La esposa que regresó CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Richard y Leonidas

Richard Griffin extendió su estadía en Atenas más allá de lo que originalmente había planeado, oficialmente para «supervisar de cerca el progreso del proyecto», aunque tanto Ashley como Diane —que lo llamaba cada noche desde Nueva York con una mezcla de preocupación y curiosidad genuina— sabían que la verdadera razón era mucho más simple: Richard no estaba dispuesto a alejarse de su hija mientras su embarazo siguiera siendo médicamente delicado.

Fue durante esas semanas de estadía prolongada que Leonidas encontró, casi por accidente, el momento para la conversación que ambos habían estado evitando desde la primera visita furiosa de Richard a su oficina.

—Quiero contarle algo sobre Petra que nunca le conté —dijo Leonidas, encontrando a Richard solo en la terraza de la finca de Miconos una tarde, observando el mar con la misma intensidad pensativa que Ashley heredaba sin saberlo—. Algo que quizás cambie, aunque sea ligeramente, lo que piensa de mí durante esos meses.

Richard no respondió de inmediato, pero su silencio tenía la calidad de quien está dispuesto a escuchar, lo cual, considerando los meses anteriores, ya era un avance considerable.

—La noche que murió, no me derrumbé, señor Griffin. Ese fue el problema. —La voz de Leonidas se mantuvo firme, pero algo en su mirada se quebró ligeramente—. Mientras Ashley todavía estaba sedada, ya había decidido quién hablaría con la prensa, qué ataúd elegiría, qué veinte minutos exactos duraría el funeral, y quién entraría a esa capilla. No le pregunté una sola vez qué necesitaba ella. Ni siquiera le pregunté si quería sostener a Petra antes de que se la llevaran. Decidí, en las horas más oscuras de la vida de los dos, que la única manera de sobrevivir era controlarlo absolutamente todo, y al hacerlo, la dejé completamente sola dentro de su propio duelo, en la misma habitación donde yo estaba de pie, a un metro de distancia.

—¿Por qué me cuenta esto ahora?

—Porque quiero que entienda que el hombre que le falló a su hija después de la muerte de Petra no le falló por indiferencia, señor Griffin. Le falló por necesitar controlar el dolor de la misma manera en que controlo una negociación hostil, sin dejar espacio para que ella sintiera nada que yo no pudiera gestionar primero. Eso no excusa el daño que causé. Pero quiero que sepa que he pasado los últimos tres años, y especialmente los últimos meses, aprendiendo a soltar exactamente ese control, precisamente para no repetir ese error con este embarazo, con Ashley, con el futuro que estamos construyendo juntos otra vez.

Richard se giró para mirarlo directamente, su expresión suavizándose, aunque sin perder del todo la cautela protectora que había definido cada interacción entre ellos hasta ese momento.

—Mi propio padre nunca me mostró debilidad de ninguna forma, Leonidas. Construí Griffin Hospitality creyendo, durante décadas, que la fortaleza significaba exactamente lo que usted describió: control absoluto, ninguna grieta visible. Me tomó casi sesenta años, y la pérdida de mi propia nieta, entender que esa fortaleza tiene un precio que no siempre vale la pena pagar. —Extendió la mano—. Gracias por contarme esto. No borra los últimos tres años. Pero me ayuda a ver que quizás usted ya está haciendo el trabajo necesario para que los próximos no se parezcan a ellos.

Se quedaron un momento en silencio, observando el mar, hasta que Richard, con un gesto que sorprendió a ambos por igual, sirvió dos vasos de un whisky escocés que había traído consigo desde Nueva York, anticipando, según admitió con una media sonrisa, que esta conversación necesitaría algún tipo de acompañamiento.

—Llámame Richard —dijo, ofreciéndole uno de los vasos—. Si vas a ser el padre de mis nietos, creo que ya superamos la etapa del «señor Griffin».

—Richard —repitió Leonidas, probando el nombre en voz alta como si fuera, en sí mismo, una especie de permiso largamente esperado—. Gracias. Y para que conste, espero ganarme ese título con el tiempo, no solo recibirlo por decreto esta noche.

—Ya lo estás haciendo, hijo —dijo Richard, y la palabra, pronunciada sin ningún cálculo previo, pareció sorprenderlo a él mismo tanto como a Leonidas—. Bebamos por eso, y por que la próxima vez que alguno de los dos sienta la necesidad de controlarlo todo, recordemos esta conversación antes de hacerlo.

Brindaron, dos hombres acostumbrados a dirigir imperios completos con la fuerza de su sola voluntad, aprendiendo, lentamente y sin ninguna garantía de éxito, que algunas cosas solo podían construirse soltando, no apretando, el control.