CAPÍTULO 15
La Gala de Punta Helios
La gala de presentación oficial de Punta Helios se celebró a finales de mayo en el Museo de la Acrópolis, con doscientos invitados que incluían a la prensa especializada en arquitectura y negocios, inversionistas de tres continentes, y la flor y nata de la sociedad ateniense, todo bajo la dirección impecable de un equipo de relaciones públicas que Kostas Lykos había contratado específicamente para asegurar que esta noche se convirtiera, en las páginas de sociedad del día siguiente, en la confirmación pública de que Lykos Maritime y Griffin Hospitality Group eran, en todos los sentidos relevantes, una sola fuerza imparable en el mercado de hospitalidad de ultralujo.
Ashley llegó con un vestido verde esmeralda que Lily había insistido en enviarle desde Nueva York —«necesitas verte como la mujer más segura de la sala, incluso si por dentro estás temblando», le había dicho su hermana por videollamada mientras supervisaba el envío— y con un discurso preparado sobre la visión arquitectónica del proyecto que había practicado tantas veces que podría haberlo recitado dormida.
Leonidas la encontró junto a la entrada principal del museo, antes de que comenzara la recepción oficial, con una expresión que combinaba la tensión profesional de la noche con algo más cálido, más privado, que ninguno de los dos podía permitirse mostrar abiertamente frente a doscientos invitados.
—Estás hermosa —dijo él, en voz baja.
—Tú también pareces sacado de una revista de negocios. —Es el objetivo de la noche, según mi equipo de comunicación.
—¿Está Xenia aquí?
—Llega en quince minutos. —Leonidas bajó aún más la voz—. Hablamos anoche, finalmente. De verdad hablamos.
El corazón de Ashley dio un vuelco.
—¿Y?
—Y le dije que necesitábamos posponer la boda. Que no podía seguir adelante con algo que sabía, con certeza absoluta, que no era justo para ninguno de los dos.
—¿Cómo lo tomó?
—Mejor de lo que esperaba. Peor de lo que merecía. —Leonidas se pasó una mano por el cabello, un gesto de cansancio genuino que Ashley reconoció de los días más difíciles de su matrimonio—. Le pedí tiempo para que pudiéramos anunciarlo de la manera correcta, sin que pareciera un escándalo improvisado justo antes de la gala más importante del año para el proyecto. Accedió. Pero, Ashley, esto se va a hacer público. Pronto. Y cuando se haga público, todo el mundo va a empezar a hacer preguntas sobre quién es la razón.
—Lo sé.
—¿Estás preparada para eso?
Ashley pensó en el embarazo que llevaba escondido bajo un vestido cuidadosamente elegido por Lily precisamente porque disimulaba, con su corte holgado en la cintura, los primeros cambios visibles que ya empezaban a notarse en su cuerpo de doce semanas, y pensó que la pregunta de Leonidas tenía una respuesta mucho más complicada de lo que él imaginaba.
—Tengo que decirte algo —empezó, justo cuando un asistente de relaciones públicas se acercó con la urgencia profesional de alguien que necesita que los protagonistas de la noche ocupen sus posiciones para la entrada oficial.
—Señor Lykos, señorita Griffin, en cinco minutos empezamos el recorrido de prensa.
—Después —dijo Leonidas, tomando la mano de Ashley brevemente, sin importarle quién pudiera verlo—. Te lo prometo. En cuanto termine esto, hablamos. De lo que sea que necesites decirme.
La recepción de prensa transcurrió con la fluidez ensayada de cualquier evento de esta magnitud: fotografías frente a la maqueta a escala de Punta Helios, entrevistas breves con periodistas de medios especializados, copas de champán que Ashley rechazaba discretamente cambiándolas por agua mineral con gas cada vez que un camarero se acercaba.
Fue durante una de esas entrevistas, frente a un grupo reducido de periodistas de sociedad, que Niki Stathakou hizo su aparición.
Ashley no la conocía de vista, pero reconoció el nombre en cuanto la mujer se presentó: una periodista de unos cuarenta años, elegante, con la mirada calculadora de alguien acostumbrada a hacer preguntas que parecían inocentes y que nunca lo eran del todo.
—Señorita Griffin —dijo Niki, con una sonrisa profesional impecable—, una pregunta para el blog. ¿Es la primera vez que trabaja con Lykos Maritime, o ya había colaborado antes con la familia?
La pregunta, formulada con tanta inocencia aparente, hizo que Ashley sintiera que el suelo se inclinaba ligeramente bajo sus pies.
