La esposa que regresó CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

El Artículo de Stathakou

El artículo apareció a las siete de la mañana, en el momento exacto en que la mitad de Atenas tomaba su café y la otra mitad de Nueva York apenas se preparaba para dormir, y para cuando Leonidas lo vio en su teléfono, ya había sido compartido más de tres mil veces.

«DOS IMPERIOS, UN SECRETO», decía el titular del blog de Niki Stathakou, «Atenas de Noche», acompañado de una fotografía granulada pero inequívoca: Leonidas y Ashley, en la terraza de la finca de Miconos, en un momento de cercanía que ninguno de los dos recordaba haber permitido que fuera fotografiado. El artículo no afirmaba directamente que Ashley estuviera embarazada —Niki, para su crédito profesional, todavía no tenía esa confirmación—, pero insinuaba lo suficiente, mencionando «cambios visibles» y «una clínica privada visitada con frecuencia inusual», como para que cualquier lector con paciencia pudiera sumar las piezas.

Peor aún, para Leonidas: el artículo desenterraba, con una precisión que sugería una fuente con acceso a registros antiguos, la historia de la boda secreta en Hidra, ocho años atrás. Nombres, fecha, el oficiante, incluso una descripción del vestido de Ashley que solo alguien presente —o alguien con acceso a fotografías privadas— podría conocer.

—Alguien filtró esto —dijo Leonidas, entrando a la oficina de Calista sin tocar la puerta, el teléfono todavía en la mano—. Alguien con acceso a fotos privadas de Hidra. Eso no es trabajo de investigación pública, Cali. Eso es alguien de dentro.

Calista, pálida, no necesitó preguntar quién podría tener ese tipo de acceso. Solo un puñado de personas habían estado lo suficientemente cerca de la familia Lykos para conocer los detalles de Hidra: los padres de Leonidas, la propia Calista, y —por una filtración que ahora parecía obvia en retrospectiva— Xenia, a quien Calista, en un momento de confianza años atrás, le había contado la historia completa, incluyendo el nombre del oficiante y una fotografía que Leonidas le había mostrado una sola vez, en un momento de vulnerabilidad poco característico.

—No puedo creer que ella haría esto —dijo Calista, aunque su voz ya cargaba la sospecha que no quería confirmar todavía.

—Yo tampoco quiero creerlo —dijo Leonidas—. Pero alguien lo hizo, Cali. Y necesito saber quién, antes de que esto destruya todo lo que estamos intentando construir.

En la finca de Miconos, Elena Lykos leyó el mismo artículo con una mano apretada contra el pecho, y Kostas, sentado frente a ella en la mesa del desayuno, sintió la familiar y nauseabunda sensación de la historia repitiéndose: otra mujer, otro escándalo, otra decisión inminente sobre qué proteger primero, el honor familiar o la felicidad de su hijo.

—Spyros va a llamar en cualquier momento —dijo Elena—. Y cuando lo haga, Kostas, necesito que pienses con mucho cuidado antes de prometerle nada sobre los permisos de Punta Helios a cambio de mantener este compromiso unido. Porque esta vez, no estoy segura de que sea lo correcto.

La llamada de Spyros Vassiliou llegó exactamente once minutos después, y su tono —frío, calculado, con la precisión de un hombre que había construido su carrera política sobre la base de nunca mostrar la mano completa antes de tiempo— no dejó duda alguna sobre sus prioridades.

—Kostas, este artículo es un problema serio para todos. Mi hija aparece, en los ojos del público, como la prometida humillada de un hombre que está secretamente esperando un hijo de otra mujer. Eso no es solo vergonzoso. Es políticamente tóxico para mí, en un momento en que necesito exactamente el tipo de capital político limpio que esta historia está manchando.

—¿Qué propone, Spyros?

—Propongo que contengamos el daño rápidamente. Su hijo emite un comunicado negando categóricamente cualquier infidelidad, la boda se mantiene en la fecha programada, y este... episodio con la americana se cierra de manera privada y discreta, como debió cerrarse desde el principio. —Una pausa calculada—. O, alternativamente, si su hijo insiste en continuar esta indiscreción públicamente, voy a tener que reconsiderar mi apoyo a los permisos portuarios de Punta Helios. No por venganza, Kostas. Simplemente porque ya no tendría ningún incentivo político para arriesgar mi capital defendiendo un proyecto vinculado a un escándalo de esta naturaleza.

Kostas colgó el teléfono y se quedó mirando, durante un largo momento, el mar gris que se extendía más allá de la terraza, sintiendo el peso familiar de una decisión que ya había tomado mal una vez, hacía once años, con consecuencias que todavía no terminaba de pagar del todo.

—Elena —dijo, finalmente—, creo que acabamos de descubrir exactamente cuánto vale, en realidad, el apoyo de Spyros Vassiliou. Y no estoy seguro de que sea un precio que esta familia deba seguir pagando.

Leonidas encontró a Ashley esa misma tarde en el apartamento que ella todavía mantenía, oficialmente, separado del suyo —una distinción que a esas alturas ya nadie en ninguna de las dos familias se creía del todo—, con el teléfono lleno de notificaciones que ella había dejado de revisar después de la décima.

—Recoge lo que necesites para esta noche —dijo él, sin preámbulo, ya recorriendo el salón con la mirada como si estuviera calculando logística de seguridad—. Te quedas en mi ático hasta que sepamos exactamente qué tiene Stathakou y de dónde lo sacó.

—No voy a esconderme, Leonidas.

—No te estoy pidiendo que te escondas. Te estoy pidiendo que no duermas sola en un apartamento cuya dirección probablemente ya tiene media prensa de sociedad ateniense, embarazada de mi hijo, mientras yo todavía no sé si esto fue un fotógrafo con suerte o alguien con acceso real a información privada.

—Eso es exactamente lo que dijiste sobre Despina hace meses, y mira cómo terminó esa historia.

La comparación lo detuvo en seco, y por un instante Ashley vio, con una claridad que la sorprendió incluso a ella, el esfuerzo físico que le costó a Leonidas no responder con la primera frase que le vino a la cabeza.

—Tienes razón —dijo, finalmente, su voz más controlada—. No te estoy pidiendo esto para controlarte. Te lo estoy pidiendo porque la idea de que algo te pase, a ti o al bebé, mientras yo estoy a quince minutos de distancia revisando comunicados de prensa, es algo que no puedo permitirme considerar siquiera por un segundo sin que se me revuelva completamente el estómago. Llámalo lo que quieras, Ashley. Posesividad, instinto, miedo disfrazado de control. Pero esta noche, por favor, déjame tenerte cerca.

Ashley lo estudió durante un momento largo, reconociendo en esa honestidad cruda algo que el Leonidas de tres años atrás nunca habría sido capaz de articular: no una orden disfrazada de preocupación, sino el miedo desnudo, sin ningún intento de disfrazarlo de estrategia empresarial.

—Está bien —dijo, finalmente, empezando a guardar algunas cosas en una bolsa—. Pero esto no se convierte en costumbre, Leonidas. No voy a pasar los próximos seis meses viviendo bajo vigilancia solo porque te asusta perder el control de la situación.

—Trato hecho —dijo él, aunque algo en su expresión sugería que ya estaba calculando, en silencio, cuántas semanas más podría razonablemente extender el «esta noche» antes de que ella se diera cuenta.