La esquela de mañana PRÓLOGO
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La esquela de mañana

La esquela de mañana

Por Angela Arco

© inepub.com

PRÓLOGO

La hora corregida

La primera vez que Mencía cambió una hora en una noticia, lo hizo para que la verdad resultara más clara.

No pensó que estuviera mintiendo.

Eran las cinco y doce de la madrugada y llevaba tanto tiempo leyendo las mismas seis versiones que las palabras habían empezado a perder significado.

Salir . Ver . Creer . Después . Antes . Verbos y adverbios gastados de tanto colocarlos unos junto a otros, como piezas que no terminaban de encajar aunque pertenecieran al mismo rompecabezas.

En la pantalla del ordenador, el artículo seguía abierto bajo un titular provisional:

LAS ÚLTIMAS HORAS DE INÉS ALVAR

El cursor parpadeaba al final del primer párrafo.

Mencía tenía veintinueve años, dos cafés vacíos junto al teclado y la certeza de que aquel texto podía cambiar su carrera.

Una periodista de El Diario de Sendaña había aparecido muerta tres días antes.

La policía acababa de registrar la casa de Tadeo Barral, el fotógrafo con quien había discutido la tarde de su muerte.

Todo el pueblo esperaba una explicación.

El director esperaba una portada.

—Necesito una cronología —le había dicho dos horas antes—. No seis versiones contradiciéndose.

Eso era lo que tenía.

Seis versiones contradiciéndose.

Mencía retomó la primera declaración.

Nerea Campillo aseguraba haber visto a Inés abandonar el periódico a la una y doce de la madrugada. Lo había repetido tres veces ante la policía y una vez ante ella.

Sin embargo, en la primera entrevista, cuando Mencía le preguntó desde qué distancia la había visto, Nerea había respondido:

Desde el coche. No podría decir cuántos metros.

Después añadió:

Llevaba su abrigo.

Y, más tarde:

No le vi la cara, pero era ella.

Mencía había subrayado aquella última frase.

Ahora la contemplaba en sus notas, aislada dentro de un recuadro amarillo.

NO LE VI LA CARA.

No era una mentira necesariamente.

Las personas reconocían a otras por la forma de caminar, por la ropa, por el cabello. Nerea conocía a Inés desde hacía años. Además, la tarjeta de acceso de Inés había sido utilizada a la una y doce en la puerta de personal.

Había una salida registrada.

Había una testigo.

La duda podía explicarse.

Mencía regresó al artículo y escribió:

A la 01:12, Inés Alvar abandonó la sede de El Diario de Sendaña , según confirmó Nerea Campillo, quien se encontraba en las inmediaciones del edificio.

Leyó la frase en voz baja.

Sonaba limpia.

Demasiado limpia.

Abrió la declaración de Efrén Vela, el vigilante nocturno.

Efrén había dicho que oyó cerrarse la puerta de personal. También afirmó que vio el coche de Inés alejarse hacia la estación.

Pero no lo había expresado así.

Su primera versión decía:

Escuché la puerta. Después vi salir el coche.

Mencía le había preguntado:

—¿La vio a ella dentro?

Efrén tardó varios segundos en responder.

Supuse que conducía ella.

Luego, durante la segunda entrevista, había sido más firme.

Sí. Era Inés.

En el margen de la transcripción, Mencía había escrito:

¿Por qué cambia?

Ahora borró la pregunta del documento de trabajo.

No pertenecía al artículo. Era una anotación personal, una precaución propia del oficio. Las declaraciones se afinaban con el tiempo. La gente recordaba mejor después de descansar, de ordenar lo ocurrido, de repetirlo.

O eso se decía siempre en la redacción.

Un golpe suave en el cristal la hizo levantar la cabeza.

Saúl Neria estaba al otro lado de la puerta, todavía con la chaqueta puesta. Llevaba tres días entrando y saliendo del periódico como si el edificio también necesitara defensa jurídica.

Mencía le hizo una seña.

Saúl entró con una carpeta bajo el brazo.

—¿Sigues aquí?

—La portada cierra en una hora.

—La portada siempre cierra en una hora.

Dejó la carpeta sobre la mesa y miró la pantalla.

—¿Qué tienes?

Mencía apartó ligeramente la silla.

Saúl no se inclinó para leer. Esperó.

Era una de las cosas que le gustaban de él: nunca invadía una pantalla ajena. Ni siquiera cuando tenía derecho a hacerlo.

—Nerea dice que la vio salir a la una y doce —explicó Mencía—. Efrén confirma la salida y el coche. A la una y dieciocho se envió un correo desde la cuenta de Inés. A la una y veinte habló contigo. La forense sitúa la muerte después de la una y media.

