CAPÍTULO 33
Elpida
Elpida Lykos nació un domingo de mayo, a las treinta y nueve semanas exactas, después de un parto que la doctora Antoniou describió, con una sonrisa de alivio genuino, como «aburridamente normal, exactamente como debe ser».
No llegó, sin embargo, sin un momento que hizo que ambos corazones se detuvieran brevemente: durante la fase final del trabajo de parto, el monitor fetal mostró una desaceleración breve, apenas unos segundos, suficiente para que dos enfermeras intercambiaran una mirada que Ashley, incluso entre contracciones, no dejó de notar.
—¿Qué está pasando? —preguntó, su voz cargada del terror específico de alguien que ya conocía, en carne propia, la peor versión posible de esta pregunta.
—Nada de qué alarmarse todavía —dijo la doctora Antoniou, con la calma profesional que había aprendido a desplegar precisamente para pacientes con la historia de Ashley—. El corazón del bebé se desaceleró un momento, probablemente por la presión del paso final. Lo estamos vigilando de cerca. Si no se recupera en el próximo minuto, vamos a actuar rápido, pero ahora mismo, señora Griffin, necesito que confíe en este equipo y empuje con toda la fuerza que tiene.
Leonidas, sosteniendo la mano de Ashley con una fuerza que dejaría marcas leves durante días, sintió que todo su cuerpo se congelaba alrededor de un único pensamiento, repetido como una plegaria que ni siquiera sabía que todavía recordaba: no otra vez, no otra vez, no esta familia otra vez.
El corazón de Elpida se recuperó once segundos después, justo cuando la cabeza coronaba, y los siguientes noventa segundos transcurrieron con la velocidad confusa y absoluta de un nacimiento que, contra todos los fantasmas que ambos cargaban, terminó exactamente como debía: con un llanto fuerte, indignado, completamente saludable.
Leonidas estuvo presente en cada minuto, sosteniendo la mano de Ashley con una intensidad que ella sintió en cada hueso, sin ningún rastro del hombre que tres años atrás había necesitado salir de la habitación para procesar su propio terror. Cuando finalmente escucharon el primer llanto, Leonidas sintió que algo se desbloqueaba en su pecho que ni siquiera sabía que seguía cerrado.
—Está perfecta —dijo, con la voz quebrada, sosteniendo a su hija por primera vez, sintiendo el peso diminuto y completamente real de ella contra su pecho—. Ashley, está perfecta.
—Déjame verla —dijo Ashley, todavía recuperándose del esfuerzo del parto, extendiendo los brazos con una urgencia que no admitía demora.
Leonidas colocó a Elpida en sus brazos, y durante un largo momento, ninguno de los dos dijo nada, simplemente observando a la pequeña criatura que respiraba, que se movía, que existía con una vitalidad innegable que ninguno de los dos había permitido completamente esperar hasta este momento exacto.
—Hola, Elpida —susurró Ashley, finalmente, usando el nombre griego que significaba esperanza, elegido meses atrás en una conversación nocturna donde ambos habían acordado que necesitaban algo que reconociera, sin esconder, tanto el dolor que los había traído hasta aquí como la esperanza genuina que sentían hacia adelante—. Tu hermana mayor te está esperando, en cierto sentido, en cada historia que te vamos a contar sobre ella cuando seas lo suficientemente grande para entender. Pero ahora mismo, lo único que importa es que estás aquí, y que estás bien, y que vamos a hacer todo lo posible para que sigas estándolo.
Las familias, esperando en la sala adyacente con una ansiedad que ninguno disimulaba completamente, recibieron la noticia con una explosión de alivio que cruzó, sin ninguna barrera cultural, las dos lenguas y las dos tradiciones representadas en esa sala: Richard llorando abiertamente, algo que Diane juraría después no haber visto en cuarenta años de matrimonio; Kostas y Elena abrazándose con una emoción que ninguno de los dos esperaba sentir tan intensamente; Calista, Lily y Despina, las tres juntas por primera vez, riendo y llorando simultáneamente.
Cuando finalmente les permitieron entrar a conocer a Elpida, Kostas se acercó primero, observando a su nieta con una expresión que Leonidas nunca había visto en el rostro de su padre: una vulnerabilidad completa, sin ningún rastro del control empresarial que normalmente lo definía.
—Bienvenida, pequeña Elpida —dijo, su voz temblando ligeramente—. Eres la prueba de que esta familia, después de todos los errores que cometimos, todavía puede construir algo que valga completamente la pena.