CAPÍTULO 2
La mujer de la portada
A las siete y cuarto, la esquela de Nerea Campillo había dejado de ser una incidencia del sistema para convertirse en la noticia más leída del día.
Mencía lo supo antes de abrir las estadísticas.
La redacción se había llenado de una forma distinta a la habitual: no con el movimiento disperso de quienes llegaban a trabajar, sino con grupos pequeños que hablaban mirando sus teléfonos.
Dos redactores de Local discutían junto a la máquina de café.
En Sociedad, alguien había ampliado la esquela en una pantalla y comparaba la fotografía con imágenes recientes de Nerea.
El teléfono general sonaba sin pausa y el buzón de atención al lector había recibido más de ochenta mensajes en menos de una hora.
La mitad preguntaba si Nerea había muerto.
La otra mitad preguntaba cuándo iba a hacerlo.
Mencía cerró la ventana de estadísticas.
—Quiero fuera la esquela de portada —dijo.
Noel estaba sentado frente a ella con el portátil abierto. Llevaba veinte minutos trabajando con Sistemas y tenía esa expresión resignada de quien ya había explicado tres veces algo que no terminaba de entender.
—Puedo retirarla visualmente —respondió—, pero el envío del boletín ya salió y la URL existe. Si la borramos ahora, lo único que conseguiremos es que todo el mundo piense que intentamos ocultarla.
—No me preocupa lo que piense todo el mundo.
—Dentro de media hora sí te preocupará.
Saúl, apoyado contra la pared junto a la ventana, dejó el café en el alféizar.
—Noel tiene razón.
—No necesito que forméis una coalición.
—No es una coalición. Es Internet.
—La página se ha publicado sin autorización.
—Y debemos dejar constancia de eso. Pero eliminarla por completo cuando ya está circulando podría complicarnos más las cosas.
—¿Más que publicar la muerte de una mujer viva?
Saúl se cruzó de brazos.
—No hemos publicado que esté muerta.
La precisión le molestó porque era cierta.
La esquela utilizaba el lenguaje de una necrológica, la fotografía, el diseño, el nombre completo y el espacio reservado a los homenajes, pero no incluía fecha de fallecimiento.
Tampoco decía que Nerea hubiera muerto. Solo hablaba de cómo sería recordada y de la posibilidad de corregir algo antes de las seis y veinte del día siguiente.
Una amenaza construida con la apariencia de una muerte.
—Quiero una nota en portada —dijo Mencía—. Explicamos que el contenido ha sido introducido sin autorización y que estamos investigando el acceso.
Saúl negó despacio.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque en cuanto digamos que alguien ha comprometido el sistema, tendremos que explicar qué ha ocurrido, qué datos pueden haberse visto afectados y si existe riesgo para los usuarios. No lo sabemos.
—Sí sabemos que alguien ha publicado una esquela falsa.
—Sabemos que alguien ha utilizado una cuenta antigua para introducir contenido. No es exactamente lo mismo.
Mencía apoyó los codos en la mesa.
—Una mujer viva aparece en la sección de necrológicas y tú quieres discutir el verbo.
—Ese es literalmente mi trabajo.
Noel levantó una mano sin apartar la vista del portátil.
—Puedo moverla a una página interna y añadir una advertencia encima. No borramos la URL, no la ocultamos y evitamos que siga en portada.
—Hazlo.
Saúl abrió la boca.
—No te he preguntado.
—Ya.
Noel ejecutó el cambio.
La esquela desapareció de la portada principal a las siete y diecinueve, cincuenta y nueve minutos después de haber aparecido.
Tardó menos de treinta segundos en llegar la primera captura a un grupo de mensajería con el titular: EL DIARIO RETIRA LA ESQUELA DE NEREA CAMPILLO .
Mencía no necesitó que nadie se lo enseñara. Vio cómo varias cabezas se inclinaban simultáneamente sobre los teléfonos.
—Perfecto —murmuró Noel.
—Déjalo —dijo ella.
El teléfono de su despacho comenzó a sonar.
No era Nerea.
Era una emisora regional que quería saber si el periódico había recibido una amenaza de muerte.
Mencía rechazó la llamada.
Inmediatamente entró otra.
Después otra.
Silenció el aparato y salió a la redacción.
—Nadie habla con otros medios. Nadie especula sobre quién ha hecho esto. Nadie utiliza la palabra profecía ni en broma. Hasta que sepamos qué ha pasado, la única versión del periódico es que investigamos una publicación no autorizada.
Íñigo se quitó un auricular.
—Ya hay una cuenta diciendo que mañana muere a las seis y veinte.
—Entonces esa cuenta puede hacer el ridículo sola. Nosotros no vamos a ayudarla.
Una redactora levantó la mano desde la mesa de Local.
—¿Y Nerea?
—Está viva.
—Ya. Pero ¿ha denunciado?
Mencía miró hacia Saúl.
Él negó.
—Todavía no.
