CAPÍTULO 26
Kostas Frente a su Pasado
La retirada de Spyros Vassiliou del apoyo político a los permisos portuarios de Punta Helios llegó exactamente como Kostas había anticipado: una llamada breve, formal, sin ninguna mención directa del compromiso roto, citando únicamente «reconsideraciones de calendario legislativo» como excusa oficial para retirar el respaldo que había prometido meses atrás.
Kostas colgó el teléfono y se quedó sentado, solo, en su despacho de Pireo durante casi una hora, sintiendo el peso familiar de una crisis que reconocía con una claridad incómoda: la misma sensación de control deslizándose entre sus dedos que había sentido once años atrás, cuando descubrió la traición del padre de Despina y tuvo que decidir, en cuestión de días, entre proteger el legado de la empresa o proteger la felicidad de su hijo.
Esta vez, decidió, antes de tomar ninguna decisión apresurada, que necesitaba hablar con la única persona que entendía exactamente el costo de aquella primera decisión.
Encontró a Despina en su oficina de correduría de seguros, cerca del puerto, y la sorpresa en su rostro al verlo entrar sin anunciarse fue, por un momento, casi cómica, dada la gravedad de todo lo demás que ocurría en sus vidas.
—Kostas. No esperaba verte aquí.
—Tampoco yo esperaba venir. —Se sentó, sin que se lo ofrecieran, en la silla frente a su escritorio, un eco involuntario de la misma escena que Richard Griffin había repetido semanas atrás en el despacho de Leonidas—. Vine a decirte algo que debí haber dicho hace once años, Despina, y que he seguido posponiendo desde entonces, principalmente por orgullo y, lo admito ahora, por cobardía.
Despina esperó, sin interrumpir, reconociendo en la postura de Kostas algo que nunca había visto en él durante el breve y complicado año en que había sido, técnicamente, su nuera.
—Me equivoqué —dijo Kostas, finalmente—. No al proteger la empresa de la traición de tu padre, eso sigo creyendo que era necesario. Me equivoqué en cómo lo hice. Pude haber encontrado una manera de separar el problema de tu padre del matrimonio de mi hijo. Pude haberte dado la oportunidad de demostrar que tú no eras tu padre, de la misma manera en que Leonidas nunca fue, ni será, yo. En cambio, elegí la solución más rápida y más cruel, y le enseñé a mi hijo, sin querer, que el amor siempre es negociable cuando el negocio está en juego. Y ahora veo a Leonidas a punto de repetir exactamente el patrón que yo le enseñé, esta vez con Ashley, y no puedo permitir que mi propio error se convierta en una herencia familiar.
—¿Qué estás diciendo exactamente, Kostas?
—Estoy diciendo que voy a apoyar a Leonidas, completamente, sin condiciones empresariales adjuntas. Si eso significa encontrar otra ruta política para los permisos de Punta Helios sin depender de Spyros Vassiliou, lo haré. Si eso significa enfrentar a la junta directiva y defender públicamente la relación de mi hijo con Ashley Griffin, lo haré. Y si eso significa, Despina, decirte directamente, después de once años, que lamento profundamente el dolor que te causé, y que ese dolor nunca tuvo nada que ver con tu valor como persona, sino completamente con mi propia incapacidad de imaginar otra manera de proteger lo que construí... entonces eso también lo haré, aquí, ahora, sin más excusas.
Despina sintió que algo, una tensión que había cargado durante más de una década sin nombrarla del todo, se aflojaba, no completamente, pero lo suficiente para respirar de una manera distinta.
—Gracias, Kostas. Eso ayuda más de lo que probablemente esperas. —Se permitió una sonrisa pequeña, casi triste—. Ahora ve a salvar a tu hijo del mismo error que casi te cuesta todo a ti, antes de que sea demasiado tarde para él también.
Kostas asintió, se levantó, y por primera vez en años, salió de una reunión sintiendo que había ganado algo que ningún balance financiero podría jamás cuantificar.
Esa misma tarde, cumplió la primera parte de su promesa: convocó a los tres miembros del comité portuario que había mencionado en la junta directiva, hombres que conocía desde hacía décadas y que respetaban a los Lykos por razones que iban mucho más allá de cualquier favor político de Spyros Vassiliou.
—Necesito una ruta alternativa para los permisos ambientales de Punta Helios —dijo Kostas, sin rodeos, durante una cena discreta en una taberna del Pireo que él mismo había elegido precisamente por su falta de ostentación—. Spyros ha decidido que su capital político vale más que mi palabra, y respeto su derecho a decidirlo así. Pero ustedes tres conocen la calidad de este proyecto, lo conocen desde antes de que existiera ningún escándalo, y quiero saber si están dispuestos a evaluarlo por sus propios méritos en lugar de por la conveniencia política de un solo hombre.
El más veterano de los tres, un ingeniero retirado llamado Petrakis que había trabajado con el abuelo de Leonidas, sonrió con la primera expresión genuinamente cálida que Kostas había visto en una reunión de negocios en semanas.
—Kostas, llevamos cuarenta años viendo a Spyros Vassiliou usar cada proyecto importante de esta costa como moneda de cambio personal. Tu hijo, en cambio, construyó algo que efectivamente protege el ecosistema marino mientras genera empleo real para esta región. No necesitamos el padrinazgo político de Spyros para reconocer eso. Solo necesitábamos que alguien, finalmente, nos lo pidiera directamente en lugar de a través de él.
Kostas regresó esa noche a Miconos con la primera certeza genuina que había sentido en semanas de que Punta Helios, contra todos los obstáculos que se habían amontonado en su camino, todavía tenía una oportunidad real de sobrevivir intacto.