CAPÍTULO 1
Una esquela imposible
A las seis y diecisiete de la mañana, Mencía Roldán llevaba once minutos intentando decidir si un concejal podía llamar «histórica» a una inversión de dos millones de euros sin que el periódico pareciera estar riéndose de sus lectores.
Había sustituido la palabra por importante , después por relevante y finalmente había devuelto histórica al titular porque el redactor de Local había dejado una nota explicando que era una cita literal. No mejoraba la frase, pero al menos trasladaba la responsabilidad.
A esas horas, dirigir un periódico consistía muchas veces en eso: decidir quién debía cargar con cada palabra.
La redacción de El Diario de Sendaña estaba casi vacía.
El turno de noche ocupaba tres mesas cerca de las ventanas y una cuarta junto a la sección de Deportes, donde Íñigo Basurto dormitaba con los auriculares puestos mientras esperaba el resultado definitivo de un partido de baloncesto jugado al otro lado del Atlántico.
En la zona central, las luces permanecían apagadas para ahorrar energía y las pantallas encendidas parecían pequeñas ventanas suspendidas en la penumbra.
Mencía prefería aquella hora.
Entre las cinco y las siete, nadie entraba en su despacho para explicarle por qué una reunión podía haberse resuelto con un correo o por qué una columna de opinión necesitaba cuatrocientas palabras más. El periódico todavía pertenecía a quienes lo estaban haciendo.
A las seis y veinte se actualizaba la primera portada digital del día y comenzaba el envío del boletín de suscriptores. Poco después, los ejemplares impresos de la tirada local empezaban a llegar a cafeterías, instituciones y estaciones de servicio.
Tres minutos.
Mencía abrió la previsualización de portada por última vez.
El incendio menor de una nave ocupaba la parte superior izquierda.
La inversión municipal seguía debajo, todavía histórica.
En Deportes aparecía una fotografía demasiado grande de un delantero que no había marcado un gol desde febrero.
Más abajo, Cultura anunciaba la apertura de una exposición de cerámica contemporánea que, a juzgar por la imagen elegida, parecía dedicada a objetos encontrados después de un naufragio.
Todo estaba en su sitio.
Movió el cursor hacia VALIDAR EDICIÓN .
Entonces apareció una franja gris en la parte inferior de la pantalla.
CONTENIDO PENDIENTE DE SINCRONIZACIÓN.
Mencía retiró la mano del ratón.
—No.
Íñigo levantó la cabeza desde el otro extremo de la redacción.
—¿Qué?
—Nada.
El sistema de gestión editorial llevaba semanas comportándose como un animal viejo al que se le cambiaban demasiadas cosas de sitio.
La próxima venta del periódico a Grupo Vértice había obligado a iniciar una migración de archivos, perfiles y servidores que nadie en la redacción entendía del todo y que todos culpaban de cualquier fallo, desde una fotografía duplicada hasta una impresora sin papel.
Mencía pulsó ACTUALIZAR .
La pantalla parpadeó.
Cuando volvió, la franja había desaparecido.
En su lugar, bajo el bloque de Sociedad, había un recuadro negro que ella no había visto antes.
Al principio creyó que se trataba de publicidad.
Después leyó el nombre.
NEREA CAMPILLO LAGO
Mencía frunció el ceño.
El diseño era el de las necrológicas tradicionales del periódico: orla fina, fotografía en blanco y negro, nombre completo en versales y dos líneas iniciales reservadas a la familia.
Hacía años que aquellas páginas se elaboraban casi de manera automática desde un módulo independiente.
Las funerarias enviaban los datos, Administración comprobaba el pago y el sistema generaba una pieza que apenas pasaba por la redacción.
Pero las esquelas no aparecían en portada.
Y Nerea Campillo no estaba muerta.
Mencía acercó la silla.
Conocía a Nerea desde hacía más de una década.
Había sido concejala de Urbanismo, diputada provincial durante una legislatura y, en los últimos años, presidenta de dos fundaciones que organizaban actos a los que Mencía procuraba enviar siempre a otra persona.
La había visto el jueves anterior en la presentación del plan de regeneración del estuario, perfectamente viva, demasiado bronceada para mediados de octubre y defendiendo durante veinte minutos que el nuevo paseo marítimo no perjudicaría a los comercios aunque obligara a cerrar tres meses la principal calle de acceso.
La fotografía de la esquela era reciente.
Eso fue lo primero que le incomodó de verdad.
No procedía de los años en los que Nerea ocupaba un cargo público. Llevaba el pelo más corto y unas gafas de montura clara que había empezado a usar hacía poco.
Mencía abrió el contenido.
NEREA CAMPILLO LAGO
Exconcejala de Urbanismo de Sendaña, impulsora de diversos proyectos de transformación de la ciudad y patrona de la Fundación Horizonte.
Hasta ahí, cualquiera podía haber escrito aquello.
La siguiente línea decía:
Será recordada también por haber visto salir a una mujer que nunca cruzó aquella puerta.
Mencía dejó de respirar durante un instante.
Volvió a leerla.
