CAPÍTULO 36
Verano en Miconos
El primer verano completo de Elpida transcurrió, en gran parte, entre la finca familiar de Miconos y las visitas frecuentes de la familia Griffin, que había comenzado a tratar la isla griega casi como una segunda casa propia, para sorpresa de nadie más que del mismo Richard, quien admitía, entre risas, que nunca imaginó pasar tantas semanas al año en una propiedad que no le pertenecía.
Ashley, recuperando gradualmente el ritmo de su trabajo en Meridian Design Studio mientras supervisaba las fases finales de construcción de Punta Helios, encontró en esos meses de verano una calidad de vida que no había experimentado desde antes de la muerte de Petra: días divididos entre planos arquitectónicos y tardes en la playa, Leonidas cargando a Elpida sobre los hombros mientras caminaban por la arena, las dos familias reunidas casi cada noche alrededor de mesas largas llenas de pescado fresco y vino local.
—¿Sabes qué es lo más extraño de todo esto? —le dijo Ashley a Leonidas una tarde, observando a Elpida intentar, sin éxito, atrapar las olas con sus manos pequeñas—. Hace un año, no podía imaginar sentirme genuinamente feliz otra vez. Y ahora, la felicidad casi se siente como el estado normal de las cosas, lo cual de alguna manera se siente más aterrador que el duelo mismo, porque significa que tengo mucho más que perder.
—Entonces protejámoslo juntos —dijo Leonidas, tomando su mano—. No con el control que aprendí de mi padre, sino con la presencia genuina que estoy aprendiendo a practicar todos los días. No puedo prometerte que nada malo va a pasar otra vez, Ashley. Pero puedo prometerte que vamos a disfrutar completamente cada momento bueno mientras dure, en lugar de pasarlo con miedo de que termine.
Despina visitó dos veces ese verano, cada vez quedándose varios días en la finca, jugando con Elpida con una ternura que sorprendía incluso a Elena, quien había esperado, durante años, sentir algún tipo de incomodidad ante la presencia de la primera esposa de su hijo y en cambio encontraba, cada vez, una calidez genuina que ya no parecía requerir ningún esfuerzo.
—¿Sabes? Creo que esta es, posiblemente, la familia más extraña de toda Grecia —comentó Despina una noche, observando la mesa larga llena de Lykos, Griffin, y ella misma, todos riendo de una broma que Lily acababa de contar sobre un desastre culinario de su adolescencia—. Dos exesposas, dos países, dos idiomas, y de alguna manera, todos terminamos aquí, juntos, sin que nadie odie genuinamente a nadie.
—Quizás eso es exactamente lo que hace que funcione —dijo Ashley—. Todos aprendimos, de la manera más dolorosa posible, que aferrarse al resentimiento cuesta mucho más de lo que vale.
Una tarde de agosto, mientras Ashley supervisaba remotamente una reunión de Meridian Design Studio desde la terraza, vio a Leonidas sentado en la arena, completamente solo, sosteniendo a Elpida dormida contra su pecho, sin ningún teléfono cerca, sin ninguna reunión pendiente, simplemente existiendo con su hija de la manera más sencilla posible. Tomó una fotografía sin que él lo notara, y se la envió, esa misma noche, a Despina.
«Mira lo que construimos», escribió, sin ninguna otra explicación.
Despina respondió pocos minutos después: «Mira lo que él construyó, principalmente. Tú solo le diste la oportunidad de hacerlo. Guarda esa foto, Ashley. Algún día Elpida va a necesitar ver exactamente cuánto la amaba su padre incluso en los momentos silenciosos que nadie más estaba mirando.»
Ashley guardó la fotografía, y la imprimió, semanas después, para el primer álbum familiar que había empezado a armar, uno que ya incluía, en sus primeras páginas, una fotografía mucho más antigua y mucho más pequeña: la única fotografía que existía de Petra, tomada por una enfermera del equipo neonatal durante los cuarenta y tres minutos que lucharon por salvarla, y entregada a Ashley meses después del funeral por una trabajadora social del hospital que insistió en que algún día, aunque no supiera todavía cuándo, agradecería tenerla. No la escondió en una caja separada. La puso, deliberadamente, junto a las fotos de Elpida, exactamente como Leonidas había prometido que harían.