Capítulo dieciséis
Tumbado en su cama, sentía el peso del cansancio y de aquel día tumultuoso, pero allí, con Maju desparramada sobre la cama y la cabeza apoyada en mi estómago, todo parecía más ligero.
Mis dedos jugaban con un mechón de su pelo, largo y suave, mientras un silencio agradable nos envolvía. Hasta que, de pronto, ella lo rompió.
—¿Cómo está Juliette? —preguntó en voz baja, pero firme.
Suspiré antes de responder, sabiendo que la conversación que venía no iba a ser fácil.
—Confundida, como era de esperar. Le hicieron todos los exámenes clínicos y neurológicos. Físicamente está bien. A nivel cerebral, también. Pero... ha perdido la memoria.
—¿No recuerda nada?
—Nada del accidente ni de que vine a Brasil. Para ella, seguimos en Francia, mi padre está vivo y la pandemia ni siquiera ha ocurrido.
—Así que cree que es tu esposa y que sois felices... ¿Ya se lo has contado?
—No. Los médicos me pidieron que fuera despacio, que la dejara recuperar la memoria por sí sola. Solo le dijimos que había tenido un accidente y que estamos en Brasil.
Se quedó callada unos momentos, pero enseguida replicó:
—Así que dejaste a tu «esposa» en casa, con la que tienes una vida perfecta, ¿y viniste a buscarme?
—Juliette no está en mi casa. Sheila sugirió que la llevara a la suya.
—¿Y cómo está tu madre?
Se lo expliqué todo: el estado de confusión de Sheila, el dolor, que no recordaba el accidente y los exámenes que los médicos aún estaban analizando. Maju escuchó con atención, pero era evidente que le daba vueltas a algo.
—¿Y Eleanor? —preguntó sin rodeos.
—Todavía no ha aparecido.
—Está huyendo...
Fruncí el ceño.
—¿Huyendo?
—¿Has hablado con el doctor Douglas?
Asentí y le hablé de él: de su relación con Sheila, de su forma de ser serena y del apoyo incondicional que le estaba dando a mi madre.
—¿Y qué te pareció? —preguntó—. ¿No te enfadaste?
Solté una risa suave, sorprendido por la pregunta.
—¿Por qué iba a enfadarme?
Insistió:
—El luto por tu padre ni siquiera duró un año...
Respiré hondo antes de responder:
—Mi padre murió hace dos años, Maju. Y aunque hubiera sido hace dos meses, está muerto.
Nada de lo que Sheila haga o deje de hacer en su luto va a traerlo de vuelta.
Está viva, es joven, está sana. Tiene todo el derecho a buscar la felicidad.
Y Douglas es un buen tipo, alguien que de verdad se preocupa por ella.
Maju pareció sopesar mis palabras, pero aún había algo en sus ojos que me inquietaba.
—¿No te da miedo que sea una estafa? —preguntó.
Sonreí, negando con la cabeza.
—Sheila no tiene dinero como para que alguien quiera estafarla.
—¿Cómo que no? Es la viuda de tu padre, la heredera natural...
Se lo expliqué todo: que mi madre había sido la verdadera fuente de la riqueza familiar, que mi padre había estructurado las cosas para proteger el patrimonio y que, al final, todo había quedado en mis manos.
A Sheila solo le quedó la mansión, y yo le cubría algunos gastos por cariño, no por obligación.
Maju escuchó con atención, pero algo seguía inquietándola.
—Entonces, si todo ya era tuyo, ¿por qué te casaste conmigo para cumplir el testamento?
Le hablé de las preocupaciones de mi padre respecto a Juliette y de cómo, incluso después de su muerte, todas las decisiones se habían tomado para proteger lo que teníamos. Era cierto que casarme con Maju había sido parte de una estrategia, pero ella había acabado siendo mucho más que eso.
La miré y me incliné para besarla, pero Maju apartó la cara.
—Ayer me enteré, por Douglas, de cosas sobre ti y tu familia.
Hoy estoy descubriendo más. Lo estamos haciendo todo al revés, Jhonny.
No nos conocemos y ya estamos casados. —Su voz era firme, pero había algo vulnerable en su tono—.
Ninguno de los dos pretendía involucrarse, pero ya que estamos aquí, creo que deberíamos conocernos mejor antes de nada.
Sentí una opresión en el pecho.
—Me gustas, Jhonny. Me gustas mucho. Pero Juliette... Ella es tu esposa, de verdad, y tenéis una historia pendiente. Lo nuestro es un contrato. Y mientras no resuelvas lo tuyo con ella, no podemos seguir así.
—¿Me estás diciendo que la abandone ahora? —pregunté, intentando entender.
—No. Eso sería cruel. Dale el tiempo que recomendaron los médicos. Solo que... no podemos seguir así.
—¿Y qué crees que pasará después? ¿Que podremos retomarlo donde lo dejamos?
Me miró con determinación, aunque en sus ojos se adivinaba el dolor.
