CAPÍTULO 16
El Ultimátum de Kostas
Kostas Lykos convocó a su hijo a su despacho de Pireo a las siete de la mañana siguiente, una hora que en cuarenta años de carrera empresarial había reservado exclusivamente para las conversaciones que consideraba demasiado importantes para esperar hasta después del primer café.
—La escena de anoche —dijo Kostas, sin preámbulos, en cuanto Leonidas cerró la puerta del despacho— fue exactamente el tipo de cosa que no podemos permitirnos durante las próximas semanas, mientras los inversionistas asiáticos terminan de decidir si confirman su participación en la segunda fase de financiación.
—No fue una escena, papá. Fue Xenia haciendo una afirmación pública que no es exacta sobre el estado de nuestra relación.
—¿Es exacta o no lo es?
Leonidas se sentó frente al escritorio de su padre, en la misma silla donde se había sentado, casi tres años antes, para anunciarle que pensaba casarse con Ashley sin importar las consecuencias.
—No lo es. Le dije a Xenia anoche que necesitábamos posponer la boda. Que no podía seguir adelante con un matrimonio que sabía, con certeza, que no era correcto para ninguno de los dos.
Kostas se reclinó en su silla, estudiando a su hijo con la misma expresión calculadora que había usado en cientos de negociaciones a lo largo de su carrera, evaluando ángulos, riesgos, posibles movimientos.
—Entiendo —dijo finalmente—. ¿Y supongo que esta decisión tiene algo que ver con la señorita Griffin?
—Tiene todo que ver con ella, papá. Y no voy a fingir lo contrario, ni contigo ni con nadie más.
—Leonidas. —Kostas se levantó, caminó hacia la ventana de su despacho, desde donde se veía la actividad incesante del puerto de Pireo: grúas, contenedores, buques entrando y saliendo en un ballet logístico que la familia Lykos había orquestado durante tres generaciones—. Voy a decirte algo que quizás no esperas escuchar de mí. He estado pensando mucho, en las últimas semanas, en lo que pasó con Despina.
Leonidas se tensó visiblemente. Su padre rara vez mencionaba ese episodio sin que la conversación se volviera, de inmediato, defensiva por ambas partes.
—¿Qué pasa con Despina?
—Cometí un error con esa decisión. —Kostas no se giró para decirlo, manteniendo la vista fija en el puerto, como si fuera más fácil confesar algo así mirando hacia afuera en lugar de mirando a su hijo a los ojos—. No el error de proteger la empresa frente a una posible traición de su padre. Ese riesgo era real, y como empresario, habría tomado la misma decisión otra vez. El error fue no darte la oportunidad de decidir tú mismo cómo manejar esa situación. Te traté como a un activo que había que reasignar, no como a un hombre adulto capaz de tomar sus propias decisiones, incluso decisiones difíciles, incluso decisiones que pudieran costarle algo a la empresa.
—¿Por qué me dices esto ahora?
Kostas finalmente se giró.
—Porque estoy a punto de cometer el mismo error otra vez, presionándote para que cierres una boda con Xenia que ambos sabemos que no quieres, solo porque su padre tiene contactos útiles para los permisos del puerto. Y porque, esta vez, quiero decidir conscientemente si voy a repetir el error o si voy a hacer algo distinto.
El silencio que siguió se extendió durante un tiempo largo, cargado de toda la historia no resuelta entre padre e hijo: las expectativas heredadas, las decisiones tomadas en nombre del «bien de la familia» que habían costado, a lo largo de los años, mucho más de lo que cualquiera de los dos había estado dispuesto a admitir en voz alta.
—Necesito que entiendas algo, papá —dijo Leonidas finalmente—. No estoy pidiéndote permiso. Voy a romper el compromiso con Xenia, sin importar lo que decidas sobre los permisos portuarios, sin importar lo que esto le cueste a la empresa a corto plazo. Pero me gustaría, por primera vez en mi vida, hacerlo contando con tu apoyo en lugar de a pesar de tu oposición.
Kostas estudió a su hijo durante un momento más, y algo en su expresión —algo que Leonidas no había visto en su padre desde hacía muchísimos años, quizás desde antes de que él mismo naciera— se suavizó.
—Spyros Vassiliou va a estar furioso —dijo Kostas—. Y es posible que retire su apoyo en el ministerio. Tendremos que encontrar otra manera de acelerar los permisos.
—Lo sé.
—Va a ser complicado.
—Lo sé, papá.
—Pero tienes mi apoyo —dijo Kostas, finalmente, con una simplicidad que contrastaba marcadamente con la complejidad de todo lo que la frase implicaba—. Esta vez, hijo, vas a elegir tú. Y voy a estar a tu lado, sea cual sea la decisión, en lugar de imponerte la mía.
Leonidas sintió que algo se aflojaba en su pecho, algo que llevaba años —quizás toda la vida— sosteniendo con una tensión que ya casi ni siquiera reconocía como tensión, tan acostumbrado estaba a cargarla.
—Gracias, papá.
—No me lo agradezcas todavía. —Kostas volvió a su escritorio, recuperando parte de su tono habitual, más práctico que sentimental—. Todavía hay que resolver el problema de Spyros, el problema de la prensa que está olfateando una historia, y el problema más importante de todos.
—¿Cuál es el problema más importante?
—Que se lo digas a Ashley antes de que se enteren por terceros, Leonidas. Una mujer merece escuchar este tipo de cosas de la persona que las está decidiendo, no de los titulares de un blog de sociedad.
Leonidas asintió, pensando que, irónicamente, su padre —el mismo hombre que había anulado su primer matrimonio con un telegrama burocrático once años antes— le estaba dando, en este momento, exactamente el consejo correcto.
No sabía todavía que, mientras él y su padre tenían esta conversación, Andreas Foukas estaba entregando a Xenia Vassiliou la información que había estado buscando durante semanas, y que esa información iba a hacer que cualquier plan cuidadoso sobre cómo y cuándo contarle a Ashley sobre la situación con Xenia se volviera, en cuestión de horas, completamente irrelevante.