CAPÍTULO 3
Veinticuatro horas
A las ocho y diez de la mañana, Mencía había perdido la cuenta de cuántas veces alguien había pronunciado delante de ella la expresión «esquela de mañana».
La primera había sido una locutora de radio.
Después la repitió un redactor de la competencia, luego apareció en una cuenta local con más seguidores que algunos periódicos y, finalmente, terminó convertida en una etiqueta bajo la que se acumulaban capturas, teorías y apuestas sobre si Nerea Campillo llegaría viva al día siguiente.
Mencía mandó cerrar la pantalla de tendencias de la redacción.
—No quiero convertir esto en un espectáculo porque otros ya lo estén haciendo.
Nadie discutió.
La nota oficial del periódico llevaba publicada veinte minutos.
Era breve y deliberadamente aburrida: El Diario de Sendaña investiga la inserción no autorizada de un contenido en su edición digital de esta mañana y ha puesto a disposición de la Policía los registros técnicos correspondientes .
Ni una palabra sobre amenazas, profecías o muertes futuras.
Saúl la había revisado antes de publicarla y, por una vez, no había intentado añadir nada.
La jefa de Local se acercó a su mesa con una duda que nadie parecía querer formular en voz alta.
—¿Vamos a dar nosotros la noticia?
Mencía entendió lo que preguntaba. No se refería a la nota institucional, sino a una información firmada, con contexto, capturas y el reconocimiento de que el propio periódico había perdido el control de una parte de su portada.
—Sí.
Saúl levantó la cabeza.
—Conviene esperar a saber qué ha ocurrido.
—Si le hubiera pasado a otro medio, no esperaríamos.
—No somos otro medio.
—Precisamente.
Mencía pidió que la pieza incluyera la hora exacta de publicación, el tiempo que había permanecido en portada y la explicación de que la edición impresa no contenía la esquela.
No quería hipótesis sobre el autor ni frases como cuenta atrás mortal .
Tampoco quería esconder que la publicación había salido desde sus propios sistemas.
—Y enlazamos la nota técnica —añadió—. Todo lo que sepamos y nada de lo que imaginemos.
La jefa de Local asintió y se marchó.
Saúl esperó a que estuviera fuera de alcance.
—Eso te va a comprar una mañana espantosa.
—Ya la tengo.
—Podrías comprar además una demanda.
—También parece que ya la tengo.
Por primera vez desde la publicación, Saúl sonrió. Duró poco.
Tomás Riveiro ocupaba una mesa junto al despacho de Mencía con dos agentes de la unidad tecnológica y Noel.
Habían convertido la zona en una pequeña oficina improvisada.
Cables, portátiles, capturas de registros y una sucesión de términos que Mencía entendía por separado pero que, agrupados, parecían diseñados para recordar a los periodistas que los sistemas informáticos no estaban hechos para ellos.
Nerea se había marchado hacía poco más de media hora.
Tomás había intentado convencerla de que aceptara protección hasta que venciera el plazo de la esquela. Ella se había negado a tener un agente dentro de casa y otro siguiéndola por la calle.
—No pienso pasar veinticuatro horas actuando como si alguien hubiese decidido matarme —había dicho.
—Alguien ha publicado una esquela con su nombre —le recordó Tomás.
—Alguien quiere asustarme.
—Eso también puede ser peligroso.
Al final habían acordado una solución a medias: patrullas frecuentes en su zona, contacto directo con Tomás y la obligación —que Nerea había aceptado con visible mala gana— de avisar antes de desplazarse a cualquier lugar que no estuviera previsto.
Mencía no confiaba en que cumpliera ninguna de las tres cosas.
Tampoco confiaba ya en que el problema fuera solo la esquela.
La frase que Nerea había soltado en su despacho seguía dando vueltas en su cabeza.
No tengo ninguna grabación.
Nadie había mencionado una.
Tomás salió de detrás del portátil y se acercó a ella con una hoja impresa.
—Necesito que me expliques una cosa.
—Depende de la cosa.
—ARCHIVO_NECRO.
Mencía miró el identificador.
—Era una cuenta del módulo antiguo de necrológicas. Se dejó de utilizar cuando cambiamos el sistema.
—¿Cuándo?
—Hace años.
—Se reactivó hace seis días.
Mencía cogió la hoja.
—¿Quién?