—Colaboré en un proyecto hotelero pequeño en Miconos hace algunos años —dijo, eligiendo cada palabra con el cuidado de quien camina sobre una cuerda floja—. Punta Helios es, sin duda, la colaboración más ambiciosa hasta la fecha.
—Qué interesante. —Niki anotó algo en su libreta, con un gesto que parecía deliberadamente lento, calculado para generar incomodidad—. ¿Y diría que su relación profesional con el señor Lykos ha sido siempre estrictamente profesional?
—Por supuesto.
—Disculpe la pregunta directa, pero circulan rumores en ciertos círculos de Atenas sobre la naturaleza de su colaboración. Solo quería darle la oportunidad de aclararlo, antes de que otros medios lo hagan sin el beneficio de su perspectiva.
Leonidas, que había estado a unos metros de distancia hablando con un inversionista, se acercó en ese momento con una sonrisa profesional que no dejaba traslucir nada de la tensión que Ashley sabía que él debía estar sintiendo.
—Niki —dijo, con una cordialidad calculada que ambos —periodista y empresario— reconocían como parte del mismo juego que llevaban años jugando—. Siempre es un placer verte. Espero que estés disfrutando de la velada.
—Mucho, Leonidas. Estaba preguntándole a la señorita Griffin sobre la historia de su colaboración profesional.
—Una colaboración excelente, como puedes ver en los resultados. —Leonidas señaló hacia la maqueta de Punta Helios, desviando hábilmente la conversación hacia terreno seguro—. ¿Has tenido oportunidad de ver los renders del spa? Es, en mi opinión, el elemento más innovador de todo el diseño.
Niki Stathakou sonrió, una sonrisa que reconocía el movimiento por exactamente lo que era —una redirección elegante, profesional, ejecutada con la precisión de alguien que lleva años practicando este tipo de maniobra social— y decidió, por el momento, no insistir más.
—Por supuesto —dijo—. Cuéntame sobre el spa.
Cuando Niki finalmente se alejó hacia otro grupo de invitados, Ashley sintió que podía volver a respirar con normalidad.
—Esa mujer sabe algo —dijo, en voz baja, solo para Leonidas.
—Esa mujer siempre sabe algo, o cree saberlo, o está tratando de que tú confirmes algo que todavía no sabe con certeza. Es su trabajo. —Leonidas la miró con una expresión seria—. Pero tienes razón en estar preocupada. Después de esta noche, vamos a tener que movernos más rápido de lo que habíamos planeado.
Ashley pensó, mientras el resto de la gala transcurría entre discursos, brindis y fotografías oficiales, que «movernos más rápido» significaba, inevitablemente, que el momento de contarle a Leonidas sobre el embarazo ya no era una decisión que pudiera seguir posponiendo indefinidamente.
No tuvo oportunidad de hacerlo esa noche. Cuando finalmente la gala terminó, pasada la medianoche, Xenia —que había llegado tarde, deliberadamente, y se había mantenido distante durante toda la velada, observando desde lejos con una calma que a Calista le pareció más alarmante que cualquier escena de celos abierta— se acercó a Leonidas frente a un pequeño grupo de invitados que todavía no se habían retirado, y dijo, con una voz lo suficientemente alta para que varias personas cercanas pudieran escucharla:
—Leonidas, cariño, antes de que se me olvide: mi padre quiere confirmar la fecha de la boda esta semana. Los planes del catering no pueden esperar mucho más.
Fue una jugada calculada, brillante en su crueldad sutil, y Ashley, de pie a pocos metros, entendió de inmediato exactamente lo que Xenia estaba haciendo: anunciando, frente a testigos, que el compromiso seguía vigente, contradiciendo en público lo que Leonidas le había confiado en privado hacía solo unas horas, y forzándolo a elegir, ahí mismo, entre corregir la afirmación frente a toda esa gente o dejarla pasar y, con ello, dejar que la mentira se consolidara un poco más.
—Hablamos de eso en privado, Xenia —dijo Leonidas, con voz tensa pero controlada—. No es una conversación para esta noche.
—Por supuesto —dijo Xenia, sonriendo a la audiencia improvisada con la misma sonrisa perfecta de siempre—. Disculpen la indiscreción.
Pero el daño, calculado con precisión quirúrgica, ya estaba hecho: Niki Stathakou, observando la escena desde unos metros de distancia con su libreta todavía en la mano, había obtenido, sin necesidad de hacer ninguna pregunta adicional, exactamente la confirmación que necesitaba de que había una historia ahí, esperando a ser contada con todo el detalle necesario.