Saúl asintió.

—Entonces ya tienes la cronología.

—Tengo una cronología.

—¿Cuál es la diferencia?

Saúl sonrió apenas.

—Era una pregunta de abogado.

Ella volvió a la pantalla.

—Nerea no le vio la cara.

—La reconoció.

—Efrén no vio quién conducía.

—Vio su coche.

—El correo pudo programarse.

—¿Hay algún indicio de que estuviera programado?

—No.

El parte interno del turno nocturno, firmado por Leandro Quiñones, indicaba que el mensaje de la 01:18 constaba como enviado desde la cuenta de Inés y no registraba ninguna incidencia aparente en el sistema.

—¿Y la llamada?

Mencía consultó sus notas.

Saúl había declarado que Inés lo llamó a la una y veinte. Hablaron durante catorce segundos. Ella le dijo que iba a reunirse con Tadeo y cortó antes de que pudiera preguntarle nada.

—No está grabada —dijo.

—Las conversaciones particulares no se graban.

—Solo dura catorce segundos.

—Estaba alterada.

—O no era ella.

Saúl guardó silencio.

Mencía se arrepintió de la frase antes de que él respondiera.

—Era Inés —dijo—. No tengo ninguna duda.

No sonó ofendido.

Sonó cansado.

—Lo sé.

—Entonces no entiendo qué estás buscando.

Mencía repasó las seis piezas abiertas en la pantalla.

—Que encajen sin que yo tenga que obligarlas.

Saúl apoyó una mano en el respaldo de la silla vacía.

—Los hechos no suelen llegar redactados.

—Ya.

—Ese es vuestro trabajo.

Vuestro.

El de los periodistas.

Ordenar lo ocurrido para que los demás pudieran comprenderlo.

Mencía sintió algo parecido al alivio.

—El director quiere una cronología cerrada.

—La policía también la tiene.

—La policía tiene pruebas. Yo tengo frases.

—Las frases también son pruebas.

—No siempre.

Saúl recogió la carpeta.

—Tadeo discutió con ella. Su coche aparece cerca del periódico. Inés salió para reunirse con él. Le escribió. Me llamó. Apareció muerta cerca de uno de los lugares donde él trabajaba. A veces las cosas encajan porque ocurrieron así.

Mencía lo observó. La seguridad con la que Saúl resumía la noche era lo que ella todavía no conseguía encontrar en las declaraciones.

Saúl miró el reloj.

—Voy a estar en mi despacho un rato más.

—¿La policía tiene ya el registro completo de la llamada?

—Supongo.

—¿Puedes pedírselo?

—Mencía.

—Solo quiero comprobar la procedencia.

—La policía está registrando la casa de un hombre que discutió con ella y al que, según todos los indicios, iba a ver esa noche.

—Eso no demuestra que la matara.

Saúl la miró durante unos segundos.

—Comprueba lo que necesites —dijo finalmente—. Pero no confundas prudencia con negar lo evidente.

Cuando se marchó, Mencía dejó la puerta abierta.

El ruido de la redacción entró de golpe: teléfonos, teclados, una impresora atascada, el murmullo de la televisión encendida sin volumen.

En la pantalla aparecía una imagen de Tadeo Barral saliendo de la comisaría dos días antes.

Cabeza baja. Barba sin afeitar. Una mano levantada para protegerse de los flashes.

La fotografía parecía una confesión.

Mencía sabía que no lo era.

Aun así, entendía por qué todos la miraban de ese modo.

Volvió a su artículo.

A la una y doce, Inés salía del periódico.

A la una y dieciocho, enviaba el correo.

A la una y veinte, hablaba con Saúl.

Después se reunía con Tadeo.

La muerte se producía más tarde.

Todo encajaba.

El problema era que ninguna de aquellas piezas contaba la historia completa.

Solo habían aportado una parte.

Mencía abrió el informe preliminar de Candela Moris.

La médica había escrito inicialmente:

El fallecimiento pudo producirse entre las 00:15 y las 02:00, pendiente de resultados complementarios.

En el informe definitivo, el intervalo empezaba a la 01:30.

Mencía comprobó la fecha de ambos documentos.

El primero era del sábado.

El definitivo, del lunes.

Debajo de la primera estimación había una anotación manuscrita:

Temperatura exterior / traslado / imposible precisar.

Cogió el teléfono y llamó a Candela.

Respondió al cuarto tono.

—¿Sí?

La voz sonaba espesa.

—Soy Mencía Roldán, del Diario .

—Ya he hablado con vosotros.

—Solo necesito confirmar una cosa. En su informe preliminar, el intervalo de muerte empezaba a las doce y cuarto.

