Capítulo 12
En cuanto a la parte teórica, conseguí cursarla mediante una modalidad híbrida: la mayor parte fue presencial, para lo cual me tomé unas vacaciones, y un tercio, a distancia.
En total, fueron ciento diez horas. Ya completé la carga horaria de las clases prácticas; en cambio, lo de acumular horas de vuelo es más complicado, tanto porque no siempre estoy en París como porque los cursos prácticos son costosos y también tengo que pagar el alquiler de mi apartamento en Denver.
Además, tengo una casa en mi ciudad natal, solo para cuando extraño Buffalo y quiero pasar un tiempo con mi familia.
Vendimos la casa que perteneció a mis padres porque ninguna de nosotras desea recordar aquella época.
Es como si hubiéramos hecho un acuerdo colectivo y silencioso para no hablar nunca del pasado.
Andrya, la mayor de las tres, se limitó a firmar el documento mediante el cual renunciaba a su parte, así que Daylin y yo nos repartimos el dinero.
Con lo que me correspondió, compré otra casa diminuta, a la que llamo mi paraíso en la Tierra porque tiene un jardín hermoso y es el lugar al que siempre huyo cuando me siento sola.
Podría renunciar al apartamento, pero Buffalo no siempre me trae buenos recuerdos, así que decidí que lo ideal sería tener más de una opción donde vivir. Sin embargo, debido a eso, me queda poco dinero de mis ahorros para costear los cursos prácticos.
El último que hice me costó diez mil euros.
Tenía pensado hacer uno más corto durante estos días que pasaré en París porque necesito acumular horas de vuelo, y costaría unos ocho mil euros.
No tengo vida social y trabajo más que la mayoría para ahorrar hasta el último centavo.
Sin embargo, para obtener mi licencia de piloto comercial, o CPL, el curso cuesta alrededor de cien mil dólares y, en mi país, necesito acumular un mínimo de doscientas cincuenta horas de vuelo.
Eso significa que quizá, cerca de los treinta años, consiga cumplir mi sueño de ser piloto comercial.
¿Ahorrar cien mil dólares? No sé cómo será posible.
—Hemos llegado, señorita Bramwell.
—¿El señor Yavuz Aydin ya está aquí tam…?
Interrumpo la frase a la mitad y aprieto las manos sobre mi regazo cuando veo un automóvil estacionado a unos veinte metros de nosotros. La puerta del conductor se abre y de su interior sale el hombre más sensual que he tenido la oportunidad de conocer.
Zehab Yavuz Aydin es un espectáculo para la vista y, aunque sé que no debería devorar con los ojos a mi jefe, si vamos a hablar de pecados, tampoco debería haber venido, ¿verdad?
Un error más o uno menos, ¿qué diferencia puede haber?
Además, no puede ver cómo se me cae la baba porque estoy protegida por los vidrios polarizados.
Sin embargo, mi escondite no dura nada, porque estaba tan distraída que no me di cuenta de que el chofer había abierto mi puerta y esperaba a que bajara.
Muerta de vergüenza y segura de que mi piel clara delatará el rubor de mis mejillas, intento reunir toda la dignidad que hay dentro de mí, pero, en cuanto pongo un pie en el suelo y me levanto, mi tobillo se dobla de una manera poco elegante.
Sin embargo, tal como sucedió en el avión, unos brazos fuertes me sostienen.
Zehab es como un felino. Se mueve con rapidez y precisión.
Esta vez, cuando levanto el mentón para mirarlo, lejos del trabajo y olvidando por qué el magnate que me sostiene entre sus brazos está prohibido, rodeo su cuello con los míos.
—¿Tendré que vigilarte todo el tiempo, Charlie?
Siempre pensé que expresiones como “sentir el corazón latiendo en los oídos” y “tener el pulso descontrolado” no eran más que explicaciones trilladas para describir un enamoramiento, pero juro por Dios que estoy experimentando todo eso en este preciso instante.
—No soy su responsabilidad. Mmm… En realidad, no soy nada suyo, señor Yavuz Aydin.
Él baja un poco el rostro y puedo sentir el calor de su respiración.