La puerta de entrada se abrió antes de que Mencía pudiera añadir nada.
Nerea Campillo cruzó la redacción con el abrigo sin abrochar y el teléfono en una mano. No llevaba maquillaje. La ausencia era tan llamativa en ella como podría haberlo sido una herida en otra persona.
Nadie intentó detenerla.
Tampoco hizo falta.
Toda la redacción se quedó en silencio.
Nerea avanzó hasta el despacho de Mencía, empujó la puerta y se volvió hacia los periodistas que la observaban.
—¿Necesitáis una fotografía para demostrar que sigo viva?
Nadie respondió.
Entró y cerró.
Mencía la siguió.
Saúl hizo ademán de acompañarlas.
—Tú no.
Nerea señaló hacia él.
—Él sí.
Mencía se detuvo.
—¿Por qué?
—Porque en veinte minutos he recibido cuatro llamadas de radio, dos de televisión, una de una funeraria y otra de una prima a la que no veo desde 2018. Quiero saber qué responsabilidad tiene este periódico y quiero un abogado presente cuando me lo expliquéis.
Saúl entró.
Mencía cerró la puerta.
Nerea dejó el teléfono sobre la mesa con la pantalla hacia abajo.
—Retiradlo.
—Ya no está en portada.
—He dicho que lo retiréis.
—La URL sigue existiendo porque borrarla ahora—
—No me interesa vuestra estrategia digital.
Mencía ocupó su silla.
—A mí sí. Si la eliminamos después de que la haya recibido media ciudad, parecerá que estamos destruyendo una prueba.
Nerea la miró con una expresión que Mencía conocía de ruedas de prensa y comisiones municipales: la de alguien que todavía estaba decidiendo si le convenía enfadarse.
—¿Una prueba de qué?
—Eso quiero saber.
—Pues pregúntaselo a quien haya publicado esa basura.
—También te lo estoy preguntando a ti.
Saúl intervino.
—Quizá deberíamos separar dos cuestiones. Una es la intrusión en el sistema. Otra, el contenido.
—No hay dos cuestiones —dijo Nerea—. Hay una amenaza publicada por vuestro periódico.
—No sabemos todavía si es una amenaza —respondió Mencía.
Nerea soltó una risa breve.
—Mi nombre dentro de una esquela y una hora para mañana. ¿Qué necesitas, una corona de flores en recepción?
—La frase no dice que vayas a morir.
—No me tranquiliza.
—A mí tampoco.
Mencía abrió en la pantalla una copia de la pieza y la giró hacia ella.
Nerea no miró la fotografía. Fue directamente a la frase sobre Inés.
Lo hizo demasiado rápido.
—Has dicho por teléfono que no significaba nada —recordó Mencía.
—Y lo mantengo.
—Entonces explícame por qué has venido.
—Porque vuestro periódico ha puesto mi nombre en una esquela.
—Has venido antes de hablar con la policía.
Nerea desvió la mirada hacia Saúl.
Mencía lo vio.
Fue apenas un movimiento de ojos, demasiado pequeño para llamarlo petición de ayuda. Saúl reaccionó de inmediato.
—Nerea puede presentar denuncia ahora mismo —dijo él—. De hecho, debería.
—La presentará —respondió Mencía—. Después de contestar a una pregunta.
Nerea volvió a mirarla.
—No eres policía.
—No.
—Entonces no tengo que contestarte nada.
—Tampoco tenías que venir.
La frase quedó entre las dos.
Mencía bajó la voz.
—¿Viste salir a Inés aquella noche?
Nerea se apoyó en el respaldo de la silla.
—Ya declaré sobre eso.
—Hace catorce años.
—La respuesta sigue siendo la misma.
—¿La viste?
—Sí.
—¿La cara?
Nerea tardó apenas un segundo.
—La vi salir.
—No te he preguntado eso.
Saúl se movió junto a la ventana.
—Mencía.
—En tu primera declaración dijiste que no le viste la cara.
Nerea volvió a mirar la pantalla.
—Era de noche.
—También dijiste que la reconociste por el abrigo.
—Sí.
—¿Qué abrigo?
La pregunta pareció irritarla de verdad.
—¿Pretendes que recuerde un abrigo de hace catorce años?
—Entonces recuerdas que era Inés, pero no lo que te permitió reconocerla.
—Recuerdo lo importante.
—Eso es exactamente lo que pensé yo.
Nerea frunció el ceño.
Mencía señaló la esquela.
—Alguien ha elegido esa frase porque sabe que tu declaración tenía una grieta. Quiero saber qué sabe.
—Nada.
—Entonces no deberías tener miedo.
—Deja de decirme cómo me siento.
El teléfono de Nerea vibró sobre la mesa.
Ella lo cogió de inmediato.
No leyó el mensaje delante de ellos. Lo abrió, vio la pantalla y la apagó.
Mencía reparó en el cambio de color de su rostro.
—¿Qué es?
—Nada.