Candela tardó un momento en responder.

—Era provisional.

—En el definitivo empieza a la una y media.

—Recibí más información.

—¿Qué información?

—Resultados.

—¿Cuáles?

—No puedo comentar detalles de una investigación.

—¿Puede asegurar que Inés estaba viva a la una y doce?

La respiración de Candela cambió.

—Puedo asegurar lo que dice mi informe.

—No le he preguntado eso.

—Entonces pregúntele a la policía.

La llamada terminó.

Mencía sostuvo el teléfono unos segundos.

En su cuaderno escribió:

Candela no responde.

Después añadió:

La muerte podría ser anterior.

Miró el reloj.

Las cinco y treinta y ocho.

Faltaban cuarenta y dos minutos para que la portada se actualizara.

El director apareció al fondo de la redacción.

—¿Mencía?

Ella levantó una mano.

—Cinco minutos.

—Llevas diciendo eso desde las cuatro.

—Cinco de verdad.

El director señaló el reloj.

Mencía regresó al artículo.

Podía mantener la duda.

Podía escribir que Nerea creía haber visto salir a Inés.

Que Efrén oyó la puerta y vio marcharse el coche.

Que el correo parecía enviado por ella.

Que Saúl afirmaba haber recibido una llamada.

Que la hora de muerte todavía no era completamente segura.

Podía dejar todas las costuras a la vista.

Pero entonces no habría una cronología.

Habría seis versiones.

Y la portada necesitaba contar qué había ocurrido.

Mencía empezó a corregir.

Cambió:

Nerea Campillo cree haber visto a Inés salir…

por:

Nerea Campillo vio a Inés salir…

Eliminó:

Efrén Vela no pudo confirmar quién conducía…

y dejó:

El vigilante observó cómo el vehículo de Inés abandonaba la zona.

Suprimió la referencia al primer intervalo forense.

Conservó únicamente el informe definitivo.

Transformó:

Saúl Neria asegura que recibió una breve llamada…

en:

Inés telefoneó a Saúl Neria a la 01:20.

Leyó el artículo completo.

Ya no había huecos.

La mujer salía del periódico.

Enviaba un correo.

Hacía una llamada.

Se dirigía a encontrarse con Tadeo.

Moría después.

La historia avanzaba en una sola dirección.

En la esquina inferior de la pantalla parpadeó un aviso:

CIERRE DE PORTADA: 00:31:44

Mencía abrió el documento donde guardaba las frases descartadas.

No le vi la cara.

Supuse que conducía ella.

El fallecimiento pudo producirse antes.

No existe grabación de la llamada.

Las leyó una vez más.

Después cerró el archivo sin guardarlo.

El director se acercó.

—¿Lo tienes?

—Sí.

—¿Estamos seguros?

La pregunta le molestó.

No porque no fuera legítima, sino porque llegaba demasiado tarde.

—Es lo que sostienen las pruebas.

—No te he preguntado eso.

Mencía apoyó las manos sobre el teclado.

—Es la cronología más probable.

El director leyó el titular:

INÉS ALVAR SALIÓ DEL PERIÓDICO PARA REUNIRSE CON TADEO BARRAL

—Más probable no cabe en un titular —dijo.

Mencía no respondió.

El director se inclinó hacia la pantalla y señaló la hora.

—¿La una y doce?

—Es la que figura en el registro de salida.

—Entonces ponla.

Mencía añadió el dato al subtítulo.

Una testigo y el registro de acceso sitúan a la periodista fuera del edificio a la 01:12, minutos antes de contactar con el fotógrafo ahora investigado.

—Perfecto —dijo el director.

Perfecto.

Mencía envió el artículo a portada.

Durante unos segundos, el sistema mostró una barra azul.

VALIDANDO CONTENIDO.

GENERANDO VERSIÓN.

PROGRAMADA PARA LAS 06:20.

La redacción siguió moviéndose a su alrededor.

Alguien celebró que había llegado café.

Un teléfono comenzó a sonar.

Saúl salió de su despacho con la chaqueta doblada sobre el brazo y le hizo un gesto antes de dirigirse al ascensor.

Mencía miró de nuevo el titular.

Pensó en abrir el archivo de descartes.

Pensó en recuperar la frase de Nerea.

No le vi la cara.

La barra azul llegó al cien por cien.

EDICIÓN CERRADA.

A las 06:20, la portada de El Diario de Sendaña se actualizó.

Por primera vez, todo el pueblo pudo leer qué había hecho Inés Alvar durante la última hora de su vida.

Ninguna de aquellas versiones había contado aquella historia.

Mencía acababa de escribirla por ellas.