CAPÍTULO 24
La Última Carta de Xenia
Xenia Vassiliou había pasado los últimos diez días encerrada en su apartamento de Kolonaki, rechazando llamadas, cancelando sesiones fotográficas, viendo cómo su nombre se convertía, artículo tras artículo, en sinónimo de humillación pública: «la prometida abandonada», «la modelo traicionada», «la mujer que todos sabían que perdería antes de que ella misma lo aceptara». La furia que sentía ya no se dirigía únicamente a Leonidas o a Ashley. Se dirigía, cada vez con más intensidad, a la sensación de haber sido reducida, en la narrativa pública de su propia vida, a una nota al margen en la historia de amor de otra persona.
Fue Andreas Foukas, el investigador que había contratado meses atrás, quien le entregó, sin que ella lo pidiera explícitamente, algo más que fotografías: una carpeta completa de documentos internos de Punta Helios, obtenidos —nunca preguntó exactamente cómo, y prefirió no saberlo— a través de un contacto en la firma de abogados que manejaba parte del papeleo del joint venture.
—¿Por qué me trae esto? —preguntó Xenia, hojeando los documentos con una mezcla de curiosidad y repulsión hacia sí misma por sentir curiosidad—. Yo no le pedí información financiera del proyecto.
—Porque sé quién más estaría interesado en verla —dijo Foukas, sin disimular del todo el cálculo en su tono—. Yannis Stavridis ha estado buscando una ventaja para entrar a Punta Helios desde hace semanas. Esto se la daría. Y usted, señorita Vassiliou, podría asegurarse de que el hombre que la humilló públicamente pierda mucho más que un compromiso.
Xenia se quedó con la carpeta esa noche, dándole vueltas entre las manos con la misma intensidad con la que había dado vueltas, durante años, a la pregunta de si Leonidas alguna vez la miraría con algo más que el cariño tibio reservado para la mejor amiga de su hermana. Pensó en Calista, que la había defendido, sin saberlo todavía, frente a quienes la culpaban completamente del escándalo de prensa. Pensó en su propio padre, que la usaba como moneda de cambio política sin disimularlo apenas. Y pensó, finalmente, en Leonidas, en la mirada de alivio evidente que él no había logrado ocultar del todo cuando hablaba con Ashley, una mirada que Xenia nunca había recibido en catorce meses de compromiso, ni siquiera en los mejores momentos.
A las dos de la madrugada, le escribió un correo electrónico a Yannis Stavridis, adjuntando los documentos, sin ninguna explicación más allá de tres líneas: «Esto debería ser suficiente para que entienda exactamente qué tan vulnerable es Punta Helios en este momento. No espero nada a cambio. Solo quiero que alguien, por una vez, pague el precio completo de subestimarme.»
Calista descubrió lo que había hecho dos días después, no por sospecha, sino por accidente: Stavridis, eufórico con la información recién obtenida, mencionó casualmente en una cena de negocios —a la que Calista asistió como representante de Lykos Maritime— un detalle específico de los términos de financiamiento de Punta Helios que solo podía haber salido de los documentos internos más recientes, documentos que solo un puñado de personas tenían autorización para ver.
—¿Cómo sabe eso? —preguntó Calista, su sonrisa profesional congelándose mientras su mente reconstruía, con una velocidad aterradora, la única manera en que esa información podría haber salido del círculo cerrado de la empresa.
Esa misma noche, llamó a Xenia, su voz temblando entre la incredulidad y una furia que nunca había sentido hacia su mejor amiga de toda la vida.
—Dime que no fuiste tú —dijo, sin saludo—. Dime que no le diste a Stavridis información que podría destruir la empresa de mi familia, Xenia. Dime que hay alguna otra explicación.
El silencio en la línea, prolongado y elocuente, fue, en sí mismo, la confesión que Calista temía y que ya sabía, con una certeza dolorosa, que estaba a punto de recibir.
—Cali, tienes que entender lo que se siente cuando todo el mundo decide que eres la villana de una historia que ni siquiera elegiste vivir —dijo Xenia, finalmente, su voz quebrada de una manera que Calista nunca había escuchado—. Yo no pedí enamorarme de un hombre que nunca me iba a elegir de verdad. No pedí que mi padre me usara como moneda política. Y desde luego no pedí que el mundo entero me convirtiera en el chiste de cada artículo de sociedad en Atenas.
—Eso no justifica lo que hiciste, Xenia. Pusiste en riesgo el trabajo de cientos de personas, el futuro de mi familia, por venganza personal. —Calista sintió que las lágrimas finalmente llegaban, no de furia, sino de un duelo genuino por una amistad que sabía, con certeza absoluta, que nunca volvería a ser lo que había sido—. Tengo que contarle esto a Leonidas. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé —dijo Xenia, en voz tan baja que Calista apenas la escuchó—. Cuéntale. Ya no tiene sentido seguir escondiéndolo.
Calista llamó a su hermano quince minutos después, todavía con la voz temblorosa, y Leonidas escuchó la confesión completa en silencio absoluto, sin interrumpir ni una sola vez, lo cual, para quien lo conociera, era mucho más alarmante que cualquier explosión inmediata de furia.
—Gracias por contármelo, Cali —fue todo lo que dijo cuando ella terminó—. Ahora necesito que me dejes manejar esto.
Colgó, y durante los siguientes veinte minutos, Leonidas se sentó completamente quieto en su despacho de Pireo, con la vista fija en el puerto, reorganizando con una precisión casi quirúrgica todo lo que pensaba hacer a continuación. No llamó a Xenia. No llamó a Spyros. Llamó directamente al despacho de abogados de Lykos Maritime y, con la voz más fría que su equipo legal le había escuchado usar en años, ordenó preparar, en menos de veinticuatro horas, una demanda completa contra Xenia por espionaje corporativo y violación de su acuerdo de confidencialidad como asesora del proyecto, lista para presentarse en el momento exacto en que él lo decidiera.
—Leonidas, eso podría destruir cualquier posibilidad de resolver esto discretamente —advirtió Christou.
—No quiero resolver esto discretamente, Christou. Quiero que Xenia entienda, de manera completamente inequívoca, que filtrar información confidencial de Lykos Maritime tiene un precio que ningún dolor personal podría justificar jamás. —Se levantó, abotonándose la chaqueta con el mismo control absoluto que aplicaba a cada decisión empresarial de su vida—. Y prepara, además, todo lo necesario para que el comité de inversionistas sepa exactamente qué tipo de socio es Yannis Stavridis: alguien dispuesto a recibir y usar documentos robados sin hacer una sola pregunta sobre su procedencia. No por venganza personal. Porque cualquier persona dispuesta a poner en riesgo el sustento de cientos de empleados, ya sea por dolor privado o por pura codicia, necesita entender que las consecuencias son reales.
Era, pensó Calista cuando se enteró más tarde de la orden, exactamente la versión más despiadada de su hermano que había visto en años, y exactamente la versión que, para bien o para mal, había mantenido viva a Lykos Maritime durante tres generaciones.