CAPÍTULO 23
Lykos Maritime se Tambalea
La junta directiva de Lykos Maritime se reunió de emergencia un jueves por la tarde, convocada con apenas seis horas de aviso, y Leonidas supo, desde el momento en que entró a la sala y vio los rostros de los siete hombres y dos mujeres que controlaban colectivamente el treinta y ocho por ciento de las acciones de la empresa fuera de la familia, que esta no sería una conversación sobre estrategia naviera.
—El precio de la acción cayó un seis por ciento esta semana —dijo Dimitrios Lekkas, el miembro más antiguo de la junta después de Kostas, sin preámbulos—. Los inversionistas institucionales no compran escándalos de prensa, Leonidas. Compran predictibilidad. Y en este momento, la palabra que más se asocia con tu nombre, en cada mesa de inversión de Atenas a Londres, es «inestable».
—El escándalo de prensa no afecta los fundamentos del negocio —dijo Leonidas—. Punta Helios sigue siendo un proyecto sólido, con un socio sólido, y...
—¿Sigue siéndolo? —interrumpió Lekkas—. Porque tengo entendido, por fuentes que prefiero no nombrar todavía, que Yannis Stavridis se ha estado reuniendo con representantes de Griffin Hospitality Group en los últimos diez días. Y no para hablar del clima de Santorini.
La sala quedó en silencio, y Leonidas sintió, por primera vez en semanas, una grieta de pánico genuino abrirse bajo el control cuidadosamente mantenido que había aprendido a proyectar desde que era adolescente.
La confirmación llegó esa misma noche, no de Lekkas, sino de Lily Griffin, quien llamó a Ashley directamente, sin rodeos, con la urgencia de una hermana que prefería ser la portadora de malas noticias antes que dejar que su hermana las descubriera demasiado tarde.
—Ashley, papá no me ha dicho nada directamente, pero escuché una llamada que no debía escuchar. Stavridis le ofreció a papá un trato: socio griego nuevo, sin el escándalo, sin la prensa, sin ningún vínculo personal complicado entre el dueño de la naviera y la arquitecta del proyecto. Papá no ha aceptado nada. Pero tampoco lo rechazó de inmediato, Ashley, y eso me asusta más que cualquier otra cosa.
Ashley llamó a Leonidas en el momento en que colgó con Lily, y juntos llegaron a la misma conclusión incómoda: si Richard Griffin, furioso y protector como estaba, llegaba a considerar seriamente la oferta de Stavridis, Punta Helios —el proyecto que los había reunido, que Ashley había diseñado con un cuidado que iba mucho más allá de lo profesional— podría desaparecer de las manos de Lykos Maritime sin que ninguna fuerza emocional pudiera impedirlo.
—Tengo que hablar con tu padre —dijo Leonidas—. No como el hombre que ama a su hija. Como el CEO que necesita demostrarle, con números y no con sentimientos, que apostar por Lykos Maritime sigue siendo la decisión correcta.
La reunión, al día siguiente, en la terraza de la finca de Miconos, tenía la tensión particular de dos hombres de negocios que sabían, ambos, que el verdadero tema sobre la mesa no era ningún número.
—Stavridis me ofreció una salida limpia —dijo Richard, sin rodeos—. Sin escándalo. Sin complicaciones personales. Solo negocio, de la manera en que dirigí mi empresa durante cuarenta años antes de que mi hija decidiera enamorarse del CEO de la otra parte de mi sociedad más importante.
—Entonces dígame, señor Griffin, con toda honestidad: ¿Yannis Stavridis le ofreció igualar la visión arquitectónica de Punta Helios que su hija diseñó? ¿O le ofreció simplemente comprar el terreno y el permiso, y construir cualquier resort genérico de lujo que cualquier inversionista con suficiente capital podría construir en cualquier costa del Mediterráneo?
Richard no respondió de inmediato, y Leonidas continuó, sintiendo que finalmente había encontrado el terreno correcto para esta conversación.
—Punta Helios no es solo un negocio para mí, señor Griffin, aunque entiendo perfectamente por qué le costaría creerlo dadas las circunstancias. Es la prueba de que algo bueno puede construirse entre nuestras dos familias, a pesar de todo lo que salió mal antes. Si usted firma con Stavridis, no solo pierde la visión de su hija. Confirma, ante el mundo entero y ante ella misma, que el amor verdaderamente no puede sobrevivir al escrutinio público. Y no creo, señor Griffin, que esa sea realmente la lección que quiere dejarle a su hija, ni a su futuro nieto.
Richard se quedó mirando el mar durante un largo momento, su expresión ilegible incluso para alguien tan acostumbrado a leer salas de juntas como Leonidas.
—No voy a firmar con Stavridis —dijo, finalmente—. Todavía. Pero Leonidas, necesito ver progreso real en lo de Xenia. Palabras ya no son suficientes. Necesito ver el compromiso roto, públicamente, antes de que pueda confiar plenamente en que esta vez es diferente.
Esa misma tarde, Leonidas llamó a Yannis Stavridis directamente, algo que su equipo legal le había recomendado expresamente evitar y que él decidió hacer de todos modos, porque algunas conversaciones, en su experiencia, solo funcionaban cuando se sostenían sin intermediarios.
—Yannis. Qué amable de tu parte intentar quedarte con mi socio americano mientras yo estoy distraído con asuntos personales.
—Leonidas. —La voz de Stavridis sonó genuinamente sorprendida por la llamada, aunque se recuperó rápido—. No es nada personal. Es simplemente buen negocio. Tu naviera está sangrando reputación esta semana, y Punta Helios es demasiado valioso como para dejarlo morir contigo.
—Permíteme ahorrarte tiempo y dinero, Yannis. Richard Griffin no va a firmar contigo, no porque sea leal a mí, sino porque, a diferencia de ti, sabe distinguir entre una empresa temporalmente incómoda y una empresa débil. Lykos Maritime ha sobrevivido guerras navieras, embargos, y una crisis financiera global. Va a sobrevivir un artículo de sociedad. —La voz de Leonidas se mantuvo perfectamente calmada, lo cual, para quien lo conociera bien, era mucho más amenazante que cualquier grito—. Pero quiero que sepas algo, Yannis, para que no haya ninguna sorpresa después: si descubro que estuviste detrás de cualquier filtración de información confidencial sobre este proyecto, no me voy a limitar a defenderme. Voy a dedicar los recursos completos de esta empresa, durante el tiempo que sea necesario, a asegurarme de que cada banco, cada inversionista y cada autoridad portuaria de este país sepa exactamente qué tipo de socio eres. ¿Quedó claro?
Hubo un silencio al otro lado de la línea que confirmó, más elocuentemente que cualquier negación, que Stavridis ya sabía exactamente de qué estaba hablando Leonidas.
—Eso suena a una amenaza, Leonidas.
—Es una promesa, Yannis. Hay una diferencia, y vas a aprenderla de la manera más incómoda posible si me obligas a demostrártela.
Colgó sin esperar respuesta, con la certeza fría de un hombre que había aprendido, generación tras generación, que algunas guerras se ganaban exactamente así: no con el primer golpe, sino con la certeza absoluta, comunicada sin ninguna duda, de que el siguiente golpe sería mucho peor.