—Eso estamos intentando averiguar. La solicitud de reapertura forma parte de un paquete de permisos de la migración.
Saúl, que acababa de entrar en la redacción hablando por teléfono, oyó la última frase. Terminó la llamada antes de llegar hasta ellos.
—¿Qué paquete?
Tomás le mostró el documento.
Saúl lo leyó sin prisa.
—Esto lo solicité yo.
Mencía levantó la vista.
—¿Tú?
—Solicité que se habilitaran temporalmente todos los módulos históricos necesarios para la auditoría previa a la venta. No esta cuenta en concreto.
—¿Para qué necesitaba nadie las necrológicas antiguas?
—Para comprobar que el archivo se migra completo. Hay contenidos que no están almacenados igual que las noticias normales: necrológicas, clasificados, suplementos, publicidad antigua. Si Vértice compra el fondo documental, quiere saber qué compra.
La explicación tenía la desagradable cualidad de resultar perfectamente lógica.
Tomás señaló otra línea.
—¿Quién decide qué trabajadores reciben acceso?
—Nexo Archivo propone los perfiles y Sistemas los autoriza.
—¿Tú los revisas?
—No uno por uno. Son más de cuarenta personas entre Madrid y Sendaña.
Mencía dejó la hoja sobre la mesa.
—Quiero la lista de quienes han trabajado aquí esta noche.
Noel ya la estaba buscando.
—La tengo.
Giró el portátil.
Había ocho nombres. Mencía leyó el primero, el segundo y el tercero sin reconocerlos. El cuarto la obligó a detenerse.
Lúa Barral.
Durante unos segundos no oyó lo que Noel estaba explicando.
El apellido bastaba, pero fue la fotografía pequeña del perfil la que terminó de llevarla catorce años atrás.
No porque recordara exactamente aquella cara, sino por una imagen de la puerta de los juzgados: una adolescente caminando junto a Tadeo, encorvada bajo una mochila roja mientras un fotógrafo intentaba retratar al hombre que acababa de ser enviado a prisión provisional.
Mencía había visto esa fotografía muchas veces.
También había decidido no publicarla.
—Es su hija —dijo.
Noel la miró.
—¿De quién?
—De Tadeo Barral.
Saúl tardó algo más en reaccionar.
—¿Estás segura?
Mencía señaló la fecha de nacimiento del perfil.
Treinta y un años.
—Tenía diecisiete cuando detuvieron a Tadeo.
Tomás acercó el portátil.
—¿Sabías que trabajaba aquí?
—No.
La respuesta de Mencía salió demasiado rápida, pero era cierta.
Miró a Saúl.
—¿Tú?
—No sabía que Barral fuera hija de Tadeo.
—Has revisado la contratación de Nexo.
—He revisado el contrato de Nexo. No el árbol genealógico de sus empleados.
—Su apellido no es precisamente invisible.
—Barral tampoco es un apellido único.
Tomás no intervino. Se limitó a observarlos.
Saúl apoyó una mano en la mesa.
—Si hubiera sabido quién era, te lo habría dicho.
Mencía no contestó.
No tenía ningún motivo concreto para no creerlo. La empresa externa había sido elegida por Grupo Vértice, no por el periódico, y los currículos técnicos no pasaban por la dirección. Ella misma no conocía a la mayoría de las personas que llevaban semanas entrando y saliendo del archivo.
Aun así, la coincidencia era difícil de ignorar.
—¿Qué acceso tenía? —preguntó Tomás.
Noel abrió el perfil.
—Restauración de fondos históricos, lectura y exportación. También podía trabajar con módulos obsoletos si estaban incluidos en la migración.
—¿Publicación?
—No en el sistema actual.
—¿En el antiguo?
Noel tardó unos segundos en responder.
—Depende de cómo estuviera configurada la cuenta que utilizara.
Tomás anotó algo.
—¿Dónde está ahora?
Noel consultó el registro de entrada.
—Salió a las seis y treinta y siete.
—¿Su turno terminaba a esa hora?
—A las seis y media.
Mencía miró el reloj.
—¿Ha vuelto?
—No le tocaba.
Tomás pidió un número de contacto.
Noel se lo dio.
La llamada fue directamente al buzón de voz.
—Otra vez —dijo Mencía.
—No funciona mejor porque llames tú.
—No lo sabes.