No encontró ninguna interpretación alternativa.
El apellido Campillo, la puerta, una mujer que supuestamente había salido.
Catorce años atrás.
Inés.
Desplazó el texto hacia abajo.
La última línea estaba separada del resto por un espacio mayor:
Antes de las 06:20 de mañana podrá corregir lo que dejó escrito.
Mencía miró el reloj del ordenador.
06:17:42.
Abrió las propiedades del contenido.
El identificador comenzaba por NECRO_OLD .
—Íñigo.
Esta vez él se quitó los auriculares.
—¿Sí?
—Llama a Sistemas.
—¿Ahora?
—Ahora.
Íñigo consultó su pantalla como si quisiera comprobar que seguían siendo las seis y dieciocho.
—El teléfono de guardia, supongo.
—El que responda.
Mencía retomó la pieza.
En la esquina inferior aparecía una referencia que no reconoció: MOD_NECRO/ARCHIVO .
Intentó desactivar la publicación.
El botón respondió con un mensaje amarillo.
ACCIÓN NO DISPONIBLE. CONTENIDO EN COLA DE CIERRE.
Probó desde el panel general.
El mismo resultado.
Entró en la gestión de portada y arrastró el módulo fuera de la página.
Durante un segundo desapareció.
Después regresó al mismo lugar.
—¿Qué coño…?
Íñigo ya estaba de pie, móvil en mano.
—No contestan.
—Insiste.
Mencía llamó a Noel, responsable de cierre, aunque sabía que estaba en la planta baja revisando los primeros ejemplares. Le respondió al segundo tono.
—Dime.
—¿Has metido una esquela en portada?
Hubo un silencio breve.
—No.
—¿Ha entrado alguna esta noche?
—Que yo sepa, no. ¿De quién?
Mencía miró el nombre.
—Nerea Campillo.
El silencio fue esta vez más largo.
—¿Ha muerto?
—No.
—¿Seguro?
La pregunta la irritó.
—Si hubiera muerto, alguien habría llamado antes de decidir que necesitaba portada.
—Voy para arriba.
Mencía colgó.
06:18:29.
Abrió el histórico de modificaciones.
La pieza figuraba restaurada en el entorno activo a las 03:04, validada a las 05:52 y enviada a cierre a las 06:15.
Autor: ARCHIVO_NECRO .
Validador: SISTEMA .
No había un nombre.
Intentó abrir el perfil ARCHIVO_NECRO.
CUENTA DE SERVICIO. INICIO INTERACTIVO NO DISPONIBLE.
Algo se movió detrás del cristal de su despacho. Saúl Neria cruzaba la redacción con un vaso de café y el abrigo todavía puesto.
Mencía sintió una irritación absurda al verlo.
—¿Tú qué haces aquí?
Saúl se detuvo.
—Buenos días a ti también.
—Son las seis y dieciocho.
—Tengo una videollamada con Madrid a las siete. Pensé que era mejor venir directamente.
Desde que Grupo Vértice había presentado la oferta de compra, Saúl pasaba más horas en el periódico que algunos redactores.
Llevaba catorce años ocupándose de los asuntos jurídicos de la empresa, primero como asesor externo y después como director del área legal.
Durante la negociación se había convertido además en enlace con los compradores, una mezcla de abogado, diplomático y persona a la que todos culpaban de las cláusulas que nadie quería leer.
Entró en el despacho.
—¿Qué pasa?
Mencía giró la pantalla hacia él.
Saúl dejó de beber.
No reaccionó al nombre, sino al formato.
—¿Eso está en la cola antigua?
—¿Cómo sabes que es la cola antigua?
Saúl señaló la esquina inferior.
—Por el prefijo.
La respuesta era razonable.
Aun así, Mencía tardó un segundo en volver a la pantalla.
—No puedo quitarla.
Saúl se inclinó lo justo para leer el texto.
Esta vez sí cambió de expresión.
—¿Nerea?
—Está viva.
—Ya.
—¿La has visto últimamente?
—La semana pasada. Firmó unos documentos de la fundación.
Leyó la frase sobre la mujer y la puerta.
—¿Esto se refiere a Inés?
Mencía no respondió de inmediato.
No hacía falta.
Saúl conocía el caso casi tan bien como ella.
Había asesorado al periódico durante la investigación, había dado declaración a la policía y había participado en una de las piezas centrales de la cronología: la llamada que Inés supuestamente le hizo después de abandonar el edificio.
—Alguien quiere que lo pensemos —dijo Mencía.
Saúl terminó de leer la última línea.
—¿Qué significa «corregir lo que dejó escrito»?
—No lo sé.
—¿Nerea escribió algo?
—Declaró.
Mencía retomó el registro.
06:18:57.
—Quiero detener la actualización.
Saúl apoyó el café en la mesa.
—Si la publicación está dentro de un proceso automatizado de cierre, quizá no puedas hacerlo desde tu perfil.
—Soy la directora.
—El sistema no suele impresionarse por los cargos.
—Gracias.
—Era un intento de aliviar la tensión.
—No ha funcionado.
