La Esposa Rechazada por ele Magnate (Multimillonarios Turcos nº 5) Capítulo 5
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Capítulo 5

El hombre más detestable que he conocido en toda mi vida.

Solo necesito dos segundos para clasificar al dios moreno y hermoso que prácticamente me echó de su lado cuando yo no intentaba hacer nada más que cumplir con mi trabajo.

Habría sido más fácil si, al hablarme (¿o sería más apropiado decir que me gruñó?), al menos hubiera establecido contacto visual conmigo, porque así habría podido intentar leerlo.

Pero no. El hombre que, estoy segura, es multimillonario, con toda esa altura y ese aroma maravilloso, me despidió como si yo fuera una mosca que lo estaba molestando.

Y lo peor es que tendré que atenderlo durante todo el vuelo, sin importar cuántas veces me trate mal, porque (¡oh, qué afortunada soy!) está en el pasillo que me corresponde.

Ahora ya no parece tan malo ser quien debía atender al «pez gordo» septuagenario de Aureum Airlines. ¿Dónde estará el anciano?

Daría cualquier cosa por no tener que volver a hacerle ninguna pregunta al hombre malhumorado. Sin embargo, no tengo escapatoria.

Maravilloso, Charlie. Es tu primer vuelo en uno de los aviones lujosos de la nueva compañía y ya te encontraste con un pasajero que parece odiarte.

¿O acaso odia al mundo entero?

Gracias a mi don, tengo facilidad para tratar con las personas, incluso con las más detestables.

Hasta el día de hoy nunca he tenido ningún incidente con un pasajero y de ninguna manera permitiré que suceda justo cuando estoy estrenándome en los aviones de clase «A» de la aerolínea más lujosa del mundo.

Estoy prácticamente escondida entre la cabina de mando y la primera clase, tratando de reunir el valor necesario para regresar hasta donde está sentado el malhumorado.

Como una niña que teme encontrarse con el hombre del saco, asomo únicamente la cabeza y miro en la dirección en la que sé que se encuentra.

Lo único que alcanzo a ver es su cabello negro, porque parece estar mirando hacia abajo, hacia su computadora portátil, tal como advertí que hacía cuando volví a pasar junto a él.

Es una lástima para ese arrogante amargado que dentro de poco tendré que ordenarle que guarde su computadora para el despegue.

Disfrutaré cada segundo, pero lo haré con una sonrisa falsa en el rostro, porque no soy estúpida.

Su seguridad en sí mismo es irritante.

Entró en el avión como si la aeronave fuera una extensión de su propia casa. Parece esa clase de hombre que sencillamente no necesita demostrarle nada a nadie. Un rey.

También tiene serios problemas de educación, por supuesto, pero no permitiré que el primer obstáculo me derrote.

¿Fui demasiado “amable”?

No. Lo saludé con la misma sonrisa cortés que les dedico a todos los demás. No vivo en medio de un bosque y este no es el primer hombre atractivo al que atiendo. Además, ni siquiera pude analizar bien su rostro. Supongo que es hermoso porque, en conjunto, parece un verdadero espectáculo.

Alto, de hombros anchos y cuerpo fuerte. Cabello oscuro, corto y piel dorada.

Eso es todo. No hay nada más que pueda decir sobre el pasajero, aparte de que parece un dios y de que no está precisamente de buen humor.

Suspiro. Esperaba que, a estas alturas, ya hubiera recuperado el valor, pero no ha ocurrido nada.

—¿Te sientes mal? —pregunta otra azafata que trabaja en clase económica.

Una pequeña mentira no es pecado, ¿verdad?

—Creo que comí muy poco durante el almuerzo. ¿Podrías hacer por mí la revisión final de primera clase antes del despegue mientras voy al baño a refrescarme el rostro?

—Sí, claro, pero, por desgracia, no podré quedarme durante el vuelo. La clase económica está llena.

—No, está bien. Te deberé una. Muchas gracias.

Cuando muera, iré al infierno. Linara es una persona dulce que trabajaba conmigo en la antigua compañía y también es alguien a quien sabría cómo tratar incluso si no tuviera el don de interpretar las expresiones faciales, porque es honesta hasta la médula.

¿Me estoy aprovechando de su buena voluntad?

Sin duda, pero tengo una buena razón para hacerlo.

No quiero que me despidan de esta gran aerolínea.

Trabajar para Aureum Airlines es un sueño que muchas personas llevan años acariciando.

No puedo desperdiciar esta oportunidad por culpa de un pasajero desagradable.

Le sonrío y, después de que me desea que me recupere, me dirijo al baño.

No existe la menor posibilidad de que haga lo que le dije (lavarme la cara), porque estoy maquillada.

Así que me limito a comprobar que el rímel no esté corrido y que el lápiz labial rojo siga en su sitio.

Salgo del baño justo cuando el comandante ordena que la tripulación también se siente y se abroche los cinturones de seguridad.

Quince minutos después, una vez alcanzada la altitud de crucero, se apaga la señal de los cinturones de seguridad y tengo que comenzar a trabajar.

Intento recordar qué haría mi padre en mi lugar.

No son muchas las ocasiones en las que me permito pensar en él, pero, de vez en cuando, sucede, sobre todo cuando me encuentro en situaciones desesperadas como esta.

Si había algo que hacía bien, además de leer a sus oponentes (y, a diferencia de mí, él no tenía ninguna limitación para interpretar las expresiones faciales de las personas a las que amaba), era mantener un verdadero “rostro de jugador de póker”, lo que hacía imposible que alguien supiera qué estaba pensando.

El único momento en el que no conseguía controlarse era cuando discutía con mi madre.

Sonrío a mis compañeros de equipo y levanto el mentón, tratando de demostrar seguridad en mí misma.

Me detengo a hablar con los pasajeros de la primera fila y les explico las opciones del menú de la cena (que, dicho sea de paso, son dignas de un restaurante con estrellas Michelin).

Me siento más segura porque son una pareja de ancianos muy simpáticos y tienen un acento del sur de mi país, probablemente de alguna de las Carolinas[6], si tuviera que adivinar, lo que me ayuda a relajarme.

Sin embargo, esa sensación de paz desaparece enseguida cuando levanto la cabeza y descubro que los ojos del hombre hermoso y malhumorado están fijos en mí.

Sus ojos tienen un color difícil de definir. Son negros, pero poseen un brillo grisáceo, semejante al del acero inoxidable.

No son unos ojos discretos. Son de esa clase que te examinan sin el menor reparo.

Vuelvo a sentirme desconcertada al descubrir que no puedo leerlo, algo que no tiene ningún sentido. Esa incapacidad siempre se había limitado a mi familia. ¿Estoy perdiendo el don?

Por un momento, olvido dónde estoy. Siento como si hubiera recibido una descarga eléctrica; tengo la impresión de que no puedo respirar.

Él no sonríe ni demuestra que quiera hablar conmigo porque necesita algo. Se limita a observarme y, aunque sé que debo dejar de mirarlo después de lo que parece una eternidad, no hago otra cosa que sostenerle la mirada.