—Sí. Es una de las pocas cosas que sé con bastante seguridad.
Mencía no insistió.
Mientras Tomás pedía que localizaran a Lúa por vías oficiales, Saúl se acercó a la ventana.
Abajo, frente a la entrada del periódico, ya había dos cámaras de televisión y varios curiosos.
Una mujer sostenía un ejemplar impreso en una mano y el móvil en la otra, intentando descubrir por qué la página que todo el mundo comentaba no aparecía en papel.
—Esto va a empeorar —dijo Saúl.
—Gracias por el optimismo.
—No es pesimismo. Es una previsión razonable. Si a las seis y veinte de mañana Nerea está tomando café en su casa, la historia se desinfla.
—¿Y si no?
Saúl tardó un momento en responder.
—Entonces tendremos un problema bastante mayor que una intrusión informática.
La frase no necesitaba énfasis.
Tomás cerró el portátil de Noel.
—Hasta mañana a las seis y veinte quedan algo menos de veintidós horas. Quiero una copia completa de los registros antes de que nadie toque la migración. Nadie borra, restaura ni corrige nada sin que quede documentado.
Saúl asintió.
—Por mi parte, no hay problema.
—Y quiero saber quién pidió exactamente que se reactivara ARCHIVO_NECRO.
—Ya te he dicho que estaba dentro de mi solicitud.
—Quiero saber quién ejecutó la orden.
Saúl mantuvo la mirada de Tomás.
—Eso es distinto.
—Bastante.
Mencía volvió a su despacho.
Por primera vez desde las seis y veinte, cerró la puerta.
Necesitaba cinco minutos sin voces ajenas.
No los utilizó para descansar.
Abrió la hemeroteca interna y buscó la cobertura del asesinato de Inés.
Había cientos de piezas: noticias, galerías fotográficas, perfiles, columnas, autos judiciales resumidos para lectores que nunca abrirían un documento de treinta páginas.
Su propio nombre aparecía en muchas más de las que recordaba.
Seleccionó la primera semana.
Después filtró por borradores.
El sistema tardó en cargar.
Mientras esperaba, Lúa Barral volvió a ocuparle la atención.
Recordaba a Tadeo mucho mejor que a su hija.
Era difícil no hacerlo. Había tenido esa clase de rostro que parecía enfadado incluso cuando se reía, y durante el juicio los fotógrafos descubrieron que cualquier imagen suya funcionaba mejor si se recortaba hasta dejar fuera a las personas que lo rodeaban.
Mencía había contribuido a eso, no a las fotografías, sino al significado que acabaron adquiriendo.
Abrió uno de sus primeros borradores.
La fecha era de tres días después de la muerte de Inés, la misma madrugada del artículo que había terminado ocupando la portada.
Había varias versiones.
En la definitiva, Nerea Campillo aparecía como una testigo segura: había visto salir a Inés a la una y doce.
Mencía retrocedió una versión y luego otra, hasta encontrar un párrafo eliminado.
Lo leyó con atención.
Nerea Campillo afirmó haber reconocido a Inés por el abrigo y la forma de caminar, aunque no pudo precisar si llegó a verle el rostro.
Mencía se quedó quieta.
Recordaba aquella duda. La había mencionado esa misma mañana al hablar con Nerea. Lo que no recordaba era la frase exacta.
Abrió la edición publicada.
No estaba.
Buscó en las noticias posteriores.
Tampoco.
Después revisó la transcripción oficial de la declaración policial incorporada al sumario. Nerea había sido mucho más firme allí: Vi a Inés Alvar salir por la puerta de personal a la 01:12.
La vacilación solo constaba en las notas de Mencía y en aquel borrador descartado.
Volvió a la esquela.
Será recordada también por haber visto salir a una mujer que nunca cruzó aquella puerta.
Ya no parecía una acusación escogida al azar entre los detalles públicos de un asesinato célebre.
Alguien había leído lo que Mencía decidió no publicar.
Miró a través del cristal hacia la mesa donde Tomás seguía revisando accesos.
Luego volvió al perfil de Lúa Barral.
Restauración de fondos históricos. Acceso a borradores. Turno nocturno.
Mencía cerró la ficha antes de que la coincidencia se convirtiera, por pura comodidad, en una conclusión. Catorce años atrás ya había cometido una vez ese error.