La esposa que regresó CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Regreso a Atenas

Ashley había vuelto a Nueva York después de la gala con la intención de tomarse, finalmente, el tiempo necesario para decidir cómo y cuándo decirle a Leonidas sobre el embarazo, sin la presión añadida de hacerlo en territorio griego, rodeada de toda la maquinaria familiar y empresarial que parecía, últimamente, complicar cada conversación importante que intentaba tener.

El plan duró exactamente nueve días.

Una crisis en el cronograma de excavación de la marina —un permiso medioambiental que el ministerio griego había congelado inesperadamente, citando preocupaciones sobre una especie protegida de coral que un estudio independiente había detectado en las aguas cercanas a Punta Helios— requirió la presencia inmediata de Ashley en Atenas para una reunión de emergencia con las autoridades ambientales, una reunión que ningún miembro de su equipo en Grecia podía manejar con la autoridad técnica suficiente.

Voló de vuelta con catorce semanas de embarazo, ya visiblemente abultado bajo la ropa ajustada, una condición que había empezado a disimular con una colección cuidadosamente seleccionada de blazers holgados y vestidos con corte imperio que, según le había asegurado Lily por videollamada, «no engañan a nadie que esté prestando atención, pero confunden lo suficiente a quien no está buscando nada específico».

La reunión con las autoridades ambientales se resolvió, después de dos días de negociación intensa, con un compromiso de Lykos Maritime y Griffin Hospitality de financiar un programa de reubicación de coral supervisado por biólogos marinos independientes, una solución que satisfizo al ministerio y que costó al proyecto cuatro millones de dólares adicionales y tres semanas de retraso, pero que evitó la cancelación total de los permisos que algunos sectores del ministerio, presionados —según se enteraría Ashley más tarde— por aliados políticos de Spyros Vassiliou, habían estado considerando seriamente.

—Spyros está furioso por lo de Xenia —le explicó Leonidas, durante una cena que ambos se permitieron, finalmente, sin pretender que era estrictamente de trabajo—. Está usando todos los contactos que tiene para complicarnos el proyecto, aunque lo niegue si se lo preguntas directamente.

—¿Crees que puede hacernos descarrilar?

—No solo, no. Pero combinado con lo que sea que Niki Stathakou esté preparando, sumado a cualquier otra cosa que decida hacer Xenia si se siente suficientemente herida... —Leonidas dejó la frase incompleta, dejando que Ashley llenara el resto con su propia imaginación, que ya estaba trabajando horas extra desde la noche de la gala.

—¿Has hablado con ella desde entonces? ¿Con Xenia?

—Un poco. Está dolida. Tiene todo el derecho a estarlo. —Leonidas se pasó una mano por el rostro, con el cansancio visible de alguien que llevaba semanas gestionando demasiadas crisis simultáneas—. Ashley, hay algo que necesito decirte, y he estado esperando el momento correcto, pero empiezo a pensar que no existe un momento correcto para este tipo de cosas.

Ashley sintió que el corazón se le aceleraba. Este era, posiblemente, el momento de hablar también de lo que ella llevaba escondiendo durante semanas. Pero antes de que pudiera decir nada, el teléfono de Leonidas vibró sobre la mesa con una llamada entrante que él, normalmente, habría ignorado durante una cena, pero que esta vez, por alguna razón que Ashley no podría explicar después, decidió contestar.

—¿Sí? —Una pausa. La expresión de Leonidas cambió por completo, pasando de la fatiga cotidiana a algo mucho más alarmante—. ¿Cuándo? ¿Estás segura? —Otra pausa, más larga—. Está bien. Voy enseguida.

Colgó. Miró a Ashley con una expresión que ella no había visto en él desde los peores días de la enfermedad de Petra.

—Era Calista —dijo—. Xenia acaba de publicar algo en sus redes sociales. Algo que va a complicar exactamente todo lo que estábamos intentando manejar con cuidado.

—¿Qué publicó?

Leonidas le mostró el teléfono. En la pantalla, una publicación de Xenia Vassiliou, con más de dos millones de seguidores en todas sus plataformas, mostraba una fotografía antigua de ella y Leonidas, tomada durante los primeros meses del compromiso, acompañada de un texto que, aunque cuidadosamente redactado para no decir nada explícitamente falso, insinuaba con suficiente claridad que su compromiso seguía vigente, que el verdadero obstáculo era una «tercera persona» que se había infiltrado en un proyecto profesional para reclamar lo que no le correspondía, y que ella, Xenia, no tenía intención de rendirse sin pelear por lo que consideraba suyo.

Los comentarios, ya en las miles, empezaban a especular abiertamente sobre la identidad de esa «tercera persona», y al menos tres cuentas de gossip griego habían empezado a etiquetar fotografías de Ashley de eventos públicos del proyecto, conectando los puntos con una velocidad que ninguna estrategia de relaciones públicas, sin importar cuán bien financiada, podría contener por mucho tiempo más.

—Tenemos que irnos —dijo Leonidas, ya levantándose de la mesa—. Mi equipo de comunicación necesita una estrategia antes de que esto se vuelva incontrolable.

Ashley lo siguió, sintiendo que el suelo, una vez más, se inclinaba bajo sus pies con una velocidad que no le daba tiempo de recuperar el equilibrio antes de la siguiente sacudida.