Capítulo 4
Miro la hora en mi reloj para asegurarme de estar administrando bien el tiempo mientras realizo las últimas comprobaciones antes de que lleguen los pasajeros.
Estoy a punto de sufrir un infarto porque me dijeron que el director de esta aerolínea, a la que fui transferida hace menos de un mes después de que Aureum Airlines absorbiera la empresa en la que trabajaba antes, viajará en este vuelo.
Como si no fuera suficiente con que esta sea la primera vez que trabajo en un avión tan lujoso (y ni siquiera es el más sofisticado de su flota y, aun así, tiene baños exclusivos para primera clase), ¿también tendré que atender al jefe?
Mi dulce Señor Jesús, ¿qué pasará si le derramo champán o, peor aún, vino tinto encima?
Si no estuviera tan corta de tiempo, buscaría información en internet para reconocerlo en cuanto lo viera y ofrecerle así la mejor atención de toda mi vida.
Sin embargo, además de que no sé exactamente a qué “director” se refieren, porque podría ser el director ejecutivo[4], el director financiero[5] o incluso el accionista mayoritario, según escuché comentar hace un momento al resto del equipo, no puedo detenerme a investigar.
Dicen que el hombre tiene fama de ser un multimillonario frío y despiadado.
Espero encontrarme con alguien de unos setenta años y con aspecto de abuelo, así que prestaré atención a los pasajeros de mayor edad e intentaré “leerlo” para saber cómo complacerlo.
También existe la posibilidad de que no se encuentre en el pasillo que me corresponde atender.
¡Por favor, Dios, haz que no esté allí!
Aureum Airlines es considerada una aerolínea de excelencia en el ámbito de los vuelos comerciales, y es un privilegio que hayan decidido conservarme en la empresa.
Por desgracia, la vida no es un cuento de hadas, así que Easton y Hayana también fueron transferidos.
Al menos, desde que nos informaron que nuestra antigua empresa había sido vendida, ya no trabajamos en los mismos vuelos.
Mientras recorro la cabina y reviso los asientos de primera clase, intento recordar todos los detalles que debo comprobar.
El avión más lujoso de la compañía, que no es este en el que me encuentro hoy, es el Airbus A380. Allí no hay simples asientos en primera clase, sino suites privadas con puertas corredizas y acabados de madera maciza y metal pulido bañado en oro.
Los asientos de la aeronave no son solamente sillones reclinables como los de otras aerolíneas, sino que prácticamente se convierten en camas, y el edredón con el que se cubren los pasajeros está confeccionado con algodón egipcio.
Por supuesto, hay detalles que están presentes tanto en el Airbus A380 como en este avión en el que me encuentro, el Boeing 777. Por ejemplo, cada pasajero dispone de un minibar personal con agua Perrier, agua sin gas, jugos y vinos.
La diferencia en este avión es que los pasajeros de la fila central pueden bajar el separador y conversar, si así lo desean. No es posible aislarse por completo.
¡Pobres millonarios! Imaginen tener que saludar al magnate del otro lado. Qué vida tan difícil, ¿verdad?
No sé si quiero trabajar en el Airbus A380. Si ya estoy nerviosa en este avión, probablemente tendría que tomarme un tranquilizante para trabajar en el otro.
La voz del jefe de la tripulación de cabina suena por el altavoz y pregunta si ya se ha comprobado todo en primera clase.
—Primera clase lista para el embarque dentro de diez minutos —respondo después de respirar profundamente.
Me acomodo el moño. Paso las manos por el uniforme para asegurarme de que todo esté en su lugar, pero decido ir al baño para comprobar que no tengo lápiz labial en los dientes. Quiero lucir impecable y profesional.
Cinco minutos después, regreso a la cabina y espero junto a mis compañeros de equipo a que comience el embarque.
Cálmate, Charlie. Solo tienes que leer a cada uno de los pasajeros que debas atender y todo saldrá bien. No conseguiste este puesto por casualidad.
—¿Estás bien? —pregunta en voz baja uno de los pilotos.
—Estoy un poco nerviosa.
—Tranquilízate, muchacha. Todo saldrá bien. Concéntrate en el lado positivo: dentro de poco estaremos en París y la noche apenas comienza —dice, pero ninguno de los dos imaginaba que trabajar en ese vuelo cambiaría mi vida para siempre.
Zehab
El vuelo será corto, de menos de dos horas, pero habría preferido que se realizara en el Airbus A380. Allí habría dispuesto de una suite privada en la que no existiría el riesgo de que alguien intentara entablar una conversación inútil conmigo.
Por desgracia, el único asiento que Emre consiguió fue en esta aeronave y, como ya sé, estaré sentado al lado de ese director.
Aunque hay una especie de pared que separa los asientos y que pienso mantener levantada, no tengo ninguna duda de que, tarde o temprano, el hombre intentará conversar conmigo.
¿Por qué no lo haría? Nadie desaprovecharía la oportunidad de intentar hablar con quien probablemente se convertirá en el futuro accionista mayoritario de la empresa para la que trabaja.
Mientras espero mi turno para abordar, intento controlar la irritación que me provocan los sonidos característicos de las puertas de embarque.
Personas hablando demasiado alto, discusiones en la fila.
En este momento podría estar con los ojos cerrados en mi propio avión, sin tener que interactuar con ningún ser humano.
No odio a la humanidad. La mayor parte del tiempo soy capaz de entablar conversaciones, incluso las inútiles. Sé que aquel infeliz de la reunión de hace un momento fue quien arruinó mi humor.
Un cuarto de hora después, ya estoy dentro del avión y el equipo encargado de atender la primera clase me dirige los saludos habituales, a los que respondo con un movimiento de cabeza sin mirar a ninguno de ellos.
Transcurren unos diez minutos antes de que oiga decir a una azafata:
—Buenas noches. Bienvenido a Aureum Airlines. Es un placer tenerlo con nosotros. ¿Le gustaría beber algo, señor?
Ambos sabemos que hay un minibar personal integrado junto al asiento y que podría servirme lo que quisiera, pero sé que ella se limita a seguir el protocolo. La empleada debe asegurarse de que tenga todo lo que necesito.
No sabría decir si la mujer es rubia, morena o pelirroja. Ni siquiera miro en su dirección.
—No, gracias —respondo sin levantar la vista.
—Estaré a su disposición si necesita algo. Solo tiene que presionar el botón que está a su…
—Ya lo sé —la interrumpo.
Oigo cómo sus pasos se alejan.
Me aflojo la corbata y me pongo de pie para quitarme el saco, pero, antes de que pueda colgarlo, oigo la misma voz a mis espaldas:
—¿Puedo guardarlo por usted, señor?
—No, gracias. Estoy bien.
Me siento y tomo la computadora portátil. Abro la mesa plegable y comienzo a trabajar, con la esperanza de que sea una señal lo suficientemente clara para que cualquiera comprenda que no quiero que me molesten.