CAPÍTULO 19
Chantaje en Kolonaki
Xenia encontró a Ashley en una cafetería de Kolonaki, cerca de las oficinas de Lykos Maritime, un martes por la mañana, en lo que parecía —y, según insistiría Xenia después ante quien quisiera escucharla, efectivamente era— un encuentro casual no planeado del todo, aunque la cafetería en cuestión era precisamente la que el equipo de Meridian usaba con más frecuencia para reuniones informales, y Xenia, que llevaba días vigilando los movimientos de Ashley con una atención que ya no necesitaba la ayuda de Andreas Foukas para mantener, sabía exactamente dónde y cuándo encontrarla.
—¿Puedo sentarme? —preguntó Xenia, ya sentándose antes de que Ashley pudiera responder.
Ashley, que había estado revisando correos en su tablet con un café descafeinado frente a ella, sintió que el cuerpo entero se le tensaba.
—Xenia.
—Necesitamos hablar, Ashley. De mujer a mujer, sin abogados, sin equipos de relaciones públicas, sin Leonidas. —No estoy segura de que sea apropiado.
—Lo sé. —Xenia se quitó las gafas de sol, revelando unos ojos enrojecidos que sugerían noches sin dormir suficientes—. Pero voy a hacerlo de todos modos, porque creo que ambas merecemos esta conversación antes de que el resto del mundo decida tenerla por nosotras.
Ashley cerró la tablet, preparándose para lo que fuera que viniera a continuación.
—Sé que estás embarazada —dijo Xenia, sin ningún preámbulo adicional, observando con atención clínica cómo la confirmación visible en el rostro de Ashley validaba lo que ya sabía con certeza.
—¿Cómo...?
—No importa cómo. Importa que lo sé, y que dentro de poco, si las cosas siguen como van, todo Atenas lo va a saber también, por boca de alguien que no va a ser ni tú ni yo, y que probablemente no va a ser amable en cómo lo cuente.
Ashley sintió que la cafetería entera se reducía a esta mesa, a esta conversación, a la mujer que tenía delante y que, hacía apenas unas semanas, había sido simplemente la prometida de Leonidas, una figura distante en cenas de celebración, y que ahora era, sin que ninguna de las dos lo hubiera buscado, la persona que sostenía el destino inmediato de su secreto en las manos.
—Xenia, lo que sea que sientas hacia mí, hacia Leonidas, tienes todo el derecho a sentirlo. No voy a pedirte disculpas por algo que no controlé del todo, ni voy a pretender que esto no te ha hecho daño. Pero te pido que pienses, antes de hacer lo que sea que estás pensando hacer, en lo que significa este embarazo para mí, después de lo que pasó con mi primera hija.
—Lo sé —dijo Xenia, con una voz que sorprendió a Ashley por su falta total de crueldad—. Lo sé, y por eso estoy aquí, y no en mi apartamento publicando algo que destruiría tu vida en cuestión de horas. Tuve la oportunidad de hacer eso, Ashley. Mi padre incluso me lo sugirió, de manera bastante explícita. Y decidí no hacerlo, porque por mucho dolor que sienta en este momento, no soy capaz de vivir con la idea de haberle hecho eso a una madre embarazada, sin importar quién sea el padre del bebé.
Ashley sintió que algo en su pecho se aflojaba, una tensión que no había sido completamente consciente de cargar hasta este preciso momento.
—Gracias —dijo, con sinceridad genuina.
—No me lo agradezcas todavía. —Xenia se inclinó hacia adelante, con una intensidad nueva—. Porque lo que sí voy a hacer, Ashley, es decirte que tienes que contárselo a Leonidas. Ahora. Hoy, si es posible. Porque hay una periodista en esta ciudad que lleva semanas investigando esta historia, y porque ya no controlo del todo cuánto tiempo más puedo mantener silencio sin que mi propio dolor, mi propia rabia, terminen ganándole a mi mejor juicio. No puedo prometerte que voy a seguir siendo razonable para siempre, Ashley. Soy humana, y estoy herida, y la gente herida hace cosas de las que se arrepiente.
—¿Es eso una amenaza?
—Es una advertencia honesta, que es lo más cercano a un regalo que puedo permitirme ofrecerte en este momento. —Xenia se levantó, recogiendo sus gafas de sol—. Leonidas merece saber que va a ser padre antes de que se entere por las redes sociales de algún desconocido. Y tú, Ashley, mereces no tener que cargar este secreto sola durante un día más de los que ya has cargado. Díselo. Por tu bien, no por el mío.
Se fue antes de que Ashley pudiera responder, dejándola sola en la cafetería con el corazón latiéndole con una fuerza que parecía capaz de sentirse desde el otro lado de la mesa, y con la certeza absoluta, finalmente innegable, de que el tiempo para esperar el «momento perfecto» se había terminado por completo.
Pagó la cuenta. Salió a la calle. Marcó el número de Leonidas.
—Necesito verte esta noche —dijo, en cuanto él contestó—. Es importante, Leonidas. Más importante que cualquier otra cosa que tengamos pendiente.
—¿Estás bien?
—Sí. No. No lo sé. —Ashley respiró hondo, sintiendo el peso de catorce semanas de secreto a punto de soltarse de sus manos—. Solo necesito verte. Esta noche.
—Estaré donde quieras, a la hora que quieras.
—En tu apartamento. A las nueve.
—Ahí estaré.
Cuando colgó, Ashley se quedó de pie en la acera de Kolonaki, con el sol de la tarde ateniense cayendo sobre ella con la misma crueldad casi mediterránea que, según había leído alguna vez en algún libro sobre la historia de la región, llevaba siglos cayendo sobre cada persona que alguna vez había tenido que decidir, en esta misma ciudad, entre el silencio y la verdad. Eligió la verdad. Por fin.