La esposa que regresó CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

El Riesgo

Ashley sintió la primera contracción a las once de la noche, treinta y dos semanas exactas de embarazo, mientras revisaba planos de Punta Helios en la mesa del comedor del apartamento que Leonidas había insistido en que compartieran desde el escándalo de prensa, argumentando, con una lógica que Ashley no había logrado refutar del todo, que era más seguro mantenerla cerca mientras la situación seguía inestable.

Al principio, pensó que era simple tensión muscular, el tipo de molestia que cualquier embarazada de treinta y dos semanas podría experimentar después de un día largo. La segunda contracción, doce minutos después, ya no permitía esa interpretación generosa.

—Leonidas. —Su voz, cuando lo llamó desde el comedor, llevaba una calma forzada que él reconoció de inmediato como la máscara de alguien intentando no ceder al pánico—. Creo que necesitamos ir al hospital.

El trayecto a la Clínica Hygeia, que en circunstancias normales tomaba quince minutos, se sintió, para ambos, como una eternidad suspendida fuera del tiempo, cada contracción un recordatorio cruel de otra noche, tres años atrás, que había terminado de la manera más devastadora posible.

—No va a pasar lo mismo —dijo Leonidas, más para sí mismo que para ella, sus manos tensas sobre el volante—. No va a pasar lo mismo, Ashley.

—No sabes eso —dijo ella, y la honestidad brutal de la frase, en lugar de añadir más miedo a la habitación, pareció abrir algo entre ellos que las palabras de consuelo vacío nunca habrían logrado—. Ninguno de los dos sabe eso. Pero esta vez, sea lo que sea que pase, lo vamos a enfrentar juntos.

La doctora Antoniou, que había seguido el embarazo desde el segundo trimestre con un cuidado meticuloso que reflejaba plena conciencia de la historia médica de Ashley, los recibió con la calma profesional necesaria para no añadir pánico a una situación ya suficientemente tensa.

—Las contracciones son reales, pero el cuello uterino todavía no ha cambiado significativamente —explicó, después del examen inicial—. Treinta y dos semanas es pronto para un parto, pero no es, de ninguna manera, una catástrofe garantizada como en otros casos más tempranos. Vamos a darle corticoides para acelerar el desarrollo pulmonar del bebé, por precaución, y la vamos a mantener en observación. Si las contracciones se espacian y se detienen en las próximas horas, podríamos estar hablando simplemente de un susto, no de un parto real.

Las horas siguientes transcurrieron con la lentitud particular de la espera médica: el monitor fetal parpadeando números que ninguno de los dos terminaba de interpretar con certeza, Leonidas de pie junto a la ventana durante los primeros minutos, hasta que Ashley, extendiendo la mano sin decir nada, lo invitó a sentarse junto a ella de una manera que él no había sabido, tres años atrás, cómo aceptar.

—Tengo miedo —dijo él, finalmente, en voz baja, rompiendo un silencio que llevaba la marca particular de todos los silencios que habían compartido durante los últimos meses: cargado, pero ya no hostil.

—Yo también —dijo Ashley—. Y por primera vez, no creo que decirlo en voz alta sea el problema. Creo que el problema, la última vez, fue exactamente lo contrario: cargamos el miedo solos, cada uno por su lado, sin decir nada, como si decirlo lo fuera a hacer más real.

Pasada la medianoche, las contracciones comenzaron, lentamente, a espaciarse, y para las cuatro de la madrugada, la doctora Antoniou regresó con la noticia que ambos habían estado esperando sin atreverse a pedirla directamente.

—Por ahora, parece que el cuerpo decidió darles un susto sin convertirlo en parto real —dijo, con una sonrisa cansada pero genuina—. Vamos a mantenerla en observación esta noche, y si todo sigue estable, podrá irse a casa mañana con reposo relativo y vigilancia más cercana durante las próximas semanas. Pero señora Griffin, señor Lykos: el cuerpo les está enviando un mensaje claro sobre el nivel de estrés que ha estado cargando. Necesitan reducirlo, por el bien del bebé, de la manera que sea necesaria.

Cuando la doctora salió, Leonidas se quedó mirando a Ashley durante un largo momento, la mano todavía entrelazada con la suya, y sintió, debajo del alivio inmenso, una determinación que no había sentido con esa claridad en mucho tiempo.

—Se acabó —dijo—. La guerra con Stavridis, la presión de la junta, incluso la reconstrucción de Punta Helios. Nada de eso vale más que esto, Ashley. Voy a encontrar una manera de proteger todo lo demás sin que nos cueste esto.