CAPÍTULO 28
Leonidas se Queda
Ashley regresó a casa al día siguiente con instrucciones estrictas de reposo relativo, una lista de señales de alarma que debía vigilar, y una sensación de fragilidad que no había experimentado desde los primeros días después de la muerte de Petra. Leonidas, que había cancelado cada reunión no esencial de las siguientes dos semanas sin discutirlo con nadie, se sentó esa noche en el borde de la cama, junto a ella, y por primera vez desde que se conocían, permitió que las lágrimas que había contenido durante tres años de duelo silencioso encontraran finalmente una salida.
—Lo siento —dijo, su voz quebrándose de una manera que Ashley nunca había escuchado, ni siquiera en los días más oscuros después de Petra—. Siento no haber hecho esto entonces. Siento haberme encerrado en mí mismo cuando más me necesitabas, cuando los dos más nos necesitábamos, y haberte dejado cargar ese duelo prácticamente sola mientras yo desaparecía detrás de reuniones de trabajo y silencios que ahora entiendo, con una claridad que me avergüenza, que eran simplemente cobardía disfrazada de fortaleza.
—Leonidas...
—Déjame terminar, por favor. —Se limpió el rostro con el dorso de la mano, sin ninguna vergüenza por las lágrimas que continuaban cayendo—. Crecí aprendiendo que los hombres Lykos no lloran, que el control es lo único que nos separa de perderlo todo, que mostrar dolor es mostrar debilidad ante quienes solo esperan una oportunidad para aprovecharse de ella. Y cuando Petra murió, en lugar de llorar contigo, en lugar de dejarte ver exactamente cuánto me estaba destruyendo por dentro, elegí encerrarme, trabajar más horas, convertirme en una versión de mí mismo tan controlada que terminé pareciendo indiferente cuando en realidad estaba completamente destrozado. Y te perdí por eso, Ashley. No por falta de amor. Por exceso de un entrenamiento equivocado sobre lo que significaba ser fuerte.
Ashley lo abrazó, sintiendo, por primera vez, que el peso compartido entre ellos era genuinamente compartido, no solo en palabras sino en la manera física en que Leonidas permitió que su cuerpo se desmoronara contra el de ella sin ningún intento de recuperar la compostura.
—No voy a pretender que esas dos semanas de duelo silencioso no me rompieron a mí también, Leonidas. Lo hicieron. Pero estoy aquí ahora, viéndote llorar por primera vez en los casi tres años que te conozco, y eso significa algo que ningún arrepentimiento en palabras podría haber significado por sí solo.
Se quedaron así, abrazados, durante mucho tiempo, mientras afuera Atenas continuaba su ritmo nocturno, ajena a la transformación silenciosa que ocurría en esa habitación: un hombre que finalmente aprendía, a los treinta y siete años, que la verdadera fortaleza no estaba en la ausencia de lágrimas, sino en la disposición a mostrarlas frente a la persona que más necesitaba verlas.
A la mañana siguiente, sin embargo, ese mismo hombre llegó a Pireo y despidió, sin la menor vacilación, a un proveedor de seguridad que había permitido a un fotógrafo independiente acercarse a quince metros de la entrada privada de la clínica el día anterior. No hubo gritos. Hubo, simplemente, una conversación de noventa segundos, una firma en un documento de terminación de contrato, y una instrucción clara al departamento de adquisiciones para que encontrara, antes del final de la semana, una empresa que entendiera exactamente qué significaba proteger a la familia Lykos.
—Sabes que ayer llorabas en mis brazos y hoy despediste a un hombre sin parpadear —le dijo Ashley esa noche, no como acusación, sino como una observación genuinamente curiosa.
—Lo sé —dijo Leonidas, sin ninguna disculpa en la voz—. Y no creo que esas dos versiones de mí vayan a desaparecer nunca, Ashley. Aprendí a llorar contigo. No aprendí, ni quiero aprender, a dejar de proteger ferozmente cada cosa que me importa. Espero que puedas vivir con ambas versiones, porque las dos son completamente reales.
—Puedo vivir con ambas —dijo ella, y lo decía en serio—. Siempre y cuando la versión feroz esté de mi lado, y no en mi contra.
—Siempre va a estar de tu lado, Ashley. Eso es lo único de lo que tengo completa certeza en este mundo.