—Tú tienes una doble vida, Jhonny, yo no. Lo que tenemos es esto: una becaria que se ha liado emocionalmente con su jefe casado.
—Ju...
—Voy a ducharme. Cuando salga, espero que ya no estés aquí.
Se envolvió en la sábana y se fue al baño. Me quedé allí un momento, escuchando el sonido de la ducha y sabiendo que, al otro lado de esa puerta, Maju estaba llorando. Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba perdiendo algo que no sabía cómo arreglar.
Los días que siguieron fueron una mezcla de tortura y calma forzada.
En la oficina, Maju mantenía una distancia emocional y solo me hablaba de temas de trabajo.
Yo respetaba su espacio y su decisión, aunque cada segundo de aquella barrera invisible entre nosotros me consumía por dentro.
A veces, mientras estaba concentrada en los proyectos, me pillaba a mí mismo observándola, admirando a la mujer increíble que estaba perdiendo.
Mientras tanto, en casa, Juliette seguía recuperándose.
Douglas y yo nos volcamos en ayudarla a reconstruir su memoria y su vida.
Parecía empeñada en asumir el papel de esposa perfecta, pero para mí todo aquello estaba vacío.
El primer fin de semana intentó acercarse a mí de forma más íntima, pero la rechacé.
No solo por respeto a Maju, sino porque sencillamente ya no sentía nada por Juliette.
Todo lo que hacía lo movían la culpa y el respeto por nuestra historia de cinco años.
Quería cerrar ese capítulo con dignidad y rapidez para volver a los brazos de la mujer que de verdad amaba.
Sheila, mi madre, ya había vuelto a casa, casi recuperada del todo físicamente, aunque sin recuerdos del accidente.
Douglas se había quedado a vivir con ella, y los dos parecían felices juntos.
En cuanto a Eleanor... seguía desaparecida.
Sheila insistía en que no había por qué preocuparse, pero yo no podía ignorar lo que Douglas había insinuado: que Eleanor podría haber provocado el accidente.
Eso me mantenía en alerta. Si ya estaba al límite, no sabía de qué más sería capaz.
En la oficina, mi humor iba de mal en peor.
Maju había sido humillada allí, en mi propio territorio, y no podía dejarlo pasar.
Cada vez que lo pensaba, la ira me crecía por dentro.
La descargaba en el trabajo, ejecutando operaciones con una rigidez casi inhumana.
Los empleados empezaron a temerme, pero me daba igual.
Quizás necesitaban cargar con las consecuencias de su negligencia.
Sin embargo, mi mayor desafío era controlarme cerca de Maju.
Ese día, mientras estaba concentrada en un proyecto, la vi morder la punta de un lápiz, distraída, buscando una solución a algo.
El gesto era tan natural y, al mismo tiempo, tan absurdamente sexy, que un calor incómodo empezó a invadirme.
Era irritante. «Maldita sea, Johnny, ¿pasaste un año sin sexo y ahora te comportas como un adolescente? », pensé, frustrado conmigo mismo.
El teléfono sonó y me arrancó de aquel pensamiento inoportuno. Era Alain.
—¿Qué pasa, Alain? —respondí, tratando de sonar más profesional que irritado.
La conversación transcurrió entre asuntos de trabajo y noticias personales. Me contó que Rafelle estaba embarazada y que quería que yo fuera el padrino. Lo felicité, aunque no logré emocionarme demasiado. Pero lo que de verdad me llamó la atención fue cuando mencionó a Maju:
—¿Tu esposa de papel está bien? —preguntó.
Eché un vistazo a Maju, que parecía concentrada en la pantalla del ordenador, pero el modo en que inclinó la cabeza la delataba: estaba escuchando.
—Está bien —respondí con naturalidad, pero con intención—. Te llamo luego para explicarte algunas cosas.
Colgué y decidí abordar lo que llevaba días rondándome la cabeza.
—No estás usando tu tarjeta... —comenté mientras la observaba.
Abrió el bolso, sacó la tarjeta y me la tendió.
—Llevo tiempo queriendo devolvértela.
Me irrité. Estaba intentando cortar cualquier vínculo entre nosotros.
—¿Por qué?
—Porque ya no la necesito.
—No se trata de necesitarla, Maju. Sigues siendo mi esposa, te guste o no, y tus gastos forman parte del paquete.
—Pero yo no quiero eso. Te agradezco lo que hiciste, pero ya no le veo sentido.
Su orgullo era un muro que no sabía cómo derribar.
—Esa tarjeta es tuya, no mía. Úsala como quieras.
—No voy a usarla, Johnny. No me sirve de nada.
Se me agotó la paciencia.
—¡Pues métela donde quieras! —repliqué. Me di la vuelta y me dirigí a la sala de reuniones.
No dejaba ni un resquicio. Orgullosa, terca, incapaz de ver cuánto me estaba destrozando todo esto. Si quería mantener las distancias, que así fuera.