CAPÍTULO 32
La Boda Civil
Decidieron casarse antes de que naciera Elpida, no por presión familiar ni por conveniencia social, sino porque ambos, después de meses de reconstruir algo desde las cenizas de su primer matrimonio, querían que su hija naciera dentro de un compromiso ya formalizado, sin ambigüedad legal ni emocional rodeando su llegada al mundo.
La boda civil, celebrada en el ayuntamiento de Atenas un martes por la mañana, no tuvo nada de la pompa que había rodeado el compromiso roto con Xenia meses atrás: solo las familias más cercanas, Calista llorando discretamente en la segunda fila, Richard sosteniendo la mano de Diane con una emoción que rara vez permitía mostrar tan abiertamente, Kostas y Elena observando con una mezcla de orgullo y alivio genuino, y Despina, presente por invitación expresa de Ashley, sonriendo desde un asiento al fondo de la sala.
—Leonidas Lykos, Ashley Griffin —dijo el funcionario, con la formalidad mínima requerida por la ley griega—. ¿Aceptan unirse en matrimonio, comprometiéndose mutuamente a construir juntos su vida en adelante?
—Acepto —dijo Leonidas, su voz firme, sin ningún rastro de la distancia controlada que había definido cada momento importante de su vida hasta hace pocos meses—. Y prometo, además de lo que la ley requiere, estar presente, completamente presente, para cada momento de lo que venga, bueno o difícil, sin esconderme nunca otra vez detrás del control que aprendí a confundir con fortaleza.
—Acepto —dijo Ashley, sintiendo el peso suave de su vientre de treinta y seis semanas como un recordatorio físico de exactamente cuánto estaba en juego en esta promesa—. Y prometo confiar, esta vez, en decir las cosas difíciles en voz alta en lugar de cargarlas sola, porque aprendí, de la manera más dolorosa posible, que el silencio nunca protege a nadie de verdad.
La ceremonia fue breve, apenas quince minutos, pero el almuerzo que siguió, en un restaurante pequeño cerca del Pireo elegido específicamente por su falta de pretensión, se extendió durante horas, lleno de historias compartidas entre las dos familias que, meses atrás, apenas se toleraban mutuamente.
—Nunca imaginé que terminaría brindando junto a Richard Griffin por la felicidad de mi hijo —le confesó Kostas a Elena, en voz baja, mientras observaban a Richard contar una anécdota sobre los primeros días de Griffin Hospitality que hizo reír genuinamente a toda la mesa.
—Nunca imaginé muchas cosas, Kostas —respondió Elena—. Pero aquí estamos, y creo que esto es exactamente lo que se supone que debe sentirse construir algo que valga la pena: imposible de predecir, pero completamente correcto una vez que llega.
Hacia el final del almuerzo, llegó un mensajero con un ramo modesto de flores blancas y una nota escrita a mano que Calista reconoció de inmediato por la caligrafía: «Felicidades a los dos. Espero que esta vez sea exactamente lo que ambos merecen. Con cariño genuino, sin ningún rencor que valga la pena cargar, Xenia.»
Ashley leyó la nota dos veces y la guardó cuidadosamente en su bolso, sintiendo, contra todo lo que la lógica habría predicho meses atrás, una calidez genuina hacia la mujer que en algún momento había considerado, sin decirlo en voz alta, su principal obstáculo.
—¿Vas a contestarle? —preguntó Calista.
—Ya lo hice —dijo Ashley, mostrándole el teléfono—. Le escribí que espero que encuentre, en su propio camino, algo tan real como esto. Lo digo en serio, Cali. Después de todo lo que pasó, no le deseo nada más que paz genuina.
Esa noche, ya en la intimidad del ático de Kolonaki, Leonidas sostuvo a Ashley junto a la ventana, ambos todavía vestidos con la ropa sencilla de la ceremonia, observando las luces de la ciudad que los había visto romperse y reconstruirse dos veces en la misma vida.
—Esposa —dijo él, probando la palabra como si fuera nueva, aunque técnicamente no lo fuera—. Esta vez para quedarse.
—Esposo —respondió Ashley—. Esta vez sin secretos, sin anulaciones, sin ningún padre con el poder de deshacer lo que decidimos construir juntos.
—Esta vez para siempre, Ashley. Lo prometo con cada parte despiadada y cada parte tierna de quien soy.