Capítulo 2
Percibo el dolor en su tono y, durante unos segundos, pienso en cómo responderle.
Andrya es doce años mayor que yo y seis años mayor que Daylin. Es como si cada una de nosotras hubiera sido un accidente, porque mi madre dejó un intervalo de seis años entre cada hija.
Cuando mi padre falleció, Andrya ya estaba a punto de marcharse de casa. Pero no sería una de esas partidas en las que uno regresa para visitar a la familia el Día de la Madre, en los cumpleaños y en Navidad. Sería una despedida definitiva.
Y eso fue exactamente lo que hizo. Se marchó sin mirar atrás.
A excepción de cuando vino al funeral de nuestra madre y a la boda de nuestra hermana del medio, que fue hace ya cinco años, no he vuelto a verla.
Daylin todavía habla con ella por teléfono de vez en cuando, pero la última vez que intenté llamarla, Andrya no respondió. Le envié un mensaje y tardó una semana en contestarme, así que entendí la indirecta.
No quería tener una relación cercana conmigo.
Sí, conmigo, porque, aunque nunca volvió a poner un pie en Buffalo ni en Wyoming, al menos hasta donde yo sé, mi hermana habla por teléfono con Daylin y, como mínimo, se mantiene al tanto de su vida.
—No sé qué decirte, salvo que no me sorprende, Daylin. —Hago una pausa y pienso con cuidado en lo que voy a decir a continuación, porque no quiero lastimarla.
Estoy segura de que mi hermana del medio es feliz con la vida sencilla que lleva.
Se casó con su primer novio, es madre de tres niños hermosos y tiene una vida equilibrada, porque construyó un hogar lleno de amor y respeto, a diferencia de lo que ocurría en nuestra casa mientras crecíamos.
La amo con todo mi corazón, pero a veces parece demasiado ingenua para este mundo. No se da cuenta, por ejemplo, de que Andrya se avergüenza de nuestros orígenes; de nosotras.
No tengo ninguna duda de que esa es la razón por la que no quiere que ninguna de las dos asista a su boda. En lo que respecta a mí, no esperaba nada diferente. Si no quiere hablar conmigo por teléfono y no me ve desde hace siglos, ¿por qué iba a querer que asistiera a su boda?
No me importa. La eliminé de mi vida hasta que ella decida dar el primer paso y hablar conmigo, algo que, después de tantos años, no creo que vaya a suceder.
Sin embargo, tengo la piel curtida. No cualquier cosa consigue lastimarme, pero, por el tono de Daylin, sé que está dolida porque nuestra hermana mayor no quiere que ninguna de nosotras esté presente en el que se supone que será el día más feliz de su vida.
—¿Por qué crees que Andrya es así, Charlie?
—No creo que estés preparada para escuchar la respuesta.
—Dímela. Ya lloré por esto esta mañana.
—Creo que quiere olvidar que existimos. Ya no considera que forma parte de nuestra familia, Daylin.
—¿Porque ahora es una actriz famosa?
—No, desde mucho antes de eso. Creo que, cuando dejamos de utilizar el apellido de nuestro padre, Andrya también nos borró de su mundo.
Cuando recibimos la noticia de la muerte de nuestro padre, no teníamos idea de lo que nos esperaba.
El caos fue tan grande que nuestra madre consideró que lo mejor era que dejáramos de utilizar su apellido.
Aunque en nuestra ciudad todos se conocían y no teníamos manera de escondernos, al menos, cuando creciéramos, podríamos vivir en paz.
Y, por mucho que durante bastante tiempo le haya guardado rencor por aquello, ella tenía razón. En la actualidad, nadie recuerda nuestro pasado. Ni siquiera se lo mencionan a Daylin, que todavía vive en Buffalo.
—Andrya todavía habla conmigo —dice mi hermana, devolviéndome al presente.
“Porque tú siempre vas detrás de ella”, pienso, pero no quiero disgustarla.
—¿Con quién va a casarse?
—¿No te lo imaginas? Con un millonario, por supuesto. Lo busqué en internet y había un montón de noticias en las columnas de chismes. Es un hombre atractivo. Mucho mayor que ella.
—¿También es actor?
—Mmm… Creo que no. Si mal no recuerdo, es empresario. No quiero ser entrometida, pero ¿no te parece extraño que un hombre de más de cincuenta años nunca se haya casado?
—¿Cómo sabes eso?
—Ella me lo contó.
—Hay muchas razones por las que alguien puede no querer casarse, Daylin.
—No se me ocurre ninguna. Tener una familia es lo más maravilloso del mundo.
—Apoyar la cabeza en la almohada sin preguntarte si tu marido te está engañando es lo más maravilloso del mundo.
—No todo el mundo es como nuestro padre, Charlie. —Hace una pausa y sé lo que preguntará a continuación—. ¿Estás saliendo con alguien?
—No.
—¿Y qué pasó con aquel piloto?
Pienso en ese imbécil mentiroso de Easton.
—Después de nuestra segunda cena, descubrí que estaba casado.
—Qué asco. Deberías volver a casa al menos durante tus vacaciones. Un primo de mi marido acaba de comprar una granja en Buffalo. Le mostré una fotografía tuya y…
—¡No hiciste eso! Dios, Daylin, ¡ya no estamos en la escuela secundaria!
Ella suelta una carcajada.
—Claro que lo hice, y le pareciste hermosa. Quiero que me hagas una promesa.
—¿Cuál?
—Pase lo que pase, nunca nos separaremos. Jamás dejaremos de hablarnos ni de querernos, ni siquiera cuando estemos enfadadas la una con la otra.
—Es la promesa más fácil de cumplir del mundo, cariño. Ahora tengo que irme. Dales un beso a los niños de mi parte y dile a ese vaquero con el que te casaste que te cuide bien. Te quiero.
—Yo también te quiero, Charlie. Envíame un mensaje para avisarme cuando llegues a Ámsterdam.
—A París.
—Eso fue lo que dije.