CAPÍTULO 18
Lo que Xenia Encontró
Lo que Xenia Vassiliou sabía, y que todavía no había decidido compartir con el mundo a través de sus redes sociales, era considerablemente más explosivo que una fotografía antigua y unas insinuaciones cuidadosamente redactadas.
El segundo informe de Andreas Foukas, entregado dos días antes de la publicación, incluía información que el investigador había obtenido mediante métodos que Xenia preferiría no examinar demasiado de cerca: una copia, fotografiada a través de una pantalla de computadora durante un descuido del personal administrativo de una clínica privada de Atenas donde Ashley había acudido para un control prenatal de rutina durante su última visita a Grecia, de un informe médico que confirmaba, sin ninguna ambigüedad posible, lo que Xenia ya sospechaba desde la conversación con Despina —no, esperen, desde sus propias observaciones, desde las fotografías del investigador, desde la intuición que ninguna mujer en su posición podría haber ignorado por mucho tiempo—: Ashley Griffin estaba embarazada, de aproximadamente catorce semanas, y la fecha de concepción coincidía, de manera inequívoca, con la noche que Leonidas había pasado en Miconos.
Xenia se quedó mirando ese documento durante mucho más tiempo del que jamás admitiría ante nadie, sintiendo que el suelo de su propia vida —la vida que había estado construyendo, con paciencia y determinación, durante catorce años de amor no correspondido convertido finalmente, según ella había creído hasta hace unas semanas, en compromiso correspondido— se desplomaba por completo, sin dejar ni siquiera los cimientos sobre los cuales reconstruir algo nuevo.
Leonidas iba a tener un hijo con otra mujer.
No solo la había dejado por ella.
La había dejado por ella y por un hijo que, sospechaba Xenia con una certeza dolorosa, pesaría en la balanza de la decisión de Leonidas de una manera que ninguna cantidad de amor que ella pudiera ofrecerle lograría igualar.
Llamó a su padre esa misma noche.
—Necesito que veas algo —dijo, sin preámbulos, cuando Spyros contestó.
Le envió el informe médico, fotografiado a través de su teléfono, junto con el resto de la documentación que Andreas Foukas había compilado durante semanas. Spyros Vassiliou tardó casi diez minutos en responder, tiempo durante el cual Xenia se quedó sentada en el sofá de su apartamento, abrazándose las rodillas, sintiendo una vulnerabilidad que su carrera entera —construida sobre la proyección perfecta de control absoluto frente a cualquier cámara— le había enseñado a esconder a toda costa.
—Esto es serio, Xenia —dijo finalmente Spyros—. Más serio de lo que pensaba.
—¿Qué hago, papá?
—Tienes dos opciones razonables. —La voz de Spyros adoptó el tono calculador que había usado, durante décadas, para navegar la política griega con la astucia necesaria para sobrevivir a tres gobiernos distintos sin perder nunca demasiado poder—. Puedes usar esta información para forzar a Leonidas a cumplir con el compromiso, presionándolo con la amenaza de hacerla pública si no cumple, lo cual técnicamente funcionaría, aunque te garantizo que terminarías casada con un hombre que te odiaría por el resto de su vida por haberlo obligado. O puedes usarla de una manera más inteligente: filtrarla a la prensa de manera anónima, dejando que el escándalo haga el trabajo de destruir la reputación de la americana y de su familia, mientras tú sales de esta historia como la víctima inocente que merece compasión pública, no como la villana vengativa que decidió arruinarle la vida a una embarazada.
Xenia escuchó la propuesta de su padre con una mezcla de horror y una atracción que la avergonzaba profundamente, porque en algún lugar de su mente, en la parte más herida y menos razonable de su corazón, la idea de hacer pagar a Ashley por el dolor que sentía tenía un atractivo que no podía negar del todo.
—No puedo hacer eso, papá.
—¿Por qué no?
—Porque no soy ese tipo de persona. —Xenia se sorprendió a sí misma al decirlo, porque hasta ese momento no estaba completamente segura de que fuera verdad—. Porque si filtro esto, voy a destruir a una mujer que está embarazada y que perdió a su primera hija de la peor manera posible, y voy a tener que vivir con eso para siempre, sin importar lo que pase con Leonidas. No quiero ser la villana de esta historia, papá. Quiero ser la persona que se va con dignidad, aunque me duela más de lo que puedo explicar.
Hubo un silencio en la línea, y cuando Spyros volvió a hablar, su voz había perdido parte de su frialdad calculadora. —Eres mejor persona que yo, hija. Espero que eso te traiga, eventualmente, algo de paz.
—Eso espero también —dijo Xenia, y colgó, sintiendo que acababa de tomar la decisión más difícil y, paradójicamente, la más liberadora de toda su vida adulta.
No filtró la información esa noche, ni la noche siguiente. Pero la posesión de ese conocimiento, combinada con el dolor todavía fresco de la traición y con una vulnerabilidad que no sabía cómo procesar de manera sana, la dejó en un estado peligroso e inestable, el tipo de estado emocional que, como Calista temería más tarde al recordar estos días, podía inclinarse hacia la dignidad o hacia la destrucción dependiendo de qué pequeño empujón llegara primero.
El empujón llegó cuatro días después, en la forma de una llamada de Niki Stathakou, que había estado siguiendo el rastro de la historia con su propia investigación independiente, y que, sin saber exactamente qué tenía Xenia en sus manos, llamó simplemente para preguntar si la modelo tenía algún comentario sobre los rumores crecientes acerca de su compromiso con Leonidas Lykos.
Xenia, todavía herida, todavía vulnerable, todavía sin haber decidido del todo qué hacer con el conocimiento que poseía, cometió el error que cambiaría el curso de los siguientes meses: no confirmó nada directamente, pero tampoco lo negó con la firmeza necesaria, dejando en su lugar una frase ambigua y cargada de implicación —«hay aspectos de esta historia que todavía no son públicos, y que quizás deberían serlo, por el bien de la transparencia»— que Niki Stathakou, periodista experimentada que sabía exactamente cómo interpretar este tipo de insinuaciones, archivó con la certeza de que la historia que llevaba semanas persiguiendo estaba, finalmente, a punto de estallar.