La esposa que regresó CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

La Boda Griega

Decidieron esperar seis meses después del nacimiento de Elpida para celebrar la boda religiosa ortodoxa, tanto para que Ashley se recuperara completamente del parto como para darle a la pequeña la edad suficiente para participar, aunque fuera de manera simbólica, en una ceremonia que ninguno de los dos quería apresurar después de meses de crisis que ya habían robado suficiente tiempo de celebración genuina.

La iglesia de Agios Nikolaos, en Miconos, elegida por su cercanía a la finca familiar y por una pequeña capilla de piedra blanca que Elena había insistido era la más fotogénica de toda la isla, se llenó esa mañana de octubre con una mezcla de invitados que habría sido impensable apenas un año atrás: la aristocracia naviera griega completa, representantes de Griffin Hospitality desde Boston y Nueva York, Despina sentada junto a Calista y Lily como si las tres hubieran sido amigas de toda la vida, y, en un gesto que sorprendió a más de un invitado, una invitación discreta extendida a Xenia, quien, después de cumplir su sentencia comunitaria por la filtración de documentos y de retirarse completamente de la moda para estudiar diseño formalmente, había aceptado, con una gratitud genuina que sorprendió incluso a Calista, asistir como invitada y no como sombra incómoda del pasado.

El padre Yannis, sacerdote de la familia Lykos durante tres generaciones, condujo la ceremonia con la solemnidad tradicional de la liturgia ortodoxa: las coronas entrelazadas, los anillos intercambiados tres veces, la copa compartida de vino como símbolo de las alegrías y las penas que compartirían juntos en adelante, cada elemento cargado de un peso simbólico que Ashley, criada en la tradición episcopal más sobria de Newport, sintió con una intensidad que no esperaba.

—Lo que Dios ha unido, que ningún hombre lo separe —dijo el padre Yannis, en griego primero y luego en inglés, mientras colocaba las coronas trenzadas con flores blancas sobre las cabezas de ambos, conectadas por una cinta blanca que simbolizaba la unidad que estaban formalizando ante Dios y ante sus dos familias.

Elpida, de seis meses, sostenida por Calista durante la mayor parte de la ceremonia, eligió el momento exacto del intercambio de votos para soltar una risa estridente y completamente inapropiada que rompió, por un instante glorioso, toda la solemnidad de la liturgia, provocando risas contenidas en toda la congregación y una sonrisa genuina en el rostro normalmente compuesto del padre Yannis.

—Creo que esa fue su manera de dar su aprobación oficial —susurró Leonidas, mientras intercambiaba una mirada divertida con Ashley.

Después de la ceremonia, la recepción se extendió hasta tarde en la noche en los jardines de la finca, iluminados por antorchas y luces colgantes que Elena había supervisado personalmente durante semanas, con música que alternaba entre tradiciones griegas y americanas de una manera que Lily describió, con su humor característico, como «la fusión cultural más exitosa desde el gyro con queso americano».

Richard se levantó hacia el final de la noche para ofrecer un brindis que sorprendió, por su brevedad y su honestidad, a todos los presentes.

—Hace casi tres años, conocí a un hombre que casi me costó perder a mi hija dos veces: primero por el dolor que compartieron, y después por mi propio orgullo terco al no querer perdonarlo lo suficientemente rápido. —Levantó su copa hacia Leonidas—. Pero he visto, con mis propios ojos, durante el último año, exactamente el tipo de hombre en el que se ha convertido, y quiero decir, frente a todos los presentes, que no podría haber elegido un mejor padre para mis nietas, ni un mejor compañero para mi hija. Por Leonidas y Ashley. Por dos imperios que se convirtieron, contra todo pronóstico, en una sola familia.

Más tarde, cuando la mayoría de los invitados ya se habían retirado y solo quedaban las dos familias más cercanas alrededor de una mesa llena de copas vacías, Lily insistió en organizar lo que llamó «el baile obligatorio de los suegros», arrastrando a Kostas a la pista improvisada en el jardín mientras la orquesta tocaba algo que era, simultáneamente, sirtaki griego y swing americano, una fusión que solo podía haber surgido de una boda exactamente como esta.

—Tu hermana es un peligro absoluto —le dijo Leonidas a Ashley, observando a Kostas intentar, con dignidad decreciente, seguir el ritmo improvisado.

—Mi hermana es exactamente lo que esta familia necesitaba para dejar de tomarse tan en serio a sí misma —respondió Ashley, riendo de una manera que Leonidas no recordaba haberla visto reír en los primeros meses de su reencuentro, sin ninguna sombra de cautela detrás de la alegría.

Cuando finalmente les tocó a ellos bailar, lejos ya de cualquier protocolo ceremonial, Leonidas la sostuvo cerca, su frente contra la de ella, moviéndose apenas al ritmo de una canción lenta que ninguno de los dos reconocía ni le importaba reconocer.

—¿Sabes lo que más me sorprende de hoy? —dijo Ashley—. Que no sentí ni un solo momento de duda. Ni durante los votos, ni durante la copa compartida, ni ahora. Solo certeza.

—Yo sentí exactamente un momento de duda —admitió Leonidas—. Cuando el padre Yannis tardó tres segundos de más en encontrar los anillos, y por un instante absurdo pensé que el universo había decidido, una vez más, jugarnos una mala broma. —Sonrió contra su pelo—. Pero los encontró, y la duda duró exactamente tres segundos, lo cual, para un hombre como yo, ya es un récord notable de tranquilidad.