demasiado ordenada.
—Eso me ha quedado bastante claro hoy.
Mencía recogió el bolso de la silla.
Cuando salió, coincidió con la siguiente ronda. Uno de los agentes bajó la ventanilla y le preguntó si Nerea pensaba desplazarse de nuevo. Mencía dijo que no lo sabía.
Tomás la llamó antes de que llegara al periódico.
—¿Ha hablado?
—Sí.
—¿Quieres hacerlo fácil o voy preguntando palabra por palabra?
Mencía le contó lo esencial: la reunión con Inés, el grabador, la salida antes de medianoche y la falsedad de la declaración de la una y doce.
Tomás permaneció callado unos segundos.
—Esta mañana, después de salir del periódico, pidió a la patrulla que la acompañara al centro.
—¿Adónde?
—A una oficina bancaria. Los agentes esperaron fuera. Doce minutos después volvió a salir.
Mencía miró por la ventanilla del taxi.
—El grabador.
—Es una posibilidad. No un hecho.
La corrección le habría molestado menos si no sonara tanto a ella misma catorce años atrás.
—Voy a pedir que identifiquen si tiene una caja de seguridad —añadió Tomás—. No puedo abrirla porque nosotros queramos. Necesito justificarlo.
—Acaba de admitir que robó una prueba a una periodista asesinada.
—Te lo ha admitido a ti.
—¿Eso no cuenta?
—Cuenta. No igual que una declaración formal.
Mencía apoyó la frente un instante contra el cristal frío.
—Va a negarlo.
—Probablemente.
—Y mañana a las seis y veinte vence el plazo.
—Precisamente por eso quiero que dejes de ir sola a verla.
—Había una ronda pasando por la zona.
—Una ronda en la calle no impide que hagas cosas que complican mi trabajo dentro.
Mencía estuvo a punto de responder, pero Tomás se adelantó.
—No te estoy pidiendo que dejes de investigar. Te estoy pidiendo que me avises antes.
—Eso suena sospechosamente razonable.
—No te acostumbres.
La llamada terminó.
Aquella noche, Mencía no se fue a casa.
A las diez publicó una actualización sobre la investigación informática sin mencionar todavía a Lúa.
A medianoche releyó el sumario antiguo. A las dos y cuarto descubrió que las respuestas de Nerea durante el juicio habían esquivado cualquier precisión sobre qué había hecho antes de la supuesta salida de Inés.
A las cuatro pidió otro café y decidió no bebérselo cuando comprobó que el anterior seguía intacto.
Saúl permaneció en el periódico casi toda la noche. Habló dos veces con Madrid, revisó con Noel los permisos administrativos y preparó una respuesta para la posible reclamación de Nerea. No hizo nada que Mencía pudiera considerar extraño.
A las cinco y treinta y nueve salió de su despacho con el abrigo puesto.
—¿Te vas? —preguntó ella.
—A ducharme y recordar que tengo una casa. Vuelvo para la reunión de las siete.
Mencía miró el reloj.
—No sé cómo puedes dormir ahora.
—No pensaba hacerlo.
Saúl levantó el vaso vacío a modo de despedida y se marchó.
El periódico quedó de nuevo en esa calma artificial que precedía al cierre. A las seis empezaron a llegar los primeros redactores del turno de mañana. Nadie hablaba tan alto como de costumbre.
A las seis y doce, Mencía llamó a Nerea.
No respondió.
A las seis y quince volvió a intentarlo.
Buzón de voz.
Tomás le envió un mensaje: La patrulla acaba de pasar. Sin incidencias visibles.
Mencía abrió la esquela en una pantalla secundaria.
Durante veinticuatro horas había detestado aquella cuenta atrás porque convertía una amenaza en un espectáculo. Ahora se descubrió mirando el reloj de todos modos.
A las seis y dieciocho llamó otra vez.
Nada.
A las seis y diecinueve, el segundero digital avanzó sobre la esquina de la pantalla.
Mencía marcó por cuarta vez.
El tono sonó una vez.
Dos.
A las 06:19:47, Nerea contestó.