—Sigue diciéndote eso, es lo que he estado intentando hacer desde que me bajé del avión ayer. Vine a París para una reunión. La terminé antes de tiempo por tu culpa, y lo mínimo que puedes hacer es portarte bien, Charlie.
El calor de su cuerpo interfiere con mis pensamientos.
—No soy una buena chica —miento porque, para ser sincera, mi vida es tan interesante como observar cómo crece el césped.
—Eso no concuerda con lo que me dijiste ayer. —Parece un poco irritado.
—Lo que le dije tiene que ver con mi vida profesional, señor Yavuz Aydin. El hecho de que usted no sea mi tipo no significa que no me guste correr riesgos en mis relaciones.
Dios, ¿qué estoy haciendo? Dentro de poco se echará a reír y yo pasaré todavía más vergüenza que por haber necesitado que me sostuviera dos días seguidos, porque acabo de mentirle al pez gordo al decirle que soy una especie de chica mala con vestido.
Me observa y veo que sus ojos brillan, creo que de diversión, porque sabe que estoy mintiendo. Zehab es el tipo de hombre de cualquier mujer que tenga sangre caliente corriendo por las venas.
—Chica mala. Tendré presente esa información, Charlie. —Baja todavía más la cabeza y, durante un instante, pienso que rozará mi cuello con los labios, pero se limita a inhalar mi aroma—. Me gusta tu perfume.
—No llevo nada aparte del aroma del jabón.
Me observa y, durante varios segundos, siento que me derrito entre sus brazos. Quiero que me bese, que me abrace, que me muerda, que me lleve a su hotel y huela todo mi cuerpo. Ese hombre es como un veneno.
¿Se da cuenta del efecto que ejerce sobre mí?
—¿Ya estás bien como para no caerte?
Me precipito desde el décimo piso del edificio de mis sueños.
—Mmm… Sí. ¿Por qué me trajo aquí?
Me suelta y da un paso hacia atrás.
Vestido con pantalones de jean y una camisa celeste con las mangas dobladas hasta los codos y suficientes botones abiertos como para despertar mis deseos de tocar su piel con los dientes y la lengua, podría pedir una silla y pasar el resto de la mañana deleitándome únicamente con su belleza.
—Intentaste reservar un curso práctico de vuelo. No quedaban plazas. No quería que te marcharas de París frustrada.
Su respuesta no aclara nada, pero consigue que mi estúpido corazón, que comenzaba a tranquilizarse, vuelva a acelerarse.
—¿Y por qué le importa cómo me siento?
—París no es una ciudad de la que uno deba marcharse triste.
Debería darle las gracias y darle la espalda, porque sé que hay mucho más detrás de las intenciones de Zehab de lo que me está contando, pero no consigo moverme.
Estar cerca de él me asusta. Huir de él provoca un efecto todavía peor.
Permanecer atrapada por voluntad propia dentro de la burbuja de su hechizo me deja como drogada. Ese turco es una especie de sustancia sumamente adictiva.
—Es demasiado esfuerzo solo para pasar un día conmigo —digo, porque no permitiré que piense que soy una campesina del interior de Wyoming, aunque eso sea exactamente lo que soy.
Sus ojos se aferran a los míos, como si supiera que el simple hecho de mirarme ya me impide escapar.
—Todavía no quiero explicarte por qué.
No vuelve a tocarme, pero, después de estudiar mi rostro, sus ojos se deslizan por mi cuerpo y lo que consigue hacerme sentir supera con creces todo lo que provocaron otros hombres a los que he besado.
Es una mirada lenta, que no intenta ocultar que codicia cada parte de mí, pero no es algo que me incomode. Me gusta despertar su deseo, aunque sé que estoy adentrándome en el territorio de un depredador acostumbrado a las relaciones casuales.
Se me seca la boca y paso la lengua por mis labios. Zehab sigue el movimiento con la mirada. Estoy a punto de sufrir un infarto cuando extiende el brazo y recorre mi labio inferior con el pulgar.
—Quiero probarte, Charlie, y casi desearía que no fueras tan deliciosa como te ves.