Saúl sacó el móvil.
—Puedo llamar al responsable de la migración.
—Hazlo.
Noel entró en el despacho casi al mismo tiempo, todavía con una prueba de impresión doblada en la mano.
—No está en papel.
—¿Qué?
—He revisado la plancha local. Esa esquela no aparece.
Se acercó a la pantalla.
—Esto ha entrado solo en digital.
—¿Y el boletín?
—Si está en portada a las seis y veinte, irá al boletín.
—Pues no va a estar.
Noel probó desde su propio acceso.
El sistema rechazó la orden.
—Qué raro.
—Esa palabra no me sirve.
—El contenido parece estar bloqueado por prioridad.
Saúl dejó de hablar por teléfono.
—¿Prioridad de qué?
—De archivo restaurado —respondió Noel—. Cuando se recupera una pieza histórica durante la migración, el sistema puede protegerla para que no se pierda antes de copiarla al servidor nuevo.
—¿Y por qué una pieza restaurada se publica en portada?
Noel negó con la cabeza.
—No debería.
Íñigo apareció en la puerta.
—Sistemas dice que están entrando en remoto.
Mencía consultó la hora.
06:19:21.
—¿Cuánto tardan?
—No lo saben.
—Diles que tienen cincuenta segundos.
Íñigo desapareció.
Saúl seguía mirando la esquela.
—¿Has llamado a Nerea?
Mencía levantó los ojos.
No lo había hecho.
Durante aquellos dos minutos había tratado el problema como una incidencia editorial porque eso era lo que sabía manejar. Un contenido no autorizado. Un fallo del sistema. Una publicación que debía retirarse.
Al otro lado de la pantalla había una persona.
Cogió el móvil y buscó el contacto.
Nerea respondió tan deprisa que parecía tener el teléfono en la mano.
—Mencía.
No dijo hola .
Mencía se incorporó.
—Nerea, ¿estás bien?
—Quítalo.
La voz le llegó baja y tensa.
—¿Lo has visto?
—Claro que lo he visto.
—Todavía no está publicado.
—Me lo han enviado.
Mencía miró la pantalla.
—¿Quién?
—Quítalo.
—Necesito saber quién te lo ha enviado.
—¿Qué parte no entiendes?
Mencía hizo un gesto a Noel para que cerrara la puerta.
—Estamos intentando detenerlo.
—Pues inténtalo mejor.
La agresividad de Nerea era reconocible. El miedo, no.
—¿Sabes quién ha hecho esto?
Al otro lado hubo una pausa.
—No.
—La frase habla de Inés.
Otra pausa.
Saúl la observaba.
—Nerea.
—No tengo nada que decir sobre Inés.
—La esquela afirma que viste salir a una mujer que nunca cruzó la puerta.
—Sé leer.
—¿Es mentira?
—¿Qué?
—Que la vieras salir.
Nerea respiró hondo.
—Catorce años después me llamas a las seis de la mañana para volver a interrogarme.
—No te estoy interrogando.
—Lo parece.
—Hay una esquela con tu nombre a punto de publicarse.
—Por eso te he dicho que la retires.
—Lo estoy haciendo.
—Hazlo.
—¿Qué significa lo de corregir lo que dejaste escrito?
El silencio fue distinto a los anteriores.
Más largo.
Mencía apartó la vista de Saúl.
—Nerea.
—No significa nada.
—Entonces dime por qué estás asustada.
—Estoy enfadada.
—No.
Nerea dejó escapar una exhalación.
—No vuelvas a llamarme hasta que esa página haya desaparecido.
La comunicación se cortó.
Mencía mantuvo el teléfono junto al oído.
El reloj de la pantalla marcaba 06:19:52.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Noel.
Mencía bajó el móvil.
—Que la retiremos.
06:19:55.
Íñigo gritó desde fuera:
—¡Sistemas está dentro!
Noel actualizó el panel.
El botón DETENER PUBLICACIÓN apareció activo.
Mencía pulsó.
06:19:58.
La pantalla mostró un círculo girando.
06:19:59.
PROCESANDO SOLICITUD.
El reloj cambió.
06:20:00.
La página se actualizó.
Durante un instante no ocurrió nada.
Después la esquela de Nerea Campillo ocupó el espacio bajo las noticias principales de El Diario de Sendaña .
A la derecha apareció el contador del boletín.
ENVÍO COMPLETADO: 18.472 DESTINATARIOS.
Nadie habló.
Mencía observó la fotografía de Nerea y sintió algo que no tenía nada que ver con haber perdido el control de una portada.
La esquela no decía que estuviera muerta.
Todavía no.
Decía que tenía hasta las seis y veinte de la mañana siguiente para corregir algo.
Y Nerea, que llevaba catorce años defendiendo la misma versión sin pestañear, acababa de negarse a responder una pregunta muy sencilla.
Mencía releyó la frase.
Será recordada también por haber visto salir a una mujer que nunca cruzó aquella puerta.
Fuera de su despacho empezaron a sonar los primeros teléfonos.
Esta vez nadie necesitó explicar por qué.