—¿Te ha escrito la misma persona?
—No.
—Enséñamelo.
Nerea se levantó.
—Se acabó.
Saúl se separó de la ventana.
—Nerea, si estás recibiendo mensajes, deberías enseñárselos a la policía.
—He dicho que no es nada.
—Hace cinco minutos querías un abogado.
—Y ahora quiero irme.
Mencía también se levantó.
—¿Qué te ha dicho?
—Nada que no sepáis ya.
—Eso no responde.
Nerea recogió el bolso.
—Esto es absurdo.
—Enséñame el mensaje.
—No.
—Entonces enséñaselo a la policía.
Nerea abrió la puerta.
Un hombre estaba al otro lado.
No llevaba uniforme. Abrigo oscuro, camisa sin corbata, una carpeta delgada en una mano. Mencía tardó un momento en reconocerlo porque solo lo había visto una vez, meses atrás, durante una investigación de corrupción que terminó sin detenidos.
Tomás Riveiro enseñó la acreditación antes de que nadie se la pidiera.
—Inspector de Policía Judicial.
Nerea dio un paso atrás.
—Qué eficacia.
—Nos han llamado hace cuarenta minutos.
Tomás miró primero a Mencía, después a Saúl y finalmente a Nerea.
—Señora Campillo, necesito hablar con usted.
—Ya pensaba presentar denuncia.
—Me alegro.
—No parece.
—Tengo mala cara por naturaleza.
Mencía habría sonreído en otro momento.
Tomás entró en el despacho.
—¿Quién tiene acceso al contenido publicado?
—Estamos revisándolo —respondió Mencía.
—¿Copias?
—Todas las que quieras.
—¿Registros?
—También.
Saúl se presentó y empezó a explicar la situación técnica.
Tomás lo escuchó sin interrumpir, pero no tomó notas hasta que Saúl mencionó la migración de archivos.
—¿Empresa externa?
—Nexo Archivo —dijo Mencía.
—¿Personal trabajando aquí?
—Desde hace tres semanas.
Tomás anotó el nombre.
Nerea guardó el teléfono en el bolso.
—¿Podemos hacer esto en comisaría?
—Podemos —dijo Tomás—. Antes necesito saber si ha recibido algún contacto del autor de la publicación.
—No.
Mencía la miró.
Tomás también.
—¿Seguro?
—Sí.
—Su teléfono ha vibrado hace un momento.
—Recibo mensajes constantemente.
—Entonces no le importará que comprobemos el último.
Nerea endureció la expresión.
—Sí me importa.
Tomás cerró la carpeta.
—No puedo obligarla sin autorización. Pero alguien ha publicado una esquela con su nombre, una hora concreta y una referencia a un homicidio antiguo. Si además está recibiendo mensajes, ocultarlos no parece una buena idea.
—No estoy ocultando nada.
—Perfecto. Enséñemelo.
Nerea miró a Saúl.
Esta vez la petición de ayuda fue evidente.
Saúl habló con calma.
—Si el mensaje está relacionado, mi recomendación es que se lo enseñes.
Durante unos segundos, Nerea pareció más enfadada con él que con Mencía.
Sacó el teléfono.
Desbloqueó la pantalla.
—No pienso entregarlo.
—Solo necesito verlo —dijo Tomás.
Nerea abrió el mensaje y le tendió el móvil sin soltarlo.
Tomás leyó.
Su expresión no cambió.
Mencía se acercó.
—¿Qué dice?
Nerea retiró el teléfono.
Tomás respondió antes de que pudiera impedirlo.
—«Mañana, antes de las 06:20, entréguele a Mencía Roldán lo que se llevó de aquella mesa. Después ya será tarde».
El despacho quedó en silencio.
Mencía no miró a Nerea.
Miró a Saúl.
—¿Qué se llevó?
Nerea negó lentamente.
—Nada.
—El mensaje dice que te llevaste algo.
—El mensaje lo ha escrito un enfermo.
—¿Qué había en la mesa?
—No tengo ninguna grabación.
Mencía se quedó quieta.
—Yo no he dicho que fuera una grabación.
Nerea apretó los labios.
Tomás dio un paso entre ambas.
—Esto ya no es una entrevista periodística.
Nerea la miró con auténtico miedo por primera vez.
No intentó corregirse.
Tomás le pidió el teléfono de nuevo y comenzó a explicarle que necesitaban conservar el mensaje, identificar el número y establecer protección hasta aclarar la amenaza.
Mencía apenas lo escuchó.
Catorce años antes, Nerea había dicho que vio salir a Inés a la una y doce. Mencía había aceptado aquella frase porque encajaba con una tarjeta, con un coche y con el resto de una cronología que ya estaba tomando forma.
Nunca le había preguntado qué había hecho Nerea dentro del periódico antes de verla marcharse.
Nunca le había preguntado qué se había llevado.
Y alguien, después de catorce años, acababa de darle exactamente veintitrés horas para devolverlo.