La esposa que regresó CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

La Verdad a Medianoche

Leonidas abrió la puerta de su ático en Kolonaki a las nueve en punto, y Ashley supo, en el instante en que vio su rostro, que él ya sospechaba que esta conversación no iba a ser sobre cronogramas de construcción ni sobre permisos medioambientales.

—Pasa —dijo él, haciéndose a un lado.

El apartamento estaba en penumbra, iluminado solo por las luces de la ciudad que entraban a través de los grandes ventanales, y Ashley pensó, por un momento absurdo, en lo silencioso que parecía todo, como si el edificio entero hubiera decidido contener la respiración junto con ella.

—Leonidas, antes de que diga nada, necesito que sepas que no he querido esconderte esto. Lo he estado postergando porque tenía miedo, no porque no confiara en ti.

—Ashley. —Su voz tenía una suavidad que ella no esperaba, considerando la tensión que sentía en su propio cuerpo—. Lo que sea que sea, dilo. Estoy aquí.

Ashley respiró hondo. Se llevó una mano, instintivamente, al vientre, un gesto que no había planeado pero que pareció completar la frase antes de que las palabras llegaran a formarse.

—Estoy embarazada.

El silencio que siguió no duró más de tres segundos, pero a Ashley le pareció una eternidad completa, suspendida fuera del tiempo normal, mientras observaba el rostro de Leonidas procesar la información con una velocidad de emociones que ella pudo seguir, una por una, como si estuviera observando el clima cambiar sobre el Egeo: sorpresa, primero; algo parecido al miedo, casi de inmediato; y luego, emergiendo de debajo de todo lo demás con una fuerza que pareció sorprender al propio Leonidas, algo que solo podía describirse como alegría pura, sin reservas, sin el filtro de cálculo y control que normalmente regulaba cada expresión suya.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó, con la voz quebrada. —Catorce semanas. Desde Miconos.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

No había acusación en la pregunta, solo una vulnerabilidad genuina que Ashley reconoció porque era, exactamente, la pregunta que ella misma se había estado haciendo durante semanas.

—Tenía miedo —dijo—. De que sintieras que esto te obligaba a una decisión que deberías tomar por razones que no tuvieran nada que ver con un embarazo. De que, si te lo decía demasiado pronto, nunca sabríamos si rompiste tu compromiso con Xenia porque era lo correcto, o porque te sentías atado por un hijo que no planeamos. Y, sobre todo, Leonidas, tenía miedo de algo mucho más simple y mucho más egoísta: tenía miedo de decirlo en voz alta, porque decirlo en voz alta lo hacía real, y hacerlo real significaba arriesgarme a perderlo todo otra vez, exactamente como pasó con Petra.

Leonidas cruzó la habitación en tres pasos y la abrazó con una fuerza que comunicaba, sin necesidad de ninguna palabra adicional, todo lo que las palabras no conseguían capturar del todo.

—No vas a estar sola esta vez —dijo, contra su cabello, con una certeza que Ashley sintió en cada palabra—. Pase lo que pase con este embarazo, pase lo que pase con Xenia, con mi padre, con el proyecto, con cualquier cosa que el mundo decida lanzarnos encima, no vas a tener que cargarlo sola. Te lo juro, Ashley. Esta vez voy a estar presente. De verdad presente, no solo físicamente cerca mientras por dentro estoy en cualquier otro lugar.

Ashley se permitió, por primera vez en catorce semanas, llorar sin contener nada: ni el miedo, ni el alivio, ni la mezcla compleja e imposible de nombrar de ambas cosas a la vez.

—¿Estás feliz? —preguntó, finalmente, cuando consiguió recuperar suficiente voz para formular la pregunta.

—Estoy aterrorizado —dijo Leonidas, con una honestidad que era, en sí misma, un acto de valentía para un hombre educado durante toda su vida para nunca admitir el miedo en voz alta—. Pero debajo del terror, Ashley, estoy más feliz de lo que he estado en los últimos tres años. Vamos a tener otro hijo. Vamos a tener la oportunidad de hacer esto de nuevo, de hacerlo mejor, de estar presentes el uno para el otro de una manera que no supimos estar la primera vez.

—¿Y si vuelve a salir mal?

—Entonces vamos a enfrentarlo juntos, no separados. Esa es la única diferencia que puedo prometerte con certeza, Ashley. No puedo prometerte que nada malo va a pasar. Pero puedo prometerte que, sea lo que sea, no vas a tener que pasarlo sola.

Se quedaron así durante mucho tiempo, abrazados en la penumbra del ático, mientras Atenas continuaba su ritmo nocturno al otro lado de los ventanales, ajena por completo a la conversación que acababa de cambiar, de manera irreversible, el curso de los siguientes meses.

—Tengo que decírselo a mi padre —dijo Leonidas, finalmente—. Y a Xenia, formalmente, aunque sospecho que ya lo sabe.

—Lo sabe. Me lo dijo esta mañana. Por eso decidí contártelo hoy.

Leonidas se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos, con una expresión de sorpresa renovada.

—¿Cómo se lo tomó?

—Mejor de lo que cualquiera de nosotros tenía derecho a esperar. Me advirtió que tenía que contártelo antes de que se hiciera público de otra manera. Creo que, a su manera, está intentando salir de esto con la mayor dignidad posible.

—Le debo una disculpa que no va a ser fácil de dar. —Probablemente. Pero es lo correcto.

Leonidas asintió, y por un momento, mirándola ahí, en la penumbra de su apartamento, con la mano todavía posada instintivamente sobre el vientre donde crecía la prueba viviente de que el destino, contra todo pronóstico razonable, parecía decidido a darles otra oportunidad, sintió algo que no había sentido en mucho tiempo, quizás desde antes de que Petra naciera y muriera con la misma rapidez devastadora: esperanza, pura y sin reservas, sin el peso del miedo que normalmente la acompañaba.

—Vamos a hacerlo bien esta vez —dijo, más para sí mismo que para ella, una promesa que sabía que tendría que cumplir contra todas las fuerzas —familiares, empresariales, sociales— que ya empezaban a movilizarse, sin que ninguno de los dos lo supiera todavía con certeza, para poner a prueba exactamente cuánto valía esa promesa.