La Esposa Rechazada por ele Magnate (Multimillonarios Turcos nº 5) Capítulo 13
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Capítulo 13

Tiemblo de pie, mientras un deseo tan poderoso como un volcán en erupción corre ardiente bajo mi piel.

Zehab es una combinación embriagadora de sensualidad y fuerza que me deja sin aliento.

Estoy obsesionada con su boca y con imaginar qué sabor tendrán sus besos.

El silencio entre nosotros es tan denso que me dan ganas de cambiar el peso de un pie al otro. Es como un juego en el que ninguno de los adversarios quiere perder, aunque ambos desean desesperadamente el premio y, para conseguirlo, tienen que dar un paso hacia la rendición.

Sin embargo, no veo cómo ese turco podría rendirse ante algo.

—¿Qué tiene pensado para hoy? —pregunto, intentando escapar de su red de seducción y, al mismo tiempo, obtener más detalles sobre sus planes.

—Te llevaré a volar conmigo.

—¿Qué?

—Tal vez sea en el mismo avión en el que querías hacer el curso.

¿Está sonriendo? No, debe de ser mi imaginación.

—Pero ¿cómo…?

—¿Cómo lo conseguí?

—Sí.

—Puedo conseguir cualquier cosa, Charlie.

Zehab

La frase fue una provocación o una advertencia. Que ella la interprete como quiera, porque Charlie será mía.

Esa mujer me está volviendo loco.

Cuando la vi bajar del automóvil, me sentí como un adolescente que asistía a su primera cita y, cuando la tuve entre mis brazos, quise mandar al infierno la maldita sorpresa que le había preparado y encerrarla durante días en mi apartamento para conocer cada centímetro de su piel.

¿Cómo puede una mujer estar todavía más hermosa que ayer sin llevar una gota de maquillaje? Ahora tiene suelto el cabello, que deseo tocar con tanta intensidad que casi resulta doloroso.

Vestida con una sencilla blusa de seda sin mangas, pantalones de jean negros y zapatillas, parece preparada para ir a cualquier lugar, ya sea a dar un paseo en avión o a cenar en un restaurante con estrellas Michelin, como el que posee mi cuñada Kadri. Charlie tiene el porte de una reina.

—Siempre deberías llevarlo así —le digo.

—¿Qué?

—Tu cabello. Me gusta suelto. Ayer deseé vértelo así.

Ella pestañea, sorprendida, pero enseguida me dedica una media sonrisa traviesa.

—Su empresa no permite que las azafatas lleven el cabello suelto, jefe. Pero, para su información, suelo usarlo así en mi vida cotidiana, señor Yavuz Aydin.

—Zehab. Y no me trates de usted.

—No está bien que lo llame por su nombre.

—Tampoco está bien que te haya traído a volar conmigo y, sin embargo, aquí estamos.

—Está bien, Zehab.

Ella baja la mirada hacia sus pies, pero noto que su sonrisa se ensancha.

—¿Tú eres piloto? —pregunta.

—Sí. En cuanto aprendí a conducir coches, hice lo mismo con otros medios de transporte.

—¿También trenes?

Una sonrisa inesperada aparece en mi rostro.

—Hablas demasiado, Charlie. Vamos, muchacha. Tu carruaje te está esperando.

Da un paso hacia mí y toma mi mano. Entrelaza sus dedos con los míos. Abre la boca como si fuera a decir algo; luego se estremece, como si hubiera recibido una descarga eléctrica, e intenta soltarse, pero no se lo permito porque yo también percibo la corriente que circula entre nosotros.

Deseo.

—Habla.

—Gracias. Me has salvado los días de vacaciones. Estaba tan frustrada por no poder hacer el curso que decidí venir aquí solo para observar a los demás.

—¿Vacaciones?

—Pasaré unos días en París.

—Quédate en mi apartamento.

Espero que se niegue. Porque, a pesar de todo ese discurso sobre que no es una buena chica, tengo la impresión de que Charlie sí es una “mujer de familia”, como diría mi madre.

Pero vuelve a sorprenderme al imitar lo que le dije hace un momento.

—Todavía no quiero responderte eso.

Noto cómo se ruboriza y yo, que nunca pensé que me gustaran las mujeres tímidas, me descubro fascinado por la complejidad de su personalidad.

El deseo de probar su boca es voraz, pero sé que todavía no es el momento.

Tener que contenerme para no asustarla es una especie de tortura masoquista que aumenta todavía más mis ganas de poseerla.

—Vamos a volar, Charlie. De lo contrario, terminaré secuestrándote.

Ella no dice nada, pero tampoco intenta retirar su mano de la mía.

Caminamos hacia la pista, donde ya han sacado del hangar un Cirrus SR22.

—No estabas diciendo la verdad. No es el mismo avión en el que se suponía que iba a hacer el curso —dice mientras suelta mi mano y se dirige hacia la pequeña aeronave.

—Dije “tal vez”.

—Por el amor de Dios, ¿un Cirrus SR22? Si algún día soy rica, compraré uno como este. No me digas que es tuyo o te odiaré para siempre. Te lo juro, no puedo ocultar mi envidia.

Parece una niña a la que hubieran dejado suelta en una tienda de caramelos y comprendo que su pasión por los aviones es auténtica.

Desliza la mano por el exterior de la aeronave roja con detalles en gris metálico, como si estuviera tocando un objeto sagrado.

—¿Qué sabes sobre este avión? —La pongo a prueba.

—Esto es como un Ferrari del cielo. Tiene potencia y belleza.

Está considerado un avión monomotor de alto rendimiento con cabina de cristal, sistema Garmin Perspective Plus, paracaídas para toda la aeronave en caso de emergencia y una velocidad de crucero de casi trescientos cincuenta kilómetros por hora, además de ofrecer una comodidad increíble.

¡No puedo creer que vaya a volar en algo así!

Estoy jodidamente impresionado. De verdad ama los aviones.

—Como pasajera. No puedes pilotarlo sola. Solo tienes treinta horas de vuelo en total. Todavía no alcanzas el mínimo necesario.

—Tú…

—Sí, investigué tu vida profesional.

Me observa y parece… ¿aliviada?

¿Por qué?

¿Será porque aclaré que solamente investigué su vida profesional?

De repente, un pensamiento que hasta ahora ni siquiera se me había ocurrido atraviesa mi mente.

Es verdad que no investigué su vida personal.

—¿Hay alguien en tu vida, Charlie?

—¿Qué? —pregunta mientras da varios pasos hacia mí, hasta que nuestros cuerpos casi se rozan.

—¿Hay algún hombre en tu vida?

—No. ¿Y en la tuya? Mmm… No importa. Después de hoy, es probable que no volvamos a vernos.

—No estaría aquí si tuviera una mujer en mi vida. No soy infiel.

—Es bueno saberlo, aunque esa información es innecesaria porque…

Coloco dos dedos sobre sus labios.

—Nunca juegues al póker, querida. Tu piel te delata. Eres una pésima mentirosa.