Capítulo 18
El taxi me deja frente a mi modesta casa, un lugar que siento mucho más como mi hogar que mi apartamento en Denver, aunque quizá nunca lo confiese en voz alta.
Hay algo agridulce en regresar a Buffalo. Tiene sabor a infancia y a amor, pero también a dolor.
Recojo del buzón la correspondencia de los últimos días y sé que no será mucha, porque Daylin viene al menos una vez por semana para guardarla y también abre un poco las ventanas para ventilar la casa.
Sonrío cuando contemplo la propiedad. La vivienda en sí es bastante pequeña, pero su jardín es hermoso. Como mi madre, me resulta terapéutico cuidar las flores.
La parte inferior del exterior está construida con ladrillos y, desde la mitad hacia arriba, es blanca. Tiene una sola planta y es de estilo rancho, aunque quizá sería más apropiado llamarla un “minirrancho”, porque solo cuenta con dos habitaciones.
La pequeña terraza está hecha de madera oscura y en ella hay una mecedora desgastada con la que Daylin no quiso quedarse. Perteneció a nuestra abuela materna y me niego a deshacerme de ella.
El lugar está lejos de ser hermoso o lujoso, pero tiene alma.
Una hilera de árboles rodea la casa y me pregunto si, en el futuro, alguno tendrá un columpio para que jueguen mis hijos. No tengo intención de venderla y, dentro de mis posibilidades, procuro mantenerla en buen estado, aunque Dios sabe que necesita una que otra reparación.
Subo los escalones de la terraza con el corazón un poco más ligero. Aunque no tenía claro qué había venido a buscar cuando abandoné París, estar en Buffalo siempre parece ser la respuesta.
Este es el lugar donde me quito cualquier máscara, donde puedo permitir que, de vez en cuando, mi corazón sangre por el pasado y por la falta que todavía me hace mi padre.
Unas dos horas después, tras darme una ducha y arreglar un poco la casa, voy al garaje, rogando que mi vieja camioneta, una Chevrolet C/K de 1973, no me decepcione.
Beso el volante cuando arranca al primer intento.
—Eres maravillosa. ¡Nunca me fallas!
No tardo más de veinte minutos en llegar a la casa de mi hermana del medio, pero, en cuanto entro en su propiedad, me sorprende ver un automóvil de lujo estacionado allí.
Es imposible que pertenezca a Daylin o a su marido. Apenas tienen dinero para pagar la hipoteca del rancho, mantener a sus hijos y poner comida sobre la mesa. El automóvil que comparten no está mucho mejor que el mío.
La otra posibilidad sería… ¿Andrya?
No. Daylin me habría contado que nuestra hermana mayor había decidido visitarla. Nunca me mencionó que Andrya fuera a venir a Buffalo.
El automóvil desentona tanto con el lugar como la mujer a la que, supongo, pertenece.
No, tiene que haber otra explicación. No existe ninguna razón para que nuestra hermana perfecta y adinerada venga a la ciudad que considera un “infierno”, según sus propias palabras.
Hace varias semanas leí la noticia de que Andrya, la famosa actriz, se había casado y, como Daylin no volvió a mencionar su nombre, supuse que ya no habían hablado.
Bajo de la camioneta sin molestarme en cerrarla con llave, porque, si algún valiente se arriesga a robar mi viejo montón de chatarra, le deseo mucha suerte.
Además, aquí en la ciudad todos se conocen.
El delito más grave del que tengo conocimiento ocurrió cuando un estudiante ebrio robó el vino de la iglesia local que iban a utilizar durante la misa.
Subo los escalones de la terraza sin saber qué esperar. ¿Habrá sucedido algo para que Andrya viniera tan repentinamente?
Entonces, cuando pongo un pie dentro de la casa, oigo decir a Daylin:
—La próxima vez no tardes tanto en venir. Los niños te extrañan muchísimo.
¿La próxima vez?
Oigo que nuestra hermana mayor responde:
—Una vez al mes es lo mejor que puedo hacer. Yo también extraño a mis sobrinos, pero…
Me quedo paralizada, con el corazón encogido y un zumbido en los oídos.
Daylin no volvió a mencionar nada sobre la boda, así que supuse que no había asistido, pero ahora ya no estoy tan segura.
¿Y Andrya viene a visitarla una vez al mes?
No soy estúpida y no necesito más que una fracción de segundo para comprenderlo.
Daylin siempre dio a entender que, aunque hablaba de vez en cuando con Andrya por teléfono, nuestra hermana no quería tener una relación cercana con ella. Ahora comprendo que todo eso era una enorme y absoluta mentira.
Me dirijo hacia la cocina, de donde parecen provenir las voces, mientras la sangre me palpita en las sienes.
Oigo que ambas se ríen. Sé que, a esta hora, mis sobrinos deben de estar en la escuela.
Me detengo en el umbral, conmocionada. Hay un pastel servido sobre la mesa y vasos de té helado. Encima del mantel, las dos se toman de las manos como amigas, como cómplices.
Y entonces lo comprendo.
Siguen tan unidas como siempre. Daylin me ha mentido durante todo este tiempo.
Mi hermana del medio es la primera en advertir mi presencia y puedo ver el asombro en sus facciones.
—¿Charlie?
—¿Andrya viene a visitarte? ¿Desde cuándo?
Ni siquiera me molesto en saludar a la primogénita de mis padres. Hace mucho tiempo que nuestro vínculo de sangre dejó de significar algo.
La celebridad de la familia finalmente mira en mi dirección, pero ni siquiera abre la boca para decir “hola”.
—No te molestes en darme explicaciones —digo, dolida—. Ya lo entendí todo.
Andrya me apartó de su vida y, por lo visto, Daylin estaba de acuerdo con eso. Sí, no puede obligar a nuestra hermana a quererme, pero de ahí a mentirme y fingir que tampoco tenía relación con ella, salvo por unas pocas llamadas telefónicas, hay una enorme diferencia.
Me excluyeron de la familia. Yo soy la oveja negra.
Y, cuando comprendo eso, también me doy cuenta de que nunca me había sentido tan sola en toda mi vida.